MERINO NUEVAMENTE EN CAMPAÑA – II

MERINO NUEVAMENTE EN CAMPAÑA – II

Al comienzo del año de 1835 se hallaba MERINO instruyendo sus reclutas internado en la escabrosidad de los Pinares, con ánimo de enviar a las Provincias los que a él le sobrasen, ó mas bien le sirvieran de estorbo; porque efectivamente le era embarazosa mucha fuerza, estando como siempre estaba a la defensiva. Hallábanse en el referido ejercicio mas de 100 mozos en Huerta del Rey esperando a su jefe, cuando de repente se ven atacados por las tropas liberales que les ponen en total dispersión, después de causarles la pérdida de 37 muertos, 4 prisioneros, 5 caballos, armas y efectos de equipaje, siendo considerable el número de los heridos y contándose entre los primeros varios jefes de elevadas graduaciones. La pérdida de los liberales que mandaba el coronel del provincial de Plasencia don Javier Azpiroz y Jalón, se redujo a varios heridos de bastante gravedad alguno de ellos; pues haciendo frente los carlistas pudieron apoderarse de la cresta del collado Carrascal, desde cuya ventajosa posición trataron de resistirse briosamente, a vista de lo cual suspendió el fuego la infantería de Azpiroz, y cargando a la bayoneta, les obligó a refugiarse a un inmenso pinar que tenían a su espalda, a donde penetró tras ellos la caballería precedida de los infantes, empezando a ser cacería lo que antes era acción. Mucho apesadumbro a MERINO esta funesta derrota que no pudo evitar; tratando en su defecto de vengar las muertes que le causaron, se dirigió con toda la caballería y los restos de la infantería por Talleyla y San Leonardo, con ánimo de sorprender al Burgo de Osma; pero acudió Azpiroz con su columna y evitó el golpe cayendo de improviso sobre las avanzadas carlistas, a quienes aprehendió tres prisioneros, un espía y dos caballos, con varias tercerolas y sables. Se dirigió a atacar a MERINO, que marchó hacia Duruelo; mas se dispersó toda la fuerza carlista al darle alcance en las inmediaciones de San Leonardo, caminando en todas direcciones en grupos de seis a ocho hombres, con lo que imposibilitaron las operaciones de Azpiroz, que solo logró aprisionar a tres espías mas. Siguió teniendo algunos insignificantes encuentros con casi todas las partidas que para destruirle había, las que combinando sus movimientos le obligaron a guarecerse otra vez en los pinares. Dedicóse entonces todo el conato de las tropas de la reina a capturarle en la sierra, y al efecto la invadieron con numerosas fuerzas, decididas a conseguir el propuesto objeto, que les salió fallido, si bien lograron arrojar a MERINO de tierra de Soria, haciéndole buscar un asilo en la provincia de Burgos, donde fue reuniendo toda su gente por los últimos días de febrero, citada con antelación para esta parte de Castilla.

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Los meses de marzo y abril los pasó MERINO internado en la sierra de Burgos, reclutando nueva gente é instruyéndola para salir luego con tropas de refresco. Las ya disciplinadas recorrían los pueblos anejos para distraer la atención de los liberales; dando así tiempo a que el CURA se repusiera un tanto de su quebrantada salud, bastante deteriorada en el periodo que nos ocupa. No solían obtener generalmente los mas felices resultados estas pequeñas partidas que guerrilleaban por la Sierra, donde en fines de abril perdió MERINO a su segundo don Lucio Nieto, pereciendo toda la fuerza que llevaba en un encuentro que tuvieron con ocho soldados del regimiento de caballería sexto de ligeros. En los postreros días del citado mes se encontraron Azpiroz y MERINO en las posiciones de Pumarejos, donde medio un pequeño ataque, en el cual quedó vencedor el primero, ocasionando a su contrario nueve hombres muertos, inclusos dos oficiales, un prisionero, otro individuo presentado y cogiéndole varios efectos de equipo, dos caballos y nueve fusiles logrando dispersar los mozos que había sacado de los pueblos: el caballo de Azpiroz fué herido de un balazo como igualmente su asistente y otros dos soldados.

En 22 de mayo MERINO con toda su fuerza que ascendía a 1000 hombres de todas armas, marchó sobre Ontoria, cercándola y rindiéndola en breve; hizo prisioneros a varios de sus defensores cuando entró en el pueblo, fusilando a los que supo le hicieron mayor resistencia, sin embargo de ser hijos de aquella villa que tanta protección le había siempre dispensado. Lisonjeado con el considerable triunfo anterior, se encaminó a Roa, apareciendo a la vista de ella a las cuatro de la mañana del día 30, asaltándola sin preceder intimidación alguna, pero al punto el teniente retirado don Tomas Arraz, administrador de rentas de la villa, reunió a los urbanos que le reconocieron por jefe, y encerrándose unos en el fuerte y otros en casa del corregidor don Ángel Román Nuño, hicieron una vigorosa defensa, inutilizando así los proyectos de MERINO, que se retiró después de haber incendiado la iglesia y once casas, y haber muerto a un urbano y a un paisano, dirigiéndose por el camino de Olmedillo con la pérdida de dos hombres muertos y ocho heridos, incluso uno de los jefes, que descubiertamente se presentó en la plaza para que se activase el fuego de la iglesia.

A las dos de la tarde del 3 de junio fué alcanzado en doña Santos, por la columna del coronel don Miguel Mir, trabándose la acción en el paraje llamado la Peña de Majadal: empeñado fué el ataque y la resistencia; pero a breve rato se pusieron en retirada los carlistas, con la baja de algunos muertos y heridos, sobre 100 entre prisioneros y pasados, y el rescate además de varios rehenes que llevaban de Ontoria.

Mir continuó persiguiendo a MERINO, bajo las órdenes del general Ramírez, quienes se unieron en el día 9, para conseguir juntos la completa derrota del infatigable CURA, obteniendo parecidos resultados que los anteriores jefes.

En la madrugada del día 13 de julio, bajó MERINO el puerto de Campisábalo, pasando por las inmediaciones de Tiermes con dirección a Caracena; lo que sabido por el coronel don Ignacio Hoyos, emprendió su marcha a San Esteban de Gormaz para cubrir el puente, dando además noticia de este movimiento al coronel del provincial de Tuy, para que adoptase las disposiciones que creyese oportunas en aquellas circunstancias. Pero todo lo burló la actividad de MERINO que pasando el Duero antes que llegasen sus contrarios, había salido ya de Baldenebro a las dos y medía de la mañana del 14, dirigiéndose a Fuentelarbol; por cuya causa tuvo que retroceder Hoyos y emprender nuevo movimiento. MERINO dirijióse luego por los pueblos de Lonquilla y Baldevarnés, donde racionó completamente a su tropa, la que se halló acometida por las guerrillas de la caballería de Hoyos. Opusieron los carlistas las suyas de la misma arma, continuando con una pausada marcha tiroteándose por medio de las asperísimas sierras, hasta llegar a Torregalindo a las cuatro de la tarde del día 25 del citado julio. Atrincherase MERINO en este pueblo, situado a la falda de una cordillera escarpada, y en las murallas ruinosas de un castillo, teniendo al opuesto lado un pequeño pero pantanoso río. A pesar de las ventajosas posiciones que ocupaban los carlistas, mandó Hoyos atacarlos, y después de una vigorosa resistencia hecha desde todos los puntos parapetados, fueron desalojados con alguna pérdida, obligándoles a retirarse donde se hallaba la caballería en número de 250 hombres. Trabóse nuevamente la acción en un paraje mas descampado fuera del pueblo, forzando a las tropas de Hoyos a ocupar una altura inmediata, de la que trataron de arrojarles, impidiéndolo una valerosa carga a la bayoneta dada por la primera mitad de cazadores del Príncipe, con su capitán D. Juan Maria Miguelote a la cabeza, que logró rechazarles con gran descalabro. Las fuerzas de MERINO se componían de cerca de 1200 hombres, y los liberales de mas de 500, sufriendo ambos considerables pérdidas; pues los segundos a mas de la de su jefe el coronel Hoyos, que murió atravesado el pecho de un balazo, tuvieron la de 15 muertos, 26 heridos, 11 dispersos o prisioneros y cuatro caballos muertos con igual número de heridos: la de los carlistas se calculaba en unos 30 de los primeros é idéntico número de los segundos, escapándoseles algunos para sus casas, y emprendiendo lo demás de la fuerza el camino de Castrillo de la Vega, dirigiéndose a repasar el Duero para volver a la Sierra.

En agosto tuvo varios encuentros con las partidas que estaban bajo las inmediatas órdenes del coronel D. Ramón Maria Narváez, siendo de los mas funestos el efectuado con la columna que mudaba el brigadier Peón, que le causó la considerable baja de mas de 100 hombres. MERINO siguió por la altura de Piqueras a la sierra de los Modorios ó Cebollera, entrando en la mañana del 22 de agosto en Montenegro, a cuyo punto se dirigía Narváez. También el coronel Mir volvió a batirle en el pueblo de Almarza, matándole cerca de 80 hombres, y activando su persecución le hizo perder en poco tiempo la fuerza que a tanta costa había reunido.

Comenzó el mes de setiembre con no mas lisonjeros resultados para las armas carlistas, pues nuevamente fueron batidas por Mir el día 20 en los bosques de Torbaños, la Campilla y Acinas, ocasionándolas siempre funestos contratiempos y pérdidas. El 26 pernoctó MERINO en Palazuelos con cerca de 200 caballos, de lo que sabedor el capitán de Plasencia D. Antonio Sanabria, que con dos compañías del mismo cuerpo y 24 caballos del 5° ligero se hallaba a corta distancia, emprendió su ruta para el referido pueblo, aumentándose en el interín sus fuerzas con 30 hombres mas del propio regimiento.

Favorecidos de una densa niebla lograron aproximarse a tiro de fusil de una de las avanzadas carlistas, que fue cargada por la caballería enemiga; que la hizo abandonar su puesto, y retirarse al pueblo, llevando en pos de su fuga la dispersión que hizo mas completa el denuedo con que fueron perseguidos por la infantería. Resistiéronse breve rato en las casas y, calles de Palazuelos, pero fueron desalojados al fin con pérdida de 12 muertos, varios heridos y tres prisioneros, perdiendo 12 caballos con algunas armas y efectos y quedando el mismo caballo que montaba MERINO herido de una cuchillada en una anca, a pesar de lo cual lo sacó a salvo como otras muchas veces.

Hallábase MERINO a principios del mes de noviembre en unas tenadas inmediatas a Santo Domingo de Silos, cuando recibió un par de coces de su caballo, que desconoció su voz. Este inesperado acontecimiento le obligó a ponerse en cura, retirándose a una casa particular de Rebé, donde permaneció dos meses, viendo desde dicho punto el humo de las chimeneas de Lerma y los movimientos que hacían por allí las tropas, como centro que era de sus operaciones. En este estado, mandó al llamado Rojo de Puentedura, que era su segundo desde la muerte de Nieto, marchase a las provincias con los 200 caballos que tenia de fuerza, como así lo efectuó. Siguióle MERINO en los primeros días de enero del siguiente año de 1836, acompañado tan solo de algunos de sus confidentes, y se dirigió directamente a Oñate donde se hallaba D. Carlos, permaneciendo mas de seis meses en este punto y en Orduña, hasta que logró el total restablecimiento de su salud.

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La marcha de MERINO a las provincias; dio fin por entonces a la guerra de Castilla, en la que se habían ocupado los generales y oficiales superiores Quesada, Sarsfield, Manso, Ramírez, Azpiroz, Clavería, Mir, Linaje, Obregón, Albuin y cuerpos de la guardia real, de valientes tropas de línea, y hasta un batallón de estudiantes de Valladolid.

El poner precio a su cabeza y cuantos recursos apuraron para lograr el exterminio del CURA fueron inútiles y supo burlar todas las vigilancias y al cabo de dos años de continua lucha, sosteniéndose con un insignificante número de gente, sacó de Castilla doble fuerza de la que trajo de Portugal, consiguiendo además su principal objeto, cual era el de tener entretenida a toda una respetable división que pudo prestar grandes servicios en los campos de Navarra.

Carlos le recibió con las más lisonjeras muestras de deferencia, colmándole de elogios por las penalidades que en su obsequio había sufrido, y así que le vio mejorado, le agregó a1 ejército de sus inmediatas órdenes; -yendo con éste al tercer sitio de Bilbao, tan funesto para las armas carlistas, como fue feliz para las liberales. En la acción de Oriamendi se halló también al lado de D. Sebastián, -y en la expedición de 1837 que llegó hasta las lomas de Ballecas, vino al lado de don Carlos, en calidad de capitán general de Castilla la Vieja y presidente de su junta.

Ya hemos dado los pormenores de esta expedición en la biografía de Cristina, y ahora añadiremos que tanto MERINO como cuantos seguían a D. Carlos tenían una completa certeza de penetrar en la corte de España contando para ello con seguras probabilidades a favor de un lisonjero éxito. Rayó en locura su entusiasmo al divisar las débiles tapias de Madrid y su real Alcázar; en el que vio el CURA desde el campamento con un anteojo a doña Isabel II y su augusta familia asomadas a un balcón, fijando MERINO en aquel instante toda su atención en Cristina. La vista de esta Señora, y la especie de contemplación en que quedó como extasiado, le hicieron prorrumpir en tan felices y oportunas reflexiones que, mas que el militar parecía el orador patricio, el ciudadano de Arpino condoliéndose de los males de su desventurada patria en su oración catilinaria. Nosotros que hemos hablado con personas que estuvieron a su lado en estos momentos, nos han asegurado por su honor, que nunca vieron a MERINO mas entusiasmado, ni mas feliz en todo cuanto proponía y decía, si bien pocos ó ningunos de sus pensamientos se adoptaron; pues siempre que le pidieron parecer sobre lo que convenía obrar en aquellas circunstancias, fue de opinión que debiera jugarse el todo por el todo; y que aunque hubiesen fallido las fundadas esperanzas de altas protecciones, Madrid estaba desprovisto de guarnición de tropa, y que la Milicia nacional que le defendía no podía ser comparada con los aguerridos soldados que ellos llevaban: así que, cuando se dio la orden de retirada, conoció MERINO que a D. Carlos no acompañaba mas que una corte de cobardes y aduladores que le tenían supeditado, sin voluntad propia, haciéndole esperar el triunfo de sus armas en la sola ayuda de la Providencia, a quien como monjas oraban, cuando debían blandir la espada en el campo enemigo.

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Emprendiose la retirada cual es sabido por Castilla la Vieja, y como MERINO conocía el terreno a palmos, puede asegurarse que por su buena dirección se salvó el ejército carlista. Paró el CURA en uno de estos días en Villoviado, y es digno de notarse lo que en una conversación que tuvo con un eclesiástico amigo suyo le dijo expresamente entre otras cosas, que D. Carlos estaba vendido y cercado de pícaros y bribones.

Continuó su viaje a las provincias siguiendo a la expedición y allí permaneció todo el resto de 1837 y principios del 38, hasta que en 15 de marzo de este año formó parte de las fuerzas expedicionarias del conde Negri, en las que mandaba MERINO dos escuadrones y algunas compañías de infantes. Llegaron estas tropas a Aguilar de Campó, y allí quiso el conde dirigir su marcha a los montes de Liébana; pero MERINO como buen conocedor del país que pisaban, se opuso a esta medida, haciéndole presente lo trascendental que seria conducir la expedición a unas montañas estériles, y cuyo clima es generalmente tan riguroso, que bastaría por si solo para destruir un ejército; lo que creía, añadio, había intención de hacer si se persistía en llevar adelante el pensamiento.

Así se hizo a pesar de su oposición, y entonces se separó MERINO de Negri, no queriendo ser responsable de las consecuencias que preveía, y se dirigió con sus fuerzas a los acantonamientos de Aranda y Lerma.

Ocupóse en estos sitios con una actividad sorprendente en ir reclutando jóvenes, con los que formó en breve dos batallones, compuestos de robustos mozos, y después de darles algún viso de organización, trató de hacerse fuerte en aquel terreno y comenzó a construir fortificaciones en la Peña de Casaro, para tener un punto de apoyo por base de sus operaciones y para mejor asegurar la subsistencia de sus tropas. Volvió en esto Negri en retirada y bastante estropeado por lo que padeciera en los montes de Liébana y en la acción de Bendejo, y al avistarse con MERINO, trató éste de ocupar militarmente el país, pidiendo con este objeto al conde dos de sus batallones, prometiéndole en cambio encargarse de sus enfermos y heridos y reunir los dispersos que ocasionara la referida acción. Desatendio Negri estas proposiciones, é incomodado nuevamente con él MERINO, se dividieron ambos, marchando el conde con dirección a Segovia, y quedándose el Cura en 1os puntos que estableciera para su cuartel general, no teniendo este una residencia fija, pues empezaron a pulular en el país las tropas liberales y a perseguirle, si bien no con tanto empeño por estar ocupado la mayor parte del ejército en la persecución de Negri, que recorría sin orden ni concierto por Castilla.

Más de 200 dispersos que se le reunieron a MERINO estando en San Leonardo, le comunicaron la completa derrota que sufrió el conde el 27 de abril entre Brújula y Villafranca de Montes de Oca: aumentó con ellos su división y trató de operar ventajosamente fuera de los Pinares con tan respetables fuerzas. Espartero entonces desde su cuartel general del citado Villafranca, dio orden para que el primer regimiento de la Guardia Real de infantería y el de lanceros polacos fuesen a hacer una batida en las Sierras de Burgos y Soria y que uniéndose con las demás tropas que en aquel terreno operaban no descansasen hasta lograr el total exterminio del Cura y cuantos le seguían.

No pudiendo MERINO resistir a estas fuerzas tomó el camino de Berlanga, desde cuyo punto se dirigió al bajo Aragón, huyendo de que le diese alcance el ejército liberal que en su perseguimiento marchaba. A esta fuerza de MERINO que ya iba siendo numerosa se le agregaron por mandado de D. Carlos los batallones castellanos titulados Guías de Burgos y voluntarios de Valladolid, que no estaban en el mejor estado de organización.

En los primeros días de mayo, ocupaba MERINO los pueblos de Poveda y Peñalén de la provincia de Cuenca, tocando sus avanzadas en Beteta: el día 9 pernoctó en Albarracin, siguió por Manzanera, y a la caída de la tarde del 15 llegó a Rubielos de Mora, donde fue recibido por las fuerzas de Cabrera y Forcadell con grande aparato y entusiasmo, del que en honor de la verdad sea dicho, no participaban los pueblos por donde transitó la división castellana, pues fueron vejados y oprimidos extraordinariamente. Dos días permaneció en Rábielos, al cabo de los cuales salió con Cabrera para la sierra del Pavo, descansando en Camarillas, desde cuyo pueblo se dirigieron el 18 al de Aliaga donde permaneció todo el resto de mayo, yendo el 4º de junio a Villaroya a la cabeza de dos mil infantes y cerca de trescientos caballos; aumentándose estas fuerzas con los mozos que por su tránsito sacaba. Entre las referidas poblaciones, la puebla de Arenoso, Caudiel y Barracas, recorría MERINO con su gente sin ser molestado de fuerza alguna; y descansando con extraordinaria seguridad sobre el país que pisaba del que era verdaderamente dueño.

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