VISITA DE GERARDO DIEGO A LAS FUENTES DE URBIÓN

ABC 29-09-1965

EXCURSIÓN A Los PICOS DE URBIÓN: LA LEYENDA DE LA LAGUNA VERDE

Por G. Manrique DE LARA

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CUATRO son las lagunas más conocidas de los Picos de Urbión. La palabra Urbión, de origen vasco, quiere decir agua buena. Estas lagunas se denominan La Negra, La Larga, La Helada y La Verde. La laguna Negra está fijada en un anfiteatro rocoso y fue poetizada por Machado en su patético romance de Alvargonzález. Pero la más Poética, la que deslumbra a los excursionistas con sus juegos de diversos matices de colores, es La Verde, que se fija en una calvera en las altas cumbres próxima al Puerto de Santa Inés, que da paso a Montenegro de Cameros.

Un grupo de amigos, en ocio de vacaciones, nos decidimos a explorar los Picos de Urbión, palacios del viento, la nieve y las tormentas. Constituimos la caravana tres poetas, Gerardo Diego, Bernabé Herrero y Virgilio Soria; un arqueólogo, Blas Taracena; un Jurista, Mariano Granados; un banquero, Epifanio Ridruejo; “Pepe Tudela vuelve a la Mesta” conocido por el magnifico ensayo del robusto pensador español don José Ortega; un médico dentista, Mariano del Olmo; el “Valija”, corazón de oro y este modesto escritor. A Gerardo, Diego, académico, le acompañó su escudero “Pitouto”, periodista santanderino.

La ruta a las cumbres sombrías, cubiertas de torvas nubes, la hicimos desde Soria, por Vinuesa y el caserío de Santa Inés, a pie, aguas arriba del río Revinuesa, por un sendero de cabras, hasta coronar la agreste montaña. Nos sirvió de guía un pastorcillo de doce años del caserío de Santa Inés, símbolo del saber de los misterios de la naturaleza: conoce las aves en vuelo, a las alimañas por el olor, nos dice los nombres de las especies arbóreas silvestres, nos enseña los manantiales con agua que no duele la tripa, las frutas comestibles: gayubas, grosellas, endrinas, majuelos, frambuesas, piñones albares. Nos narra sugestivas leyendas de pájaros listos y bobos, como el cuclillo y la gallina ciega; nos alecciona de cómo los lobos atacan a los hombres pasando veloces a su lado, les dan un coletazo con el jopo; si el hombre resiste y no cae al suelo aterrado de pavor, suponen que lleva armas de fuego y huyen a cobijarse en sus guaridas. Este niño conoce el mundo viviente de estas tierras vírgenes con tal sabiduría y prudencia que nos deja maravillados de admiración.

El ánimo se sobrecoge al contemplar los monstruos de la selva. Los árboles petrificados que fueron arrancados a cuajo por las tormentas. Parecen dragones inverosímiles. Sólo la música de las cascadas y las corrientes de agua fresca y cristalina humanizan semejantes parajes inhóspitos.

Vemos volar un águila real plena de majestad con todas sus exigencias. Para evitar su agresión nos cobijamos en los huecos de una corpulenta y envejecida carrasca negrala.

Con la lengua fuera por la fatigosa caminata, llegamos a la Laguna Negra, remansada entre el cielo y la tierra. Es la laguna de desventuras y maleficios. De la misma se cuentan leyendas fabulosas. Se cree que sus aguas vienen del mar por un túnel subterráneo. Una sirena monstruosa que habita en sus abismos fragua los horrorosos cataclismos tormentosos que hacen cobijarse en los mismos abrigos a los Jabalíes, los lobos y los gamos en paz.

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El poeta Virgilio Soria, cocinero de bandera, ha guisado la comida al aire libre, en una fogata, a fuego lento de su rescoldo. Con el madrugón, el trote que hemos llevado y la espera del yantar, el condumio nos sabe a pechuga de perdiz y ancas de rana.

La caravana se disemina luego según su interés, por parejas, sobre los altos picos para explorar la montaña nevada.

Gerardo Diego se ha quedado en trance para componer su famoso soneto al Urbión que figura en las antologías poéticas:

Es la cumbre: por fin, la última cumbre.

Mis ojos en torno hacen la ronda

y cantan el perfil a la redonda,

de media España y su final de lumbre.

Leve es la tierra. Toda pesadumbre

se desvanece en cenital rotonda.

Y al beso y tacto de infinita onda

duermen sierras y valles su costumbre.

Geología yacente, sin más huellas

que una nostalgia trémula de aquellas

palmas de Dios palpando su relieve.

Pero algo, Urbión, no duerme en tu venero,

que entre pañales de tu virgen nieve

sin cesar nace y llora el niño Duero.

Al excursionista que a mí me acompaña, poeta. Y soñador de exaltada imaginación creadora, le acucia el afán de contemplar la, laguna Verde. Mágica laguna en cuyos abismos una zagala se sumergió y el color de sus ojos tiñó sus remansos. Su leyenda nos recuerda la vocación de los pastores para ahuyentar de sus rebaños los malos espíritus.

Desde los tiempos remotos, la música fue cultivada como arte mágico. La literatura mítica alude al famoso pastor de la India milenaria llamado Kisna, descendiente de reyes turanios, el cual encantaba con el son de su flauta a los animales. Febus, divinidad solar, dios de la música y de los pastores, fue un músico famoso que venció con su lira al flautista Marsias. Otro prodigioso dios de los pastores, el encantador Pan, seducía a las ninfas con su flauta maravillosa. El Antiguo Testamento nos narra la vocación de David, tocador del arpa, que fue pastor y músico antes de llegar a rey de Judea. En las Pastorales de Longo, traducidas por don Juan Valera, se recoge la encantadora leyenda de una zagala que, mientras cantaba al dios Pan, su vacada pacía amorosa, hechizada con sus canciones.

La afición innata de los pastores a la música llegó a las montañas ibéricas traída por las emigraciones de los pueblos orientales. La música de las flautas pastoriles no sólo sosiega a los rebaños, sino que suaviza la agresividad de las alimañas y el tormento de las moscas. Y se emplea para aplacar las furias de la naturaleza.

Si de mi baja lira

tanto pudiese el son, que en un momento,

aplacase la ira

del animoso viento

y la furia del mar y el movimiento.

Hemos llegado a la laguna Verde. El cielo y el viento enmarcan su estampa. Nuestros ojos se recrean en los colores mágicos de su remanso. Matices desconocidos sueñan y cantan como clarinetes invisibles éxtasis de soledades. ¡Qué felicidad, desde estas alturas, adorar a Dios!.

– ¿Y dices que en el abismo de esta laguna habita una zagala encantada?

– preguntamos al pastorcillo que nos sirve de guía.

– Efectivamente, y les narraré la leyenda que todos los naturales de esta comarca conocen. Se la oí contar muchas veces a mi abuelo.

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Nos sentamos en un espolón rocoso. Saciamos la sed con el agua de una cantimplora. Recobramos el sosiego. El zagalillo hizo la señal de la cruz en su frente y este fue su relato:

Hace centenares de años hubo una zagala del caserío de Santa Inés que deslumbraba por su candor a los pastores de estas montañas. Era cariñosa y gentil con cuantos la trataban… Pero todos envidiaban la prosperidad de su rebaño. Se atribuía al poder mágico de sus canciones.

Entonces estas sierras estaban pobladas de robles que ahora vemos tupidos de pinos. Al abrigo de los mismos, cantaba y cantaba mientras sus ovejas pacían amorosas las hierbas finas de las praderas hoy arboladas.

En la solana de esta sierra, próximo a Santa Inés, en otro caserío llamado Valchivi, había un zagal que cuidaba de su ganado. Y lo mismo que la pastorcilla de ojos verdes, cantaba y cantaba compitiendo con ella en sus canciones. Pero los cantares de aquel joven, como varón, eran más briosos, más recios, más bravíos, más dominadores. Ella con los encantos de su dulzura y él con la varonía de su voz, se pasaban los días en desafío permanente mientras sus ganados pastaban hechizados con sus romanzas.

Y llegó el día que al destetar los corderos, éstos, atraídos por las potentes canciones del zagal, se pasaron del rebaño de la linda pastorcilla al de su rival.

La candorosa zagala se apesadumbró inconsolable con la pérdida de sus corderos. Y aún más par haber sido vencida por su contrincante.

A tal extremo llegó su desesperación, que un día, acongojada a la orilla de esta laguna, suplicó al dios Pan la convirtiera en sirena. Sus súplicas fueron oídas. Entonces, se sumergió en el abismo de este remanso. El color de sus ojos verdes lo tiñó con presura.

Y lo más curioso es que las noches claras de luna, aflora a la superficie y canta inconsolable el recuerdo de sus corderos huidos.

G.M.L.

NOTA: Las fotografías son las originales que aparecieron en el artículo publicado en su día.

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