LAS GUERRAS CARLISTAS – PIO BAROJA Y COVALEDA: MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

LAS GUERRAS CARLISTAS, PIO BAROJA Y COVALEDA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

CONFERENCIA CON EL GOBERNADOR

Don José Marrón, brigadier de los ejércitos nacionales, era uno de tantos militares adictos a la causa constitucional. Su adhesión no llegaba al entusiasmo firme y constante, y al ver la lentitud de la obra renovadora del liberalismo, se desilusionó en seguida y comenzó a mirar con indiferencia los acontecimientos.

Elegido jefe político de Burgos, había comenzado su tarea con ahínco, y al ver las dificultades presentadas consideró la obra como imposible al poco tiempo.

Don José Marrón se encontraba en el despacho del Gobierno civil cuando le anunciaron que un señor llamado Eugenio de Aviraneta quería hablarle.

GUERRAS CARLISTAS CARLOS SAEZ DE TEJADA[1]

Inmediatamente, abandonando el despacho, entró en un cuarto pequeño, contiguo, y dijo al ordenanza.

—Tráigale usted aquí a ese señor.

Aviraneta entró, el gobernador le dio la mano y le hizo sentar frente a él.

—¿De manera que usted es Aviraneta? —le preguntó.

—El mismo.

—¿El regidor de Aranda?

—Sí, señor.

—Tiene usted fama de hombre enérgico y decidido.

—No creí que tuviera fama ninguna.

—Pues sí la tiene usted.

—Me alegro.

—¿Sabe usted quién me ha indicado que le llame a usted?

—No.

—El juez de primera instancia de Burgos, don Modesto Cortázar.

—No es extraño, Cortázar es muy amigo mío, y es como yo masón.

—¿Puede usted disponer de un par de semanas, Aviraneta?

—Sí… Es decir, según de lo que se trate.

—Verá usted —y el gobernador se levantó de la silla y paseó por el cuarto—. Tengo datos para creer que varios agentes absolutistas de Madrid han recorrido la provincia de Burgos y han repartido dinero preparando un alzamiento en la sierra contra el Gobierno constitucional.

—Ya empiezan —exclamó Aviraneta—. No me choca.

—Ya hace tiempo que han comenzado. La primera trama la han urdido unos empleados del Palacio Real, entre ellos el secretario del rey, don Domingo Baso, y el capellán Erroz. Su objeto era sacar al rey de Madrid pretextando que los liberales iban a establecer la República y traerlo a Burgos y ponerlo a la cabeza de los absolutistas. Baso contaba con el infante don Carlos para influir en Fernando VII, pero no pudo convencer a éste de que hablara a su hermano. Entonces. Baso y Erroz salieron de Madrid, fueron a Daimiel, vieron al ex ministro de Policía Echavarri, que vivía en este pueblo, y le instaron para que se sublevara.

Echavarri lo hizo, y los conspiradores fueron presos.

—¿Pero el movimiento sigue?

—Sin duda. El primer tanteo en esta provincia ha sido la partida del cura Barrio. Usted estará enterado, seguramente, de que hace un mes se levantó el canónigo de la colegiata de San Quirce, don Francisco Barrio, en la sierra de Quintanar.

—Sí lo sabía.

—Este hombre lleva unos veintitantos hombres a caballo, y ha recorrido las sierras de Burgos y de Soria, deteniéndose en Covaleda y en Hontoria del Pinar, comprometiendo a la gente, recogiendo armas y municiones y guardándolas en las iglesias y en las cuevas. De acuerdo conmigo, el gobernador militar mandó varias columnas en persecución de los facciosos.

—¿Y han conseguido algo?

—Nada. Los jefes de nuestras tropas no tienen relaciones en el país, ignoran el terreno que pisan y andan completamente desorientados. Además, yo sospecho que algunos en el fondo son absolutistas.

Esto unido a que el espíritu del pueblo es hostil, hace que esa partida de veinte hombres sea inhallable.

—En Aranda se dijo que se había acabado con ella.

—Sí, eso se ha dicho, pero no es cierto, y Barrio anda campando por ahí con absoluta impunidad.

Ahora, al parecer, ya no se trata sólo de la partida del canónigo, sino que se quiere dar al movimiento una gran extensión. Los absolutistas han preparado la fuga del rey a las provincias del Norte; el general Echavarri, Santos Ladrón, Eguía y otros sublevarán las provincias vascas y Navarra, y la sierra de Burgos se levantará en masa cuando se presente el cura Merino, que ha salido de Valencia con el objeto de tomar el mando de la partida de Barrio, que se engrosará con sus antiguos guerrilleros. Con estos datos, y como no tiene uno medios para hacer nada, me determiné a reunir una junta formada por el comandante general y el juez de primera instancia, don Modesto Cortázar. Expuse ante ellos la situación en que me encontraba, desarmado, sin confianza en nadie, y entonces Cortázar me habló de usted. Me dijo que había sido usted guerrillero con Merino. ¿Es verdad?

—Sí.

—Es extraño. Me dijo también que conocía usted la sierra a palmos y que tenía usted amistades y relaciones en ella.

—Todo eso es cierto.

—Y concluyó afirmando que si le daban a usted medios acabaría usted con la facción al momento.

—Tanto como eso no lo puedo asegurar. Nadie puede contar con el éxito, pero intentaré.

—¿De manera que acepta usted?

—Sí, señor.

—¿Condiciones?

—Para mí ninguna. Lo hago por amor al arte.

—¿Qué necesita usted?

—Un escuadrón de caballería con buenos caballos y buenos jinetes. Yo mismo escogeré los caballos. Formaré tres pequeñas columnas, que las mandarán dos amigos míos y yo.

—Muy bien.

—¿Qué instrucciones son las mías? ¿Si cojo a los facciosos qué hago con ellos?

—Prenderlos.

—¿A los jefes también?

—También. ¿Le parece a usted mal?

—Muy mal.

—Pues ¿qué cree usted que se debía hacer con ellos?

—Fusilarlos.

—No, no. Tomarán represalias.

—Las tomarán de todas maneras.

—No, no. Nada de fusilar.

—Esta guerra que empieza ha de ser terrible —dijo Aviraneta pensativo—. Ha de ser más larga y peor que la de la Independencia. Lo verá usted.

—Aunque así sea. Nada de fusilar.

—Está bien.

Aviraneta salió del despacho del gobernador y fue a encontrarse con Diamante y Frutos que le estaban esperando. Les contó lo ocurrido en la entrevista y les expuso su plan.

Al día siguiente, al amanecer, el escuadrón entero marchaba a Covarrubias. Aquí se dividieron en tres partidas.

Diamante fue el encargado de marchar a Salas de los Infantes y de seguir sin detenerse las huellas de Barrio. Diamante era hombre infatigable y enérgico y había de hacer los imposibles para alcanzar al cabecilla y lograr el éxito.

Aviraneta y Frutos obrarían en combinación, sin separarse apenas. Frutos marchó a Barbadillo del Mercado, y Aviraneta quedó en Covarrubias con sus tropas alojadas en el Archivo y en la torre de doña Urraca, y al día siguiente fue a Santo Domingo de Silos.

Aviraneta estableció un servicio de confidentes en el campo.

Conocía bien las guaridas y recursos de que podía echar mano una partida en la sierra, y como un jugador de ajedrez que va dando jaque al rey con las dos torres, pensaba acorralar al cura Barrio.

Cuatro días después de llegar a Santo Domingo de Silos Aviraneta tuvo vagos indicios de que un emisario de Barrio se encontraba en Tordueles. Inmediatamente dio orden de montar y las dos partidas, la de Frutos y la suya, llegaron a media noche a la aldea y la rodearon por completo, con la consigna de no dejar escapar una mosca.

Ya cercado el pueblo, Aviraneta, en compañía de Frutos y de una escolta de diez hombres, entró hasta la plaza, mandó abrir la posada y llamar al alcalde. Este se presentó escamado y suspicaz.

Aviraneta había subido al primer piso de la posada, a un cuarto desmantelado, con una alcoba oscura en el fondo.

La posadera, en chanclas y a medio vestir, se presentó ante los irruptores de su casa.

Tomarán ustedes algo? —preguntó.

—Yo una taza de chocolate —contestó Aviraneta.

—Nosotros, veremos si hay alguna cosa más sólida —dijo Frutos.

Llegó el alcalde, y entre Aviraneta y él se entabló un diálogo rápido.

—¿Usted es el alcalde del pueblo? —preguntó Aviraneta.

—Sí, señor.

—Va usted a contestarme a las preguntas que le haga claramente y sin rodeos.

—Sí, señor.

—¿Dónde está el forastero que vino ayer al pueblo?

—Ayer no vino nadie al pueblo.

—Ayer o anteayer, es igual. ¿Dónde está el que ha venido al pueblo a hablar de parte del cura?

—Yo no lo he visto.

—¿Pero usted sabía que estaba aquí?

—No, señor.

—Entonces ¿cómo ha dicho que no lo ha visto?

—Porque no lo he visto.

—Pero sabía usted que estaba, si no no hubiera usted dicho que no lo había visto.

—No, señor, no sabía que estaba.

—Tenga usted en cuenta que nosotros fusilamos a los que nos engañan.

—Está bien.

—Otro testigo —dijo Aviraneta.

Entró un vecino y comenzó un nuevo interrogatorio.

Estaba clareando; algunos aldeanos se acercaban, curiosos, a la puerta de la posada atraídos por la patrulla de caballería.

Aviraneta, después de interrogar a varios vecinos se convenció de que el pájaro había volado.

—No tenemos suerte —le dijo a Frutos—. Almorzaremos y seguiremos adelante.

Al mismo tiempo que se hacían estos interrogatorios en la posada, un bulto negro había intentado salir del pueblo y cruzar por entre dos soldados de caballería.

—Alto, ¿quién vive? —dijeron los soldados.

—España.

—¿Qué gente?

—Gente de paz.

—Adelante.

El hombre dio varios pasos. Los soldados se apearon y se acercaron al individuo.

—Dese usted preso —le dijeron, y cuatro manos le sujetaron.

—Preso ¿por qué?

—Eso ya se lo explicarán a usted.

Los dos soldados, con el hombre en medio, entraron en el pueblo, llegaron a la posada, cruzaron el zaguán, subieron las escaleras y entraron en el cuarto, en donde Aviraneta, sentado a la mesa con el sombrero calado, tomaba una taza de chocolate. Un candil humeante iluminaba la estancia.

—¿Da usted su permiso? —dijeron los soldados.

—Adelante. ¿Qué ocurre?

—Que traemos un preso.

—¡Cristo! —exclamó Aviraneta levantándose lleno de asombro—. El cura Merino.

—El mismo soy ¿qué me quieren?

—Vigilad la puerta —dijo Aviraneta a los soldados y a Jazmín— que este hombre no se escape.

Los soldados se agolparon a la puerta. Aviraneta apagó el candil y luego se sentó. Entraba ya la luz de la mañana.

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LA PARTIDA DE BARRIO

Descansaron Aviraneta y Frutos con sus tropas en Hontoria del Pinar. Aviraneta averiguó que Barrio, perseguido por Diamante, había entrado en la provincia de Soria, dirigiéndose a la sierra de Yanguas, y al saberlo envió un parte al jefe político de Soria indicándole la dirección de Barrio y la conveniencia de colocar algunas patrullas de soldados o de milicianos a su paso.

Mandó a un aldeano con el parte, y al día siguiente salieron Frutos y Aviraneta de Hontoria del Pinar. Frutos avanzó hacia San Leonardo, y Aviraneta recorrió Covaleda y Vinuesa.

Tenían como punto de reunión Hinojosa de la Sierra.

Aviraneta, al pasar por Covaleda, supo que Diamante seguía persiguiendo al cura Barrio por Salas y Quintanar; que aquí se habían metido los dos en las sierras de Hormazas y de Santa Inés, y que iban por el momento uno tras otro recorriendo la parte de Yanguas.

La única solución del cura Barrio para no verse obligado a internarse en la llanura, en cuyo caso se hubiera visto rodeado al momento, era o entrar en tierra aragonesa, solución mala, no conociendo el terreno, o volver de nuevo hacia Burgos; pero para impedirlo estaban al acecho Aviraneta en Vinuesa y Frutos en San Leonardo. Se reunieron los dos en Hinojosa y avanzaron juntos hasta Estepa de San Juan.

Aquí supieron que el cura Barrio y sus guerrilleros, cansados, aspeados y muertos de hambre, perseguidos por Diamante, que no les dejaba descansar un momento ni de día ni de noche, se habían rendido y entregado las armas al alcalde de Yanguas.

Diamante no pudo coger el fruto de su persecución, porque al día siguiente, un par de horas antes de que su patrulla entrara en Yanguas, se presentó una columna salida de Soria y se hizo cargo de los presos.

Diamante, indignado, los reclamó; el jefe de la columna no quiso entregarlos, y se dirigió con ellos hacia la capital. Al encontrarse en el camino con las patrullas de Frutos y de Aviraneta éste dio al comandante explicaciones de cómo habían salido en persecución de Barrio desde Burgos, y el comandante entregó los prisioneros.

Formaban la partida, además del canónigo don Francisco Barrio, tres curas de pueblo y los guerrilleros llamados Dionisio Carro, Isidro Astorga, José Crespo, Agustín Escudero, gente toda conocida por sus fechorías, y además de éstos, algunos indocumentados sin importancia.

Diamante quedó muy poco satisfecho de la aventura. Esperaba coger la presa, y ésta se le había escapado en el momento de echarla mano.

Al contarle Aviraneta la captura del cura Merino, Diamante exclamó entristecido:

Qué suerte! ¿Y qué ha hecho usted con él? ¿Lo ha fusilado usted?

—No. El gobernador lo prohibió terminantemente. Si hubiese tenido a mis órdenes gente fina y revolucionaria les hubiera encargado que al llevar al cura a Burgos con el pretexto de que se quería escapar le hubiesen pegado cuatro tiros en el camino… pero no había gente terne.

—¡Qué lástima! —exclamó Diamante.

Diamante pretendió fusilar a Barrio y a los principales de la partida capturada, pero Aviraneta se opuso. La orden era de conducirlos prisioneros; Diamante quiso entonces atarlos a la cola de los caballos, pero tampoco se aceptó la idea y se decidió llevarlos en dos grupos.

La columna, cruzando campos, tomó la calzada de Soria a Burgos y llegó a esta ciudad a entregar los presos.

El gobernador preguntó a Aviraneta qué recompensa deseaba. Este le dijo que si conseguía alguna medalla para Diamante y para Frutos, se lo agradecería.

El gobernador mandó un parte al Gobierno elogiando el servicio prestado por Aviraneta y al día siguiente los tres jefes de los tercios de Aranda volvían a esta villa.

Galeria militar contemporánea, 1

MERINO SE OCULTA

Al día siguiente de fijar este bando comenzó la persecución de Merino con las dos columnas combinadas.

El 30 de mayo el Empecinado y Aviraneta salieron de Lerma y recorrieron el monte de Villoviado. Se hicieron indagaciones sin éxito y se pasó a Arlanza.

Se mandaron desenterrar los cadáveres de los soldados de Cataluña, que estaban cerca del río, y se los trasladó a Covarrubias, donde se les hizo un entierro solemne.

De Covarrubias las dos columnas se dirigieron a la sierra. No había rastro del cura ni de su partida. Se encontró cerca de Hontoria del Pinar a un tal Rufo, jefe del batallón de la Fe, que marchaba escapado con cuatro mulos cargados con armas, y se le detuvo.

El Rufo dijo que había oído decir que el cura andaba entre Celleruelo y Roa y que parte de su tropa estaba guarecida en el monte de la Ventosilla, cerca de Aranda.

Se fue hacia allá y no se encontraron huellas de Merino.

Aviraneta indicó al Empecinado los refugios que podía haber escogido el cura: Neila, la cueva del Abejón, Covaleda, Clunia, y se dieron órdenes terminantes para que se registraran estos sitios.

Se mandaron patrullas por toda la sierra. Nada.

—Hay que entrar en las iglesias y en los conventos —se dijo Aviraneta—. Es posible que Merino se haya escapado a Francia, pero me parece más probable que esté aquí, escondido en alguna sacristía, en alguna torre, en una guarida clerical.

Se dictaron órdenes para registrar iglesias y conventos, pero no dieron resultado.

Aviraneta desconfiaba de algunos agentes que se enviaban en persecución del cura; debía haber desconfiado de todos; no sabía que al mismo tiempo que se dictaban providencias para descubrirle y prenderle, de Madrid partían órdenes de Palacio para que no se le buscase. Casi todos los jueces, escribanos y alcaldes de la sierra eran partidarios del rey absoluto y no había que hacer en ellos gran presión para que no inquietasen a Merino.

Por otra parte, la Junta Apostólica de Burgos, que se reunía en casa de un mayordomo de frailes Benitos, trabajaba para invalidar los esfuerzos de los constitucionales.

Mientras el cabecilla fantasma era buscado activamente por toda la provincia, el verdadero cura Merino estaba tranquilamente acogido a un convento de monjas de Santa Clara, próximo a su pueblo, a Villoviado.

Por el día se le vestía un hábito de religiosa para que pudiera pasearse con las hermanas en el huerto, y por la noche se acostaba en la iglesia, detrás de una estatua de Santa Clara, en el fondo de un escondrijo, donde habían puesto una camilla.

Es muy posible que de cuando en cuando la superiora obsequiara al viejo cura sátiro y sanguinario con alguna monja guapa, pues todas ellas le consideraban como un santo varón. Es muy posible, pero no consta en los archivos, que Merino dejara en el convento descendencia mística.

En vista de que las partidas facciosas habían desaparecido, se dispuso hacer una excursión de carácter político por la provincia. El gobernador de Burgos, Escario, acompañado de González de Navas el juez de Arauzo de Miel, de Aviraneta y de algunos oficiales del Empecinado, recorrieron la provincia.

Los pueblos se encontraban en un estado lastimoso: las calles sucias, las fuentes cegadas, los caminos deshechos. Las pocas escuelas eran verdaderas mazmorras, y la viruela reinaba en todas partes que era un horror. Escario ofició al alcalde de Burgos para que enviase un cirujano provisto de vacuna; pero la gente de los pueblos no quería vacunarse.

Se hizo una suscripción voluntaria para plantar árboles en los bordes de las carreteras, y el jefe político, Avinareta y otros varios dieron cada uno quinientos reales y se comenzó  la plantación en Arauzo de Miel; pero los primeros arbolitos puestos fueron en seguida arrancados.

Queriendo dejar un rastro civilizador por el sitio donde pasaban, se armó también un teatro en la sala del Ayuntamiento de Huerta del Rey. Un oficial aficionado pintó el telón.

La pintura era cómica, pero llena de intenciones. Una musa con un arpa en la mano se levantaba entre ruinas y cadenas y, volando por encima de ellas, marchaba hacia una escalinata verde vigilada a un lado y a otro por dos damas: la Libertad, con su gorro frigio, y España, con su corona y un leoncito amarillo a los pies. Encima había un medallón con el retrato de Cervantes coronado de laurel.

Seguramente aquel telón hubiera parecido muy malo a un profesional, pero a los oficiales del Empecinado les pareció una obra maestra.

De Huerta del Rey se bajó a Aranda, y después de pasar unos días aquí, Aviraneta, con la columna del Empecinado, marchó a Valladolid. Se avanzó luego a Villalar, donde Aviraneta, por orden del Empecinado, escribió una proclama ardiente. Esta proclama terminaba diciendo:

«Sigamos el ejemplo de los Comuneros de Castilla, que dieron su vida por las libertades patrias. Soldados, jurad conmigo: Constitución o muerte.»

Galeria militar contemporánea, 1

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