PROSAS PARA UN RÍO.- Pedro de Lorenzo – ABC 31/07/1977

ABC 31/07/1977

 PROSAS PARA UN RÍO.- Pedro de Lorenzo

“Duero: río de España y Portugal, el segundo de la península Ibérica, por la extensión de su región hidrográfica y por el número de sus afluentes, y el tercero por la longitud de su curso, que es de 776 kilómetros.” Hasta aquí la definición de los diccionarios. Pero un río no es únicamente eso. Tiene, además, su propio espíritu, su elemento diferenciador. Algo que los poetas, los escritores, se han encargado de sacar a la luz. En este sentido el Duero ocupa un lugar de privilegio. Muchas e ilustres voces se han ocupado de él. Para Pedro de Lorenzo el tema no es nuevo. En el ánimo de muchos están sus guiones para la serie “Les ríos”, sus libros, sus discursos. Hoy, su prosa nos invita a un singular viaje. Un recorrido que, en este primer capítulo, comienza en Urbión y acaba a las puertas de Aranda de Duero.

1996-4

Me he asomado a las aguas. Mirándolas, cómo bajan, he vuelto a ver, el río niño: Urbión, las cuatro lagunas, los pueblitos serraniegos; la tierra quemada, heroica, de Numancia; la piedra, cárdena, de Soria.

He tomado apuntaciones para una canción nueva de Duero; con el río, vienen estas notas que no sé si iluminan, pero ordenan, la emoción viajera.

Esa primera emoción del nacimiento. Hay un horizonte de nieves y, cima todo, Urbión. Esta subida, expedicionarios,  panorama de cumbres, una cruz, una Virgen, el buzón que registra quién y cuándo realizarán la ascensión, la han hecho y la han testimoniado en verso, en prosa de hermosura, dos poetas mayores: Gerardo Diego, 1927; años antes, Antonio Machado.

Cuando, julio de 1927, Gerardo Diego alcanza el manantío, advierte que el verso es poco; pide aprestos a la prosa y su experiencia la titula de este modo: «Cima y sima». Es un artículo inmediato a la escalada; se publica aquel mismo verano.

Cinco años después, compone en Madrid un soneto, «Cumbre de Urbión», cimero:

Es la cumbre, por fin, la última cumbre …

Ha subido el poeta los barrancos, umbríos de pinares, y el espinazo de la cordillera entre dos cuencas: en cuatro horas ha salvado 1.200 metros de mordiente desnivel. Más sensible que el subimiento le es el ver, desde aquella altura, la sierra: con sus bosques y neveros y oleaje petrificado, al este; poniente y sur, la llana extensa; las montañas, despeñándose al Ebro en ondulación suave: lejos azules y blancos de Peñalara; los Pirineos aragoneses y cántabros. Paisaje puro, cósmico.laguna negra-1

La altitud se mide sobre nivel de un mar latino: Duero rompe en Urbión gargantas; llena de ojos al pinar; baja del costado de una roca a mediodía y 2.259 metros del Zorraquín; un pico, Zorraquín, manadero en la sierra.

La sima es todo esto: laguna Negra de Alvargonzález, los Infantes de Lara, consejas, superstición leguas a la redonda.

Profesor en Soria, Antonio Machado había hecho esos caminos. Toma en septiembre de 1910 el coche de Cidones. Sigue a pie hasta Vinuesa. Unos amigos le acompañan. Desde Vinuesa, a caballo, se adentran en los hondos de Covaleda. Les coge una tormenta; calados, tantean el Urbión. La tierra le es adusta y fina:

Castilla, de largos ríos,

tiene un puñado de sierras

entre Soria y Burgos como

reductos de fortaleza,

como yelmos crestonados,

y Urbión es una cimera.

Cuatro lagunas -Larga, Helada, Verde, Negra-, contrastan sobre la horizontalidad del reposo a las agujas de Urbión.

De las cuatro, la que más es la llamada Laguna Negra: escenario de Alvargonzález, sobra de nieves, desleída, arroja sus torrentes, frenéticos, al río.

En La tierra de Alvargonzález, Antonio Machado pone en romance la leyenda: trabaja la tierra Alvargonzález; ya viejo, sueña que sus hijos lo apuñalan:

y cuando despierta mira

que es cierto lo que soñaba.

Condenan a un buhonero, inocente, y le dan garrote; pero el remordimiento roe a los asesinos; las canciones del pueblo les aluden; y acaban, exasperados, por arrojarse a la laguna Negra.

En la línea del alto Duero van los pueblos diciendo estos nombres: Duruelo de la Sierra, Covaleda, Molinos de Duero … A diez leguas de Soria, se recoge Duruelo como al arrullo, cerca de las lagunas. Con su misma raíz -Dur, agua- motiva las andanzas de Unamuno, aquí entre pinos “a soñarle, visto en su cuna, en Duruelo”; y a justificarle con razones el nombre: “Duruelo, esto es, Duriolo, Duerillo, el Duero niño”. ·

Duruelo es no sólo unas tumbas ante la iglesia; aldea maderera, Durue1o es matorral inmenso. Camino de Molinos, el monte, inabarcable de albares y de negrales, se empina en la pradería y escala de helechos la vertiente; algún rodal de robles acalora el paisaje; alguna clara haya matiza en el pastizal, siempre verde, una fina vegetación agua toda. A la corta de pinos, sigue el arrastre; el tiro de boyancones, de lentas colas meladas.

¡Duero, agua, que se puede ahí beber, agua virgen, sin porción de especie oscura! Corren los bosques de Duruelo el más feo y el más grácil de los habitantes de la animalía: el jabalí, el corzo. La población aumenta en Duruelo. Hay serrerías, y fábricas de listones; hay esta singularidad: la construcción de persianas, la artesanía del mueble castellano. Duruelo, que vive de la madera, celebra en los Cristos de septiembre esta advocación: las Maravillas, Cristo de las Maravillas.DSC_0139

Por suelos de arena y roca se le llega al río un afluente de nombre cereal, género femenino: Triguera. Las aguas acrecen. Está a la vista Covaleda. Las aguas en Covaleda bullen a 1.214 metros de nivel. Carboneando la sierra arde el brezo en los calvijares: ascua de fragua para herrerías de alrededor. La tierra es cabañera de ovejas; el pueblo, un casco blanco apretado de pinos. Ahí principia la “Balada de Duero infante”; Gerardo Diego, preguntado:

¿Cuántos años, meses, días?

Horas sólo cumple el Duero

cuando pasa por Salduero.

Allá arriba, Urbión relumbra.

Nieve en mayo y en enero.

El río viene rápido, salvando murallones, rizándole espejos al Molino Bajero. Pastorea el lanar una pradera alta y dura, con memorias de la Mesta. A la cabaña, de ganados riberiegos y rebaños trashumantes, se le agrega una que otra punta de vacuno. Todavía hay mano, mucha en años, rendida de unción, para el trabajo de la lana hilandera: la rueca, el huso … No desentona entre labores tales el baile: un baile ancestral, de esgrima a palo, que se llama carcelina, la danza de la carcelina.

Juega también los bolos, y los juega con faldas, Sotillo del Rincón. Dos aguas endulzan los terrenos, accidentadísimos, del municipio: el río Razón y su afluente Razoncillo. En Razoncillo los géneros de los ríos discriminan; hacen varona la razón … No se atribuían género los ríos; en castellano era de uso los nombres de río sin artículo; el clásico, al personalizar los ríos, gusta de la construcción sin artículos: Aranda de Duero, Lazarillo de Tormes, Fábula de Genil. Trasueñan prado y estío las vacadas de Sotillo. Y no es rareza este hallazgo: una fábrica de pastillas de café con leche.

Y ya mirando a Vinuesa el paisaje se entona: la figura en el paisaje viste de pescador;  la piedra es un puente, a medias sumerso. Casas blasonadas, de balcón y alero; monumento, la iglesia; el rollo, de villazgo; palacios del arzobispo de Palermo, de los marqueses de Vilueña.

En Vinuesa, capital de los pinos los veraneantes, Agustin de Foxá vacaba, niño, a lo nobles latines grabados en la Peña Escrita y por la, primera vez hacía un verso. Corte de la real cabaña de la Carretería, trenes de carretas traían a Vinuesa vino, frutas; sacaban carbón y maderas. Esa real cabaña de la Carretería porteó el azogue de Almadén hasta los muelles de embarque; azogue para las minas de plata, mares allá, de Indias.

Vinuesa es la caldereta: la alegría sencilla, la felicidad de una caldereta. A fuego de leña, el caldo: hueso, agua y sal; unos trozos de falda, otros de hígado, a cocción lenta; ajo machado, comino, pimentón; y el pan en sopas. Sigue, el plato de solemnidad pastora: cordero en caldereta; a empapar, ese recio vino, tinto: diecisiete grados, y se queda uno corto. El pastor, trashumante, sueña en Vinuesa: la Mesta, que se le recrece, alma viva, corazón arriba, y le inspira las palabras propias de su quehacer.

A mano derecha era La Muedra, un pueblo sumido en el pantano: cabecero pantano que ata las aguas, piafantes de Soria. Sube el embalse hasta Vinuesa; carreterita adelante, ribera de la Cuerda del Pozo. Pero, ¿he oído en El Rollo un aire de flauta? No propiamente flauta: gaita, el gaitero de El Rollo.

Oír, he oído y oigo el rumor de un arroyo sonante en la piedra fría; cómo el murmullo de otro riacho, cantarín, le brinca alegrías al embalse; y Duero mismo que, henchido en la cola de pantano, destella de agua nueva anega al puente romano de La Calzada, y torre en los medios, las casas de La Muedra.DSC_0102

Me voy a una curva fastuosa: la captura de Duero por otro Duero, primigenio, que el tropezar con el cerro de Numancia tiró por lo que ahora son trigales de Gómara y Araviana hacia el surco del Ebro.

Por el tajo de Valdeavellano de Tera se abre camino un río de nombre insólito: Razón. Tera vierte en Duero, a la sombra de Numancia, frente a la aldea de Garray. Sostiene el río Razón con su caudal constante a Tera, a la luz de un paisaje serrano muy forestado. Entre los dos Cameros ha metido Tera 33 kilómetros y ha entrado a Duero en la curva de Garray, para más ceñir el cerco de Numancia. Duero en Garray, ocho kilómetros de Soria, describe un codo amplísimo; como si Tera, afluente, le marcara, dirección sur, el rumbo de la capital. Otro río, Merdancho, que por el Mediodía circunda a la colina, se le suma cerca de Arebalejo, al amparo del monte de Raza. Numancia, 1.087 metros en promontorio, tiende su cuesta a Duero, en vega estrecha, con un principio de curso pereceante, de brazos muertos. La destrucción de Numancia se consumaba en el verano 133 antes de Cristo. Las excavaciones han reconstruido el trazado de las calles, han descubierto recios muros, tierra calcinada…

¡Intima grandeza! Estoy en el solar de la patria. Arrancaré un puñado de tierra; con estas manos, esa tierra; la llevaré conmigo, y pediré que no me la separen de mi propia última tierra; a los pies de Duero mis ojos prendidos en Numancia.

Evoca Cervantes la gesta, La destrucción de Numancia. Todavía, 1961, la Numancia para representada en la colosal ruina de Mérida. Comprende la Numancia cuatro jornadas. En la primera, Duero consume doce octavas reales, habla; su parlamento viene precedido de esta acotación de autor:

(Sale el río Duero con otros tres ríos, que serán tres muchachos vestidos como que son tres riachuelos que entran en Duero junto a Soria, que en aquel tiempo fue Numancia.)

Pronto Duero hace balance, registra sus caudales, advierte los preparativos contra España, dice:

Con Obrón y Vinuesa y también Tera, cuyas aguas las mías acrecientan, he llenado mi seno en tal manera que las usadas márgenes revientan; mas, sin temor de mi veloz carrera, cual sí fuera un arroyo, veo que intentan de hacer lo que tú, España, nunca vieras: sobre mis aguas, torres y trincheras.

La cosa no tiene remedio: profetiza Duero la destrucción de Numancia. También ciertamente anuncia una posterior grandeza española y, con paso pronto, se acerca a los tiempos de este rey -rey de Valladolid, rey de Cervantes-: Felipe II. En ocho últimos versos, condensando acción, intervienen el río, España, otra vez el río …

Manaba Duero en Urbión a 2.259 metros; ha descendido a 1.056 en Soria. Veo camino  de Soria sus recortes, de radio breve y aguas presurosas; se afila, en el escarpado. No es todavía ria de meseta; no lo será sino tras Almazán, cuando la atracción atlántica le arranque de la sirena mediterránea.DSC_0100

Ha torcido en la serrezuela, Duero en recorvo a la ciudad. Roja la tierra, la piedra cárdena: tinta de los óxidos metálicos, de cobre, cálida y tostada; verde oscuro el matorral. En un collado Soria, entre dos cerros fronteros: el Castillo, el Mirón. Ahí el parador de turismo toma nombre de poeta: Machado; era el paseo de Machado, Antonio Machado. Bajando al río, junto al puente, los restos de un convento: mozo, temporeó en ese convento fray Luís de León.

Al otro lado, a la izquierda, entre los árboles, el monasterio de caballeros hospitalarios de Juan de Arce: San Juan de Duero. Es delicia, única, el claustro románico mudéjar; sin techumbre; cada ángulo, un orden distinto de arquería: auténtico capricho de la arquitectura medieval; sobre la persistencia del románico, la penetración gótica, las lacerías musulmanas.

Contiguo el monte de las Animas sugiere tema de leyenda a Bécquer. Bécquer en Soria; ciudad de poetas, Seria insoslayable: Bécquer, Machado, Gerardo Diego…

Transportó Machado a Verso la estampa del río en Soria: los alcores, la roqueda, y cómo Duero traza su curva de ballesta en torno a la ciudad; dijo:

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino de la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas …

Ermita de San Saturio, octógona, siglo XVIII, bajo la advocación del Patrono, en la caída de la sierra de Santa Ana, al saliente. Camino de San Saturio se puede ir por el lado del río viendo cómo la realidad contrasta las palabras:

Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua cuando el viento sopla…

Por el lado de tierra, mármoles de letras doradas:

¡Álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero

conmigo vais, mi corazón os lleva!

Y al pie del castillo, a Poniente, la iglesia de Nuestra Señora del Espino; junto a la iglesia el cementerio. El poeta evocando, mordido de dolor, ese alto Espino… Leonor, la tumba de Leonor:

El alto Espino

donde está su tierra.

Va Soria en despedida, propone el río aguas al remo, luz a estas piedras postrimeras: San Juan, Santo Domingo, la Merced. En el convento, -luego hospicio, de La Merced; tras el palacio de los condes de Gómara, vivió, rezó, escribió Gabriel Téllez, por su nombre de letras Tirso de Molina. Y de ahí se alejó, ya con las ansias, como siguiendo el río, hasta Almazán, derecho a «Se acabar y consumir».

Fray Luis de León, Tirso de Molina, Teresa de Jesús … Santa Teresa en una estancia en las carmelitas, pareja de la mansión de los Gómara, otro palacio siglo XVI… Y luego Bécquer, Machado, Gerardo Diego. Raya de tres Coronas -Castilla, Navarra, Aragón-, Soria, nacida para defensa del puente, cabeza de una las cuatro cuadrillas de la Mesta, se engarza en el río, joya lírica, frontera de la luna.

Pensativo de Almazán, Duero de barcas y de vacas, toca Tardajos y repara en un caserío: Miranda de Duero; la tierra ondulada, arenosa, y la han de sujetar las raíces barreneras de –roble, encina, pino, chopo- los árboles de la llanada y el agua.8508740999_40c62c1522_c

Aún viene Ituero, tres leguas y media de Soria, en estepa que pisan los cerros redondo y Gandul. Los arroyos toman estos nombres: Camino de Miranda, Serrano. Campo secarral, abre embalse y lo escribe así: Los Rábanos. Si florece, es en la berza, como rindiéndose al culto de las simplicidades humanas que, en lo más íntimo, pueden, por los solos sentidos de la belleza, elevar la vida cotidiana y sin maravilla.

Lento, no ha perdido la fuerza de su pulso el río. Los 770 kilómetros de curso castellano, hay un momento, dos momentos, y se atropellan: torrenciales de Urbión a Soria, incluso hasta Almazán, entre gargantas de fría poza truchera, cangrejera; y, mucho después, de Zamora a la melancolía de la raya.

Pero dije, lento; ahonda el trazo y se pone en Almazán: murió en Almazán Tirso de Molina, vocación de Atlántico; venido de la otra orilla del Atlántico; escucho, y es una voz de siglos sobre el fondo melodioso, de flautín de plata, de esos pinares por los que tendidamente Duero surca la Meseta, caudaloso de Portugal.

La piedra es noble en Almazán, es legendaria: iglesia de San Miguel donde la bóveda del crucero recuerda las califales de Córdoba, de nervadura por la rueda de aire de la linterna; o la iglesia de esta advocación: Campanario, Nuestra Señora del Campanario, de insignes enterramientos, vigía de la ciudad. Aunque mirar, Almazán -mira desde las galerías del palacio de los Hurtado de Mendoza la cinta de su río; hizo noche en ese palacio Felipe II el año de su muerte, 1598; las galerías, alzadas en dos pisos de arcos, se aroman de la leyenda del conde que, paseándolas, murió de amor.

En Almazán se recorta, labrado contra el azul, el monumento a Diego Láynez, segundo de los generales de la Compañía de Jesús, maestro de Retórica.

Almazán bebe aguas de Duero, ¡tan limpio -Soria pura todavía! Lo más de la tierra es pino resinero; y cuando no pino, roble dorador de los entreluces a la atardecida. En las plantaciones de la remolacha rasgan la arena los ingenios de la noria.

Los regadíos se expanden.

Berlanga es primera piedra de la literatura moderna de viajes. Inicia Ortega y Gasset, 1911, esa literatura; escribe:

Por tierras de Sigüenza y de Berlanga de Duero, en días de agosto alanceados por el sol, he hecho yo, Rubin de Cendoya, místico español, un viaje sentimental, sobre una mula torda de altas orejas inquietas. Son las tierras que el Cid cabalgó. Son además las tierras donde se suscitó el primer poeta castellano: el autor del poema llamado Myo Cid.

Partido judicial de Almazán, 47 kilómetros de Soria, Berlanga se hace mercado los jueves, fábrica de medias, calle pavimentada, árboles de reglamento municipal. Enorgullece de su colegiata y el castillo, ostentoso de los Condestables.

La colegiata fecha la transición del gótico al renacimiento; en la capilla de los Ortega Bravo de Laguna reposan dos hermanos gemelos: fue uno de los hermanos alcalde de Atienza; el otro, obispo de Coria. Si con Berlanga de Duero otro Ortega, siglos acá, inicia la literatura de andar y ver, este mismo grande Ortega, y cuán injustamente, dice:

Coria, ciudad inverosímil, sombría, torva e inmóvil como un susto en medio de un camino…

El de Gormaz, me lleva al castillo. Ahí es el río elemento estratégico. Musulmana, esa roca se alzó el año 965. Fue alcalde del castillo de Gormaz, Rodrigo Díaz el Campeador. En la galería porticada de la iglesia resaltan arcos de herradura; pone su vestigio árabe el muro de levante, en esa misma fortaleza de la fe.Stitched Panorama

Duero sirvió de raya a Gormaz, defensa inexpugnable: hoy, resonancia de ciudad; castillo y corraleras, ruinas todo. A los pies del castillo, un huerto moruno: el camposanto de Gormaz; mañana y tarde y noche, ánimas arriba, las campanas de gravedad solemne, monitorias. Van los enlutados a la iglesia, vienen al camposanto. Una fina lluvia enciende el bravío olor de los jaramagos, la albura de majuelos en el huerto, la herrumbra de las cruces; en un rincón los huesos recompone su figurín de la muerte.

Duero sigue, impasible, su nueva andadura, fijo en Aranda. Pero esas impasibilidades, con qué emoción Ángela Figuera las rectifica; y mira a Duero, y le reprocha:

Rio Duero, río Duero -¡que a mí no me pasa igual!

Aunque te parezca el mismo- es muy otro mi caudal:

ayer, esperanzas locas; – hoy, penas que recordar;

ayer, amores y risas; – hoy hieles para llorar …

Camino de Calatañazor, Duero es río de Vildé. Hay embalse de Vildé, regadíos de Vildé, y la piscifactoría. En la piscifactoría princesea la trucha. Apasiona la crianza de la trucha. Labradores los más, mantiene Vildé una población estacionaria; gusta de presumir -y puede- de su casa árabe, año 1000, y los vinos de la ribera: Ribera de San Esteban.

Laudas a la puerta de la iglesia; noticia de castillo, Calatañazor es un valle y un páramo. La tierra, tambor batiente, se tensa para cultivos de secano, de año y vez. Todo es saco en Calatañazor: los veranos; el río local, con su nombre de condición: río Sequillo. Pero también Calatañazor tiene vega, y por la vega discurre otra vena de agua; como de agua de nubes, alusiva de las alturas: río Avión.

Río mayor, Duero da espejo al pueblo, a mediodía. Calatañazor es la fuente y el rollo de su jurisdicción de villazgo. Varada en el tiempo, Calatañazor fecha la rota ¿o diré leyenda?- Almanzor. Muere Almanzor en Medinaceli, con las calores del año 2: 1002; pero antes, aquí, ha paleado contra castellanos, navarros y leoneses del conde Sancho García. En el castillo, sombra de castillo, moró doña María de Molina. Luce en la iglesia un crucifijo gótico; la Virgen torna advocación de la fortaleza: Virgen del Castillo.

A una legua, legua más bien corta, se aploma este anejo: Avioncillo. Avión, Avioncillo; río, caserío, ponen sobre la vida remota un ansia de permanecer, una como premonición de futuro. Y, sin embargo… ¡Patética de la existencia! En la casa, a dos vertientes, la ventana es angosta; la lumbre, baja; fuego de pino de encina. Trabajan el alrededor mulas de alzada, de lámina para cartel, mucha en ferias.

Por la ruta del río Avión me llego a Osma: El Burgo de Osma, ¡brava ciudad! Con su paisaje de entrada, de moza lavandera. Los edificios nobles se condensan en el palacio de los obispos, en el joyel de la catedral.

Surge El Burgo como súbito, en una depresión; aunque del alto llano. Duero corre a la mano derecha. Aguas, ahí no menos importantes, se llaman, ya lo sabéis, Avión; se llaman Ucero. Es, Ucero, el afluente principal, en Soria; nacido burgalés, atiende, de momento por este nombre: Lobos; el de Ucero lo toma en los pinares de Sen Leonardo; rondando la sierra de Cabrejas, recibe al río Avión.

Todo es postal de hermosura en El Burgo: las casas consistoriales, el pósito, el corral de representaciones, el peso. La catedral se yergue sobre otra, románica, de la hora de San Pedro de Osma. Es uno de los dos santos de veneración en El Burgo; el otro santo, Domingo de Guzmán. Uno y otro con sus vestigios en la catedral, el sepulcro gótico de San Pedro; y al relieve los pasajes de su vida; en la mortaja, la sede se decora de un bestiario a lo divino.

Salgo de Osma por su camino natural: orillo el río y no se me borra la imagen de las aguas de Ucero que dividen la ciudad y villa, separan catedral y castillo; Osma, El Burgo: el apellido y el nombre. Se suceden la vega y la dehesa. En el monte manda el pino: el nudoso, torturado pino negral. Empuja Duero sus aguas, las enhebra bajo la piedra de Roma del puente, derecho a Caracena.

Contó Caracena en los siglos XII y XIII, y aún pide respeto, no diré el castillo, un par de iglesias: Santa María, de torre cuadrada, ruda; y San Pedro: galería de siete arcos, de las que más en la provincia.

Ha venido el río hendiendo cinco leguas de roca y pedregal; Caracena se alaba de unas canteras de mármol, nunca en explotación; cubren la tierra las aulagas -que por aquí se dice aliagas-; el regadío, no mantiene en red de canales un río mínimo: 33 kilómetros de agua con nombre del lugar: río Caracena. Pintan paisaje de lejanía los molinos maquileros: es el trigo negrillo, da paja muy fina, un punto precoz. Fuera del casco, en Caracena, se afantasman los pajares.

En busca de San Esteban, comarca de Gormaz, las aguas bajan turbias. San Esteban de Gormaz era la Puerta de Castilla, siglo X; el juglar de Myo Cid la cita con encomio. Morada entonces, alzaba en el azul, sobre el recodo del río, la arrogancia del castillo; para la fe, se recogía en dos iglesias románicas. Permanecen gloriosamente intactas, sus bodegas.

Pueblo de buena prensa, reza a la Virgen del Ribero y clava en las mansiones solariegas la ejecutoria de blasones de su pretérito.

En los muros de San Esteban se inscriben epigrafías romanas; glosa Lope de Vega los capiteles de San Miguel y del Ribero.

Sirve regadíos, palpitante, ya gorda, la vena de río Duero. Los completa la fuente de los Ojos; los multiplica el artificio de los canales. En carrera con el río, se estira y reluce la vía del ferrocarril. Ya los pueblos, a vista de tren, proclaman esta capitalidad: Burgos. Las casas son de tapial, y alfombra las tierras el cultivo de la remolacha.

Pide aquí Duero un desvío, un alto en su camino; una parada, pronta, orillas del siglo XVIII, en Peñaranda. Es Peñaranda castillo, plaza, rollo, colegiata, palacio. Y la botica. Una travesía da a la plaza del palacio de los Zúñiga y la colegiata; sigo, y ésta es la calle De la Botica, una botica bastante como para el milagro de sumir, al curioso viajero, en el siglo XVII.Stitched Panorama

Abre Duero cauce de diez a treinta metros; a trechos, entre taludes, de otros siete de altura. Avanza, envueltas las aguas densamente oscuras. Le acompañan dos canales: Aranda, Guma. Mide estas medidas: velocidad, 1,8 metros segundo; cero ochenta, de hondura. El caudal, sostenido desde el embalse de Cuerda del Pozo, entrega 21 metros cúbicos segundo, en lecho suave, de arcilla y arena, que amagan su limpidez.

En la que se mira un país llano y algún que otro cerro de pino y encinera. Ya en Aranda, Duero recibe, de un lado, las aguas de Arandilla; claras aguas cangrejeras, crecidas, en cauce abierto, que se inyectan en la arteria de Duero tras pasar un puente siglo XVI, de sólo un ojo, de medio cañón; por el otro lado, el ímpetu del arroyo Bañuelos; ha cercado Sañuelos a la ciudad de Norte a Poniente; se le deja un respiro, y la anega: es el temible río de las inundaciones de Aranda.

Pedro DE LORENZO

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en DOCUMENTOS, FOTOS, PRENSA y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a PROSAS PARA UN RÍO.- Pedro de Lorenzo – ABC 31/07/1977

  1. Pingback: HISTORIA DE COVALEDA CUMPLE 3 AÑOS | HISTORIA DE COVALEDA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s