TRADICIÓN SORIANA DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

Tradición soriana de la Guerra de la Independencia    

¡Pobre niño! No sé cómo su débil organismo resistió las vivas y encontradas emociones, las tremendas sacudidas de aquellas fluctuaciones y vaivenes de su espíritu. De 11 a 12 años, de imaginación exaltada, nervioso, delgadito, precoz y por consiguiente desequilibrado, había seguido el curso y las vicisitudes de la Guerra de la Independencia con una ansiedad y un interés que no se conciben bien en su corta edad.

No hallaba gaceta de noticias que no devorara; no había conversación de sus paisanos al alcance de su atención que no escuchara con avidez: batallas, sitios, peripecias de guerrillas, fusilamientos y represiones sangrientas de los invasores, represalias de los españoles, todo había desfilado por aquella imaginación infantil y exaltada, como a través de una linterna mágica, con proporciones enormes y gigantescas.

A compás de estos devaneos de su inquieto espíritu, dos sentimientos igualmente poderosos se habían desarrollado en él; un miedo que rayaba en terror invencible y un odio mortal a los franceses. La noticia de un descalabro de las tropas españolas, o de la marcha triunfante del ejército imperial, le producía una impresión tan intensa que deprimía su ánimo y le hacía imaginar que este ejército llegaba a Soria y no dejaba piedra sobre piedra ni soriano vivo. ¡Qué alegría en cambio, qué borrachera de entusiasmo al saber que los españoles habían obtenido una victoria!, la noche del día que en Soria se supo la de Bailén, soñó que los franceses huían a la desbandada por todas partes camino de Francia, que, perseguidos y acodados por las tropas españolas, eran muertos a centenares, a miles, gran número de ellos caían prisioneros, eran copados en algunos sitios, y que al pasar una división en retirada por Soria, salieron a su encuentro los sorianos, la habían derrotado completamente y él, él mismo, con su propia mano, había matado dos franceses.

¡Pobrecillo! Siempre lo mismo. Al pasar los sucesos por el cristal de aumento de su fantasía, adquirían proporciones desmesuradas, colosales, y servían de base a su loca inventiva para sacar consecuencias y forjar nuevos hechos más desmesurados y más colosales todavía.

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En esta tensión de ánimo, con breves intermitencias de calma, transcurrió para nuestro precoz chicuelo el verano y parte del otoño del año ocho y llegó el mes de noviembre.

No se hablaba en la ciudad de otra cosa que de la proximidad de los franceses. Un movimiento y una agitación inusitadas se advertían por todas partes: diríase que Soria se despoblaba. De cuando en cuando atravesaban las calles de la ciudad caravanas de emigrantes que huían a los pueblos de la sierra, llevándose consigo cuanto podían, sobre caballerías cargadas de arcas y ropas; los herederos de Numancia no querían emular las glorias de sus antecesores, y huían ante la invasión abandonando la ciudad; al cabo de pocos días no quedó en Soria más de la tercera parte de sus habitantes y contristaba el ánimo el aspecto silencioso y deshabitado que ofrecía.

Nuestro niño, entre tanto, no tenía un momento de tranquilidad y de calma; con aquel estado de cosas habíase apoderado de él una sobreexcitación tan profunda que tomó el carácter y la persistencia de obsesión: siempre tenía delante el coco terrible de los franceses.

Para conciliar el sueño necesitaba generalmente hacer un esfuerzo de imaginación que borrara la impresión penosa que le perseguía y le tranquilizara momentáneamente alejando el peligro: ya pensaba que el ejército francés cambiaba de rumbo y desistía de pasar por Soria, ya que las fuerzas del general Cuesta se habían opuesto a su paso y lo derrotaban; después de todo, esto no era tan difícil, tan improbable, y desde luego que no lo era tanto como otros recursos inverosímiles de su inagotable fantasía. Todo era posible, además, con el auxilio divino: educado en el temor y confianza en Dios, él, que allá en su discernimiento sobre lo bueno y lo malo se consideraba bueno, no desconfiaba nunca de la Providencia, y menos tratándose de aquellos asesinos, de aquella malvada canalla de franceses; todas la noches agotaba varias veces el repertorio de las oraciones que sus padres le habían enseñado, y con esto y con aquello se hacía la calma en su atribulado espíritu y el niño se dormía. Algunas noches el sueño duraba hasta la mañana, pero otras aquella impresión de terror, que tan tenazmente le acosaba, seguía trabajando interiormente y le hacía despertar sobresaltado, víctima de un nuevo ensueño de otra pavorosa pesadilla.

Por eso, apenas rayaba el día, se echaba a la calle en busca de compañía que confortase su ánimo abatido, y no ponía los pies en su casa más que para comer y acostarse.

Corrían entre tanto los días; las plazas más importantes de Castilla la Vieja iban cayendo en poder de las huestes napoleónicas, y el 18 de noviembre se supo que una numerosa división venía, por la parte del Burgo de Osma, en dirección a Soria. Al día siguiente, apenas amaneció, nuestro mozalbete, en vez de callejear por la ciudad, subióse a lo alto de la muralla que por el poniente de aquélla escalaba el cerro del Calaverón y en parte se conserva todavía; desde allí indagó, con su inquieta mirada, el horizonte que ante ella se extendía, sin dar con lo que su vista buscaba y su deseo no quería encontrar.

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No sucedió lo mismo en la mañana del 20. Desde el adarve de la muralla, acurrucado entre dos almenas, hacía ya tres horas que observaba sin distinguir nada, cuando a cosa de media mañana vio asomar por las crestas de los cerros, que por aquella parte rodean a la ciudad, una masa confusa que se movía y se acercaba lentamente; de lo alto de la muralla, cuajada de gente, alzóse un vago y prolongado murmullo; el último resto de esperanza del niño, se había desvanecido, el hecho temeroso y temido se le ofrecía, mejor dicho, se le imponía con toda su espantable realidad. Aquella movible masa se iba agrandando, se alargaba y ensanchaba paulatinamente, haciéndose a la vez más distinta, a medida que los primeros grupos descendían por las pendientes de los cerrillos, abandonando sus cimas que eran ocupadas seguidamente por otros grupos, por nuevos pelotones de hombres. ¡Gran Dios, si aquello no llevaba trazas de acabar nunca! No parecía sino que de las entrañas de la tierra surgían hombres y más hombres.

La infeliz criatura contemplaba aquel extraño espectáculo con extraviada vista, el pecho oprimido, atónito, sin darse cuenta de si tenía delante una cosa real o un nuevo engendro de su acalorada fantasía. En menos de una hora todas las eminencias y colinas inmediatas a la dehesa de San Andrés y el campo de Santa Bárbara viéronse ocupadas por numerosa falange de enemigos.

Veinte mil franceses, al mando del mariscal Ney, acampaban a las puestas de la ciudad.

Tres días no más permaneció la división del mariscal Ney en Soria, y, a pesar de haber anunciado que sería respetada la hacienda de sus moradores, se entregaron los soldados a toda clase de excesos; gran número de casas fueron saqueadas e informes montones de muebles, ropas y enseres de todas clases, ardían en medio de las calles; tres años parecieron a los habitantes aquellos tres días en que tantas y tan grandes vejaciones sufrieron. No bastaba a aquella soldadesca satisfacer la codicia llevándose cuantos objetos de valor encontraba a mano; era preciso, también, saciar instintos de destrucción y sentimientos de odio hacia el pueblo aquel, que cometía el delito de defender su hogar, su patria y su independencia, destrozando lo que no podía llevarse. Aquel ejército que representaba un nuevo progreso -que se entendía-, se entregaba a excesos vandálicos sobre gente inerme y poblaciones indefensas; aquellas tropas regulares, vencedoras en cien batallas contra enemigos fuertes y bien organizados, distraían sus ocios guerreros con ocupaciones de bandolerismo y merodeo, con actos de rapiña.

Repitiéronse tan tristes escenas al paso de una división de caballería, compuesta de mil hombres, que a los pocos días tuvo lugar.

Con estos sucesos habíase operado en el niño de nuestra tradición una transformación extraña e importante. Aquel terror que le había tenido amilanado que dominó a todo otro sentimiento, incuso el del odio al invasor, antes de que llegara, cedió de tal suerte, durante los últimos días de permanencia de los franceses en la ciudad, que él mismo se admiraba de la tranquilidad de su ánimo. Aparte de la inconstancia y movilidad de los sentimientos en los niños de su edad, es indudable que contribuyeron a ello, sobre todo, las exageraciones de su temperamento exaltado y los extravíos de su anormal precocidad. Él, que al solo anuncio de la proximidad de los imperiales temblaba de espanto y se imaginaba una terrible catástrofe de la que era una de las primeras víctimas, había sido testigo presencial de la entrada de los franceses en la ciudad, sin que la catástrofe viniera y sin experimentar daño alguno. No, no era tan fiero el león como lo pintaban, ni, sobre todo, como él se lo había imaginado. Mucho más había sufrido con la lejana perspectiva de aquel suceso que enfrente y en presencia del suceso mismo; y aquél sufrió, además, había sido tan largo y tan penoso, que parecía que había agotado su alma, como si en ella no quedara ya lugar para nuevo sufrimiento.

En cambio el odio al invasor, que aunque grande y poderoso había estado debilitado y comprimido por el terror, iba ganando tanto terreno como éste perdía, y tales alas cobró, al encontrar el campo de su ánimo libre de aquel insuperable obstáculo, que se enseñoreó completamente de él en breve tiempo. Bien pronto su edad, y sobre todo la exaltación que constituía el sello distintivo de su carácter, imprimieron a aquel odio las proporciones exageradas que antes habían hecho degenerar su miedo en terror.

No pensaba en otra cosa, de tal modo que, ya no sólo en sueños, sino que también despierto, forjaba hazañas contra el invasor sintiéndose capaz de llevarlas a cumplido término. Llevaba siempre un cuchillo que había cogido no se sabe dónde y varias veces, en sus conversaciones, se le oyó decir, con aplomo y decisión extrañas, que había de matar a un francés. El desasosiego y la intranquilidad, aunque en forma menos penosa, hicieron presa en él nuevamente.

Después del cuerpo aquel de caballería, que hizo su entrada en Soria, a los pocos días del paso de la división del Mariscal Ney, llegó una tercera división mandada por el general Daufin, que se estableció de guarnición en la ciudad.

Este general francés, a quien su carácter de tal no impedía ser justo y prudente -cosas que a los sorianos, y no sin fundamento, les iban pareciendo incompatibles- emprendió una política de atracción que le granjeó las simpatías de muchos, y atrajo a la ciudad gran número de los fugitivos. Sucediéronle en el gobierno de la provincia otros dos generales que continuaron sus huellas. El orden de la ciudad parecía restablecido definitivamente; la calma había renacido en el vecindario y aun en nuestro mismo chicuelo, quien, a pesar de su carácter y temperamento, sentía disminuir su animosidad.

Parecía que habían pasado ya, para no volver, los aciagos días del año ocho, cuando a mediados del nueve, y en sustitución del último general, encargóse del mando de la provincia el general Baste. Pálido reflejo de la realidad sería cuanto dijéramos acerca se su carácter cruel y sanguinario y de sus medidas violentas y salvajes: esquilmó a los habitantes con extraordinarias y repetidas contribuciones, mandó apalear a varios que no pudieron entregar lo que no tenían y ordenó por fútiles motivos algunos fusilamientos.

La casualidad hizo que eligiera por residencia una antigua y espaciosa casa de la calle de Caballeros, en uno de cuyos cuartos vivía precisamente nuestro niño, quien conoció bien pronto que había entre los franceses alguien más bárbaro y más cruel que el general. Era el tal un asistente suyo, hombre feroz, corpulento, ceñudo, de borrascoso bigote y espesas cejas, de frente deprimida, dotado de instintos innobles y perversos, con nostalgias de pesebre y resabios de tigre.

Hay que advertir que tomó a nuestro niño por criado desde el primer momento, encajándole innumerables quehaceres y propinándole, en premio de ello, frecuentes y nada suaves empellones y bofetadas.

Estaba como en su elemento repartiendo culatazos y palos, que alcanzaron a buen número de sorianos; tan terrible fue el culatazo que en cierta ocasión dio en el pecho a la tía del mozalbete, porque ésta no pudo darle un utensilio de cocina que no tenía y aquél le pidió, que estuvo la pobre mujer quince días en el lecho del dolor entre la vida y la muerte; una tarde que, al anochecer, tropezó con el niño en la oscura escalera, le arrimó tan fuerte puntapié que le hizo rodar los escalones del tramo, causándole varias contusiones en el cuerpo y una herida en la cabeza.

Todo esto despertó en él, con más fuerza que nunca, su odio al francés, con ansias de satisfacerlo, fijándose en aquel ogro de asistente como objetivo principal y casi único, sintiendo una comezón imperiosa de saciarlo en él.

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Una mañana del mes de agosto, a los pocos días de haber rodado por la escalera, echóse el niño de la cama después de una noche interminable de insomnio. El día anterior había sido fusilado un soriano de los que más se distinguían por su odio a los franceses, y que le era doblemente simpático por ser un conocido suyo que en varias ocasiones le dio ánimo y le trató con cariño; sentía además, cuando se acostó, calentura ocasionada por el descuido de su magullamiento y de su herida, con todo lo cual excitóse de tal modo su cerebro que no pudo dormir más que breves momentos. Vistióse rápidamente; abrió la ventana del cuarto, que daba al jardín, por la que penetraba un rayo del sol que alegraba la estancia, y lo primero que vio fue al asistente, que en mangas de camisa sacaba agua del pozo; también el asistente le vio y en chapurreado español le dijo que bajara a ayudarle, y una vez en el jardín le mandó colocarse sobre una pila de piedra, que junto al pozo había, para coger las pozaderas que aquel hacía subir llenas y vaciarlas en ella. Emprendió el niño su tarea que en un principio sobrellevó bien, pero que se iba haciendo cada vez más penosa a consecuencia de su postración y de los dolores que le producían las contusiones.

Por otro lado le tenían como ensimismado y distraído la monotonía de la ocupación y, sobre todo, la excitación y debilidad de su cerebro al que se había agarrado, como lapa a peña, aquella idea tenaz de matar a aquel francés, vengando en él todas las atrocidades de que habían sido víctimas sus paisanos y especialmente aquel amigo suyo, tan bueno y tan valiente, y saciando en él todo el rencor concentrado en su alma por los sufrimientos y en particular por el puntapié que le hizo rodar la escalera. Y lo que es ocasión, nunca la había tenido como aquélla; serían las seis de la mañana, no se advertía el menor ruido en toda la casa y allí estaban los dos, solos, él con su cuchillo en el bolsillo y dominando desde lo alto de la pila al francés. Tan embebido se quedó en aquellas imaginaciones que no reparó en que el asistente le alargaba la pozadera; una tremenda bofetada le sacó de su abstracción, volviendo el francés a su ocupación indiferente a lo que por el niño pasaba.

Y lo que por él pasó fue terrible; ni él mismo lo supo. Pasado el primer momento de estupor, sintió agolparse la sangre a su cabeza, una nube oscureció su vista y obcecado por un arrebato de cólera, sugestionado por un impulso invencible de su odio, siempre creciente y siempre insaciado, sacó rápidamente su cuchillo y, abalanzándose sobre el francés, lo hundió en su cuello. Aquello fue obra de un momento: el francés dio un quejido y cayó sobre el brocal del pozo que regó con su sangre. Inmediatamente atravesó el niño el patio y el portal, cruzó gran número de calles y salió al campo por la puerta de la muralla que se abría frente al puente sobre el Duero, siempre corriendo, como alma que lleva el diablo, sin otra preocupación ni más idea que huir de la ciudad.

La desaparición del niño y el hecho de haberse encontrado su cuchillo clavado en el cuello del asistente hicieron sospechar a los que le conocían, y especialmente a sus parientes, que fuera él quien mató al francés. Corrió la noticia por la ciudad, llegando a oídos de los franceses que, en su mayor parte, o se negaron a darle crédito o no le dieron importancia. No sucedió lo mismo con el general Baste; ¿un matador de un francés y en su propia casa? ¡bah! Ni pensó en ello, después de todo era exigirle demasiado.

Mandáronse requisitorias a varios pueblos, con las órdenes más severas y terminantes para su captura, y pasaban días sin dar resultado, cuando un patriota, un alcalde cuyo nombre, así como el del pueblo, la compasiva tradición ha olvidado -evitando con ello la ignominia que sobre aquel nombre hubiera caído-, denunció el niño a las autoridades francesas, y conducido a Soria fue condenado a ser fusilado y colgado, para ejemplaridad y escarmiento, sin duda, de esa porción de la humanidad, perversa y criminal, que forman los niños.

Llegó el día señalado para la ejecución, uno de los primeros del mes de octubre, que amaneció nebuloso y triste. El cielo, en toda su extensión de un color gris uniforme, arrojaba una lluvia menuda, tamizada, que caía incesantemente. Todas las sierras circunvecinas aparecían coronadas de nubes agarradas a sus cimas; jirones de desfilachada niebla, desprendidos de lo alto, rodaban por las pendientes de las montañas, prendiéndose en sus faldas, o bajando y desvaneciéndose en el llano; al norte de la ciudad una dilatada línea blanquecina, que se extendía por la llanura, denunciaba el curso del Duero. Parecía que la naturaleza, ante la escena que se iba a desarrollar, se había revestido de solemne tristeza.

A la difusa claridad de las primeras horas de aquella mañana vióse salir por la puerta del postigo un pelotón de soldados franceses y un niño llorando, resistiéndose a andar, conducido por dos de aquéllos. Atravesó el grupo el arrabal, torció hacia la derecha dejando a su izquierda el convento de la Concepción y el de San Benito, y subiendo la pendiente, que frente a éste se alzaba, llegó a la meseta de Santa Bárbara, lugar destinado para las ejecuciones. A una orden del oficial formó la compañía, cuatro soldados se destacaron de ella y los dos que lo habían conducido colocaron al niño a pocos pasos de aquéllos.

Era el niño a quien un mes antes vimos alejarse de la ciudad, después de haber dado muerte a un asistente del general Baste. Costaba trabajo reconocerle. Su larga peregrinación por los pueblos, siempre errante y vagabundo, comiendo de lo que la caridad le proporcionaba, durmiendo a campo raso unas veces, en el quicio de una puerta otras, las menos bajo techado, y asaltado por el miedo; las angustias de su captura; los horrores de su condena; tanta y tanta inacabable tortura, martirio tan cruento, habían labrado tan honda huella en su espíritu que, reflejándose en su cara arrugada y marchita y en su cuerpo postrado, aniquilado, desfallecido, la habían desfigurado completamente. En poco tiempo, la pena había trabajado en él tanto como una larga vida; era un niño viejo, marchito: ¡qué tristeza!

Era inútil empeño que el niño permaneciera donde los soldados le dejaban; apenas se retiraban se iba tras ellos dando gritos angustiosos, desesperados; lo ataron. Hay que decirlo en honor de aquel oficial, a quien la disciplina obligaba a ejecutar una orden que repugnaba a sus sentimientos: volvió la cabeza y en esta disposición, con acento que la emoción hacía tembloroso, dio la voz de fuego; al mismo tiempo el niño, abriendo desmesuradamente los ojos, en los que se advertía el extravío del espanto, gritó, ¡madre mía, no, no!; la detonación de la descarga apagó su voz y, entre la nube de humo que produjo, vióse caer su cuerpo en tierra. Cogiéronle dos soldados y lo llevaron a un lugar cercano donde se alzaba un pie derecho que sostenía un travesaño horizontal, del que pendía una polea con una soga: uno de ellos rodeó la soga al cuello y tirando el segundo del otro extremo izó el cadáver del desgraciado niño, cuya cara tomó un tinte lívido y cuyo cuerpecito permaneció breves momentos balanceándose en el aire. ¡Dios de Dios qué horrible!: se oprime el corazón al describir escena tan siniestra.

Cuando se contemplan a través de tales hechos ciertas glorias históricas, parece que su brillo se oscurece y se eclipsa tras una densa nube de tinieblas y de vapores de sangre, condensación de todas las amarguras, de todos los dolores, de todos los crímenes con que aquellas tristes y funestas glorias se han amasado.

Más impresión ha dejado en mi ánimo este conmovedor episodio, que todas las hazañas militares del capitán del siglo.

¡Pobre niño! (1).

Un niño patriota y mártir. Por Enrique Ramírez. 1894.

(1) Es rigurosamente histórico el hecho que sirve de base a este episodio de la Guerra de la Independencia en Soria. La tradición refiere, y a algunos ancianos de la capital he oído referir en varias ocasiones, que un niño de 11 a 12 años, que vivía en una casa de Caballeros, dio muerte en el jardín de ella a un asistente del general de la plaza, que habitaba en la misma casa, huyendo luego. Procedióse a su busca y captura, el alcalde de no se sabe qué pueblo lo entregó a los franceses y conducido a Soria fue fusilado y colgado.

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