RETAZOS DE ANTAÑO – IV

RETAZOS DE ANTAÑO – IV

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LA CHIMENEA

Pudiera ocurrir que esta fotografía del autor de estos trabajos gráficos, fuera técnicamente, una de las mejor logradas.

Convertir ese golpe de luz -único elemento o naturaleza viva- es motivo baslante para la imagen, que está tomada de una naturaleza muerta y negra, en la estancia más ocupada de la vivienda pinariega soriana -la cocina- pues no se trata ni más ni menos, que de la chimenea tronco-cónica, que se convierte en la cubierta, cúspide o cumbre, taladrada en lo más alto por el tragaluz, lucera se dirá mejor, que es al mismo tiempo “boca-chimenea” para la salida de humos de las chascas, lumbres, charadas, llamaradas y zorreras que de ramulla de pino, brezos, tamarillas, aliagas, cambrones y otros combustibles del monte próximo, recibe el alto y negro cono-chimenea oscuro como boca de lobo y negro como el hollín.

Ese hollín mismo o “jorguín” como un lienzo al óleo brillante donde hubiera hecho sus ensayos y maravillas técnicas un pintor del color obteniendo este resultado magnífico e increíble :

– Captar en un campo de sombras esa presencia vital de la luz blanca patinando sobre la superficie rugosa del barro negro, en la chimenea sin deshollinar.

– Fotografiar la cámara una especie de réplica de su propio fuelle, estando, al final, la lente mágica por la que se recoge la imagen que, aquí, es la bella imagen y única de la luz.

(Bueno ha sido dedicar este comentario sobre la fotografía de la chimenea, a la misma foto; pues de la chimenea-pieza o construcción, a la manera que aquí se ve, todo es breve y esencial: negro, luz, revestido de barro desigual con latocha de madera. Y lo que

no se ve es el entramado de carbón y tableterío y el encestado de mimbres y vergazas. El esqueleto de este gigante de ébano, con los pies de ruego y su montera de sol).

Covaleda, Soria, 9/8/1913vista desde el campanario de la iglesia

TEJADOS

No, no son los tejados de Gerardo Diego. Los tejados de la Soriaurbe.

Tejados… caprichosos e infantiles como hechos al azar y de memoria por manos de arbitrarios poetas albañiles.

No son los tejados del “hospicio, del burdel, del convento”. No son los “tejados -con sobrados- tejados”.

Estos son tejados de la Soria baja; la Soria aldea, 1a ganadera, pinariega y labradora. Son las rizadas tapaderas, pintadas en claro oscuro, de casas y casonas destartaladas y enormes; o de chamizos, casillos y cobertizos que, muchas veces, las más, no llegaban al premio de la teja doble -como este blanco y negro, que en verdad será rojizo, parduzco, lleno de musgos, en los ríos- y que se conformaban con la teja vana, para desembocar en las “boca-canales”, desdentadas…

Tejados de larguísimo tendido y de mediana caída que abomban los cabrios y los machones y las vigas gruesas, hasta que lograban, a ellas, rajarlas y ellos, hundirse.

¡Cuántos tejados “rizados, con sobrados tejados…”, y cuántos tejadillos de teja doble y teja vana, sobre los que destacaba y destaca, tan humilde como soberbia, la chimenea, lucida en barro, sirven de tapadera a casas, casonas y casillos de Soria!.

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LA CUADRA

Habrá que ir a los rincones de la tierra insólita y eterna, para encontrar los techos sustanciales, los postes de enebro machembrados, por cortos y taladrados, para los ramales, a falta de argollas que hacen más peligrosos los tirones de los animales.

Cuadras, establos o majadas de estos inmensos contraluces y techos desiguales: los machones, las vigas maestras, los cabrios, las tablas… y hasta la geometría, apuntalada, de los tejados, desde el centro-eje -un solo punto- en el que se apoyaba toda la construcción de las grandes estancias, traseras en la casa de labor, de una sola planta: ancha y desparramada para la holgura de los animales.

Unas veces la yunta de mulas y la borriquilla y otras, la pareja de bueyes. Siempre había (¿…?) sitios próximos para la corte de las cabras y las “cochineras”.

Una larga pesebrera de hasta cinco y seis pesebres -largo y grueso debía ser el tronco del árbol en que se vaciaron- fue el mueble principal. Docenas de herramientas y utensilios colgarán, a manera de conjunto decorativo, de los muros de adobe o tapial de la cuadra: albardas y cubiertas, jamugas y artolas, cabezadas, enterrollos y quitaipones, collares de campanillas o cencerrillas y trucos y zumbas… aguaderas, serones, bozales y bozaleras, redes para los “engueras”, herramientas para el huerto, para la parva y para el muladar… Y una verdadera decoración de telarañas de cualquier año y hasta de cualquier siglo.

Por añadidura en muchas cuadras y majadas -a las que ellas llegaban por aquel ventanuco, con eje en cruz, de poco más de lo que dicen seis adobes- había nidos de golondrinas. La cuadra o el establo eran tan descomunales de medidas que allí cabía todo. Y el día del esquilo quedaba convertido en majada para el rebaño que, mal cabía al entrar y, una vez esquiladas las reses, sobraba sitio…

Contraluz, ahora solo; o lleno de sombra y luz, que no es poco.

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EL HERRADERO

Hay que contemplar, despacio, reposadamente el herradero mueble o potro -como se quiera- y admirarse luego, o asombrarse de su ingeniosa y feliz hechura.

Si ha tenido el lector ocasión y suerte de encontrar un herradero -que todavía quedan muchos en Soria, aunque jubilados o en desuso todos- ha podido comprobarlo en directo.

Si no, aquí tiene la muestra que se compone de esos cuatro pies derechos, en los vértices de un rectángulo, tan robustos como mal trabajados con hacha y azuela. El yugo de una sola cama, o un solo arco, pues lo que los vacunos se herraban de uno en un o, o uno después de otro. Un entramado para afianzar los postes, en algún caso hasta machembrados, como aquí se observa; y los rodilleros para apoyar las patas de la res: dos delante y uno solo, detrás, con su curvatura u hondo, para facilitar más la postura.

Encantadores herraderos rurales donde olía a cascos frescos, recién sacados, en gordo y refino, por la cuchilla del “tío herrador”.

Artificios tan sencillos como útiles que permitían “calzar” a bueyes de labor y aún a vacas de cría, difícilmente calzables. Un herradero no podía faltar en este museo literario y fotográfico, entre las imágenes de nuestra cultura ancestral.

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LA FRAGUA

Y en la fragua, entre y en toda la fragua, como su corazón, y esencia, el horno.

De esa ancha y oscura boca del horno herrero -negra como de lobo- surgía la fantasmagoría del chisporroteo brillante en cuanto el fuelle se inflaba demasiado. Y, entretanto, el artesano –tantas veces artista también- con su mandil de cuero y sus manazas hechas a todas las temperaturas, con aquellas inmensas tenazas-garfio sostenía la reja, entre la brasa, para que se convirtiera en hierro y fuego, a la vez, y poder llevarla, a los mazazos del yunque, de pronto, y, luego, al repiqueteo musical del martillo de aguzar.

Fragua desordenada: aquí, despuntadas rejas de arado romano; allí, torcidos rejones de vertedera giratoria; de este rincón cazos y sartenes para reponerles los remaches del mango; en el otro morillos, olleros y trébedes mutiladas; azadas y azadones u horcas de hierro para afilar, aquellos, y para sacarles punta, a éstas; hachas con el corte mellado, enfiladas junto a la piedra de afilar, apoyada sobre sus soportes y con la corona más baja suspendida en el pequeño depósito de lavado y refresco. Fragua arbitraria, anárquica, con cientos de herraduras nuevas, de muy varias medidas.

Fragua con su pozo-manantial y sus pilones próximos, para enfriar y templar los hierros; las herramientas remendadas; las herraduras nuevas.

Bien supieron los herreros sorianos, machacar en el hierro candente y así hicieron sus rejas de balconadas; sus herramientas; sus adornos de pletina y barras; sus llaves y cerrajas; sus clavos forjados y dibujados; todo desde el horno, avivado por el fuelle, al yunque y los machos y martillos; el refino del esmeril y luego al pozo de templar y enfriar…

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