RETAZOS DE ANTAÑO – III

RETAZOS DE ANTAÑO – III

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SACAR LA CRUZ

Para las procesiones -intra o extramuros del templo- había un orden establecido, en la disposición de las tres insignias mayores: pendón, grande o pequeño, estandarte y cruz parroquial, con acompañamiento de ciriales.

A este parroquiano del pelo blanco y revuelto; de rostro blanco, rigurosamente tallado por pliegues y repliegues de surcos y arrugas; de cejas pobladas y mirada abierla -¡qué gesto de buen hombre soriano!- “le ha tocado sacar la cruz”. (Tocar y cumplir el encargo, era y es indeclinable. El mayordomo hacía el reparto: sacar la cruz, llevar el estandarte, alzar del santo… y acompañar con las hachas. El pendón se lo administraba la mocedad).

Pues aquí está el recio parroquiano, solemnizando su oficio de cruzado, izada, la cruz de plata y figurillas de oro bajo, todo repujado, y embutida su encañadura en el mástil de roble o de palo de cerezo, que, por no ser fiesta de primera clase, va desnudo de sus faldillas de damasco rojo con galón dorado.

La fotografía es mucho más elocuente que cualquier descripción, por entretenida que se pretenda. Y no se trata siquiera de valorar la joya parroquial; de cuyas cruces Soria dispone de un notable inventario.

Se trata de la categoría humana del parroquiano que la lleva; la solemnidad y la naturalidad -una naturalidad solemne con que cumple su oficio. Como si los reflejos de la cruz parroquial hubieran llegado a convertir también, en busto relicario de plata, el cabello, el rostro, el pecho y la mano del hombre rural que presta su servicio a la feligresía, sacando, procesionalmente, la cruz.

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EL CAMPANARIO

Es cosa distinta la torre, y hasta la espadaña, de arquitectura o fábrica, del campanario, que corresponde, en verdad, a la habitación o estancia, departamento o volumen para -en esta torre-edificio- el “locus” desde el que se tocan las campanas.

Este es el campanario de la plateresca torre de Morón y sólo quienes hemos subido allí para ese ceremonial sonoro de doblar, repicar y bandear las campanas es identificable.

Muchos o para muchos no será sino uno de tantos campanarios de Soria, uno cualquiera. Y habrá que valorarle, amén del monago campanero, el sucio de tablones gruesos y los remiendos de tablas cortas; la soga y la polea, para poder hacer las señales desde el pie de la caja de la torre, en la iglesia; esas copas de bronce que dieron cada una su “voz”, distinta y perfectamente conocida por los vecinos; la campana grande, la pequeña, la de “la solana”, la de “tocar al alba”, y los yugos, de hierro aquí, y en muchos otros campanarios de madera de encina, dura madera bien contrapesada con sus bridas de hierro y lo de el tornillerío, ejes brillantes, engrasados con escurriduras negras sobre los calizos sillares de las troneras de medio punto… y el cordobán sobado con tocino blanco para la sujeción segura del badajo y sus pestañas en arco, todo de hierro dulce, acero puro, para que la copa, el bronce, tuviera “la voz”, el eco, la resonancia y el temple de la mejor campana del contorno.

Alba, mediodía, oraciones… dobletes, bandeo y repique en fiestas de repicar en gordo.

Campanarios entrañables de las torres y espadañas de Soria.

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LA SACRISTIA

No falta en ninguna iglesia parroquial por ser la estancia precisa para conservar todos los objetos de culto y el vestuario para las ceremonias. “Los ornamentos”, que así se llama la indumentaria litúrgica.

El encanto de la sacristía, en el conjunto parroquial, es indiscutible.

Las hay con solemnes cajonerías y armarios de maderas nobles y hasta, en algunos casos, ornamentales y bien talladas, con herrajes de gran forja. Otras con mobiliarios más modestos, armarios de celosías pintadas en extraños colores: azul claro y rojo rabioso. Soportes para los ciriales y los estandartes; arcas y arcones para la cera de las Cofradías; mesas para apoyar en ellas las “andas” de los santos, que otras veces están, sencillamente “recostadas” sobre la pared que menos se emplea por el cura, el sacristán o la monaguillería.

Si hubiéramos de inventariar todas las existencias de esta imprescindible estancia, en la parroquia, el apunte de esta fotografía, en la que apenas se ve un sobrepelliz sobre la capa de difuntos, la dulleta del cura, un roquete de monaguillo y, en el armario abierto, cáliz, copón y casullas; caja para las hostias, vinajeras y pocos objetos más, el apunte -digo- se haría prolijo, casi interminable.

Misales postconciliares y otros, en riguroso “ordine romano” conforme a las Constituciones o Decretos de San Pío V; incensarios y navetas; esquilas; estandartes de las Cofradías; cruz parroquial, con faldillas; hacheros pintados de negro, o de una mezcla de azulete y rosa; graneles lienzos de obispos o canónigos anónimos; cornucopias… una pléyade de santos y santitos que de adornos en los retablos barrocos, vinieron al retiro de estos descomunales armarios; atriles de mesa y de pie en trípode; y otros enseres, objetos y vestuario que en esta sacristía no se ven … pero están.

Sacristías y sacristanes fueron y son imprescindibles en el ceremonial soriano.

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