RETAZOS DE ANTAÑO – II

RETAZOS DE ANTAÑO – II

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LAS CARTAS

En una mesa pequeña ponen una carpeta de rayas. Digo carpeta de tela, un poco áspera, para que los naipes de Fournier -las cartas dicen ellas- no “se esbaren” y con sus tabureles, silletes de anea, o banquillas, ocupan alguna anchura de la calle, algún rinconcillo, al abrigo, en su carasol.

Y ahí están las vecinas de la partida de cartas de cada domingo.

Porque no son “las cartas” plato de postre para cada día. Si “una vez al año no hace daño”, aquí, “una vez a la semana, partidilla en la solana … “

Juegan a “la brisca”, ” al julepe”, “al guiñote” o “al oro”. Juegan todas y si no hay bastante con una se “ajuntan” dos barajas, que lo que importa y a lo que se juntan las vecinas es a pasar el rato, a contar las partidas o a hacerse los pagos con alubias blancas; no a ganar ni a perder; a charlar sin ofender a nadie; a gastarse chanzas inocentes; a reirse unas de otras cuando alguna que debe robar, tarda en hacerlo, o sorprenderse con picardía, unas, de las señas de las otras, cuando juegan en parejas… y, a amenazarse con “renuncios” cuando se hacen señas o se explican triunfos en juegos en que se prohibe toda clase de anuncio o de conversación.

Encantadoras tertulias de las vecinas de cualquier lugar soriano, en estos ratos de la tarde de fiesta. ¿Qué más nos da saber a lo que juegan o quién gana? Es la escena, la fotografía, el apunte plástico lo que interesa. “La jugadora”, con mantón, o toquilla; de moño o pelo suelto; “tapadas” las cartas junto al pecho porque lleva buen juego, o descuidadas en el halda porque solo lleva “doses y paja”… la viva escena y la costumbre rural del juego de las cartas.

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ECHAR LA PARTIDA

Ya no hay quien mate, ni pueda más que el as de espadas, si pintaban espadas, que parece que si. Lo acaba de poner sobre el hule verdoso, de la mesita de la cantina -antes se llamaron sólo tabernas estos establecimientos de la Soria-rural; luego, por influencia de la guerra, y la estancia de sus mozos en ella, les arribó el nombre nuevo- este jugador que nos mira de frente, con gesto triunfal.

Estoy seguro que acaba de decir: “Es la es mía”.

Y va a serlo, sin duda, porque de los mirones aunque el más repuesto de cuello de cisne -que puede ser el secretario o el médico del partido- pone gesto de duda, el otro, el de la amplia gorra y la mano en el pecho -sin que sea caballero del Greco-, hombre de campo, como los jugadores, sonríe con cierta picardía, porque además le está viendo las cartas, y el callejón sin salida porque sabe que tiene que echar el último, y a lo mejor, sin remedio, una gorda.

Tanto como este divertimiento de echar la partida, generalmente y sólo los domingos nada más comer, en la cantina, la taberna, el bar o el teleclub, nos permite esta fotografía un análisis psicológico de estos tres gestos que caben en el encuadre, de los jugadores y de los dos mirones que, a pie firme, siguen la emoción de las parejas, y ven cómo aumentan las torrecillas de pesetas, de unos, y se hunden las torrecillas de otros. O la parva de cuartos, que no todos son tan arquitectos como el jugador que nos cae de frente que tiene su dinero muy bien edificado, casi en manzana de una misma altura.

Hay más que la cara triunfal del que acaba de matar con la espada, al tres: un coñac y un café en vaso alto, y dos botellines de Mahou.

Es la consumición que se juegan estos aldeanos de Soria, y, si acaso, perderán tres o cuatro duros en toda la tarde dominguera que la pasan felices y contentos, “echando la partida”.

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LA TANGUILLA

No diré aquí la técnica o la forma de jugar, ni las apuestas; ni siquiera en qué pueblos había más prestigio y mejores jugadores o tiradores de tanga.

Era, -y es- un típico juego soriano. Juego de plazas anchas, con sucio de tierra. O juego de callejones sin hormigón ni asfalto, sin losas ni ruejos, para que no salten los chucones.

Aquí hay ahora menos concurrencia y deben estar comenzando a jugar los madrugadores -en llegar a la plaza de abajo, que llaman La Cosa, en San Pedro Manrique, me refiero- ; porque cuando la partida está en pompa, es de ver la expectación y las barreras de curiosos que forman el callejón entre la raya de tirar, y las aspas marcadas en la tierra, en cuya intersección se fija la tanguilla, y el semicírculo humano que, alrededor de esta cabecera, dejando campo para si salta la tanga, o su sombrero de “cobre” no haya dificultades en diferenciar si gana o pierde proximidad a chucones o tanga.

Queden aquí las figuras y el escenario. Suelo propio. Plaza grande. Algunas casitas de dos y tres pisos con aspiraciones de urbanización. Fachada mayor de la ermita del Humilladero, con espadaña o campanil. Y loma, al fondo, pelada de vegetación, con camino de recto, como si fuera la raya en el pelo ralo de la tierra, que tira al Alcarama.

En primer plano el tirador “que juega”, lanzando con aire y destreza su pieza circular de hierro sólido hacia la tanguilla vertical. Si los mirones -jugadores o no- exclamaran ¡¡TODO…!!, ha pegado el sampedrano del jersey blanco un “chuconazo” que lo oyen hasta en Yanguas.

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