BAJO LA SOMBRA DE CAÍN – LOS ROMANCES DE CIEGO – Luis Díaz Viana – VI

BAJO LA SOMBRA DE CAÍN – LOS ROMANCES DE CIEGO – Luis Díaz Viana – VI

7. Romancero Vulgar y oralidad: algunas conclusiones de urgencia

Todo esto se cuenta o se da a entender –y podemos ahora descifrarlo– en el romance que recogí en Soria hace ya casi treinta años, cuando (hay que decirlo) casi nadie recopilaba romances de este tipo, ya que seguían estando, de algún modo, estigmatizados. Una secular miopía –entre elitista y romanticoide– había venido a imponer una manera bastante cicatera de recopilar romances que excluía prácticamente a los de ciego más recientes, como si el hacerlo no fuera tarea urgente ni merecedora de atención o respeto. Poco serviría que algunos apuntáramos la conveniencia no solo de recopilarlos sino de documentar todo lo referente a su creación y transmisión cuando aún era perfectamente posible. Pues lo que hace poco tiempo ha empezado a hacerse con investigaciones tan oportunas como la de Cátedra a propósito de la “invención, difusión y recepción” de la literatura popular impresa del siglo XVI, podría y debería haberse hecho –o todavía hacerse– con más razón cuando el proceso estaba vivo o languideciendo. Aún es tiempo, como intento demostrar con este trabajo, pero mucha de la información oral disponible hace unas pocas décadas irremisiblemente se ha perdido.AHPSo-12988

Porque no solo quienes –como M.ª Cruz García de Enterría o yo mismo– defendíamos el derecho de los romances de ciego “a existir” y –por lo tanto– su suficiente dignidad para ser recopilados y estudiados académicamente, estábamos abogando por el registro de los últimos estertores de un género ya casi caduco, sino que nos hallábamos plenamente convencidos de que, sin el conocimiento de sus procesos de creación y transmisión, la deseable comprensión de todo eso que se venía llamando “tradición oral,” “oralidad” y “cultura tradicional o popular” sería incompleta. García de Enterría lo expresaba claramente en el prólogo a un trabajo mío acerca de estos problemas:

Quienes sentimos interés y respeto por una cultura que empieza a olvidarse, por una literatura marginada (o, incluso, no respetada del todo por los que se acercan –poco– a ella desde posturas elitistas y selectivas), pensamos que el camino comenzado a recorrer en este libro es el adecuado para encontrar las soluciones deseadas a los interrogantes que se suscitan desde la literatura oral y desde la poesía de cordel hace ya tantos años, y quizá siglos. (García de Enterría 1987, 8)

Y en un artículo precisamente titulado “La literatura de cordel como proceso: su invención y difusión en nuestro siglo” (Díaz Viana 1988, 28-36), procuraba quien esto escribe remachar esa idea de la necesidad de estudiar fenómenos de oralidad que estaban desapareciendo ante nuestros ojos. Pues, como ya había señalado con anterioridad acerca de lo que denominé “una poética despreciada,” la Literatura de cordel pasaría –en buena parte– a oralizarse y sus romances debían resultarnos tan interesantes para ser recogidos y estudiados como cualesquiera otros:

Pensamos que el fenómeno de la Literatura de cordel y, en concreto, de los romances de ciego, debe ser estudiado en su calidad de “literatura performancial” según la denomina M.ª Cruz García de Enterría siguiendo a Zumthor, y que desde ese análisis se derivarían interesantes descubrimientos para el campo de la tradición oral y de la cultura popular en general. (Díaz Viana 1987, 33)

Este trabajo ha pretendido retomar aquella línea de investigación que solo una minoría de académicos proponíamos entonces, siendo –habrá que decirlo también– bastante malentendidos por ello. Nuestro interés por unas manifestaciones populares denostadas quiso presentarse –a veces– como muestra de nuestra incapacidad para distinguir entre lo valioso o lo deleznable y, por lo tanto, como consecuencia de un presunto desconocimiento del material y los asuntos que nos traíamos entre manos. Era lo contrario. Y el tiempo ha venido a darnos la razón. Triste consuelo. Lo que ya no podrá hacerse en ese campo (tantas entrevistas malgastadas, tantas preguntas dirigidas a otros asuntos mucho más banales, tantos romances de ciego que ni siquiera se habrán recogido) no tiene ningún remedio.img_53701

Algunos trabajos de los últimos años han empezado a señalar esa descompensación en el interés que despertaban unas y otras manifestaciones del Romancero:

Razones de carácter ideológico y otras de interpretación cultural determinaron el mayor prestigio de los romances épicos en la construcción del discurso crítico romancístico, en la relación primero con la reivindicación de las gestas populares en el seno del romanticismo y, ya en el siglo XX, en conexión directa con la exaltación de la historia de España y la individualización de la esencia nacional a la que aspiraba Menéndez Pidal. (Chicote, 1143)

Pocos de los historiógrafos del romancero, no obstante, han reconocido –o han querido reconocer– que tras esos planteamientos que condenaban al ostracismo y casi a la inexistencia a los “romances vulgares” –desaconsejándose o incluso censurándose con anatemas varios su recopilación– se escondían, más allá de elitismos pretendidamente estéticos, verdaderos prejuicios ideológicos que condujeron a un descomunal ejercicio de ocultación de la oralización de todo un género. Pues lo que se condenaba a no ser recogido y, por ello, en cierto modo, a no existir, era un bagaje “impuro,” esa bazofia subliteraria entre lo escrito y lo oral, entre lo manuscrito y lo impreso, los “malos productos del pueblo,” o los productos del “mal pueblo,” o los productos de “los malos poetas de las ciudades” para el atrasado pueblo campesino: sírvase como se prefiera este infernal trabalenguas de no menos diabólicos conceptos.

Y que quienes no quisieron reconocer la riqueza y el interés que para el conocimiento de la cultura popular española y europea podía tener el estudio, desde lo oral, de este “viejo infierno literario,” como le gustaba denominarlo a Julio Caro Baroja, ardan para siempre en sus llamas. Se abrasen para siempre en él.

14 de octubre de 2011. Viana de Cega, muy cerca del río Duero.

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