BAJO LA SOMBRA DE CAÍN – LOS ROMANCES DE CIEGO – Luis Díaz Viana – V

BAJO LA SOMBRA DE CAÍN – LOS ROMANCES DE CIEGO – Luis Díaz Viana – V

6. Todo lo que puede contar un romance de ciego sobre los conflictos de una época y una sociedad

Llegados a este punto, convendrá recordar también que la Soria de aquellos años es una sociedad inmersa en una transformación no exenta de paradojas y dramatismo. Y es de ello, de esa profunda convulsión, de lo que Machado nos está hablando y haciéndose eco, probablemente sin ser del todo consciente, y de ahí sus aparentes contradicciones sobre una y otra Soria, que pueden no ser únicamente cronológicas, como ya hemos visto; es decir, según hable el escritor de una Soria vivida o recordada. Lo que encontró el poeta fue una sociedad en tránsito no sólo histórico sino estructural: entre esas estructuras o sistemas que algunos teóricos suelen presentar como irremisiblemente opuestos, tales los “predicamentos cerrado / abierto” o las “sociedades frías / calientes.” En otro lugar ya he señalado cómo a menudo pareció que, desde la antropología, “la realidad parcial revelada por el estudio de pequeñas comunidades campesinas se ha querido extrapolar a todo el conjunto de un país y una cultura” (Díaz Viana 2000, 31-32). Ahora debo añadir que, no con menos frecuencia, se ha tendido a pensar (o por lo menos se ha podido dar esa impresión), desde el análisis de la historia, que la transición entre épocas y regímenes se producía al mismo tiempo y por igual en un momento dado para todo un país o una civilización. Y no es en absoluto cierto.

Robin Horton, quien en su estudio sobre el pensamiento tradicional africano y la ciencia occidental se vale de una atractiva fusión entre ideas y paradigmas provenientes de Popper, Lévi-Strauss y Evans-Pritchard, explica cómo la principal distinción entre quienes viven de acuerdo con un “paradigma abierto” u otro “cerrado” tendría que ver “con la presencia o ausencia de angustia respecto a las amenazas contra el conjunto de ideas establecidas,” lo que es como decir entre “la actitud protectora versus actitud destructiva hacia la teoría establecida” (107).

Para decirlo un poco más claro: la Soria machadiana, y en especial sus pueblos, se debaten en la época del paso del poeta por aquella ciudad entre paradigmas “arcaizantes” y otros que a algunos les parecerían peligrosamente “revolucionarios” por la convulsión que causaban. Era una ciudad “fría” –y nunca mejor dicho– en una nación “caliente;” o, si se quiere, y más en concreto: Duruelo constituiría una comunidad “de predicamento cerrado” en un panorama nacional de “predicamento abierto.” Los redactores de La Verdad, por otra parte, producen la impresión de no haber entendido nada en ese contexto e interpretan la actitud conservadora y a la defensiva del pueblo hacia “lo otro” como una actitud progresista contra la reacción de los caciques.AHPSo-12987

Ha escrito Ortega Canadell sobre aquella provincia que se rejusta y apuntala en sus estructuras tradicionales e inmovilistas tras los “sobresaltos” de la desamortización de los bienes eclesiásticos por parte de Mendizábal y de los comunales de los municipios por parte de Madoz:

La Soria de la época de las desamortizaciones (eclesiásticas y municipales) era una zona agrícola y ganadera pobre, con una población escasa y eminentemente rural, agrupada en numerosos pueblos pequeños, cuya propiedad agraria se encontraba enormemente parcelada. (Ortega Canadell, 15)

Una provincia la de Soria que, a causa de la reducción considerable de su superficie producida por la redistribución administrativa de Javier de Burgos en 1837, había perdido población, pero que a principios del siglo XX había vuelto a crecer y se estaba reequilibrando. Una provincia de pequeños propietarios rurales en donde la posesión de la tierra, después de los postreros quebrantos de origen administrativo, como la supresión de las Comunidades de Villa y Tierra, se habría convertido en una obsesión:

La desamortización, tanto la de Mendizábal como la de Madoz, fija el sistema de múltiple parcelación agraria, al mantener el sistema de heredades compuestas por numerosos pedazos de tierra, e incluso al dividir heredades a veces en varias suertes que se subastaban independientemente, y al ser adquiridas por pequeños campesinos, que pocas veces adquieren más de una heredad, es decir, tienen pocas posibilidades de reunir pedazos. Esta estructura arcaica agraria que se mantiene, contribuye también al mantenimiento de una estructura agrícola arcaica: el pequeño propietario recién accedido a la propiedad, o que ha aumentado ligeramente lo que ya poseía, no contará con medios, ni con incentivos, para cambiar el panorama agrícola provincial, que sigue siendo cerealístico y ganadero, como antes de la desamortización. (Ortega Canadell, 197)

Todo parecía haber cambiado para seguir más o menos igual en los campos sorianos. Si acaso, se habían acentuado la fiereza y la desconfianza hacia lo que no era de allí, hacia lo que llegaba o era impuesto desde lejos: a lo extraño. “La desamortización de Madoz significa un acceso masivo del soriano residente en el medio rural a la propiedad agraria” (Ortega Canadell, 196) e incluso se vuelven –en algunos casos– a comprar bienes comunales por los propios vecinos para devolverles un uso conjunto o como propiedades ya particulares. A diferencia de lo que ocurrirá en otras provincias, “la inmensa mayoría de los compradores son sorianos, en un tanto por ciento muy elevado del medio rural” y resulta –precisamente– de ello “la extrema parcelación de la propiedad agraria que […] ha llegado a nuestros días” (Ortega Canadell, 175-176). Escenario más propicio para un “predicamento cerrado” o una sociedad continuista, escasamente dinámica y recelosa de los cambios, imposible:

Se había configurado, por lo tanto, una oligarquía reducida en número pero poderosa. Posiblemente como grupo inmovilista, ansiosa por conservar y timorata ante posibles cambios que pusiesen en peligro su dominio económico, en multitud de ocasiones acompañado del socio- político. (Romero, 52)

Sin embargo, la Literatura de cordel, como también señalé en otro trabajo previo, “participa de ambos paradigmas,” es decir, “cerrado” y “abierto,” porque, además, “no es tan complaciente y confirmadora del conjunto de ideas establecidas como en ocasiones se ha supuesto” (Díaz Viana 2000, 36). No ocurre tampoco por casualidad que, en ella, los crímenes –en cuanto a epicentros y expresión de conflictos– terminen adquiriendo una importancia capital. Ha escrito en este sentido García de Enterría:

La representación de la violencia física extrema, fundamental para muchas epopeyas y otros géneros orales, subyace a través de gran parte del uso temprano de la escritura; y de esto la literatura de cordel es un precioso testimonio, aunque no se limitará este gusto por lo tremendista a los primeros años de esta literatura popular, sino que seguirá en progresión hasta los últimos pliegos de cordel en pleno siglo XX. (García de Enterría 1995, 99-100)

Probablemente es esa prolongación de la Literatura de cordel, ya en los últimos tiempos masivamente centrada en las actividades criminales, la que podría ayudar a explicar el –para algunos– llamativo retraso de la instalación del género de la novela policíaca  en  España,  además  del  lento  interés  que  el  mismo  produciría  en  una burguesía también tardía en tomar conciencia de sí misma. Según ha reflexionado a este respecto Joan Ramón Resina, tal tardanza del género policíaco en aparecer dentro de nuestro país se debería, pues, “a su escaso valor ideológico para una clase, la burguesa, que tan sólo ha empezado a levantar el andamiaje de su vida pública” (Resina, 31).

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