BAJO LA SOMBRA DE CAÍN – LOS ROMANCES DE CIEGO – Luis Díaz Viana – IV

BAJO LA SOMBRA DE CAÍN – LOS ROMANCES DE CIEGO – Luis Díaz Viana – IV

5. La verdad de unos versos o las distintas caras de la realidad

El romance debió de surgir en ese clima de opiniones enfrentadas y por eso el autor aconseja que cesen las murmuraciones y que quien tenga algo que declarar lo haga, en clara alusión a la tía Bartola y a la tía “Pichona,” de cuyo testimonio también ahora hablaré. Porque se decía que otros vecinos habían escuchado de boca de la primera la siguiente exclamación: “¡Pobre Gregoria, se ha librado de dos y ha caído al tercero” (La Verdad, Año II, n.º 113, 26 de julio de 1910, 2). Y a los redactores de La Verdad les dirá la segunda: “Aunque me piques no diré más que lo que tengo dicho.” Lo que estos se esfuerzan en interpretar como que no tenía nada más que decir, aunque ellos mismos reconozcan que no están tan seguros tampoco al respecto:

Nosotros no hemos llegado a convencernos de que sea así, aun cuando debemos declarar que hemos rectificado algo nuestro concepto, pues no creemos que la “tía Pichona” fuera testigo de la tragedia. (La Verdad, Año II, n.º 113, 26 de julio de 1910, 2)

De hecho, también se refieren a la inconsistencia del argumento de la misma para quitar importancia al posible testimonio de un niño de diez u once años que le acompañaba –“¡Qué ha de saber el pobrecito!”– ya que precisamente esa era la edad de Ana de Miguel, único testimonio en que se basaba la acusación a Juan José. La propia tía “Pichona” hablaba también de haber visto a dos muchachos de Covaleda por las inmediaciones y los distintos periódicos compitieron en una especie de “guerra de pistas.” Se decía a propósito de una de ellas, que había aportado El Ideal Numantino, en la siempre recalcitrante publicación de La Verdad:

Un quincallero dicen que se afeitó en Garray. Bueno. Este quincallero llevaba unos arañazos. Bien. Y al quincallero, con los arañazos, se le sigue la pista nada menos que en Barcelona, por que (sic) se teme que haya embarcado o embarque con rumbo al Nuevo Mundo. La fábula no puede ser más bonita. (26 de agosto de 1910, 1)

Y así estaban las cosas. El periódico “progresista” aporta una carta de alguien que conocía al tal quincallero de Valdeprado y “respondía de su honradez,” como prueba de la inconsistencia de la pista, cuando precisamente sus “escribidores” habían desatendido y desmontado –con razón– las cartas respaldadas por un montón de firmas, declarando lo mismo ante varias instancias, pero a favor –en ese caso– de Juan José Jiménez. El sectarismo por parte de unos y otros “opinadores” se hallaba bien servido. Parece que las discusiones sobre el caso se prolongarían más allá de la trifulca periodística, pues en un opúsculo anónimo y sin fecha (solo firmado por “Un amante de la Justicia”) se aportaban un montón de datos –como la autopsia y pruebas periciales– o argumentos jurídicos para defender la inocencia de Juan José. Y es de suponer que, si ello tenía lugar después de haberse dictado sentencia absolutoria, se debería a que aún resultaba preciso explicar por qué se había exculpado totalmente a aquel.Feria-1913-Venta-de-ganado

Dentro de ese texto figura la declaración del acusado que, curiosamente, no difiere en gran cosa de las relaciones hechas por otros testigos en cuanto a gente con que se encontró ese día y lo que hizo. Porque no olvidemos que nadie lo acusó de haberle visto matar a Gregoria, sino de “pasar por allí” poco después de que ello hubiera ocurrido; centrándose las diferencias de opinión –básicamente– en el tiempo que Juan José habría empleado en un determinado trayecto y en si tomó tal o cuál atajo. Entre esas personas  que  deambulaban aquel día  por los  alrededores del crimen, figuraban –como veremos– un ciego y su lazarillo, no sabemos si intérpretes de romances o no:

Compareció el detenido delante de los señores Barros y Gallo, Juez y Fiscal respectivamente y declaró, sustancialmente, lo mismo que había dicho al juez municipal de Duruelo, esto es: Que no conocía a Gregoria de Miguel: Que había estado pocas veces en Duruelo: Que el 18 había llegado sobre las doce y salido después de las cinco y cuarto para Canicosa: Que en las Poyatas se había cruzado con las carretas sobre las seis menos cuarto, y que en dichas carretas no iban más que los carreteros y una niña: Que había tomado el atajo como dijo en su primera declaración: Que había visto a dos chicos en el puente del Valle, luego á una caballería cuyo dueño supuso que estaría recogiendo hoja. Junto a las ventas de Regumiel, á D. Arturo, con quien habló: Momentos después, al “Abogado” de Regumiel, que estaba en la puerta de su casa: Luego, al ciego y lazarillo de Muñecas y al vaquero de Regumiel con el que había hablado y donde se había detenido para ver el ganado: Que una vez tomada la nota de la dueña de la vaca, que había de venta, siguió hasta Canicosa, pasando de nuevo al ciego, y que llegó a dicho pueblo con bastante sol. (“Un amante de la Justicia,” VII, 36)

Concretemos que el día del crimen se había celebrado una fiesta en Duruelo conmemorando la construcción de la carretera de Molinos de Duero al valle de Regumiel y que, terminado el baile, Gregoria se despidió de sus amigas y fue con su sobrina pequeña a recoger el ganado. Cuando volvían con los carreteros mencionados para el pueblo, Gregoria se separa del grupo y ya no se la vuelve a ver hasta cuando aparece el cadáver, al día siguiente: “Le faltaban las medias y los zapatos y no queda ninguna duda respecto a la causa que motivara su muerte” (La Verdad, Año II, n.º 112, 23 de julio de 1910, 3).

Ahora se comprenderá por qué en Duruelo esta composición romancística sobre el crimen había seguido siendo un tanto “maldita,” a pesar del paso del tiempo, justamente por el hecho que trataba. De ahí que se me pasara un texto incompleto casi a hurtadillas y de que, como ya he apuntado, el olvido aparente de lo que parece la parte final de un mismo relato no se debiera –quizá– a la casualidad. Por otro lado, en esta, como en tantas otras narraciones parecidas, se puede apreciar muy bien cuál era el “arte poética” de componer tales romances y la incidencia de ellos en la tradición oral, así como la enorme información sintetizada que –en algunos ejemplos– encierran.

Todo lo que hemos ido descubriendo hasta ahora sobre el caso está contado de forma resumida en este Romance del crimen de Duruelo, compuesto y difundido –por lo que parece– en aquel mismo verano de 1910, cuando no podía preverse cuál sería la sentencia. Pero veamos cómo se nos cuenta la historia y por qué nuestro romance resulta tan eficaz desde un punto de vista narrativo. Como ya señalé en un trabajo anterior (Díaz Viana 1987, 52-53) su estructura no es, desde luego, nada original. Por el contrario, se atiene a los tópicos de muchos otros romances de ciego sobre crímenes y a la guía o esquema que –por ejemplo– encontrábamos en el mencionado pliego del crimen de Cerbón, aunque su contenido no fuera –en rigor– el de unas coplas, sino una mezcla de periodismo y Romancero Vulgar. En nuestro romance, tras una llamada reclamando la atención del posible público, lo que remite rápidamente a una situación –propia de la juglaría antigua y moderna– en que el coplero ha de hacerse oír y reconocer en primer lugar, se pasa a hablar de lo sucedido por estricto orden:

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Reiteradamente, el autor del romance utiliza una misma técnica: contrastar la evocación de lo sucedido con datos concretos, bastante periodísticos también, que pasan a funcionar como una verdadera respuesta a lo que –más que exclamaciones– constituyen punzantes preguntas que la gente podría hacerse. Es decir, se produce a lo largo del poema una tensa oposición entre subjetividad / objetividad.

Duruelo de la Sierra 1907

Duruelo de la Sierra 1907

Una de las muestras más claras de ello es cuando la invocación “¡Qué criminal…!” se ve respondida por el verso: “Juan José (Jiménez) dicen…” Pero lo más sorprendente, a la vista de lo publicado y lo declarado en el propio juicio, es que todos estos datos que podrían parecer hipérboles retóricas propias del género resultan absolutamente ciertos: los pasajes que hacen referencia a las veinte puñaladas o la doble violación no exageran –así– nada, ya que las heridas que figuraban en  la autopsia eran diecinueve –solo una menos que en el romance– y algunas de ellas, como las erosiones del antebrazo y muñeca, probaban que hubo forcejeo y lucha (“¡Cuánto la pobre estaría / peleando por su honor…!”). La múltiple violación tampoco es ficción, sino que –en realidad– y según la descripción de los médicos que hicieron la autopsia, el poema se queda corto, ya que parece que hubo varias penetraciones y eso es lo que llevó –precisamente– a pensar a los miembros del tribunal que tuvo que haber distintos hombres cometiendo el hecho, puesto que tal acto criminal se produjo en el breve espacio de tiempo de una hora y en un entorno por el que podían pasar (y de hecho lo hicieron) otras personas además del asesino y Gregoria:

También comprobaron los médicos al practicar la autopsia que en el aparato genital, en el vientre y en las ropas había grandes cantidades de derrame seminal, cantidades que un hombre vigoroso que no hubiera cohabitado en mucho tiempo, y en condiciones de serenidad, que en el caso de los autos no eran probables, tal vez pudiera producirlos en una hora y más seguro en hora y media. (“Un amante de la Justicia,” VII, 31)

Ya hemos visto la importancia de la polémica que se formó en Soria respecto a la culpabilidad o inocencia del acusado por parte de periódicos claramente opuestos en lo ideológico y que, además, eran dirigidos –como sucedía en el caso de La Verdad o El Ideal Numantino– por quienes serían rivales políticos declarados, solo andando unos años más: el radical-socialista Artigas y el ultraconservador Santacruz.

En este sentido, la parte final del romance en que se reclama que cesen los cotilleos de aldea, no sólo resulta novedosa –por lo “moderna”– dentro del género de la Literatura de cordel, sino que apunta a una reflexión más profunda acerca de lo desproporcionada que habría llegado a ser esa acalorada polémica. Aunque solo se cita a  la  tía  “Pichona,”  también  podía  haberse  incluido  a  la  tía  Bartola  entre  los propagadores de la confusión y, en general, a todos los que desde la prensa o fuera de ella especulaban con lo que habría ocurrido y con la culpabilidad o no de Juan José Jiménez: ni más ni menos que como sigue ocurriendo, hoy en día, a propósito de tantos casos luctuosos. Y el propio romance desliza –además– dos referencias que podrían interpretarse como veladas sospechas: así, cuando se nos habla de “un puñal traidor” o de que la víctima muere “en las manos de un traidor,” ¿qué se está queriendo decir? Porque ¿quién puede cometer una traición? Sólo –se dirá– aquel a quien concedimos nuestra confianza previamente, alguien conocido.

Y hay algo quizá aún más interesante en esos versos: la alusión al “temor” y al “recelo” de la tía “Pichona” puede estar sugiriendo cierta conjura de silencio en el pueblo acerca de lo que ocurrió; una consigna de “punto en boca” que el pueblo parecía imponerse a sí mismo. Pues lo cierto es que los de Duruelo dieron la sensación de haberse puesto de acuerdo, desde el primer momento, para proyectar todas las sospechas sobre el forastero, cerrándose así en banda ante la sola posibilidad de que uno de sus vecinos fuera acusado o –incluso– resultara ser culpable. Sin embargo, a partir del desarrollo de ciertas declaraciones se llegaría a especular con que Gregoria pudo estar citada con alguien que no fuera su novio y que –antes o después de la cita– acabara siendo atacada por una o, más bien, varias personas. Y es que cabría pensar que la suspicacia hacia Juan José se basaba –como queda patente en las palabras del hipotético campesino que cita Machado– a razones “de clase:” a que los poderosos siempre quedarían impunes en sus tropelías contra los humildes…Duruelo

¿Pero ocurrió así, en este caso, realmente? Aunque, tal y como se encargaba de recordar insistentemente La Verdad, la familia de Juan José pudiera ser influyente en el clero y entre algunas de las familias mejor aposentadas de Soria; o bien aceptáramos que la prensa más conservadora –tales El Ideal Numantino y El Avisador Numantino– se esforzara en defender la inocencia del inculpado a causa precisamente de ello, no resulta menos cierto que la familia de Gregoria tampoco era, en rigor, tan “pobre.” De hecho, los pueblos de esa zona (Duruelo, Covaleda y Vinuesa) han tenido tradicionalmente la fama de contarse entre los más ricos de la provincia. Pueblos, además, caracterizados por una fuerte endogamia, de forma que la mayoría de sus miembros se hallaban relacionados –en esa época– por lazos de sangre. Acusar a un vecino de ellos por parte de otros equivalía –prácticamente– a que personas de una misma familia estuvieran inculpándose entre sí. Y cainismo, ya lo hemos constatado mediante los crímenes mencionados, lo habría en las tierras sorianas por aquella época, pero en lo que concernía –sobre todo– a disputas por herencias o rencillas familiares, no tanto cuando el delito llegara a estigmatizar de tal manera a un miembro del “clan:” entonces, surgiría con especial fuerza una de esas “virtudes cainitas” –por llamarla de alguna manera– a las que aludía Unamuno en su carta ya citada. Este factor de acusada consanguinidad entre los “hijos del pueblo,” pudo haber influido, por ello, mucho más que el de las diferencias sociales en que alguien de fuera, un extraño como Juan José, se convirtiera en blanco perfecto de las acusaciones.

Con lo cual, no debe entenderse que el otro factor de “diferencia social” no contara también en el proceso de “construcción del culpable” para el caso que nos ocupa. De hecho, cierto tratamiento de “lo popular” y de la justicia reclamada por “el pueblo” en unos y otros escritos apunta en ese sentido. Como ya he escrito en otro trabajo, “el tratamiento de lo popular no es desligable de lo político” y “alude indefectiblemente a una cierta idea de clase, aunque sea lo más confortable manipular el concepto de modo que las clases desaparezcan en pro de la nación y lo popular-local o lo popular- concreto se diluyan en manos de las élites” (Díaz Viana 2011, 823). Pero otra cosa es que tales aspectos relacionados con la “lucha de clases” fueran lo que más pesara en la configuración de un foráneo más rico como culpable idóneo por parte del pueblo de Duruelo.

Si los parientes cercanos a la fallecida, en un primer momento, pero después todo el pueblo con su Ayuntamiento al frente –como una sola familia–, se ponen de acuerdo para personarse en cuanto acusación popular contra el acusado, habrá que pensar que ello quizá no se deba –únicamente– al temor de que la justicia no se cumpla por “diferencias sociales,” sino más bien a una operación de blindaje o defensa sobre los “propios;” a una estrategia más o menos calculada para que, de ese modo, nadie del pueblo resultara culpado. Y, al fin y al cabo, esto sí que era “puro Génesis,” adecuado asunto para ese “romancero de las pasiones” que Machado vislumbra como renovación más factible del género. Los ciegos ya lo hacían: ¿por qué él no?

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