BAJO LA SOMBRA DE CAÍN – LOS ROMANCES DE CIEGO – Luis Díaz Viana – III

BAJO LA SOMBRA DE CAÍN – LOS ROMANCES DE CIEGO – Luis Díaz Viana – III

3. El romance: la “verdadera historia” del crimen de Duruelo

Comienzo esta parte con este título que –deliberadamente– recuerda los encabezamientos de los romances contenidos en los pliegos de cordel. Sin embargo, lo hago a sabiendas también de que no disponemos, en este caso, de un pliego en donde se nos cuente el crimen. ¿Quiere eso decir que no hubo romance?

A juzgar por la recopilación que realicé de dos versiones del tema, en realidad partes distintas de lo que pudo ser una misma composición, en las localidades –muy próximas entre sí– de Duruelo y Covaleda, durante la primavera soriana de 1982, sí existió una historia cantada en coplas sobre el crimen. O, para ser más exactos, un romance con rima asonantada en -ó- a lo largo de toda esa parte que se resuelve en coplas con la misma rima en -ó- en la primera estrofa para luego proseguir con una rima en eo en las dos siguientes.

Aspectos, por cierto, tanto la rima en -ó- como el mantenimiento de la asonancia en la mayor parte de los versos, que podrían indicar un origen o, al menos, una cierta vivencia oral del tema.img_53771

La primera versión o –mejor– fragmento del Romance del crimen de Duruelo me lo pasaron por escrito personas del mismo pueblo en las extrañas y embarazosas circunstancias que luego explicaré, mientras que el fragmento de Covaleda me fue recitado solamente por una persona cuyo segundo apellido coincidía significativamente con el de la víctima. El romance recompuesto o producto de la sutura de ambas posibles partes quedaría así:

[Versión recogida por escrito de M.ª Luisa Hernando, Fernando Martín Moreno y varias personas más, en una recopilación realizada por el autor el 21 de marzo de 1982:]

Oigan ustedes, señores,

y escuchen con la atención

para explicar este crimen

que es digno de compasión.

En la provincia de Soria,  

en Duruelo apareció

una joven desgraciada

muerta por un puñal traidor.

Veintidós años tenía

la infeliz cuando murió,

y más de veinte puñaladas

el criminal la asestó.

Gregoria de Miguel se llama

aquella cándida flor,

aquella blanca azucena

que en el monte apareció

toda llena de heridas…

¡Oh, qué agonía, qué horror,

qué tormentos pasaría

la infeliz cuando murió!

Lleno de heridas su cuerpo

y en las manos de un traidor,

entre gritos lastimosos,

entregó su alma a Dios.

¡Cuánto la pobre estaría

peleando por su honor

para defender su honra

y de nada le sirvió!

¡Qué criminal, bestial bruto,

sería el que la mató,

que antes y después de muerta

dos veces la violó!

[Versión recitada al autor en Covaleda, el 21 de mayo de 1982, por la informante Susana Rioja de Miguel, de 87 años:]

Juan José Rodríguez

dicen que aquella tarde pasó

por el monte del suceso…

¡Si será culpable o no!

Dicen que la tía “Pichona”

sabe algo del suceso,

si lo sabe que lo diga,

sin temor y sin recelo.

Pero, si no sabe nada,

mueran los chismes y cuentos,

que a las lenguas desatadas

también hay que poner freno.

Todas las versiones del romance que conozco, así como las menciones que hayan podido hacerse de él, remiten a esta doble versión o recomposición mía efectuada sobre dos fragmentos distintos de la historia, que –sin embargo– tanto por la rima –asonantada en á– como por el sentido del texto parecen continuarse. Y, si bien estas referencias repiten el texto confeccionado por mí y que publiqué ya a principios de los años ochenta como parte de mi Romancero tradicional soriano (Díaz Viana 1984, 205-06) y luego –con un breve estudio– en Palabras para vender y cantar (1987, 63- 64), hay constancia oral de que este romance o alguno semejante era conocido y cantado por otras tierras de Soria en aquella época.Covaleda, procesión de San Lorenzo, 10/8/1913, 11:00.

4. Los aspectos oscuros de uno de los sucesos más controvertidos en la Soria de principios del siglo XX

Pero, para retomar el hilo de la historia y poder contrastar la veracidad o no de lo que en el romance se cuenta, volvamos –como punto de partida– al resumen que se hacía en el Diario ABC, unos días antes de que se conociera la sentencia, sobre las circunstancias en que se cometió el crimen y el postrer encausamiento de un único acusado:

Juicio oral

Soria, 12 (de octubre), 5 tarde. Hoy ha comenzado en esta Audiencia provincial, ante enorme expectación, porque la vindicta pública está interesada en este asunto, la vista del proceso incoado con motivo del horrible crimen cometido en Duruelo. La primera parte del juicio, con la declaración del procesado, ha sido secreta.

Antecedentes

Cerca de quince meses han transcurrido desde que fue perpetrado en el Pinar de Duruelo, y en el sitio denominado Vuelta de las Poyatas, el crimen tristemente famoso que costó la vida a una joven apuesta, llamada Gregoria de Miguel, por defender su honra.

Por lo pronto, toda pesquisa resultó estéril. “¿Quién es el autor, el salvaje autor de asesinato tan vil?”, se preguntaba la gente. Posteriormente fue detenido, como presunto culpable, Juan José Jiménez de Acuña. Pero el acusado negó desde el primer momento, y sigue negando.

¿Decidirá la prueba su culpabilidad? Esta es la duda, y en esta duda, se basa el interés, la curiosidad ávida del público.

El sumario ha sido largo y trabajoso. Baste decir que tiene 1.500 folios. El juez ha ido cinco veces al lugar del suceso; se han seguido nueve pistas falsas; se han hecho un sin fin de diligencias. (ABC, viernes 13 de octubre de 1911, edición primera, 10)

El acusado, en efecto, no sería juzgado hasta aquellos días de mediados de octubre de 1911, pero –a diferencia de los supuestos autores del crimen de Cuenca, que se declararon culpables de un crimen que no habían cometido a causa de las intimidaciones y torturas perpetradas por la Guardia Civil– Juan José Jiménez siempre se declaró inocente. Además de haber estado encerrado durante más de un año, tuvo que pasar por episodios amargos, como cuando se le llevó al lugar del crimen bajo la tensión desatada respecto al caso y la furia apenas contenida de los vecinos de Duruelo o regresó a la cárcel de Soria capital en medio de gran tumulto:

La llegada del procesado a las 7 y media fue observada por los vecinos de Soria que paseaban por la Dehesa. Cundió la noticia, y por el Collado, por la calle de Caballeros y otras próximas, afluía el público para presenciar la entrada del procesado en la cárcel.

El gentío era enorme. En un momento la manifestación pacífica se trocó en manifestación de protesta. De entre el público que cercaba a la comitiva, salieron voces de: ¡matar al asesino! ¡que nos lo den! Etc., etc. La situación iba siendo cada vez más crítica, y el digno comandante (de la pequeña fuerza que conducía al reo), señor Cid Rey, ordenó a los guardias que sacasen los sables, pero encargándoles que no pegasen a nadie.

Precipitadamente entró el procesado en la cárcel, y así pudo evitarse un espectáculo lamentable. (La Verdad, Año II, n.º 120, 19 de agosto de 1910, 2)

Tal presión fue acrecentada por las disputas que, en torno a este suceso, mantuvieron algunas publicaciones periódicas de Soria de signo ideológico contrario y, muy en especial, dos de ellas: una, El Ideal Numantino, diario católico y conservador, que desarrollaría su actividad entre los años de 1909-1910; y, la otra, La Verdad, publicación abiertamente republicana que salía solo martes y viernes y se mantendría en funcionamiento entre 1909-1911. No serán los únicos. El Avisador Numantino, un periódico que –como ha señalado Carmelo Romero (84)– escondía en su apariencia apolítica un poso reaccionario importante, pero que acertó desde su “sorianismo agrarista” a conectar con un sector mayoritario de la población entre 1860-1942, también terciará en la polémica. No deja de ser curioso que El Avisador se editara durante un tiempo en la imprenta y librería de Sobrino de Vicente Tejero, donde –según he podido comprobar– se publicaron también algunos de los pliegos sobre crímenes que circulaban por la provincia. Un ejemplo singular es el “Horrible fratricidio cometido en el pueblo de Cerbón, provincia de Soria, por Manuel González, en la persona de su hermana Prudencia el día 20 de abril de 1907;” otro sangriento delito (y rigurosamente “cainita,” por cierto) de los que podrían haber impresionado a Machado a poco de llegar, pues fueron tan voceados y difundidos por la prensa, pero en este caso con una peculiaridad, además: que –a pesar de lo que pueda parecer por su encabezamiento– no se trata de un romance de ciego. El relato que en este pliego se hace es, en realidad, extracto de la noticia contenida en El Avisador, pero adopta, sin embargo, la estructura propia de otras composiciones del llamado Romancero Vulgar: “Antecedentes del asesino”, “El asesino”, “Cómo debió de cometerse el crimen”, “Las heridas”, “El arma”…cidones2

Aunque el texto recupere un estilo ciertamente periodístico, a pesar de hallarse dispuesto a la sazón en dos columnas como los versos de un romance de los de ciego, cuando –por ejemplo– se hace referencia en él a las heridas causadas por el asesino a la víctima, mediante un lenguaje técnico y preciso: “Mortales de necesidad recibió la víctima cinco heridas situadas en la región carotídea y en un círculo muy pequeño que interesaba la piel y venas yugulares y perforaron en dos puntos la arteria carótida interna.” Sin embargo, en los dos párrafos últimos que se hallan bajo el epígrafe de “Consternación,” se nos vuelva a hablar ya más a los sentimientos que desde la frialdad de los hechos, como suele ocurrir –por otro lado– en toda la Literatura de cordel:

Fácilmente puede suponerse el estado de abatimiento y consternación en que se hallan los padres de los actores de este sangriento drama, viendo perdidos a sus dos hijos. Todo el pueblo de Cerbón se encuentra también bajo la acción de una profundísima pena causada por un crimen tan horrible y de circunstancias abominables que es tema de todas las conversaciones. Nadie deja de execrar al criminal ni de enaltecer las dotes morales de la víctima que gozaba de generales simpatías. (Díaz Viana ed., 1987, 48)

Pero no he encontrado pliego sobre el crimen de Duruelo de la mencionada imprenta y librería de Sobrino de Vicente Tejero ni de ninguna otra entre lo publicado por entonces. Sí está claro –a juzgar por los pliegos procedentes de Soria que he podido reunir o consultar– que, además de publicar prensa local, dicha librería-imprenta o “despacho” (como solía también nombrarse coloquialmente a este tipo de locales en aquellos años), editaba de forma habitual lo que se entendía por romances de ciego: así, algunos sobre desastres de actualidad, como la Lastimosa relación del naufragio del buque Aurora o temas ya “clásicos” del género, cual Los dos millones de motivos que hay para no casarse. Y, desde luego, coplas de crímenes acerca de casos ocurridos en distintas provincias de España como Valencia, Toledo, Huelva o Albacete. Junto a estos materiales, la imprenta en cuestión publicaba novenas, salves y nuevas relaciones críticas, como una muy pesimista y mordaz titulada De lo que ocurre en la nación española, figurando también en el mismo pliego una carta, tan humorística como ficticia, con el nombre de Carta de la India a un amigo. Digo esto porque lo que este supuesto indiano –en nada parecido al trágico personaje recreado por Machado– cuenta de cómo se vive “allá” a su amigo de “acá” son perogrulladas y hechos que ocurren en todas partes, apreciándose en su sorna una cierta parodia de los exotismos que habrían sido consustanciales a los relatos sobre las Indias:

Aquí todas las mujeres,

no son machos, que son hembras,

y todas visten con sayas

y tienen pelo en… las cejas.

(Martínez Laseca 1986, 128)

Pues comprobamos con estos ejemplos, en todo caso, que –más allá de los papeles de la prensa– estaban al alcance de cualquiera estos otros “papeles” o humildísimos (pero muy difundidos) pliegos, donde solo con echar un vistazo superficial el poeta trasterrado a Castilla podría encontrar crímenes cainitas e indianos queriendo regresar por doquier.Ciego2

Ya que, como dejé escrito en otro sitio, “en la hipotética plaza donde el coplero cantaba sus arrastradas coplas no únicamente había ‘pueblo,’ si por pueblo entendemos esa fotografía apolillada de brutos vociferantes,” solía haber todo tipo de gente y también poetas (Díaz Viana 2000, 19). Y sabemos, de otra parte, que los mismos ciegos errabundos, lejos de ser solo meros transmisores de una materia poética creada e impresa  por otros, lo que  en muchas ocasiones sí pudo darse, eran  también –muy a menudo– ellos mismos poetas y, desde luego, recitadores-cantores con menor o mayor cualificación. En una de las composiciones publicadas por la imprenta de Sobrino de Vicente Tejero, que he citado ya antes, la relación De lo que ocurre en la nación española, el ciego destinado a cantar el “papel,” que así se llamaba comúnmente el pliego que luego se vendería, habría de decir lo siguiente:

Soy un pobre ciego,

como podréis ver,

y sin caridad

no puedo comer.

Un amigo mío

todo esto escribió

para que yo coma

me lo regaló.

(Díaz Viana 1987, 48)

Con todo, y a pesar de ejemplos como este, no resultaba tampoco nada infrecuente que los ciegos fueran cantores y autores. Y cantor o recitador al menos, más que simple repartidor de “papeles,” el coplero que difundiera el Romance del crimen de Duruelo sí que debió de serlo. La noticia que me fue proporcionada por mi informante en Covaleda es que ella aprendió el romance de oírselo a un ciego que iba acompañado de una chica joven y morena. Esta descripción parece coincidir con la que otro informante de Soria, Santiago Solano, me transmitió en Almajano; decía de la muchacha que acompañaba al ciego que era una muchacha muy hermosa “que parecía una mora” (por lo oscuro de su tez), y pude comprobar que aquel informante no inventaba nada, pues conocía bastantes romances de crímenes de los que solían cantar los  copleros,  aunque fuera de forma incompleta. En el  caso de Susana Rioja de Miguel, sin embargo, fue esta la única composición de esa clase que la informante, a juzgar por el apellido posible pariente de la víctima, me comunicó, ya que el resto de su repertorio estaba formado en su mayor parte por coplas de ronda que había escuchado, de joven, a los mozos. Susana Rioja mostró cierta turbación al hablarme del crimen, pero –después de cierta insistencia por mi parte– ello no impediría que me recitara el único fragmento que recordaba del romance.Ciego-copia

He apuntado –también– en otro trabajo publicado hace años sobre el mismo asunto, que –según las informaciones que pude obtener al respecto en la provincia de Soria– las rutas que seguían estos ciegos habrían de ser más o menos fijas, año tras año, y vendrían a coincidir con las diversas fiestas y ferias de cada pueblo (Díaz Viana 1987, 49-50). Parece de lo más coherente que estos “especialistas en la venta de palabras,” como los denominó Caro Baroja (47), siguieran la senda de los feriantes y se confundieran con ellos, pues –en efecto– lo mismo siguen haciendo los vendedores de folhetos de Brasil en la actualidad (Díaz Viana 1987, 50). Así los ha retratado Candace Slater (25), quien hace hincapié en cómo tales vagabundos venden igualmente otros productos, de ungüentos a juguetes y cualquier tipo de artesanías, hasta que les toca el turno de interpretar su tonada, lo que acostumbran a hacer acompañándose de una guitarra o un rústico violín.

Porque, volviendo a nuestro tema, ¿qué contaban acerca del romance y no solo de sus posibles difusores los otros informantes? Básicamente, que había sido muy conocido y que, en efecto, lo cantaban los copleros ambulantes de aquella época. Pero lo que yo no me esperaba es que, cuando realicé varias entrevistas a distintas personas en Duruelo sobre el romance y el crimen, iba a encontrarme entre ellas con la mismísima sobrina de la víctima, es decir, con la niña que la acompañaba casi hasta el momento exacto del suceso, aquella cuyas declaraciones tanta importancia habían cobrado –además– tras el asesinato. Primero, porque indujeron al procesamiento de Juan José y, luego, porque sus muchas contradicciones (bastante comprensibles, por otro lado, en una niña de su edad) acabaron provocando que su relato fuera –en buena parte– desestimado por parte del jurado y tribunal que lo juzgó.

Ana de Miguel, que tendría ya 74 años en el momento de la recopilación, se sentía –o eso me pareció– algo incómoda ante mis preguntas sobre el romance, pero no tanto como para dejar pasar la oportunidad de hablar del crimen y la víctima: me exaltó la gran belleza de Gregoria –en lo que todos quienes la conocieron acostumbraban estar de acuerdo, tanto se tratara de noticias publicadas sobre el caso como de testimonios orales– e insistió en lo que debió de ser casi un lema que habría repetido durante toda su vida: su tía había sido asesinada por aquel joven ganadero, supuestamente rico y de familia “con influencias” a quien la justicia pondría luego, según su parecer de forma inexplicable, en libertad.

Es decir, la misma versión de los hechos que, dicha por boca del campesino –real o ficticio– que lo habría acompañado en el viaje hacia las fuentes del Duero, Machado recoge en su prosa introductoria de La tierra de Alvargonzález. Y la versión también que La verdad, no sabemos si haciéndose eco de lo que era vox populi en Duruelo o conformando esa opinión (quizá ambas cosas a la vez), contribuyó a difundir de forma insistente en la capital y en la provincia durante todo el verano de 1910.

A tal punto esa más que probable “retroalimentación” en la suspicacia tuvo que llegar a producirse que el reportero de La Verdad que se ocupaba del caso, primero elogia la postura digna y firme del pueblo –que señaló desde el primer momento como culpable al acusado– y, más adelante, se ve obligado a defender a su director de las supuestas “infamias” vertidas por la prensa enemiga, que le harían responsable de la manifestación e intento de linchamiento de Juan José Jiménez al ser traído de vuelta a la cárcel de Soria:

No estará de más consignar –había dicho el periódico La Verdad– la actitud correcta, pero firme y decidida de los vecinos de Duruelo, actitud que denota gran cariño a la justicia y confianza ilimitada en las autoridades. Y agregamos también que el martes, al ingresar el procesado en la cárcel, la conciencia colectiva, el pueblo de Soria, acusó. (La Verdad, Año II, n.º 120, 19 de agosto de 1910, 1)

Algo parecido a esa “retroalimentación” entre pueblo y cierta prensa pudo darse respecto a la versión defendida por Ana de Miguel, pues aunque fue utilizada por el pueblo como principal argumento para acusar a Juan José, quizá se hallara muy condicionada por lo que una niña de tan corta edad hubiera podido escuchar a sus familiares y vecinos. Se publicaba tempranamente en La Verdad sobre el suceso: “Una niña declaró que en las inmediaciones del lugar en que dejó a Gregoria vio a un hombre que iba a caballo” (Año II, n.º 112, 26 de julio de 1910, 2). La Ana de Miguel ya de avanzada edad que yo conocí no quería comunicarme directamente el romance que, sin embargo, me fue escrito lejos de su presencia por conocidos y parientes de ella mucho más jóvenes que lo podrían haber aprendido de sus labios o de los de algún otro familiar. Así lo pensé al menos entonces, atribuyendo su silencio a cierta prudencia o pudor ante una composición acerca del hecho en que había estado tan traumáticamente implicada de niña. Aunque también pudo ocurrir que no quisiera comunicarme el romance –aun sabiéndolo, como reconoció– porque no le convenciera del todo el contenido del mismo y que los familiares lo supieran a causa –simplemente– de que hubiera llegado a ser muy conocido en la zona. Y, quizá, siguiendo con las hipótesis, la supresión de la parte final no se debiera solo –en ese caso– a un mero lapsus de memoria.

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