BAJO LA SOMBRA DE CAÍN – LOS ROMANCES DE CIEGO – Luis Díaz Viana – II

BAJO LA SOMBRA DE CAÍN – LOS ROMANCES DE CIEGO – Luis Díaz Viana – II

2. En la inhóspita tierra de Caín: del Génesis al Romancero Vulgar

Empezaré contestando, en la medida de lo posible, esos postreros interrogantes, pues parecen ser –a priori– los más sencillos de responder. Y el veredicto ha de ser negativo para varias de las cuestiones planteadas: en efecto, no da la impresión de que hubiera influencia directa de ningún “romance de ciego” sobre la invención machadiana, a pesar del subtítulo que inicialmente pensó el poeta de Sevilla poner al texto, ya que el estilo de La tierra de Alvargonzález no posee aparentemente rasgos que sean característicos de esa Poesía o Literatura de cordel cultivada y si no, al menos, vendida por los copleros. La estilística de esta composición poética de Machado resulta mucho más próxima en su conjunto –pero especialmente en su principio– al romancero considerado como “tradicional” por los estudiosos de este campo que al otro, “vulgar” o “de ciego”. Ello hizo que el poema de Machado fuera saludado y bendecido, desde su aparición, como un buen ejemplo de la recreación del modelo de romance más tradicionalista y “viejo” (o, si se prefiere, “puro”) que sería posible hacer en pleno siglo XX, pues –además– hubiera resultado impensable que, de ser de otro modo, es decir, de tratarse de una composición creada al modo del “Romancero Vulgar,” Machado se la hubiera dedicado, precisamente, a Juan Ramón Jiménez.05

El romance sigue un sendero literario bien conocido y casi arcaico, a diferencia –sin embargo– de la versión prosificada, que se mueve entre un aire a ratos becqueriano (quizá por lo que su marco paisajístico debe a la belleza de Soria) y, a ratos, de decadencia medievalizante; para terminar encauzándose por otros derroteros más abiertamente modernistas en los detalles que hablan de cierta contemporaneidad (así, la emigración a América y el regreso de los indianos a su tierra). Ciertas reflexiones de Machado acerca de la sabiduría popular en tal versión en prosa, así como esas alusiones iniciales al mundo de los romances de ciego –ausentes, por lo demás, en el texto versificado– relacionan la narración prosificada con los registros de otros autores noventayochistas como Valle o Baroja, mucho más proclives a estimar la poesía vulgar e inspirarse –sin reparos– en ella.

Llega a escribir Machado: “Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos” (Machado 1969, 99). Pero, no obstante, poco hay de esa sabiduría y del gusto de esas gentes por los romances de ciego en ambos textos del poeta (en prosa y verso). Solo hay una leve referencia a un buhonero injustamente culpado de la muerte de Alvargonzález que, según luego comprobaremos, podría estar relacionada con las historias que a Machado le contaran sobre el crimen de Duruelo –o que, incluso, él leyera en la prensa–; pero nada más. Dice la prosa: “Un buhonero que erraba por aquellas tierras fue preso y ahorcado en Soria, a los dos meses, porque los hijos de Alvargonzález le entregaron a la justicia, y con testigos pagados lograron perderle” (Machado 1969, 105). Y replica el poema:

Un buhonero que cruzaba aquellas tierras errante,

fue en Dauria acusado, preso,

y muerto en garrote infame.

(Machado 1969, 113)

Nada de esto sucedió con el buhonero o, más bien, quincallero que algunos testigos habían visto y será buscado –además de muy mencionado por cierta prensa conservadora– tras el crimen. Por si le ocurría lo que se dice en el romance, el tal buhonero desapareció. Más allá de la arcaizante referencia a la supuesta etimología que haría venir a Soria de Dauria, presente en el romance y no en la versión en prosa, puede observarse también que en esta última se explica que son los hijos de Alvargonzález quienes culpan –con testigos pagados, o sea, sobornados– a un buhonero, y ambas cosas pueden estar cogidas al vuelo de algunas de las muchas habladurías que se dijeron acerca del crimen de Duruelo por las tierras limítrofes. Si – por ejemplo– había pasado un quincallero por el lugar del crimen, si la rica o, al menos, pudiente familia del acusado habría movido sus hilos para tapar bocas y mover voluntades, como el supuesto campesino que conversa con el poeta parece dar a entender y presagiar. No hay, pues, posible coincidencia entre el romance de Machado y cualquier romance de ciego en la forma, pero sí –probablemente– en el trasfondo de la historia, de modo que la alusión a un crimen real, el de Duruelo, aparte de buscar un efecto de verosimilitud sobre el otro relato, el de la Laguna Negra y el asesinato de Alvargonzález, podría estar aportando –también– otro tipo de claves.04

Sabemos que los crímenes –y muy probablemente las coplas que los cantaban– tuvieron que producir la impresión de que proliferaban alarmantemente, en aquellos años, por las “profundas” tierras de España, pero de manera especial en Soria, así que ello habría de pesar en el ánimo de Machado y en la opinión que se formó sobre cierto cainismo propio de labriegos y, en particular, de los campesinos de aquellas tierras del Duero. Dice en su prosa el poeta: “Mucha sangre de Caín tiene la gente labradora. La envidia armó pelea en el hogar de Alvargonzález” (Machado 1969, 101). Y repite en sus versos:

Mucha sangre de Caín tiene la gente labriega

y en el hogar campesino

armó la envidia pelea.

(Machado 1969, 110)

Para Machado, en efecto, parece haber demasiada violencia y crimen alrededor de la ciudad de Soria. En el ya citado poema de “Por tierras de España,” dice también:

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,

capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,

que bajo el pardo sayo esconde un alma fea

esclava de los siete pecados capitales.

(Machado 1969, 80)

Y, en otro lugar del mismo poema, describe nuestro autor los ojos de ese potencial asesino como “siempre turbios de envidia y de tristeza” (Machado 1969, 80). A esta visión tan sombría del campesino castellano parece estar en cierto modo replicando su –por otra parte– amigo y muy apreciado Unamuno, quien fue además a su vez un gran admirador de la poesía de Machado, cuando en una carta dirigida a José María Palacio desde Salamanca y publicada el 1 de julio de 1912 en el primer número de El Porvenir castellano (periódico que este pasaría a dirigir tras abandonar Tierra Soriana), el escritor y pensador vasco matiza:

“Este hombre-tipo con los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza a quien hieren y acongojan fortuna y malandanza tiene sus virtudes, las recias virtudes cainitas. Y no me cabe duda de que si Caín no mata a Abel, éste habría matado a aquél pero poco a poco, a alfilerazos”.

(Martínez Laseca 1984, 101)

En otra composición de Campos de Castilla, la que lleva por título “Un criminal,” describe el poeta con minuciosidad a un seminarista que –según se nos indica en el poema– habría matado a hachazos a sus labriegos padres por heredar cuanto antes de ellos; y vuelve a invocar allí la “natural fiereza” de estas gentes como principal resorte del asesinato, aunque el motivo primero fuera –en este caso– el haberse prendado aquel aprendiz de clérigo de una hermosa niña, por la cual “subiósele el amor a la cabeza / como el zumo dorado de la viña” (Machado 1969, 90). El crimen al que se está refiriendo Machado aquí es seguramente también verídico, pues se trataría –a juzgar por las muchas coincidencias– del cometido en Carrascosa de Abajo por el seminarista Pedro Crespo, si bien de nuevo el escritor comete alguna inexactitud, quizá buscada o que se permitiera en cuanto licencia literaria, ya que las víctimas reales del asesino fueron sus dos hermanas.02

Por otro lado, en el mismo Duruelo y solo un año antes de que el poeta llegara en 1907 a Soria, había tenido lugar ya un parricidio bastante famoso y que luego se resolvió en indulto, el de la mujer del pastor Lucas Abad a manos de este y de su amante. Ambos serían indultados en 1910 con motivo del cumpleaños de la reina Victoria Eugenia.

Tal es el ambiente un tanto morboso con el que se encuentra Machado al llegar a Soria. Una atmósfera salpicada por la sangre de los asesinatos cometidos en la provincia durante el transcurso de aquellos años que el poeta pasa en tierras sorianas y de los que cierta prensa no dejaría de hacerse eco; el periódico La Verdad del 20 de octubre de 1911 se refiere, por ejemplo, a cinco famosos homicidios: La Venta de Laguna, Carrascosa de Abajo, Muñecas, Villálvaro y Duruelo (Martínez Laseca 1986, 112). Y toda Soria le pudo muy bien parecer a nuestro escritor un escenario propicio al crimen por el que deambulaba con aviesas intenciones la gente más mezquina y feroz: una tierra bajo “la sombra de Caín.”

El periódico mencionado que, bajo el título ya de por sí bastante significativo de La Verdad, aireó especialmente tales crímenes con intenciones populistas y de agitación ideológica, resumía este panorama sentenciosamente en su tirada del 29 de julio de 1910: “Gusta el pueblo de conocer actos de sangre para resolverse en antagónicas leyendas” (Martínez Laseca 1984, 74). Y el propio poeta se moverá entre esos polos de “miserabilismo” versus “populismo” (Grignon & Passeron), desde los cuales tan a menudo las élites europeas han enfrentado el mundo de lo popular; es decir, denigrando o ensalzando al pueblo y, con frecuencia, entremezclando ambas cosas a la vez en una visión tan pintoresca como estereotipada. Una secuela, en fin, del folklorismo romántico de la que aún no nos hemos librado del todo. Y da la impresión de que Machado tampoco, siendo como era sobrino e hijo de folkloristas.

El mismo interés del poeta por el género romancístico parece debatirse entre una y otra postura, la que juzgaba al pueblo capaz de crear las formas más bellas de poesía -a la hora de expresar los más puros sentimientos–, pero también de cometer bíblicos crímenes próximos a la bestialidad. Ya que, como escribirá el vate en 1917, “me pareció el romance la suprema expresión de la poesía y quise escribir un nuevo romancero.” Y concreta: “A este propósito responde La Tierra de Alvargonzález.” Para justificarse después: “La confección de nuevos romances viejos –caballerescos o moriscos– no fue nunca de mi agrado, y toda simulación de arcaísmo me parece ridícula. Cierto que yo aprendí a leer en el Romancero general que compiló mi buen tío Agustín Durán; pero mis romances no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron; mis romances miran a lo elemental humano, al campo de Castilla y al libro primero de Moisés llamado Génesis” (Machado 1969, 19).

Probablemente, cuando Machado habla de que las simulaciones del viejo romancero le resultan ridículas, se esté refiriendo a la recreación arcaizante del romancero y sus temas por parte de algunos autores decimonónicos, pero no es del todo cierto que no pretenda recobrar un romance de aire o estilo tradicionales, de tradición oral, a la manera de los que tanto les interesaba ya recopilar y estudiar a Menéndez Pidal u otros estudiosos. Pues, con todo, mucho hay de romántico, pero más aún de pesimismo noventayochista, en esa relación del supuesto carácter de un pueblo con su poesía, con el medio natural en que sus gentes viven y con cierto primitivismo o inevitabilidad de que la maldad humana se reproduzca entre ellas como una condena desde el principio de los tiempos. Sin embargo, quizá la aparente abundancia de delitos de sangre en aquella Soria de inicios del siglo se debiera no tanto a vicios ancestrales como, precisamente, a una etapa de reajustes y convulsiones que venían a sacudir una sociedad hasta entonces muy inmovilista.Ferial-1910-Feria-de-ganado-El-alboroque-a-Rioja

Junto a otro aspecto no menos importante, el de la proliferación de periódicos locales y nacionales en todo aquel periodo que harían –con bastante inmediatez– de potente altavoz, al modo de la televisión hoy, respecto a unos hechos luctuosos que habitualmente habrían transcendido con mayor lentitud y siempre dentro de espectros de espacio y tiempo bastante más limitados. Con la nueva y pujante prensa, los crímenes se verán y discutirán –acaloradamente a veces– por parte de todo el mundo. Era su proyección y transcendencia, probablemente, lo que había cambiado: el hecho de que se propalaran con una rapidez y amplitud que nunca antes tuvieron y, en consecuencia, causaran mayor apasionamiento y disputa entre urbanitas y rústicos, puesto que unos y otros se sentían directamente concernidos.

Es la época también de los crímenes de Cuenca, el “verdadero” cometido en Albalate de las Nogueras en 1893 y el “inexistente” o nunca llevado a cabo en 1910, que llegó a ser mucho más famoso que el anterior, cuando en realidad no fue otra cosa que un gigantesco error judicial –ya que no había asesinado ni delito–. Tras haber sido condenados a dieciocho años de reclusión temporal los presuntos culpables, serán por último puestos en libertad, al aparecer el muerto bien vivo, si bien quince años después. Provincias como Cuenca o Soria estarán en boca de todos, a pesar de las protestas de sus habitantes, que verán cómo los sucesos criminales ocurridos en ellas se esparcen a gran velocidad por la geografía española, acarreando a las mismas una pésima reputación. Así que individuos más o menos cosmopolitas como Machado podrían –no sin motivo– pensar, al instalarse en zonas de ese tipo, que habían topado con las Castillas y las Españas que hoy consideraríamos más –lamentablemente– “profundas” o atrasadas. Porque es que, además, la relación de Machado con Soria no había comenzado precisamente bien, aunque luego todo se reencauzara a partir de su amor por Leonor y del recuerdo y nostalgia hacia ella que se harán uno con los de la propia ciudad.

Ha escrito a este propósito Ian Gibson: “Sería un error pensar que el poeta se encontraba muy a gusto en Soria. La realidad es que no estaba hecho para la vida de provincias y echaba mucho de menos la capital.” Piensa en irse a Madrid en cuanto antes, o a Sevilla, alternando las estancias en una y otra urbe, aunque al final se queda: “La razón –continúa Gibson– quizás era que estaba ya prendado de Leonor Izquierdo Cuevas” (207-08), la que sería su mujer.Estudio-1909-Retrato-de-boda-de-Leonor-y-Machado-02

Pero incluso su enamoramiento sincero por aquella soriana, que solo  contaría quince años al iniciarse su noviazgo, se vio asediado por la reprobación y el escándalo, dando pie a incidentes ciertamente desagradables. Aparte de lo mucho ya escrito al respecto, recogí todavía algunos testimonios orales en Soria acerca de cómo se le había intentado aplicar a Machado en su casamiento la muy “tradicional” costumbre de “la cencerrada” –reservada a los viudos que emparejaban con jovencitas o “viejos verdes” en general– y que, cuando Leonor y él iban a coger el tren en la estación de Soria para emprender su viaje de bodas, aún hubo conatos carnavalescos de escarnio por parte de algunos jovenzuelos. Elegante y discretamente, publicaciones como Tierra Soriana o El Avisador Numantino harán alguna mención de ello también al referirse a aquel enlace, según recoge Gibson (214), quien citando éstas y otras fuentes concluye:

“Un grupo de estudiantes universitarios en vacaciones, “hijos de familias respetables y conocidas” había convertido la ceremonia en una “carnavalada,” que luego siguió aquella tarde en la estación con el concurso de otros elementos chulescos. Machado nunca olvidaría aquel martirio, aquella afrenta”.

No obstante, ya en su discurso  leído en  homenaje a don Antonio Pérez de la Mata –profesor de filosofía y compañero de instituto fallecido poco antes– en la inauguración del curso 1910-1911, va a hacer Machado una salvedad al referirse a Soria entre las ciudades pequeñas, señalando que “ésta en que vivimos es, por excepción, señalada con justicia por la cultura, el respeto y la tolerancia;” pero más adelante –y en la misma alocución– se referirá también el escritor, como haría luego en sus poemas, a “las aldeas y los campos donde florecen los crímenes sangrientos y brutales,” porque “sentimos que crece la hostilidad del medio, se agrava el encono de las pasiones y es más densa y sofocante la atmósfera de odio que se respira” (Martínez Laseca 1984, 59).

Podría tratarse de una forma cortés de evitar la crítica directa o hasta de una manera de zafarse de posibles réplicas, aunque quizá la matización fuese sincera y, desde luego, si se comparaba a Soria capital con otras de España en aquel momento, bastante realista.

El propio Machado lo explicará, ponderando “pros” y “contras”, unos años después, cuando –durante su estancia en Baeza en 1913– escriba a Unamuno:

“Tengo motivos que usted conoce para un gran amor a la tierra de Soria; pero tampoco me faltan para amar a esta Andalucía donde he nacido. Sin embargo, reconozco la superioridad moral de las tierras pobres del Duero. En lo bueno y en lo malo supera aquella gente. Esta Baeza, que llaman Salamanca andaluza, tiene su Instituto, un seminario, una escuela de Artes, varios colegios de segunda enseñanza, y apenas sabe leer un treinta por ciento de la población. No hay más que una librería donde se venden tarjetas postales, devocionarios y periódicos clericales y pornográficos. Es la comarca más rica de Jaén y la ciudad está poblada de mendigos y de señoritos arruinados en la ruleta. Es infinitamente más levítica y no hay un átomo de religiosidad. Se habla de política –todo el mundo es conservador– y se discute con pasión cuando la Audiencia de Jaén viene a celebrar juicios por jurados. Una población  rural encanallada por la Iglesia y completamente huera. Por lo demás, el hombre del campo trabaja y sufre resignado o emigra en condiciones tan lamentables que equivalen al suicidio”. (Martínez Laseca 1984, 123)

Sentimiento de extraño en la propia tierra andaluza y añorante de la patria poética finalmente elegida o aceptada de Soria, que Machado expresará también en su poema CXXV de las Poesías Completas, perteneciente a Campos de Castilla:

En estos campos de la tierra mía,

y extranjero en los campos de mi tierra

–yo tuve patria donde corre el Duero

por entre grises peñas,

y fantasmas de viejos encinares,

allá en Castilla, mística y guerrera,

Castilla la gentil, humilde y brava,

Castilla del desdén y de la fuerza–,

en estos campos de mi Andalucía,

¡Oh, tierra en que nací!, cantar quisiera.

(Machado 1969, 135)

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