CRISIS Y CAMBIO EN LA MONTAÑA IBÉRICA CASTELLANA. ESTUDIO DE DOS COMARCAS CON MARCADOS CONTRASTES GEOGRÁFICOS: PINARES Y TIERRAS ALTAS – III

CRISIS Y CAMBIO EN LA MONTAÑA IBÉRICA CASTELLANA. ESTUDIO DE DOS COMARCAS CON MARCADOS CONTRASTES GEOGRÁFICOS: PINARES Y TIERRAS ALTAS – III

LA ESTRUCTURA SOCIOECONÓMICA Y LA CONFIGURACIÓN DEL ESPACIO DERIVADA DE LOS APROVECHAMIENTOS TRADICIONALES

 Uno de los aspectos que más sorprende cuando uno recorre estas dos comarcas es el contraste paisajístico tan enorme que existe entre ellas, en tan pocos km. de distancia. Tales contrastes tienen su origen en varios factores: La diferencia de altitud confiere a la comarca de Pinares una mayor energía de relieve y una mayor actividad glaciar y periglaciar, ya que los hielos cuaternarios afectaron en la provincia de Soria por encima de los 1850 m. La impronta glaciar en las cumbres de la Demanda y Urbión han dejado unas huellas de gran valor científico y paisajístico. Las diferencias climáticas y edáficas, no exentas de variaciones internas, influyen en la tipología y desarrollo de las comunidades vegetales, si bien estas se encuentran muy alteradas por los aprovechamientos agrarios tradicionales. La mayor pluviometría de la comarca pinariega admite una mayor evolución de las masas arbóreas frente a la comarca de Tierras Altas, cuyo gradiente de pluviosidad va descendiendo de oeste a este hasta desembocar en los terrenos más áridos y ásperos, con plantas más termófilas, de la antigua comunidad de villa y tierra de Magaña. Las diferencias litológicas establecen también variaciones paisajísticas notables entre distintas unidades de la misma comarca. Pero el factor que más influye en los enormes contrastes paisajísticos de las dos comarcas son los modelos tradicionales de organización y aprovechamiento del espacio agrario (FIGURA 2).

 Lo que más caracteriza a Pinares es la presencia de una gran mancha forestal continua, extendida por toda la comarca, que, como su propio nombre indica, está formada principalmente por pino albar (Pinus sylvestris), probablemente originario de la zona. En algunas laderas del norte se mezcla con el rebollo (Quercus pyrenaica) y en las áreas más elevadas con especies más aisladas como el haya (Fagus sylvatica), el abedul (Betula pendula) el tejo (Taxus baccata) y otras especies. Al sur de la comarca, en consonancia con el descenso de los valores pluviométricos, aparece mezclado con el pino resinero (Pinus pinaster), el pino laricio y dos especies características y de gran desarrollo en la provincia como la sabina albar (Juniperus communis) y el enebro (Juniperus thurifera), según la denominación autóctona. Hasta las primeras décadas del siglo XX la relación entre la superficie forestal y la superficie de pastos no debió diferir mucho, siendo una práctica habitual la quema del monte para la regeneración de los pastizales. Dentro de Pinares había municipios con gran tradición de ganadería trashumante, como es el caso de Vinuesa o Molinos de Duero. Fue seguramente en los años 50 y 60 cuando se logra la mayor expansión del pinar, en una coyuntura en la que el precio de la madera era muy elevado, y permitía vivir a una familia con el cobro de la suerte de pinos y el apoyo de algún trabajo adicional. A mediados del siglo XX, casi el 70% de la superficie agraria estaba ocupada por el bosque. El sistema de explotación de la madera, basado en la entresaca, permitía mantener una mancha continua, semejante a una gran alfombra verde, formada por un pinar con ejemplares muy heterogéneos en edad y grado de crecimiento.

 Figura 2. Paisaje tradicional en Tierras Altas (puerto de Oncala) y Pinares (Duruelo de la Sierra).POLIGONOS-pinares-y-tierras-altas-12

 En Tierras Altas, por el contrario, lo que predomina son los pastizales de montaña que, desde la Edad Media y hasta el siglo XIX, han sostenido una importante cabaña lanar, integrada principalmente por la raza merina trashumante. A mediados del siglo XX, el 65% de la superficie agraria estaba dedicada a pastos o pastizales, aunque esta proporción variaba en función de las características de los términos. En la antigua comunidad de Yanguas, que es el sector más elevado y abrupto, llegaba al 70%, pero en algunos términos de las comunidades de San Pedro Manrique y Magaña no alcanzaban el 60%. La superficie cultivada ha sido tradicionalmente escasa, sobre todo en los sectores más montañosos del oeste y norte de la comarca. En 1958 se alcanzó un 28,8%, si bien en la antigua comunidad de Yanguas solo llegaba al 19%. Quizá lo más significativo es la meticulosa adaptación al terreno de la agricultura, de manera que el paisaje agrario se organizaba en bancales que, desde los fondos de los valles, ascendían por la vertiente hasta altitudes considerables, que podían llegar hasta los 1400 m. Eran espacios casi enteramente cerealistas (trigo, cebada y centeno), con un sistema de año y vez. De esta forma, los valles de Tierras Altas tenían una organización bastante similar, con una estructura en bancales en el fondo y las primeras estribaciones y extensos pastizales que ocupaban las laderas y las cumbres. La presión ganadera debió ser muy fuerte en distintas etapas históricas, puesto que son escasas las manchas de bosque que se conservan y que se reducen a algunos robledales aislados en dehesas y barrancos, un interesante hayedo en el término de Diustes, diversos encinares en las laderas meridionales y un importante acebal en el término de Torrearévalo, recientemente declarado espacio natural protegido. Sirva como ejemplo que, en la tierra de Yanguas, llegaron a contabilizarse en el catastro de la Ensenada un total de 97.601 ovejas, de las cuales el 91% eran merinas trashumantes (ALCALDE, 2000: 78). Haciendo un cálculo de la superficie de pastos y pastizales, según los datos del catastro, se llega a la conclusión de que pastaban una media de 5 ovejas por ha entre los meses de junio y octubre.

 LOS DINAMISMOS ACTUALES Y SUS IMPLICACIONES GEOGRÁFICAS

 La etapa clave en la evolución de las áreas rurales españolas tuvo consecuencias distintas en las dos comarcas, de las que derivaron modelos de organización muy contrastados, que han repercutido en su devenir reciente. Ambos espacios representan la creación de procesos territoriales y dinamismos muy dispares, aunque en los últimos años han adquirido connotaciones comunes por la análoga respuesta a las diferentes situaciones de crisis en las que se han visto inmersas. Así, mientras la comarca de Tierras Altas ha seguido una lenta agonía y ha sido objeto de planes de reestructuración territorial como consecuencia de los procesos de despoblación, Pinares ha desarrollado un cierto tejido económico que le ha conferido una base más sólida para afrontar las nuevas oportunidades de creación de riqueza.

 V.1. El declive socio-económico de Tierra Altas y las grandes intervenciones públicas derivadas del proceso de abandono

 La crisis de la ganadería trashumante y de la agricultura tradicional, el progresivo distanciamiento de las condiciones de vida con respecto a la media y el consiguiente descenso demográfico de muchas pequeñas poblaciones a lo largo de los años 40 y 50 fue el argumento para que en el año 1965 se presentara, por parte del Patrimonio Forestal del Estado, un estudio sobre la reestructuración de la comarca forestal de Yanguas y San Pedro Manrique, que puede enmarcarse dentro de los grandes proyectos de repoblación forestal que se plantearon en esa época para distintas provincias españolas. Con independencia de las justificaciones y los, cuanto menos curiosos, análisis y planteamientos que se hacían en ese estudio, sorprende la visión del medio y la capacidad de cambiar las cosas a gran escala que tenían los ingenieros forestales en aquella época, de espaldas a la sociedad local. La progresiva despoblación y el bajo nivel social de estas áreas de montaña, en orden a no retrasar ni estancar ninguno de los sectores productivos del país, justificaban el macro-proyecto de intervención pública, que planteaba una reordenación del poblamiento (las 42 localidades existentes se concentrarían en seis núcleos), una reorganización de la propiedad, una reestructuración meticulosa, hasta límites insospechados, de todos los sectores económicos, incluidos los servicios, y, en especial, una repoblación forestal masiva, que afectaría a más de 28.000 ha repartidas en 22 poblaciones de los actuales términos de Las Aldehuelas, San Pedro Manrique, Santa Cruz de Yanguas, Villar del Río, Vizmanos y Yanguas.

 Las consecuencias directas de este plan fue el cambio de vocación productiva de amplios espacios tradicionales y la transformación paisajística de todo el sector norte de la comarca (FIGURA 3). La valoración que se puede hacer de una actuación de tal envergadura resulta complicada, sin el apoyo de unos estudios más precisos. Estoy de acuerdo con muchas de las reflexiones que se efectúan en el estudio de Francis Chanvelier sobre la repoblación forestal en la provincia de Huesca (CHANVELIER, 1990, p. 143), que podrían aplicarse al caso de Tierras Altas de Soria. Sin embargo, con cierta perspectiva temporal, efectuar un juicio de valor resulta difícil, puesto que no sabemos, por ejemplo, cual habría sido el resultado si el tipo de actuación hubiera sido otro distinto, más en consonancia con los intereses de las poblaciones locales. Por otra parte, efectuar una valoración objetiva, alejada de cualquier prejuicio, requeriría establecer comparaciones, en todos los planos, medioambiental, socioeconómico, demográfico, etc. con la evolución que han tenido otras comarcas vecinas en las que no se ha producido tal intervención. Existe una creencia extendida de que el plan forzó a los vecinos a emigrar y que, por tanto, fue una causa directa de la despoblación, en contra de algunos de sus principios inspiradores. Si nos fijamos en la evolución demográfica de otros sectores de la comarca, se comprueba que la población hubiera emigrado igual, imbuida por la política general del país. En todo caso, los recursos económicos adicionales de los que dispusieron los vecinos con la venta de las tierras y los trabajos en las labores de reforestación, no hicieron más que facilitar el éxodo. Los resultados de la reforestación, por otra parte, han sido desiguales según las zonas, y su rendimiento económico no resulta fácil en un sector tan internacionalizado como el de la madera. No obstante, hay que empezar a valorar como muy importantes los ingresos producidos por la caza, que resultan decisivos para sostener la infraestructura turística de la comarca, y los derivados de la micología, que hoy tratan de regularse en toda la provincia.

 Figura 3. Transformación paisajística en cerro Santo (Yanguas). Marzo 1969; Noviembre 1969; Abril 1991 y Junio 2009.POLIGONOS-pinares-y-tierras-altas-15

 La intensa despoblación sufrida en toda la comarca ha conducido inexorablemente a un proceso de abandono, que tiene unos impactos geográficos evidentes. El número de explotaciones agrarias se redujo a la mitad entre el censo agrario de 1982 y el de 1999. La evolución de los aprovechamientos (FIGURA 4) revela algunos datos interesantes. La superficie forestal refleja las repoblaciones masivas de los años 60 y las posteriores de los años 90 y primera década de siglo, sobre todo en terrenos públicos. Las tierras de cultivo se fueron recortando desde los años 60 y en los últimos años se han vuelto a incrementar a costa de los pastizales, no por su rentabilidad económica, sino en función de las ayudas de la PAC. La superficie dedicada a pastos y pastizales ha descendido sustancialmente en los últimos años debido al hundimiento de la cabaña ganadera lanar, que ha pasado de 71.573 cabezas en el año 1992 a tan solo 17.787 en el censo ganadero de 2008.

 Si la sobreexplotación en el pasado condujo a la degradación de muchos conjuntos ambientales, en la actualidad el descenso de la presión ganadera ha supuesto una rápida evolución de muchos pastizales hacia un progresivo desarrollo del matorral, en el que progresan diversas especies como la aliaga (Genista scorpius), el brezo (Erica arbórea) o el rosal silvestre (Rosa canina). Por su parte, la despoblación ha supuesto el abandono del sistema tradicional de cultivo en bancales, tan extendido por toda la comarca, del que solo se aprovechan ahora los más accesibles. Los llamados pueblos abandonados jalonan el paisaje de Tierras Altas ofreciendo una imagen romántica, pero a la vez expresiva del declive de un modelo rural.

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 En los años 80 y, sobre todo, en los 90, es cuando se produce el hundimiento de la cabaña ganadera lanar y la reducción de la trashumancia a un puñado de ganaderos, como consecuencia de la falta de reemplazo generacional en las explotaciones. El número de cabezas de ovino/caprino pasó de 88.367 en 1982 a 20.985 en 2002 y 18.430 en 2008. En una comarca tan extensa, solo quedan actualmente 35 ganaderos, la mayoría con explotaciones estantes. Por su parte, la reestructuración del sector lácteo también acabó con la mayoría de las explotaciones vacunas de leche. Las 2.476 cabezas de ganado vacuno censadas en 1992 han pasado a 1.391 en el censo ganadero de 2008. Hoy quedan reducidas a solo 28 explotaciones, prácticamente todas dedicadas a la producción de carne.

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 El descenso de la presión ganadera ha llevado a los escasos agricultores de la comarca a labrar muchas tierras de pastos y pastizales, elevando considerablemente la superficie cultivada. Debido a las imposiciones climáticas, ésta se dedicada casi al cien por cien al cultivo del cereal. Se trata de una agricultura que acusa los condicionantes climáticos y topográficos, cuya rentabilidad está supeditada al mantenimiento de las ayudas de la PAC. Las explotaciones han aumentado de tamaño, por el descenso del número de empresarios, pero tienen que trabajar sobre un parcelario muy atomizado, con un gran número de parcelas por explotación. Hay muchos términos municipales donde todavía no se ha realizado la concentración parcelaria en que el número de parcelas por explotación supera las 50.

Ante el declive de las actividades agrarias tradicionales, la sociedad de Tierras Altas no supo reaccionar generando alternativas en el sector industrial, capaces de frenar la despoblación. Las condiciones climáticas y la actividad ganadera favorecían, por ejemplo, la instalación de industrias de alimentación, como ocurrió de hecho en la vecina localidad de Ólvega, conocida por su industria chacinera. Sin embargo, tan solo hay 8 empresas registradas, más de la mitad en el municipio de San Pedro Manrique, cabecera de la comarca. Se trata de pequeñas industrias artesanales, con menos de 5 trabajadores, dedicadas fundamentalmente a la fabricación de embutidos. La principal de ellas surgió en el año 1984 en el citado municipio, que da empleo a más de 50 trabajadores y mantiene una pequeña cabaña porcina -más de 31.000 cerdos- en la comarca. En el sector lácteo, según los datos de las Cámaras de Comercio e Industria, únicamente hay registrada una empresa, instalada en 1998 en la localidad de Oncala, dedicada a la fabricación de quesos y mantequilla, que cuenta con menos de 5 trabajadores en plantilla.

La consecuencia de todo ello ha sido el progresivo desmantelamiento de los servicios públicos y privados, fiel reflejo de la espiral en que está sumida la comarca. Los servicios han desaparecido de la mayoría de los municipios, concentrándose en la cabecera de comarca. Solo tres núcleos tienen servicio comercial estable y en San Pedro Manrique se reúnen las dos únicas oficinas bancarias de la comarca. Por su parte, los servicios educativos han desaparecido de todas las poblaciones y solo permanece abierto el llamado centro agrupado de Tierras Altas, situado también en la cabecera, que acoge a la mayoría de los alumnos de la comarca. Cabe decir que, paradógicamente, este centro se ha quedado pequeño ante el aumento de la población inmigrante en los últimos años.

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