DE COVALEDA Y PARA COVALEDA.- Ángel Terrel Cuevas (IX)

DE COVALEDA Y PARA COVALEDA.- Ángel Terrel Cuevas (IX)

ermita de las angustias, la tia Salustiana, y la tia Ciriaca. (1)

LA MUJER SORIANA DE LA CIUDAD Y DE LA ALDEA

Estudio crítico, descriptivo y sociológico referente a ellas.

Trabajo premiado con accésits en los juegos florales celebrados en Soria el día 4 de Octubre de 1906.

TEMA: La mujer es la obra mejor de la creación.

De rostro moreno, vagamente triste y dulce a 1a par, ojos de un claro obscuro, en el que brilla el tibio fuego de los idilios amorosos, de cuerpo esbelto y estatura más que mediana, es el tipo característico de la mujer soriana de la ciudad.

Si no es precisamente de una hermosura incomparable; si no posee ni el encanto, ni la exhuberancia de formas, ni el precoz desarrollo de la mujer de los países cálidos, es francamente bella, y a duras penas encontraréis mujer tan desprovista de atractivos que sea incapaz de cautivaros con alguno.

Es de un alma tan dispuesta a recibir las impresiones que nacen de todo lo bueno, como fuerte se muestra para rechazar los que pueden hacerle torcer del camino de la virtud.

Su conducta es irreprensible: sabe hermanar los deberes de cristiana con las obligaciones y estudios que van formando de ella la mujer cabal.

Conserva puro el aroma precioso de su virginidad y de su inocencia, pasando entre flores ajadas y marchitas por este valle infesto de la vida como flor naciente.

Se presenta franca, sencilla, con esa franqueza peculiar de esta ciudad hidalga y con esa sencillez, producto de sus buenas costumbres.

Tiene vivo y despierto ingenio. Su educación nada deja que desear, pues no solo conoce todo lo concerniente a la mujer de su casa, sino que posee una instrucción adecuada y en consonancia a estos tiempos modernos.

Saben tejer primorosamente telas y encajes, y entre sus dedos, el hilo y la aguja fabrican caprichos vistosísimos. En bordados ejecuta maravillas.

Lee y escribe con corrección y posee conocimientos científicos superiores a lo que podría esperarse de la enseñanza de una capital de último orden.

Es algo soñadora como lo demuestra su desmedida afición por las bellas artes. La pintura y la música son sus favoritas.

Que tienen grandes aficiones a la literatura lo demuestra el hecho de que en los círculos de recreo de la capital han cultivado el teatro repetidas veces, poniendo en escena, obras no solamente de gran mérito literario sino de difícil ejecución, saliendo no solamente airosas de su empresa, sino revelándose como verdaderas actrices. Es esposa fiel y afectuosa compañera de nuestra peregrinación, que embellece nuestra existencia y donde bajo la más hermosa forma se encierra el alma más fuerte para el sufrimiento, y donde nunca la hiel de la amargura marchita las dichas ajenas. Es sufrida y resignada basta con la compañía enojosa de aquél que desprecia su amor.

Mas como vulgarmente se dice, no es oro todo lo que reluce.

Sucede lo que en todos los pueblos por pequeños que sean, que no hay ninguno cuyas costumbres sean ejemplares, ni cuyas mujeres no ofrezcan ocasiones de reprensión y censura.

Por consiguiente, es indudable que en la ciudad soriana haya mujeres poco virtuosas, aturdidas, coquetas y hasta… por qué no decirlo, mujeres corrompidas que el hombre honrado y la sociedad desecha.

Mas corramos un velo sobre éstas, que apartándose de lo general, ni obscurecen la buena reputación de la mujer soriana, ni cambia el rumbo de sus costumbres.

Y ahora, fijémonos aunque muy rápidamente sobre la mujer soriana de condición humilde; la obrera.

Esta, por lo general, su única educación, su única instrucción es, puede decirse, la que se recibe en los centros de enseñanza donde acude en sus primeros años, así es que, dotada de vivo y despierto ingenio, cuando su inteligencia quiere penetrarse, entonces tiene que abandonar la escuela y sustituirla por el obrador para con su trabajo ayudar al sostenimiento de las necesidades de la casa.

Hija de obreros, teniendo sus padres necesidad de estar ausentes de sus casas durante el día para ganarse el sustento, es natural que al llegar la noche, rendidos de la fatiga del día, su único afán sea entregarse al sueño que repare las energías perdidas. El jornal es corto, las necesidades de la vida son muchas, así es que la hija del obrero tiene, si no por inclinación, por necesidad que ser obrera. Un escritor ha dicho: «La mujer forma las costumbres. La mujer está llamada por la naturaleza a prestar al hombre sus primeros cuidados, a inspirarle sus sensaciones, a desenvolver sus primeras ideas». Luego la mujer ejerce una notable influencia en el desarrollo de la sociedad.

Si la mujer forma las costumbres, éstas serán tanto mejores cuanto mayor sea su grado de educación, su grado de cultura.

Es así que la mujer soriana de la ciudad posee una buena educación y una vasta cultura. Luego las costumbres de la ciudad soriana, el puesto que la mujer soriana ocupa en la sociedad es (digámoslo con satisfacción) altamente honroso.

Mas si honroso en extremo es el puesto que en sociedad ocupa la mujer soriana de la ciudad, en cambio pena y muy grande causa, si no dejándose llevar de la fantasía y ajustándose a la verdad, ha de hacerse el estudio de la mujer de aldea, pues por las condiciones de vida tan desfavorables en que se encuentran, por lo mísero del terreno en que habitan, tienen necesariamente que, sin abandonar por completo el papel que de derecho les corresponde ocupar en la sociedad, tras formarse (ya sea doncella, ya mujer de su casa) en un verdadero peón de trabajo.

Puede decirse, sin faltar a la verdad, que ejercitan un doble papel; el de mujer que no solamente cumple con los deberes de su casa y de la educación que, aunque limitada, da a sus hijos, sino que también el de un verdadero peón de trabajo.

Siendo esta provincia esencialmente agrícola, estando la propiedad en tan pocas manos, en tan pocas que hay grandes extensiones laborables que solo a un propietario pertenecen, y labrando terrenos que no son suyos, es natural, que, a pesar de los muchos esfuerzos y sacrificios empleados, es natural, digo, que la miseria extienda sus garras y se enseñoree de tal modo que no concluya nunca. De ahí que la mujer soriana de aldea tenga necesidad de entregarse y se entregue a los trabajos rudos del campo, viva como lombriz de tierra, trabajando como un hombre y descuidando no solo la casa sino sus hijos.

La tierra es prodiga y fecunda, pero es también muy exigente y es necesario ayudarla, y dada la miseria que por desgracia atraviesa nuestra provincia, se hace preciso y es indispensable la intervención de la mujer, puesto que les es materialmente imposible el pagar peonajes.

La tierra guarda el pan con que se puede atacar las necesidades de la vida, pero no se recoge sino después de una labor constante.

De rostro moreno curtido por el sol y el aire del campo, de grandes y rasgados ojos, de cuerpo duro, fuerte, es el tipo predominante de la mujer soriana de aldea.

Su carácter es alegre a pesar del género de vida. Su religiosidad llega basta el fanatismo: conserva la fe viva de sus antepasados. Nada más impresionable por su sencillez que con motivo de una gran sequía y para implorar el agua benéfica que riegue los ardientes campos, ver congregarse ante la imagen patrona del pueblo y oír las canciones que aunque sin ajustarse a reglas literarias, llegan, sin embargo, a impresionar y enternecer al hombre más descreído, viendo con el entusiasmo y la fe con que van dirigidas.

Su lenguaje es francamente rústico. La castidad de sus costumbres es una tradición sagrada en la mayor parte de las aldeas sorianas, alejadas del movimiento corruptor de las grandes ciudades.

Los árboles, las flores; esas son las muñecas de su infancia.

Sus campos, sus pequeños huertos, en el cual se confunden el rumor de los árboles con el monótono susurro de la fangosa acequia y con el trinar de los cantores pajarillos que pueblan y se agitan en el huerto. Hoy es donde está reunida toda la ilusión de la vida de la mujer de aldea. Es esposa fiel y madre cariñosa. Pequeña y ruin es su educación, pero imposible de evolución rápida. Mas si la cultura de los pueblos se mide por el mayor o menor número de sus habitantes que sepan leer y escribir, nuestras aldeas, sin temor a equivocarnos, podemos asegurar que ocupan un puesto principal entre las aldeas de España.

Raro es encontrar una mujer de aldea en nuestra provincia que no sepa leer y escribir.

Son felices en medio de su aislamiento y son dichosas con tal de que sus limitados caprichos sean atendidos.

En general no han visto más mundo que el encerrado en unas cuantas leguas a la redonda, ni saben de la vida otra cosa que los sucesos que delatan su marcha. La vida, los progresos y las costumbres modernas penetran siguiendo su curso natural, más esta penetración es muy lenta y no se verifica con grandes esfuerzos.

No sirven las palabras de… progreso, civilización, derecho, libertad… son palabras huecas e ininteligibles mientras exista la miseria.

La miseria que hace que la mujer abandone el papel que en sociedad le está reservado y se entregue a labores impropias de su sexo y tan duras como las del campo.

Concretando, podemos afirmar que nuestra mujer de aldea (caso general) queda reducida a ocupar en la sociedad un puesto verdaderamente insignificante, el de ser esclavas de pedazos de tierra que no son suyos, y por consiguiente, el de la servidumbre.

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