DE COVALEDA Y PARA COVALEDA.- Ángel Terrel Cuevas (VII)

DE COVALEDA Y PARA COVALEDA.- Ángel Terrel Cuevas (VII)

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BORRASCA DE CONCIENCIA

CUENTO

I

Las once de la noche daban en el reloj del pueblo X .. ., reinaba un silencio sepulcral solo interrumpido por el monótono y lúgubre tañido de las campanas de la parroquia que doblaban a muerto. Era la noche de difuntos.

En un gabinete, a fa luz de un quinqué, y con la ventana medio abierta, un hombre con la cabeza completamente desnuda de cabellos, los ojos hundidos y los labios pálidos, miraba fijamente a un punto dado, aunque estaba solo. Era D. Cleto, el médico del pueblo.

Don Cleto sentía remordimientos… Su conciencia reprochabale una falta grandísima y su conducta reflejábase en el cristal de los recuerdos experimentando terror invencible, terror propio de los que se creen arrepentidos cuando solo están amedrentados.

Hacía justamente un año… Fué tal día como hoy, el de difuntos, en que D. Cleto, deslumbrado ante un puñado de oro, tuvo la debilidad de ser el instrumento de un crimen.

Había envenenado a una mujer.

II

Parece que es hoy mismo -decía- cuando sucedió aquello, y sin embargo ya hace un año … ¡Un año, día por día!…

También las once daban en el reloj del pueblo y también solo el silencio de la noche era interrumpido por el lúgubre tañido de las campanas que doblaban a muerto.

“Si le das un veneno, este oro es tuyo”… Y yo tenía sed de oro, mucha sed de oro y… (una fuerte racha de viento penetró en la estancia apagando la luz, D. Cleto, se estremeció de espanto).

¡Oh! -murmuró- ahí estáis, señora… Sí, sois vos… la de todos los días… ese mismo traje vestíais hoy hace un año… la maldita noche en que el oro me arrastró a vuestra casa… Un monstruo se hubiera compadecido al veros tan llena de vida, tan joven, tan hermosa. Yo he sido más que un monstruo… yo no vi ni vuestra juventud, ni vuestra belleza, sólo veía el oro… Os veo pálida y amenazadora, silenciosa como la muerte, pero implacable. Sé que soy un asesino, un envenenador; sé que no merezco perdón… pero ¡tened piedad de mi!.

No me atormentéis de esta manera tan cruel. Pensad, señora, que si mi sangre pudiera dar por restituiros la vida, la daría…

Sois inexorable y habéis escogido para castigarme el más horrible de los suplicios… Si mis ojos se cierran un momento, si vencido por la fatiga me duermo al fin, vuestra mano se posa en mi pecho y me obliga a despertar… ¡Un año así!… pero no, no quiero más vuestra presencia, y ya que ni la mucha caridad ni la oración son suficientes a mitigar mis sufrimientos, esta pistola adormecerá para siempre mi conciencia.

El estampido de un arma de fuego se confundió con el lúgubre son de las campanas.

III

Al día siguiente apareció el cadáver de D. Cleto en su gabinete… Se había suicidado.

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CONTRASTES DE LA VIDA

CUENTO

I

Era la noche del 24 de Diciembre. Las siete daban en el reloj de la torre del pueblo Z … Una treintena de muchachos de seis a doce años encontrábanse reunidos en la plaza, cada cual con su instrumento -y permítasenos dar el nombre de instrumentos a trozos de latón, coberteras, panderetas, tambores y zambombas- con objeto de dar la ronda al pueblo y hacer tiempo hasta que la cena se condimentase.

Uno de los mayores entonó con toda la fuerza de sus pulmones:

Esta noche es Nochebuena

y no es noche de dormir

y después todos a coro continuaron la copla y aun no acabaron la última palabra, cuando un ruido inarmónico, espantoso, infernal, producido por el martilleo estridente del latón, las coberteras y demás instrumentos atronó el espacio. Se pusieron en marcha y solo cesaba el ruido el tiempo preciso para cantar otra copla, y otra vez el ruido infernal ensordecía el espacio. Hasta los perros protestaban con sus aullidos lastimeros.

Mientras tanto, los vecinos, encerrados cada cual en sus cocinas, se entregaban, las mujeres al condimento de la cena, y los hombres, sentados alrededor de una gran hoguera, charlaban y reían y la bota pasaba de mano en mano remojando la alegría con sendos tragos de vino, al mismo tiempo que cortaban en trozos las peras, ya asadas, echándolas en una gran cazuela con vino azucarado y un poco de canela.

Esto, poco más o menos, es lo que ocurría en todas las cocinas del pueblo. La alegría se desbordaba por todas ellas.

II

Mas nos equivocamos al decir que en todo el pueblo reinaba la alegría. En una casa se enseñoreaba la tristeza.

Era la casa de la pobre Dolores. Dolores, que hacia cuatro meses que había perdido su marido. Y el hijo único, un niño de seis años, se encontraba en las postrimerías de la vida.

Penetramos en el cuarto. En un extremo de la habitación, en una cama de madera, yacía el niño inmóvil, con los ojos cerrados y con una fiebre que devoraba su cuerpecito, y la pobre madre con los ojos hinchados y enrojecidos por el llanto, el pelo en desorden, revelando en su aspecto cansado las largas noches pasadas en vela, sentada a la cabecera de la cama y aprisionando entre sus manos las manos del hijo de sus entrañas. Al otro extremo de la habitación, encima de una mesa, había una imagen alumbrada por dos lamparillas para que intercediese en la curación de su Angelito.

Reinaba un silencio solo interrumpido por la fatigosa respiración del enfermito y los ahogados sollozos de la madre.

El pecho del enfermito agitábase con penoso estertor, sus labios tomaban un tinte violáceo, sus ojitos permanecían cerrados; lo único que brillaba en aquella cabeza era el cabello rubio, tendido sobre la almohada como ensortijada madeja, en la que se quebraba con extraña luz el resplandor de las lamparillas.

De pronto, el ruido infernal de los muchachos vino a turbar el silencio de aquel recinto; el niño se estremeció, y sus ojitos se abrieron un momento; entonces la madre se abalanzó a él y … ¡Angelito!… ¡Angelito!… ¡Son los niños!

Pero el niño volvió a cerrar los ojos y quedó inmóvil, abrasado por el fuego de la calentura.

La pobre madre tornó a sentarse, y nuevos sollozos y nuevas lágrimas se agolparon a sus ojos … ¡pobre madre!

¡Qué de recuerdos no se agolparían a su mente!… ¡También la Nochebuena anterior, mientras ella condimentaba la cena, su pobre marido y el hijo de sus entrañas tocaban y cantaban villancicos!

¡También en la Nochebuena anterior reinaba la alegría en su casa!… Este año… ¡qué tristeza y qué soledad la suya!

En las situaciones más críticas, en los momentos de más amargura para una madre, la dejaban sola… , y es que con la alegría de la Nochebuena ningún vecino se acordaba de la pobre Dolores.

¡Pobre de los que sufren!… De repente, un rugido más bien que un grito, y … ¡Angelito! … ¡Dios mío!… ¡mi hijo!…

Todo había terminado. Los ángeles apresuraronse a recoger su almita inmaculada, transportándola a las regiones celestes, dejando a la madre abrazada a la materia inerte, al cuerpecito del hijo de sus entrañas, del que rápidamente se apoderaba el frío de la muerte.

Y … esta noche es Nochebuena

y no es noche de dormir …

y el ruido ensordecedor, infernal, espantoso que producían los chicos del pueblo, continuaba … y también continuaban las protestas de los perros con sus aullidos lastimeros …..

¡Contrastes de la vida!

Covaleda, procesión de San Lorenzo, 10/8/1913, 11:00.

LA HERMOSA ZAGALA

CUENTO

I

Y el silencio del monte solo era interrumpido por el murmurar del arroyo, por el canto de algún pajarillo y por el balar de las ovejas.

Y la zagala, sentada a orillas del arroyo, hacía su tocado lento y sosegadamente, sirviéndole de espejo las límpidas aguas que reflejaban su hermosura. Era Marcela la hermosa zagala, que a pesar de poseer una fortuna regular, tenia la ilusión de ser pastorcillo de su propio rebaño.

¡Quién sabe si la soledad del monte la inducía a procurarse esa vida! ¡O quién sabe si esa vida monótona la conducía al logro de sus aspiraciones!

De pronto, el sonido armonioso, aunque chillón, de una dulzaina vino a interrumpirla en su tocado y acaso en sus meditaciones. Incorporóse Marcela, dirigió su vista hacia donde partían sonidos tan dulces y una sonrisa apareció en sus labios.

Un hermoso mastín llegó a todo correr hasta Marcela, y dando saltos y ladridos lamía las manos de la zagala, demostrando la alegría que sentía al encontrarse ante tal hermosura.

Y entre la espesa enramada apareció Rodolfo, el zagal más hermoso de muchas leguas al contorno, llegóse hasta Marcela, interrumpió el toque de la dulzaina y …

-Bien hallada sea la hermosa zagala que dueña de mi corazón inspira las melodías más tristes y delicadas en mi dulzaina y apena mí alma con su ausencia.

-Buenos días, Rodolfo. El dueño de mi amor sea bien venido, y bien sabe Dios lo que me cuesta verme privada de la presencia de mi amado Rodolfo. Más …

-Ya sé, Marcela, el gran sacrificio que te impones por nuestro amor. Tú, la hermosa, la rica Marcela … Yo el pobre, el miserable Rodolfo … Conozco la resolución de tus padres. Yo sé que Rodolfo para ellos es un pastorcillo rudo, sencillo y el más pobre de la comarca. En cambio, Sebastián … si, Sebastián, el rico labrador, el que con su dinero fascina a tus padres, el que me roba a mi hermosa zagala, ese a quien aborrezco con toda mi alma, ese es el que será el dueño de la hermosa zagala …

-¡Nunca, Rodolfo, nunca!

-¡Marcela!… Compara la miseria de tu pobre Rodolfo con las riquezas de Sebastián; compara el desprecio de tus padres hacia este mísero Rodolfo, ante la satisfacción de tener por hijo a Sebastián; compara a la hermosa Marcela, mujer de Sebastián, el rico, ante Marcela casada con el pobre Rodolfo y verás a qué lado se inclina la balanza.

No sirven palabras de amor, protestas, juramentos; sé la resolución de tus padres; tu corazón acaso sea del pobre Rodolfo, pero por fin, tu hermosura irá a marchitarse entre los brazos del rico Sebastián.

¡Adiós, Marcela! Tú eres para mí un imposible. Que la voluntad de tus padres se cumpla. Y si alguna vez recuerdas a tu pobre Rodolfo, y si alguna vez llega a tus oídos los sonidos arrancados a mi dulzaina, la tristeza de sus melodías te darán a comprender el estado del pobre Rodolfo.

Y se alejó lentamente … Y otra vez la dulzaina emitió notas tristes, muy tristes, y en las límpidas aguas reflejábase el rostro de la hermosa zagala con los ojos bañados en lágrimas.

II

Dos meses hacía que la hermosa zagala no salía de casa.

Dos meses hacia que ni escuchaba el murmullo del arroyuelo, ni el trinar de los pájaros, ni ti balar de las ovejas. Ya no llegan a sus oídos las tristes melodías que su Rodolfo arrancaba a su dulzaina. Dos meses há que solo escucha la voz de Sebastián, que la estremece, que la llena de espanto. Ya no es Marcela la zagala alegre y bulliciosa. Ya secos sus ojos de tantas lágrimas vertidas y destrozado su corazón, se abandonó a la voluntad de sus padres. La lucha es ya imposible, pronto Sebastián será dueño de la hermosa zagala.

Llegó el día fatal. Las amigas están haciendo el tocado a la hermosa zagala; mas Marcela, pálida, desencajada, nada dice, nada siente, parece un autómata y más bien que a una mujer pudiera decirse que estaban engalanando a un maniquí.

Ya las campanas anuncian con alegre repiqueteo que se aproxima el momento solemne. La casa de Marcela llena está de invitados. Ya salen, primero los hombres y a la cabeza de ellos el rico Sebastián, alegre, satisfecho; después las mujeres y en primera fila Marcela con la cabeza baja, triste, pensativa. Llegan a la iglesia y ya el sacerdote, revestido con los ornamentos sagrados, les espera a la puerta. Comienza la ceremonia. El sacerdote pregunta: Marcela, ¿queréis a Sebastián por esposo? ….

III

En este momento dejóse oír, allá, a lo lejos, el sonido de una dulzaina. Marcela se estremeció. De repente, abriéndose paso por entre los convidados, echa a correr hacia el sitio donde parten tan tristes sonidos, corre y corre, atraviesa el pueblo como loca, y en su vertiginosa carrera, al atravesar el río por un puentecillo estrecho y sin barandilla, al llegar a su mitad, tropieza, cae … y las aguas reciben el cuerpo de la hermosa zagala. Después aparecen en la superficie del río círculos concéntricos que se van agrandando poco a poco hasta perderse o quebrarse en las orillas… y después, otra vez la superficie tersa de las aguas …..

Y allá, a lo lejos, continúa la triste melodía de la dulzaina.

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ACUERDATE, HOMBRE …

MEDITACIÓN

Y en uno de los relojes de la capital, lentamente y a compás se daban doce campanadas. Era la hora suprema en que la noche del martes del Carnaval luchaba con el día santo.

Y por los balcones del círculo salían torrentes de luz de las mil bujías que alumbraban el salón. Y dentro todo era placer y movimiento y risa y algazara. Y a las sonoras vibraciones de los músicos instrumentos marchan y se cruzan las parejas bailando y a su confuso movimiento retiemblan las columnas. Mas, ensordecidos con el ruido de la música, sus diálogos animados, llenos de vida y movimiento, no escuchan la campana que les advierte que la mano de la razón acaba de arrancar la máscara a la locura. Y suena la una de la mañana, y dan las dos, y aun continúa la risa y la algazara, y aun la música se deja oír, y aun sus diálogos continúan animados; nadie se atreve a abandonar el templo de la diosa del carnaval.

¡Cuántas jóvenes perderán su pura y cándida virtud! ¡Cuántas emplearán todo su talento en seducir a una niña inocente! ¡Cuántas esposas abandonarán su hogar, y sus hijos, bajo el disfraz de un dominó en busca de aventuras!

¡Y cuántas viudas, olvidando el esposo perdido, saldrán llevando en su corazón el germen de un nuevo amor!

Y el baile continúa; y continúa el confuso sonido de las conversaciones y de la danza, todo es placer y movimiento… ¡quién se acuerda del pasado y del porvenir!…

Mas ya la luz del sol pura y radiante penetra en el salón y avergonzados de sí mismos abandonan el Circulo y marchan precipitados a sus casas donde les espera la triste realidad.

Y suena el monótono clamor de las campanas que llama a los fieles a la ceremonia religiosa que va a empezar en el templo.

Y quizá las parejas que abandonan el Círculo crucen por delante de sus puertas sin que a ninguno de ellos se les ocurra pensar un instante en el aviso envuelto en el sonido de la campana.

Ya acuden los fieles, pocos, muy pocos, y en su semblante refléjase la tranquilidad de una conciencia pura.

¡Qué contraste el bullicio del salón con la tranquila calma de la iglesia!

¡Qué tranquilidad y qué reposo tan solemne bajo aquellas bóvedas santas!… ¡Qué contraste entre el sacrificio santo, sublime por su sencillez, con el bullicio de la mansión de la locura!

La religión, es la que restituirá la calma a los sentidos y el bálsamo de paz a los corazones.

Los concurrentes a la ceremonia santa, van lentamente y con la cabeza inclinada postrándose ante las gradas del altar. Ya el sacerdote revestido con los ornamentos santos, cogiendo entre sus dedos un poco de ceniza bendita, y pronunciando las palabras del rito, imprime en todas las frentes la señal del polvo en que algún día han de ser convertidas.

Y a tan fúnebre aviso ni una lágrima acude a sus ojos, ni un suspiro se escapa de sus labios; en sus semblantes sólo se ve, retratados, la conformidad y la esperanza. ¡Bálsamo consolador el de la Religión!

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