EL AVISADOR NUMANTINO 30/04/1926

Aunque el artículo está dedicado a Vinuesa, en la excursión salen a relucir Covaleda y otros pueblos de pinares.

EL AVISADOR NUMANTINO 30/04/1926

EN LAS MONTAÑAS DE SORIA

VINUESA

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 A 35 kilómetros al NO. de Soria y a 1.250 metros sobre el nivel del Mediterráneo, se halla la villa de Vinuesa, llamada en tiempo de los romanos Visontium y a sus actuales habitantes visontinos. Se apellida Corte de los Pinares por su pintoresca situación topográfica y porque reuniendo bastantes comodidades modernas, no merece la categoría de pueblo del montón quien realmente es una ciudad en pequeño. Rodeada de pinos y circundada por verdes prados de riego, helechares, paredes de cerradas tapadas casi por enredosos zarzales y grisáceas bergazas, ofrece al viajero un panorama encantador. A su entrada, desde el altozano, de Fuente Salada, se ven mezcladas casas antiguas de los pinariegos con palacios señoriales y con hermosos hoteles modernos, empeño de los hijos de la villa que emigraron a México o a la Argentina por embellecer a porfía al pueblo de su nostalgia. Cuenta con importantes mejoras, tales como agua en las calles y en las casas, alcantarillado para la higiene, alumbrado eléctrico, telégrafo, teléfono, servicios de incendios, de medicina y farmacia, parroquial y escolar, de Guardia civil, serenos y guardería forestal y rural, cartería, tabacalera, corresponsalía de banca, variados comercios y aceras de piedra sillar en sus calles.

Por sus pintorescos alrededores se contemplan verdaderas hermosuras, descollando las cascadas y cataratas del arroyo Remonicio, sobre suelo y márgenes pétreas que son una preciosidad. Por doquier se hallan fuentes naturales, y otras, con alguna intervención humana, ofrecen grato aposento al visitante. A la del Arcipreste concurren de Molinos y Salduero con caballerías por agua; la del Hierro es visitadísima por quien necesita enriquecer con glóbulos rojos la sangre; por algo fue premiada en la Exposición de Chicago, y hasta de las provincias de Burgos y Logroño concurren herpéticos a tomar en la del Salobral su caudal sulfuroso, premiado asimismo en la Exposición de Filadelfia. Como están próximas a Vinuesa y no lejos de la margen derecha del Duero, su visita proporciona agradable paseo por entre sombras de gigantescos y copudos pinos. Los parajes denominados La Cepeda, el Reajo, el Hornillo, Pinada de la Virgen, los Corrinches, Raso de los Sotos, los Ranchales y El Plantío, son los que más bellezas naturales encierran.

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EXCURSIÓN A LA LAGUNA NEGRA

Tan grandes eran mis deseos de ir a la Laguna Negra que sin convidar a ello lo nuboso del horizonte y utilizando para los doce primeros kilómetros de buen camino un caballo, salimos mi hermano y yo de Vinuesa. Se llegará acaso antes por el Hornillo y la accidentada Umbría; pero preferimos observar el itinerario del Cordel, Caravantes, Raso de los Sotos y dejando a la derecha el río Revinuesa y el caserío El Quintanarejo (diez y siete vecinos), nos aproximamos a cosa de dos kilómetros del caserío de Santa Inés (de siete u ocho casas).

La senda o vereda que seguíamos, a trechos está casi entoldada por brezos y otros arbustos., constituyendo, con sus peligrosos ramazos y su espesura, un constante vapuleo en la cara, no de quien va rompiendo, sino de los que van detrás. Serpenteando por ella, con trabajo, pudimos dominar una pronunciada loma cuajada de blancos bloques de piedra, semejantes a muy voluminosos panales de jabón, y aún más arriba cambiamos el saludo con un guarda forestal que se ofreció a servirnos de guía, ya que a la vez recorría y vigilaba su distrito de pinar.

Cruzado el río de la Laguna, llegamos poco después al Pino blanco, qué es un brillante ejemplar, un pino de una vez, con sus trozos, al parecer, cubiertos de reluciente raso, formando contraste, con el colgante musgo que pende de sus corázonudas ramas, pues la parte albúrea fue derribada por el ímpetu de los vientos y bajo la acción del perenne peso de las nieves.

Por camino que obstruyen entrelazadas ramas de pinos, con troncos de hayas y tejos, se penetra en espeso monte, donde se oculta el cerdoso jabalí, corre el receloso corzo, se refugia el raposo, arrulla la torcaz, brinca la inquieta ardilla y silban los mirlos y otros cantores. A la izquierda del río se presenta para suspender el ánimo una elevada cordillera de piedras tajantes y musgosas de más de 100 metros de altura por acaso tres kilómetros de longitud, y en contemplador éxtasis se escucha solamente el graznido de los cuervos y el estrepitoso ruido de las aguas que en aquel solitario paraje desciende por entre cortaduras interminables.

Dejamos cobijado el caballo en una cueva y después de invertir, desde la salida de Vinuesa, cerca de cuatro horas, subimos unos metros más y nos presentamos ante la hermosa laguna Negra. La circundan el quebradísimo Pico de Zorraquín, por el N.; por el O. y S., en forma de anfiteatro, el peñón descrito, y por el E., el altozano que forma el pinar. Ante aquel clarísimo espejo, rodeado por peñascos que hacen como su marco, rememoré lo que el general Sr. García dice en su Visita la laguna de Urbión. “Si las creaciones mitológicas fuesen un hecho real, la laguna de Urbión sería el asilo de la muerte y del silencio; y de existir las Ninfas, solamente las pintorescas orillas de la laguna Negra podrían presenciar sus castos juegos”. Verdaderamente que admira su poética grandiosidad. Situada a 2.100 metros sobre el nivel marítimo, su contorno es mayor que el del estanque grande del Retiro madrileño, oscilando su profundidad entre 18 y 25 metros, viéndose piedras de gran tamaño en su suelo, desde la orilla, a simple vista. Para dar la vuelta a su alrededor empleamos media hora, y en esa travesía admiramos los infinitos y limpios raudales en que bajan las aguas del río desde el anfiteatro, saltando diabólicamente entre quebraduras peligrosas e inaccesibles.

Por arreciar la lluvia tuve que resignarme a no subir a los Picos de Urbión y traté de escalar el de Zorraquín saltando entre resbaladizas piedras, y utilizando todos mis recursos pude llegar solamente hasta dominar los peñascos al nivel del anfiteatro de la laguna, y para ello me vi precisado a andar a gatas sobre pronunciados ventisqueros de nieve. Calculé que me restaba un kilómetro de ascensión, para lo que necesitaría más de una hora y como me desorienté con la niebla, me vi precisado a guiarme por el oído hacia donde mis compañeros hacían disparos y daban silbidos para que regresara, y cuando logré divisarlos, parecían pigmeos. Busqué por el anfiteatro la bajada que viene de la laguna Helada a la Negra, no sin ser desagradablemente sorprendido por unas recelosas vacas que, temiendo por sus crías, se disponían a atacarme bravamente; pero logre escurrir el bulto o alejarme, uniéndome más tarde a mis acompañantes, a quienes mostré un tacón de zapato, perdido, sin duda, entre aquellas quebraduras por algún excursionista. Guarecidos al fuego, en la cueva, contra la lluvia, comimos, y tomando el caballo, emprendimos el retorno a Vinuesa por Santa Inés, con el sentimiento de dejar aquellos sitios y no poder continuar nuestra interrumpida ascensión.

Amaneció el siguiente día algo aligerado de nubes el cielo, y esto nos animó a tomar en Vinuesa la carretera de Zarranzano a Molinos y desde este pueblo continuar por la de Cidones al valle de Regumiel, uniendo los pueblos sorianos de Salduero, Covaleda y Duruelo.

Molinos de Duero dista 31 kilómetros de Soria y 4 de Vinuesa, tiene un hermoso puente sobre el Duero y empalme de carreteras, con 310 habitantes y casas solariegas cuya amplitud y sólida construcción testimonian la antigua riqueza pecuaria que poseía. Un kilómetro más al NO está el lindo pueblo de Salduero en una cañada de estrecho horizonte, también en la margen del Duero, con otro buen puente. Su población es casi como la de Molinos, y como sus modernos edificios revelan gran gusto estético es llamado con razón Salduero, “Él estuche de Pinares”.

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Continúa por la margen izquierda del río la carretera ascendiendo tortuosamente hasta Covaleda, distante 9 kilómetros, y si paisajes pintorescos se buscan, en todo el recorrido se hallan, mereciendo especial mención los que hay desde el kilómetro 20 al 23, donde los continuados arroyuelos con sus verdes florestas regadas por cristalinos raudales, parece que invitan a sentarse a la sombra de las frondosas pinadas y a nutrir el desfallecido estómago con los suculentos manjares de la alforja, seguros de que la virtud de los claros manantiales harán despertar el apetito, por muy adormecido que se lleve.

De aquellos parajes es la fotografía peñascosa adjunta, de bonita contemplación ante las abundantes aguas, que por su mayor altura y cortantes tajos, descienden hasta juntarse con las del repetido Duero. El cielo, cubierto por nimbosas nubes que se deshacen en continuadas y gruesas gotas, nos obliga a llegar a Covaleda apresuradamente. Tiene algunos, habitantes más del millar, dista 43 kilómetros de Soria, y no ha de ser menos hermoso que Vinuesa, ya que habiéndose quemado hace casi cinco años cerca de cien casas, se están construyendo ahora con comodidades y al estilo moderno.

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Viendo que la pertinaz lluvia no presentaba apariencias de cesar, tuvimos que decidirnos por hacer el retorno a Vinuesa y luego a Soria, con propósito de reanudar, por la parte de Covaleda y Duruelo, la ascensión al Urbión, cuando nos sea posible. En resumen, diremos con el señor Blasco: ”La agradable temperatura estival visontina, la espesura de sus montes; el líquido medicinal de sus fuentes sulfurosa y ferruginosa; el constante murmurar de las corrientes flumíneas y de los arroyuelos; el ambiente saturado de brea que se respira; los múltiples y variados accidentes del terreno y el pacífico y obsequioso carácter de sus habitantes”, todo contribuye a que la higiénica y poética villa de Vinuesa, “Corte de los Pinares”, sea una verdadera y apropiada poblacioncita para colonia veraniega, sirviendo a la vez de centro de parada y punto de partida a los excursionistas amantes del alpinismo.

Pío Mariano González. (Fotos del mismo autor.)

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