PERMANENCIA Y FUNCIONALIDAD DEL RÉGIMEN COMUNAL AGRARIO – IV

PERMANENCIA Y FUNCIONALIDAD DEL RÉGIMEN COMUNAL AGRARIO – IV

C) Un terrazgo rico en formas comunitarias

En la Región Pinariega el suelo comunal supone, al menos, el 80 % de la superficie total. Tanto esta comarca de pinares, como las comarcas adyacentes de Tierra de Cameros, Tierra de Lara, Comarca del Arlanza y Comarca del Arlanzón (Ministerio de Agricultura, 1977, Giménez, 1978), contienen una gran variabilidad de formas comunitarias de tenencia del suelo.

Una primera distinción a establecer es la existente entre los terrenos mancomunados, aprovechados por varias localidades, y los terrenos situados al interior de una comunidad. Entre los terrenos mancomunados de la Región Pinariega  se  pueden  distinguir,  a  su  vez,  tres  modalidades:

1) la «Mancomunidad de Soria y sus 150 pueblos», gran agrupación, centrada administrativamente  en  Soria,  uniendo  el marco urbano y el rural, y con terrenos situados a distancia de casi todos los beneficiarios;

2) los terrenos Comuneros, llamados regionalmente «comunidades», y que agrupan dos o más municipios o localidades rurales colindantes, y sin centro administrativo,

3) las «ledanías» o terrenos situados en las cimas, generalmente  pastos  y  eriales  aprovechados  por los ganados de los pueblos colindanes (mapa 6). Otras modalidades  de  terrazgo   colectivo  existentes   en  la  región son los «alcances» y las «pertenencias», pero no deben confundirse con las formas mancomunadas. Los alcances son parajes que tienen en común con las ledanías estar situados, por lo general, en los cerros o «morras», y estar cubierto de monte bajo, pero se diferencian de ellas en que pertenecen a una sola localidad. Esta localidad permite al pueblo colindante que sus rebaños entren en el «alcance». La «pertenencia» es un área perteneciente a un municipio, pero enclavada fuera de su término. En la provincia de Soria existe, por ejemplo, la «pertenencia del término de El Royo», y en la de Burgos, la de Castrovido.

El cuadro del terrazgo no  particular  se complementa con las vías pecuarias, esto es, las «cañadas», «cordeles», «veredas» y «coladas» para el tránsito del ganado trashumante. Cruzan la Región Pinariega dos ramales de la Cañada Segoviana:

a) el oriental, que baja desde Cameros, atraviesa el monte «Santa Inés y Verdugal» (perteneciente a la Mancomunidad de Soria y 150 pueblos) y el municipio de Vinuesa, para llegar al Pantano de la Cuerda del Pozo;

b) el occidental, que desde la Sierra de la Demanda cruza Valdelaguna por la aldea de Bezares y recorre la zona más agrícola de Salas de los Infantes, Huerta del Rey, la Gallega, Rabanera, (mapa 6). Si bien su uso es hoy día insignificante, en relación al papel trascendental que jugaron desde el siglo XV hasta el XIX, la potencialidad económica de estas vías pecuarias es alta. Mantienen su carácter de patrimonio colectivo, en la forma jurídica de «bien de dominio público» (Ley de vías pecuarias, 1974, y su Reglamento de 1978).

En cuanto a las formas comunales de cada localidad, destacan: 1) los prados comunales; 2) las dehesas boyales; 3) los puertos (alquilados para el agostadero de las ovejas); 4) los terrenos de labor sorteados periódicamente; 5) el cultivo de cereal en campo abierto (la derrota de mieses) y 6) toda una gama de bienes de propios o concejiles, como la pradera, la era ó la cerrada concejil.

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a) Mancomunidad de Soria y sus 150 pueblos

Se trata de 30.131 Has.[1], actualmente cubiertas por pinares y pastos, aunque sólo a partir del siglo XIX se pobló de pinares. Atendiendo a su superficie, constituye esta Mancomunidad casi la quinta parte del conjunto de la región; su superficie casi triplica la de los más extensos municipios: Cabrejas, con 12,346 Has., y Covaleda, con 10,567 Has. También es el triple de la extensión del Valle de Valdelaguna, incluyendo la extensión de sus dos municipios: Valdelaguna, con 6,931 Has., y Huerta de Arriba, con 3,395 Has.

Estos terrenos pertenecen mancomunadamente a 150 pueblos de la provincia de Soria, y a la capital de dicha provincia. La ciudad de Soria está situada a 26 Kms. del punto más cercano de la Mancomunidad (el extremo sureste del Monte Santa Inés y Verdugal) y a 45 Kms. del punto más lejano (el extremo noroeste del Monte Pinar Grande). En la Región Pinariega sólo los municipios de Duruelo, Covaleda, Molinos, Salduero y Vinuesa forman parte de la mancomunidad.

Todos estos municipios están enclavados entre los dos grandes montes de la Mancomunidad: Santa Inés y Verdugal al noreste, con sus 7,923 Has., y Pinar Grande al suroeste, con sus 11,945 Has. Cuatro de esos municipios tienen frontera común con dichos montes. Salduero, sin embargo, no la tiene, aunque queda muy cercano de uno y de otro monte (mapa 6).

Los municipios de Canicosa y Regumiel (provincia de Burgos), y de Cabrejas y Navaleno (provincia de Soria), aun siendo limítrofes con la Mancomunidad, no pertenecen a ella, por lo que sus vecinos no pueden aprovechar gratuitamente los pastos, leñas y maderas de esos montes. No es explicación para el caso de los dos primeros municipios su pertenencia a otra provincia, pues la demarcación provincial del territorio español data de 1833, y la Mancomunidad del siglo XIV.

Además de Pinar Grande y Santa Inés y Verdugal, pertenencen también a la Mancomunidad los montes de El Calar, Vega de Amblau y Razón y Roñañuela[2].

La madera de estos montes, principalmente los dos primeros, y la resina de Pinar Grande es vendida anualmente en subasta pública, repartiéndose el ingreso correspondiente a razón de la mitad para el Ayuntamiento de la Ciudad de Soria, y la otra mitad para los otros 150 municipios en proporción a su población. Este dinero se ha venido dedicando preferentemente a obras públicas y mejora de los servicios. Igual reparto se hace con los ingresos por arrendamiento de pastos a los ganaderos cercanos a los montes.

A finales de la década de los cincuenta, se comenzó con el sistema de subastas anuales, introduciéndose de esta manera un cambio considerable. Anteriormente a esa época, las ventas eran cada diez años. Kleinpenning informa que en varias ocasiones las subastas quedaron desiertas, lo que achaca al hecho de que la madera no era tan valiosa, suponiendo para los madereros un grave riesgo el pagar por adelantado los aprovechamientos maderables y leñosos de una década completa.

Si la madera del Monte Santa Inés y Verdugal ha sido adquirida por madereros de la región, la de Pinar Grande fue comprada desde 1942 por la RENFE (Red Nacional de Ferrocarriles Españoles).

La historia  de estos terrenos  durante  los últimos  150 años ha sido particularmente azarosa. En el siglo XIX (1837) se trató de suprimir la mancomunidad, pero ésta se mantiene hasta nuestros días. El embate legal y administrativo no fue el único, también en los planos económico y ecológico fue atacada esta propiedad mancomunada:

«A comienzos del siglo actual -escribe Kleinpenning- el monte de Pinar Grande se hallaba en un estado deplorable… No estaba todavía sometido a vigilancia regular, y lo circundaban pueblos cuyos habitantes iban a Pinar Grande a proveerse de madera, economizando así la de sus propios montes. Además, todos los años había incendios, que en gran parte fueron causados intencionadamente por los pastores con el fin de obtener terrenos de pastos para el ganado. A Pinar Grande iban con frecuencia, durante el invierno, los rebaños de cabras y ovejas de los municipios septentrionales, ya que por la menor altitud había menos nieve que en los montes de aquéllos. Los acotados, necesarios para garantizar la repoblación forestal, no se respetaban las más de las veces, de manera que todos los años se causaban daños al joven repoblado. Y lo que restaba, tras las depredaciones originadas por el ganado y el hacha de los leñadores furtivos, eran en muchos sitios los árboles mal formados o huecos, es decir, aquellos que no ofrecían provecho alguno ni a sus legítimos propietarios, ni a los que sin serlo usaban el monte como cosa propia» (Kleinpenning, 1962, 102).

Hoy estos montes están repoblados de pinos y tienen un alto potencial maderero: el de Pinar Grande ya era, a mediados de siglo, de 23.000 m3 anuales. Dos factores han sido decisivos en esta transformación: de una parte, las acciones del Estado, primeramente, el Distrito Forestal, luego el ICONA (Instituto para la Conservación de la Naturaleza), de otra parte, la estabilización de la propiedad mancomunada tras décadas de disoluciones legales y ambigüedad de titularidades  que influyeron  en su abandono.

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Otras mancomunidades (Las “comunidades” entre pueblos)

La Región Pinariega, como las otras comarcas colindantes, es un mosaico de distintas unidades administrativas y formas de propiedad. Pieza esencial en ese mosaico son las llamadas «comunidades» o «comuneros», espacios rurales acotados en proindiviso entre dos o más entidades. Generalmente, se trata de un monte poseído comunalmente por los municipios colindantes, cuyos vecinos pueden aprovechar libremente, sin costo alguno y en toda su extensión, toda clase de recursos, como leñas, hierbas, frutos, madera, siempre con las limitaciones oficiales y locales que hubiere.

Estos espacios no pertenecen nunca, y por definición, a un sólo municipio, por lo que en el mapa, las superficies municipales y las de las mancomunidades aparecen diferenciadas; entre ambas completan la superficie total de la región (mapas 6, 7 y 8).

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Nota distintiva de estos comuneros o comunidades es su singularidad, su gran variabilidad:

  1. En tamaño: desde los que tienen algo más de 20 , como la comunidad de Barbadillo de Herreros, Valderrubio y Vallejimeno o la de Canicosa y Casarejos, hasta las que tienen más de 400 (por ejemplo, la de Quintanar, Canicosa y Regumiel), o más de 600 (por ejemplo, la de Huerta del Rey y Arauzo de Miel), o incluso 1.500 Has., como el comunero de «La Campiña», perteneciente a Tolbaños de Abajo y Huerta de Abajo (cuadro 3).
  2. En recursos, pues si bien dominan los poblados por pinares, los hay con más o menos pastos, o matorrales, o incluso con  terrenos  de
  3. En la naturaleza de los copropietarios, que pueden ser todos municipios   o  todos  «entidades  menores»   (pueblos, localidades, aldeas), o municipios con «entidades menores», o municipios y «comunidad  de tierra», como el caso del monte nº  115 de
  4. En número de copropietarios, que puede ir desde dos hasta
  5. En el carácter del reparto de los ingresos líquidos por la venta de maderas u otros recursos comunales, que puede hacerse igualitariamente, fórmula más frecuente, o en términos de proporcionalidad, como es el caso del monte comunal de Cabrejas y Abejar, cuyas utilidades se distribuyen en dos tercios para el primer municipio y el tercio restante para el

f) En la situación de los colindantes, pues si bien es lo usual que todos los colindantes se mancomunen, hay  casos  en que algunas de las entidades limítrofes no forman parte del proindiviso, como es el caso del comunero entre Huerta del Rey y Arauzo: su lindero septentrional ( 1,5 ) limita con el municipio de Pinilla de los Berruecos, pero éste no es miembro de la mancomunidad.

g) En el objeto mancomunado, pues junto a la regla de que sea un espacio acotado con todos sus recursos, hay importantes excepciones; entre Cabrejas y Abejar, por ejemplo, tienen otro monte mancomunado en la siguiente forma: para el primero es el «suelo», y para el segundo, el arbolado o «vuelo».

Tanto la proliferación de estas mancomunidades como su variabilidad están cargadas de significación. Su existencia revela que en el proceso de reconquista y repoblación hubo una estrategia compleja de delimitación de los espacios rurales, que admite diversas fórmulas, siendo una de ellas la de la mancomunidad. Si no todas, la mayoría de estas mancomunidades se originaron -o recibieron su legitimación­ por concesión del Monarca, como recompensa por los servicios prestados, o por decisión del Monarca para la resolución de un pleito por tierras. Es el caso de Trashomo, situado en el valle de Valdelaguna, donado por Alfonso VIII en 1214. Esta estrategia de «mancomunar» pone de manifiesto una política de cohesión de concejos, o, en el otro polo, de evitación de conflictos[3].

La vieja fórmula del terreno mancomunado  ha persistido hasta hoy. Una supuesta partición o división limitaría el aprovechamiento de los pastos en régimen abierto, dificultaría la toma de acuerdos intermunicipales o interlocalidades (para la construcción de caminos u organización de la vigilancia, por ejemplo) y disminuiría la fuerza local ante la consecución de créditos y ayudas. Aun en el caso de querer «partir» estas zonas mancomunadas, los interesados enfrentarían el problema de la difícil evaluación de estos recursos. Debe tenerse en cuenta, además, que el aprovechamiento real no es nunca igualitario entre los copartícipes: el más fuerte, por más poblado u otra razón, está interesado en el mantenimiento de la unidad de este espacio[4]. A esta misma conclusión se llega si se mira la fórmula mancomunada desde los órganos centralizados de poder: la acción pública encuentra más ventajas que inconvenientes en actuar sobre lo que Nieto (1964, 891 y ss.) denomina «bienes comunales de gran extensión», que no sobre minúsculas áreas comunales.

La historia contemporánea de la Región Pinariega abunda en hechos que prueban la dificultad e inoportunidad de la división. Tras el decreto de mayo de 1837, que legalmente extinguía en España toda Mancomunidad, la Diputación Provincial de Soria adoptó, tan sólo un mes después, el acuerdo de «mantener íntegra la mancomunidad de pastos en toda la Provincia»[5]. Por otra parte, cuando los pueblos vieron amenazados sus bienes comunales, formaron «sociedades de vecinos», como, por ejemplo, en el municipio de San Leonardo. Ante la legislación desamortizadora, los vecinos se agrupaban como licitadores colectivos, quedándose con distintos predios (comunales), que eran subastados. Esta estrategia vecinal condujo, a nivel local, a la división de las tierras y mantenimiento de las instituciones colectivas; a nivel mancomunado, fue una forma de salvar la propiedad proindiviso de los montes.

La casuística que se observa en la gestión mancomunada de esos terrenos revela un fuerte protagonismo vecinal. La iniciativa local va desde la creatividad de los concejos, estableciendo pactos con sus colindantes y normas específicas de uso, reparto y conservación, hasta los procesos de formación de nuevos municipios, como ocurrió con la desmembración de Canicosa y Regumiel, de Molinos y Salduero, de Barbadillo de Herrero y Valle de Valdelaguna, de Valle de Valdelaguna y Huerta de Arriba, etc., todos ellos descomponiéndose  en dos municipios.

c) Ledanías

Esta forma de terrazgo comunal, consistente en el aprovechamiento mancomunado de una zona extensa de pastos por los pueblos  limítrofes,  es genuina de la provincia  de Burgos, si bien guarda un gran paralelismo con instituciones  del  régimen  comunal  de otras regiones  rurales.  Las «facerías» del Pirineo  Navarro, la «alera foral»  del Pirineo Aragonés, o las « pastizas» santanderinas, tienen en común con las «ledanías»[6] burgalesas, su carácter pecuario, abierto, de acuerdo horizontal entre iguales (Costa 1902, Nieto  1964, Lisón  1972, Douglass  1978).

No es forma propia de bosques ni de terrenos de cultivo, por lo que en la Región Pinariega sólo participan de las ledanías los municipios agrícola-ganaderos, situados en su borde oeste. La presencia simultánea en el terrazgo de términos municipales; términos de cada entidad local, parajes mancomunados de una u otra modalidad, cañadas y ledanías da a este pasaje rural una gran complejidad. En el mapa 9 pueden observarse las tres ledanías más importantes que limitan con la Región Pinariega. La situada más al sur, marcada con A en el mapa, beneficia a tres municipios: Salas de los Infantes, Hacinas y Castrilto de la Reina; los tres colindan con ella, no teniendo derechos el municipio de Vilviestre, que también colinda, aunque en menor medida, con esta ledanía.

Más al norte -y en el centro de las tres- se sitúa la extensísima ledanía B, que además de a los habitantes de los tres municipios anteriores beneficia a los vecinos de Castrovido, municipio que queda rodeado por los terrenos de la ledanía. También queda rodeado por esta ledanía el paraje 3, que es una pertenencia de Castroviedo, y los parajes 4 y 5 , cuyos propietarios en régimen de proindiviso son Retuerta, Quintanilla del Coco y Covarrubias. Estos dos últimos parajes, situados como islotes dentro de la ledanía, distan 18 Kms. del pueblo más cercano de esos tres municipios con derechos. Esta ledanía B es cruzada por la cañada, que atraviesa Salas de los Infantes.  Los vecinos de Salas, Castrillo, Castrovido y Hacinas, copartícipes de la ledanía, pueden  llevar ahí sus ovejas y cabras, existiendo también terrenos  roturados y tenadas  para guardar el ganado. No pueden beneficiarse, sin embargo, salvo permiso y pago, los habitantes de otros municipios que también colindan con la ledanía: Hoyuelos, Pinilla, Vilviestre, Palacios y Valdelaguna. La ledanía C, más al Norte aún, pertenece a los cuatro anteriores municipios mancomunados en la ledanía B, pero también  al de Monasterio,  que queda -como le ocurre a Castrovido  en la ledanía  B- rodeado  por  los  parajes  de la ledanía.

Jurídicamente, la ledanía es idéntica al terreno mancomunado del apartado anterior, terrenos denominados, según  los  lugares,   «comunidad   de…»,  «comunero»   o  «los comunes   de…».          .           ·

La complejidad comunal de la Región Pinariega se ve incrementada al considerar los patrimonios colectivos de cada localidad.

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[1] Kleinpenning, 1962. El monte Razón y Roñañuela no es conta­ bilizado por este autor, por situarlo ya fuera de la región Pinariega, a la que sirve de límite por el este (mapa 6).

[2] Kleinpenning,  1962, 101-102.

[3] “Durante la Reconquista, los reyes se esforzaron en la repoblación de esta comarca; Fernando III otorgó, por medio de carta puebla, el derecho de los aprovechamientos forestales a todos  los que, procedentes del valle del río Gumiel, fueren a poblarla. Fernando IV y los Reyes Católicos confirmaron los antiguos privilegios de los vecinos y, a la vez, remacharon y  corroboraron  el  carácter  comunal  de  los  bosques,  sirviéndose de la forma ad meas homines” (Lisón, 1980, 53).

[4] Situación que recuerda el “efecto Matthew”, según el cual la parte más sustanciosa de los beneficios de una relación de cooperación dada va a parar al polo que está en mejor posición.

[5] Dice el texto de aquel acuerdo: « … mantener íntegra la mancomunidad de pastos en toda la Provincia, en atención a que la agricultura y ganadería son los dos únicos ramos que constituyen su riqueza. Que la mancomunidad se ha observado en ella de tiempo inmemorial. Que muchos pueblos la obtuvieron por compra u otro título oneroso. Que de ella depende, esencialmente, una gran parte de la felicidad y tranquilidad de este país. Que por el artículo 1º del enunciado decreto de 8 de junio se declaran cerradas y acotadas perpetuamente las heredades de dominio particular; pero sin perjuicio de las cañadas, abrevaderos, caminos, travesías y servidumbres. Que ninguna servidumbre puede ni debe considerarse más propia y legítimamente introducida que la de la mancomunidad en esta Provincia…» (Sesión de la corporación de 21-6-1837. Fragmento del acta reproducido en Mangas,  1984, 92-93).

[6] «Ledanía es contracción de aledanía, que vale tanto como aledaño, del latín ad limitaneus…11 (López Gómez, 1954, 552).

Por su parte, De la Cruz indica que «los pagos comuneros llamados “ledanías de Salas” son consecuencia de la jurisdicción foral de Salas» (De la Cruz, 1974, 11).

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