UN REGIMEN MODELO DE EXPLOTACIÓN COMUNAL DE LOS BOSQUES (ABC 14/03/1954)

Aunque sean de mala calidad, he preferido adjuntar las fotografías originales que aparecieron en la publicación del artículo.

ABC 14/03/1954

UN REGIMEN MODELO DE EXPLOTACIÓN COMUNAL DE LOS BOSQUES

Los pinares de Vinuesa y Covaleda

Desde Saluduelo el camino

va al hilo de la ribera;

a ambas márgenes del río

el pinar crece y se eleva

(Antonio Machado: La tierra de Alvargonzález)

 Estamos aquí en la orilla del recién nacido Duero, en la parte alta de la provincia de Soria, al Noroeste de la ciudad. Sus pinares no serán los más extensos de España, pero si los más curiosos en cuanto al régimen de explotación. Teruel y Cuenca ocupan los dos primeros puestos en número de hectáreas, que cubren, por encima de las cien mil; la provincia de Soria tiene 68.439, principalmente en este nudo de poblaciones serranas de Covaleda, Duruelo, Vinuesa, Molinos de Duero, Salduero, Abejar, Cabrejas del Pinar, Muriel Viejo, Navaleno, San Leonardo, Casarejos, Vadillo, Talveila, Cubillos y Muriel de la Fuente. Vamos desde Bidones por la carretera que nos llevará desde la provincia de Soria a Salas de los Infantes, en la de Burgos. A nuestra espalda quedó el Moncayo, que envía su famoso aire frío a toda la región. En Garray, entre el Duero y el Tera hemos subido a la altiplanicie de Numancia. Heroica fue la vida de los celtíberos no solo ante los romanos sitiadores, sino soportando el clima. No se como aquí pudieron mantenerse los africanos que llegaron a reforzar el asedio sostenido durante años. O el clima era entonces otro (talo vez lo fuera y los cabezos, pelados hoy, estuvieran arbolados templando los vientos), o la aclimatación fue un milagro. Yo rindo homenaje en este día de mayo, frío como un diciembre, a los habitantes del moderno Garray.

Vamos hacia Urbión, que con sus altos neveros señorea los pinares donde se asientan Vinuesa y Covaleda. Soria pinariega. Don Nicolás Rabal dejó puntual memoria de los que fueron estas tierras. Ya el Fuero de Medinaceli (entre los años 1124 y 1134) dio disposiciones para cuidar los montos “contra los ommes estrannos”, “e de término de Soria contra los vecinos”. En 1537 se eleva una queja a la Reina Isabel contra los pastores trashumantes que incendiaban los montes para fertilizar los pastos con sus cenizas, contra las roturaciones arbitrárias y la explotación maderera sin freno. En el último tercio del siglo XIX, escribía Rabal: “Estos montes, descuajados del todo, no volverán ya a poblarse, porque ni raíces han quedado, y los terrenos de labor que en su lugar se dispusieron se han “cansado” de dar cosechas abundantes y hoy no son más que estériles arenales y páramos desiertos. Está a punto de perderse uno de los ramos más importantes de a riqueza de la provincia de Soria, que con tanto interés se miraba en tiempo de los Fueros.

En los libros de caza del infante don Juan Manuel y del canciller Pero Lopez de Ayala queda memoria de lo que era la riqueza de especies que se hallaban en estos bosques de la cuenca del Duero, entre las provincias de Soria y Burgos. A las selvas más ricas de Alemania y el Cáucaso, los compara un autor. Por fortuna, aún existen estos magníficos pinares, que ya va descubriendo la vista, según subimos hacia el pantano que llaman de “La Cuerda del Pozo”, bajo cuyas aguas duerme la que fue pequeña villa de La Muedra. Cerca de Vinuesa emerge, como mástil de un barco naufrago, la chimenea de una fábrica que desapareció en el pantano. En ella han hecho su nido unas cigüeñas, venidas desde Africa, como las legiones que aquí combatieron a los celtíberos.

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VINUESA

Vinuesa, ya. Es una villa bellísima, pero casi desierta. No extraña nuestra presencia, porque no hay quien pueda extrañarse. Paramos en la desierta plaza Mayor, donde están la parroquia de Nuestra Señora del Pino y el Ayuntamiento. Un palacio que incendiaron los franceses, hace cerca de siglo y medio, sigue en ruinas. Vinuesa tiene 1250 almas, y son 307 los vecinos. Desde un balcón del Ayuntamiento contemplamos el monte, que produce tres mil metros cúbicos de madera anualmente. En el pinar, aún pueden verse las calvas que causó en 1941 el huracán que asoló a Santander y que pasó por aquí arrancando árboles.

Todo el monte es de propiedad comunal. El viejo don, confirmado por los Fueros y respetado por la legislación moderna, constituye un curiosísimo ejemplo de explotación en común, ya ordenado y vigilado por el Servicio de Montes con que el Estado acusa su presencia, de modo paternal, no oneroso.

El municipio posee dos serrerías, que tiene arrendadas, y hay una de propiedad particular. El pino albar de estos montes da una madera magnífica para la construcción. Vemos bajar por los caminos forestales los troncos ya descortezados. La madera, en carne viva, brilla olorosa y blanca. La orea y cura el aire del monte, y luego, las sierras las despueza. Grandes castilletes cuadrangulares, que dejan intersticios para el curado de la madera, son torres de laboriosidad serrana, cuenta de un libro bien visible, con el rendimiento anotado para la vista del pasajero.

Un derecho consuetudinario regula el disfrute de esa riqueza comunal. Hay que ser hijo y nieto de vecinos de Vinuesa para poseerlo. Es toda una institución jurídica natural, que ningún otro título puede sustituir. Y no se es, así como así, vecino de la noble Vinuesa serrana. Hay prescripciones por ausencia y la casa ha de mantenerse abierta. El absentismo hace perder el derecho al disfrute del monte. Pensamos en toda la trascendencia de estas costumbres si desde el monte se hubiera extendido a los llanos labrantíos. El absentismo y los arrendamientos y subarriendos han perjudicado la economía agraria y han hecho difícil la vida en la ciudades.

Esta plaza Mayor de Vinuesa, ahora desierta, se anima en las fiestas de agosto cuando se celebran las de Nuestra Señora del Pino y San Roque. Hay dos Cofradías. En la Virgen del Pino están inscritos todos los casados, y los solteros, en la de San Roque. Tienen sus capitanes y sargentos, y en torno a la plaza donde se eleva un mayo, evolucionan en pantomima guerrera.

Después intervienen las mozas en la célebre “pinochada”. Golpéan a los hombres con tiernas ramas de pino, luego de perseguirlos alborozadamente. El que recibe el leve golpe, acaso sintiéndose ya dulcemente prisionero, dice:

-De hoy en un año …

Y la moza le responde:

-¡Gracias!

Cuando casi pasado un año, el día de San Pedro, las mozas inviten a los mozos a una merienda en el Regajo, puede que para la otra fiesta haya nuevos hermanos en la Cofradía de la Virgen. Así se vive en Vinuesa, con economía patriarcal, con costumbres sencillas, puras como el aire de la sierra, con vida lozana como la de los altos pinos. Estúdiese el ejemplo de esta economía, véase para cuanto da el pinar, y como en torno a él se ata en común trabajo la vida del pueblo.

-Unas treinta mil pesetas anuales da a cada vecino el mente- me dijeron en Soria.

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HACIA COVALEDA. MÁRGENES DEL DUERO

Bajamos otra vez a la carretera, que sigue solitaria, al margen del río. Pasamos por Salduero. El alto valle es cada vez más estrecho. Sensación de soledad en el camino de los pueblos. Sobre unos bancos rudimentarios, mujeres enlutadas se ocupan en aserrar pequeños tablones.

El agua del río, el viento y las esquilas de ocultos rebaños componen una sinfonía constante, tierna, inacatable, en tono menor. Los pinares se hacen cada vez más altos y espesos. Las rocas grises gravitan sobre el camino, que suelen cortar los torrentes.

Hemos llegado a Covaleda, mediado el día. Urbión, en lo alto, nevado en mayo. Un viento áspero. Hay aquí una población de 1.907 almas, pero solo 539 vecinos tienen derecho a la explotación de su pinar, que es el monte 125 del catálogo soriano. El Ayuntamiento formó el año 1948 unas Ordenanzas para la explotación, que fueron aprobadas por el Gobierno en mayo de 1949. el artículo segundo dispone que tendrán derecho al disfrute de los aprovechamientos los vecinos y vecinas mayores de veinticinco años, siempre que justifiquen ser hijos o nietos de personas, descendientes a su vez, de abuelos que hubiesen disfrutado de igual beneficio. Los árboles genealógicos de Covaleda han de tener raíces aún más hondas que los del monte. Lote entero aprovechan los casados y medio lote, los solteros. Quien case con forastero o forastera pierde el derecho a la mitad de su lote. También quien contraiga segundas nupcias tendrá lote entero si tuvo hijos del primero matrimonio sino medio.

Son muy curiosas las Ordenanzas, y merecen un estudio como fuente de derecho. Hasta lo posible están previstos todos los casos. Se tiende a que únicamente los hijos de Covaleda puedan vivir de su monte, sin que nadie se introduzca por codicia en los linajes. La residencia, la casa abierta, es condición indispensable. El último artículo es concluyente: “Todos los residentes en esta localidad serán declarados vecinos con arreglo a las leyes estatales, pero no tendrán derecho a disfrutar ningún aprovechamiento de pinos aquellos que no reúnan las condiciones establecidas en estas Ordenanzas, pero, en cambio, si tendrán derecho al disfrute de leña para el consumo de su hogar”.

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ISABEL II REGULÓ LA CORTA DE PINOS

En febrero de 1864, una Real Orden de Isabel II reguló la corta de pinos anual. Los árboles habían de ser tasados previamente por los funcionarios del Ramo de Montes, para que el reparto se hiciera con equidad y justicia entre los vecinos con derecho a reconocido. A instancias del Ayuntamiento, en abril de 1930, se modificó el artículo 159 del Estatuto Municipal, que se oponía a la forma tradicional, dentro del articulado del Régimen de Administración Local y decreto de diciembre de 1950. El Alcalde ya quedó señalado. También hemos visto la consagración jurídica de la costumbre.

Seguimos por estos pueblos serranos. Viven del pinar todos ellos. No tienen campo, solo los magníficos rebaños de merinas y la caza. Hay que cuidad el monte y lo hacen, bajo la vigilancia y la inspección técnica de los Servicios Forestales. La impresión es de vida tranquila y acomodada, sin gran riqueza, pero sin afanes perentorios. Es un régimen comunal, de tradición, que hace gustosa la vida en estas sierras sorianas. Ya va abriéndose paso la industrialización de la madera. San Leonardo (hoy San Leonardo de Yagüe, en homenaje al glorioso general, que tanto impulso dio al racional aprovechamiento de la riqueza de estas sierras que le vieron nacer) es un buen ejemplo.

Dejamos Covaleda, hacia Burgos. Poco a poco vamos descendiendo: Duruelo de la Sierra, Regumiel, Quintanar de la Sierra, Canicosa, Vilviestre del Pinar, Palacios de la Sierra…. Lentamente van desapareciendo los pinares. La tierra de Burgos está a la vista, con sus planas verdes y sus cultivos. Salas de los Infantes, de los Siete Infantes de Lara. Florian de Ocampo, primero y el duque de Rivas, después, tejen la trágica leyenda… Ya está a la vista el Arlanza, ya se puede gustar el vinillo rosado de Burgos, Barbadillo del Mercado, Cascajares, Ortiguela, Membrilla de Lara, Cuevas de San Clemente, Cubillo del Campo, Hontoria de la Cantera, Olmos de Sarracín, Saldaña de Burgos y la ciudad castellana con sus agujas de piedra.

Hemos cruzado la provincia de Soria, siguiendo el arco de su sierra pinariega, donde el árbol es la única riqueza, donde subsiste un curioso régimen de propiedad de raíz española, más antiguas que las forestales, que se clavan en las piedras que Urbión señorea y que riega el Duero entre espumas de nieve recién deshecha.

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