COMENTARIO SOBRE COVALEDA AÑO 2005

Hace poco, en una página de viajes, encontré este comentario sobre Covaleda que la verdad, me gustó y creo que es una visión acertada de como nos puede ver alguien desde “fuera”.

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COMENTARIO SOBRE COVALEDA AÑO 2005

Estábamos en la zona norte de la provincia soriana, en pleno imperio del pinar. Entre las sierras de Urbión y la de Resomo.

Acurrucada junto al río Duero, en cuyas aguas contempla su belleza, el término municipal de Covaleda se extiende sobre 10.566 hectáreas, casi todas del pinar comunal que es mimado por los vecinos desde su punto más bajo, el río Duero a 1.183 metros, a su punto más alto, el pico Urbión a 2.229 metros.

Llegando desde Soria se recomienda prudencia, demasiadas curvas. Las demás poblaciones del camino son cruzadas rápidamente, pues se hallan en llano, pero Covaleda es una ciudad diferente.

Parece como si se resistiera a ser visitada, no da facilidades para ello y ha de ser muy fuerte y osado el caballero para penetrar en este recinto. Para empezar se esconde tras un recodo de la carretera. Tras rodearlo una ligera pendiente, Covaleda se halla sobre la hamaca de la ladera. En ella un letrero que anima al visitante: “Guardia Civil” (en realidad el cuartelillo está en la otra punta del pueblo, pero el cartel permanece para deleite de los recién llegados).

Si te da por pararte en estos momentos para admirar el paisaje, podrás notar el silencio que te rodea, ni siquiera el viento se atreve a molestar a Covaleda. Tan sólo, de fondo, tímidamente, el gran río, aquí apenas un arroyo.

Y al otro lado, de la ribera, el cementerio. Curioso porque carece de nichos, todos los difuntos son inhumados bajo marmóreas lápidas familiares. Pequeño, apenas dos centenares de fosas. Sin una capilla adjunta ni alguna sala común, tan sólo un par de almacenes donde se guardan las herramientas del personal. Por no tener no tiene ni cubos de basura, la que se va generando se retira manualmente.

Pero, volvamos a Covaleda. Estamos en la entrada de un pueblo que no muestra ningún interés por sus visitantes. No hay ningún cartelón de bienvenida. Vamos subiendo pendiente, cruzando calles en las que la vida transcurre al margen de la carretera. En la parte central, en zona peatonal, la plaza mayor, donde confluyen los vecinos.

De forma cuadrangular, sobre grandes losas de piedra, presidida por el Ayuntamiento, acoge a casi todos los establecimientos de ocio de la ciudad, apenas media docena de bares y restaurantes donde se concentran los covaledenses durante casi todo el día. En la parte meridional de este espacio abierto un hórreo de extraño diseño, combinando la columna dórica de hormigón con una cubierta de madera de pino. En su parte norte un pequeño frontón, algo bajo, donde la juventud se desfoga dando raquetazos.

Lo que más me llamó la atención de esta plaza mayor, en tiempos del Generalísimo y ahora de la Constitución, se la tranquilidad que en ella impera: nadie tiene prisas.

Padres jugando con sus hijos o tomando tranquilamente un refresco, el tiempo pasa lentamente.

Y es que Covaleda es un pueblo muy especial. Una ciudad que no vive del turismo, sin apenas emigración ni inmigración, donde no existe el paro ni delincuencia. Puedes dejar tranquilamente cualquier cosa en la calle que nadie la va a tomar prestada. Un pueblo que vive aislado entre sus sierras, al margen del stress de la vida moderna y de preocupaciones económicas. Aquí a nadie le agobian las inquietudes dinerarias, pues todos tienen cubiertas sus necesidades básicas.

Os lo explico. Hubo una vez un rey muy sabio al que llamaban Alfonso X que otorgó a esta ciudad Carta Puebla por la que todo su término municipal pasaba a ser propiedad comunal de sus vecinos. Este insólito hecho, que eliminaba los privilegios de los señores y daba el poder al burgo, fue ratificado por Felipe II en 1562.

En la práctica supone que la explotación del pinar se reparte equitativamente entre los habitantes de Covaleda en dos pagas anuales. Así pues, a los covaledenses les basta con complementar estos ingresos fijos con cualquier ocupación temporal.

Al mismo tiempo esta dependencia del pinar supone que el monte es mimado como un hijo. Siempre está limpio, y a la señal de la campana acude todo el pueblo en masa a sofocar cualquier fuego primerizo. Ni se te ocurra encender una barbacoa por estos andurriales, ellos defienden lo suyo y seguro que acabas en el pilón (costumbre de la tierra, a la que no escapan ni los políticos locales). Si durante el 2005 han sido muchísimos los incendios que nos han asolado, en Covaleda ninguno.

En la parte más alta del pueblo la Iglesia, consagrada a María, de planta románica y alzado gótico. Tripartita, con varios retablos barrocos que contrastan en su exhuberancia con el sobrio estilo decorativo de sus molduras gigantes.

Lo que más me llamó la atención de la misma es el gran número de racimos de uva que decoran las pilastras del retablo mayor. En esta zona donde nunca hubo viñas este motivo ornamental se explica desde el punto de vista mitológico. Es el atributo que el mundo grecolatino, y posteriormente el cristiano, utilizaba para mostrar signos de riqueza.

En Covaleda todos son conscientes de su suerte. El pinar garantiza abundantes recursos para sus vecinos y para las arcas municipales.

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En las afueras de la iglesia, sobre una pequeña peña de la que en tiempos brotó un manantial, algunas tumbas excavadas de tiempos antiquísimos. Vestigios prehistóricos que nos hablan de remotos tiempos, como lo hace la cercana ruta del dinosaurio, donde se conservan las huellas de muchos de estos gigantescos animales.

Covaleda es un lugar muy tranquilo rodeado de encantos naturales. Como el paraje donde se instaló el Refugio de Pescadores, visita muy recomendable porque los ojos lo agradecerán. O como el Cañón del río Lobos, para cuyo recorrido es preferible entrar por Ucero. O como sus innumerables fuentes, en estos parajes las cantimploras son algo absurdo. O como la Laguna Negra, con sus leyendas de pozo sin fondo. O como el calvero donde se instaló el Campamento Francisco Franco.

Fue una historia curiosa y que revela la personalidad de Covaleda. Franco quería montar un campamento junto al Duero en el pinar de Covaleda y el pueblo se negó a perder un centímetro del pinar del que vivían. El caudillo, cuya palabra era ley en el resto de España, tuvo que negociar con el alcalde local, quien sólo autorizó para dicho campamento un espacio circular donde, por razones que se ignoran, los pinos no crecen. Allí se instaló y cuando Franco fue a inaugurarlo, para sorpresa de todos, sobre el arco triunfal que en el centro se instaló había nacido un pequeño pino (que aún se conserva).

Pero no os vayáis a pensar que los vecinos de este pueblo no son hospitalarios, que no es así sino todo lo contrario. Son extremadamente amables, y lo son sinceramente porque no necesitan ser amables con los turistas. Si pasáis por las cercanías de Covaleda haced un alto en el camino, cualquier vecino os indicará cien sitios idóneos para disfrutar de la naturaleza, ya sea en automóvil, en bicicleta, a pie, a caballo, o como se os antoje.

Si deseais alojaros os recomiendo el Hostal Don Pancho, sobre todo por su cocina.

Está junto a la plaza mayor, como casi todo en Covaleda. Más fama tiene el Hotel Pinar de Urbión pero, a pesar de sus precios, siempre está lleno. También podéis optar por el cámping, junto al Duero, fuera de la ciudad.

Algo que es indispensable que tengáis en cuenta es el clima. Continental.

Inviernos fríos, por debajo de 0 grados, desde octubre a marzo.

Veranos suaves, como consecuencia de las brisas de las montañas que asedian a Covaleda.

En resumen, frío. En época veraniega cuando atardece conviene llevar alguna prenda de abrigo. En invierno se vive aislado, cerca de la chimenea o del radiador.

Las viviendas de esta zona son muy similares. Dos plantas, bajo cubierta a dos aguas de tejas. Zócalo de piedra, el resto de las paredes exteriores (muy gruesas) son de ladrillo forrado con lajas de piedra. Tanto ventanas como puertas de madera, nada de aglomerado ni chapa.

Casas interiormente muy amplias, donde se percibe la escasa densidad soriana, con altillos donde se crían los avíos de la matanza y algunas cocinas de campana, recuerdos de siglso pasados.

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Calles tranquilas, de doble sentido, sin semáforos, ni limitaciones de aparcamiento.

Dicen algunos eruditos, de esos que escriben lo que piensan en libros, que el topónimo de Covaleda procede del mundo griego, que en unas cuevas cercanas (covas) habitaban mujeres (ledas) que alegraban la vida a las caravanas que por la zona pasaban.

Es una teoría desdichada, teniendo en cuenta que por estos caminos de montaña nunca ha pasado ninguna caravama, ¿para qué si por Covaleda no se va a ninguna parte? Presupone esta hipótesis la existencia en plena meseta de una colonia griega, lo que contradice toda la arqueología pues jamás se han encontrado pruebas de la existencia de un grupo griego en el interior. Y además es absolutamente ilógico que se instalasen en lugar tan solitario, que tuvo que ser repoblado durante la Reconquista medieval, cuando la población peninsular se concentraba en las costas.

Esta hipótesis surgió del siglo pasado, cuando todos los fundaciones urbanas se explicaban con la llegada de algún héroe del mundo grecolatino. Años en que se explicaba la protohistoria peninsular por la aculturización del mundo orientalizante.

Los testimonios más antiguos proceden de la Edad del Bronce, según hachas halladas en Cueva Medrano que atestiguan la dedicación de la población autóctona a la caza de herbívoros. El poblamiento de Covaleda ha sido siempre escaso.

Ello explica el origen étnico de la actual población, que algunos emparentan con los bretones. Apoya esta tesis el muro ciclópeo de Paso de Arrieros, típicamente celta, y ciertas costumbres como la piedra andadera (o Grito de Merlin). Esta enorme piedra, dedicada al culto del dios innombrable del mundo celtibérico de quien no se podía hacer imagen alguna, se mueve si se le toca.

De hecho a muchos vecinos les gusta llamarse bretos, descendientes de una familia bretona.

También se ha hecho notar el parecido entre la fisonomía de los celtas y la de los covaledenses. Los hombres suelen tener cabeza pequeña, frente huidiza, orejas pequeñas, pelo moreno, cráneo braquicéfalo (el típicamente europeo en oposición al dolicocéfalo, típicamente mediterráneo y africano). Las mujeres suelen ser pálidas, ojos rasgados, pelo negro, nariz aguileña, labios delgados. Los niños suelen ser muy activos, pero esto es consecuencia de la altitud.

Esta segunda hipótesis se aproxima muchísima a la realidad histórica. Aquí habitaban familias de cazadores hasta la llegada de tribus celtas que se mezclaron con ellos.

Estos grupos de campesinos europeos se movían en oleadas, presionados por hostiles tribus centroasiáticas.

Este proceso emigratorio comenzó cuando los emperadores chinos decidieron eliminar la amenaza mogol del norte de su imperio. No sólo construyeron la famosa Muralla sino que enviaron inmensos ejércitos a exterminar a tan molestos vecinos.

Consiguieron pacificar el Nepal a costa de que sus habitantes emigrasen hacia Europa, empujando en su caminar a las poblaciones que se iban encontrando. Y en efecto dominó los distintos pueblos, llamados “bárbaros” por los romanos posteriormente, comenzaron a desplazarse hacia Occidente. Así llegaron los celtas a la península, tras pasar por la Bretaña, donde muchos se instalaron, lo que explica las raíces culturales comunes.

Una vez instalados en la meseta esta población mezcla de indígenas y celtas recibió la influencia de las culturas andaluzas, tartessos y turdetanos especialmente. Y lo que era un deambular de familias cazadoras se transformó en un poblado fortificado en un altozano y una estructura comunal que les facilitaba una diversificación de oficios y la solidaridad comunal en caso de necesidad.

Covaleda, resumiendo, fue la ciudad en la que cazadores paleolíticos y campesinos celtas se mezclaron para convivir conforme a la cultura tartésica. La historia les ha llamado pelendones y les considera celtibéricos, suponiéndose que esta tribu se extendió por esta margen del Duero.

Hecho significativo del carácter de este pueblo es Numantia, donde los pelendones prefirieron suicidarse antes de rendirse a Roma.

Así es, en muy pocas palabras, Covaleda, un trozo de la historia donde sus vecinos viven de la solidaridad común. El pinar reparte anualmente sus beneficios entre los “hijos de Covaleda” y les asegura una tranquila subsistencia. Todo un ejemplo de cómo un pueblo sencillo ha sabido, sobre una tierra pobre que no permite la agricultura, vivir en paz.

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