SOBRE LAS ANTIGUAS INSTITUCIONES POPULARES DE CASTILLA – IV

SOBRE LAS ANTIGUAS INSTITUCIONES POPULARES DE CASTILLA – IV

II-Concejos abiertos

En Castilla, quedan multitud de testimonios documentales sobre el Concejo abierto (la asamblea general de vecinos donde se dirimen las cuestiones de interés) en fechas en que los Concejos abiertos han sido suplantados por los “regimientos” o primeros Ayuntamientos. No creemos que esto autorice a una valoración negativa o despreciativa del tema: la pervivncia es indicio de que, para muchas cuestiones, el Concejo abierto seguía siendo válido. Forzosamente, hemos de presecindir de muchísimos datos, para ofrecer tan sólo dos.

En 1514 (épcoa en que regimientos y corregidores o representantes del Rey en los municipios, estaba ya consolidada) el Concejo comunero de Fuentidueña aún se componía de sus dos alcaldes populares, de los 21 representantes de cada aldea de la Comunidad, de otros 21 representantes de cada una de las aldeas, y de los vecinos que hubieran querido acudir, que es lo que, (agudamente) expresa el documento al decir “estando todos ayuntados en el pueblo” . Más singular es aún (por más moderno) el caso del Concejo de Curiel, cuyo “Libro de acuerdos”, comprensivo de los años 1612 a 1620, nos ilustra ampliamente sobre el tema.

Dentro de su menduo localismo, no podía sosprecharse que, entre su endiablada letra y su recia prosa campesina (prodigio, a su vez, de un castellano administrativo lleno de belleza y fuerza) pudiese encontrarse tan cumplido acopio de datos sobre la institución, mejor conocida en su etapa medieval (más pura) que en la moderna.

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Curiel y su castillo

Curiel, en esa época, era una villa del Señorío de los Duques de Béjar, lo cual quiere decir que en la designación de los oficios de Concejo y justicia, iba a estar matizada por el Señor jurisdiccional. Pero esto sucedería tan sólo (y con matizaciones) en los “ayuntamientos”, no en los “concejos”. En los primeros, efectivamente, tanto si eran “ordinarios” como “extraordinarios”, la presencia del Señor se haría sentir en el corregidor, su teniente y el alcaide de su fortaleza; no en la de los dos regidores de la villa (propuestos en terna por los vecinos al Señor) y menos aún en la de regidor y procurador de las aldeas, propuestos al “ayuntamiento” de la villa (sin intervención del Señor) en un turno anual y rotatorio, por los vecinos de la aldea correspondiente.
Por que Curiel (hoy Curiel de Duero) se configuraba institucionalmente como una Comunidad de Villa y Tierra surgida en los lejanos días de la repoblación de la frontera del Duero, bajo la égida de los Condes de Castilla. Curiel y sus aldeas (San Llorente, Corrales, Valdearcos, Iglesia Rubia, Bocos y Roturas) venía viviendo desde el siglo XI (y en forma comuniega) de los montes, pastos y labranzas del hoy llamado “Valle del Cuco”.

Ya es signiticativo que ese término de “Roturas” aplicado a una aldea para indicar viejas roturaciones, y aún más que en la modesta heráldica aldeana figure el roble como motivo parlante de los escudos concejiles de Valdearcos y San Llorente. A comienzos del siglo XVII la población absoluta de la Comunidad se elevaba a 521 vecinos, de los cuales correspondían 295 a la villa, y 226 al conjunto de las 6 aldeas.

Pues bien: la forma comunal comienza a erosionarse en el siglo XVI avanzado, hecho apreciable en el texto que se comenta, en el que hay ya una fusión de “Comunidad” y “Ayuntamiento”, al tratarse indistintamente en los últimos tanto temas comuneros como estrictamente de la villa o concejiles. Sin embargo, la representatividad de las aldeas en lo que, con terminología actual, llamaríamos permanentes (“ayuntamientos ordinarios”) está clara y bien equilibrada en las personas del regidor cañadero y del procurador general de las mismas. Sólo, no obstante, en los “concejos abiertos” la temática es infinitamente más comuniega que local, pese a que el predominio de asistentes sea mayoritariamente de vecinos de la villa. Y (esto es lo más sabroso) la perduración del Concejo abierto en una época en que prácticamente ha desaparecido de las ciudades y grandes villas, absorbido por el regimiento, pero no en los medios rurales, en los que su razón de ser y su arraigo secular impedían su total suplantación. Así, en nuestro caso, junto al pequeño regimiento o ayuntamiento local coexiste la vieja institución del Concejo abierto, claramente diferenciado en todo de éste. Mientras los regidores celebran sus reuniones a cobijo (“En la villa de Curiel y Sala del ayuntamiento della y su Tierra”), los Concejos abiertos lo siguen haciendo al aire libre, a son de campaña tañida y por pregón. Leamos el comienzo del acta de uno de estos concejos: “En la villa de Curiel y plaza pública della, debaxo de los soportales donde se acostumbran a hacer los concejos abiertos y juntas públicas generales, a 18 días del mes de agosto de 1613, se hizo concejo abierto a son de campana tañida y por pregón de pregonero público, sigún que ellos tienen de costumbre de se juntar para hacer concejos abiertos…”. Mientras los regidores eran, o nombrados por el Señor o representantes del pueblo, en los concejos abiertos “era todo el pueblo”; “Y ansimesmo (dice el acta en cuestión) se hallaron al dicho concejo presentes más de ciento y cinquenta vecinos”.

Los temas tratados versaban, naturalmente, sobre cuestiones rurales que afectaban a la Comunidad en su desenvolvimiento económico; montes, pastos y ganados; semillas, barbechos, cosechas y aradas; riegos y molinos; repartimientos y suertes de aprovechamientos forestales, etc. Pero también se tocaban puntos muy diversos. En agosto de 1613 el Concejo abierto decidió sobre el pleito que un vecino había puesto a la Villa y Tierra, alegando su condición de Hidalgo, para así eximirse de tributaciones y cargas concejiles y comunales. Los reunidos en Concejo (tras un intercambio de puntos de vista) decidieron someter a votación la decisión a tomar: 19 se opusieron (es decir, eran partidarios de que se abandonase el pleito y se le reconociese la hidalguía) y 131, por el contrario, se decidieron a favor de la continuidad del pleito.

¿Cuándo acabaron definitivamente los Concejos abiertos? Parece que con el absolutismo borbónico del siglo XVIII. El descenso demográfico de la Comunidad de Villa y Tierra en esta centuria es ilustrativo: Curiel y sus 5 aldeas (se ha despoblado ya Iglesia Rubia) han perdido en 1752 el 50% de su población. La villa incluso más, el 150%. En esta coyuntura, los “Ayuntamientos constitucionales” del liberalismo uniformista del siglo XIX (a quien le daba lo mismo una feligresía gallega o una aldea vascongada que un Concejo castellano) acabaron por liquidar la institución.

Y así, paradójicamente, en nombre de la clásica trilogía de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, el siglo XIX acabó con el Concejo abierto de las villas y aldeas castellanas, no sólo en lo político-institucional, sino en lo económico, al deshacer además su patrimonio comunero en virtud de las leyes desamortizadoras.

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III-Hermandades forestales y de pastos

La tendencia a la asociación (siempre con un móvil de naturaleza económica) aparece asimismo en otras instituciones populares castellanas, cuya denominación varía, aunque (generalmente) la más usada sea la de “Hermandad”. Estas Hermandades no tienen nada que ver con las más conocidas de tipo político y finalidad policíaca o de orden público, concertadas en muchas ciudades y villas castellanas en el Bajo Medievo.
Nos informa de una de ellas un interesante pleito conservado en el Archivo de Simancas y fechado en 1482. Es una institución nacida del auge forestal del espacio Noroeste soriano y su continuación burgalesa. Se trata de la “Hermandad de los Pinares”, también llamada “Concejos del Pinar”, integrada por dos aldeas de la Comunidad de Villa y Tierra de Soria (Duruelo y Covaleda), y 5 de la Merindad burgalesa de Santo Domingo de Silos (Quintanar, Canicosa, Regumiel, Vilviestre y Palacios de la Sierra). Canicosa parece ser el lugar de celebración de las “iunctas” o asambleas de la Hermandad, a las que asistían (como procuradores de cada aldea elegidos por votación) uno o dos miembros, que a veces podían ser los propios alcaldes de cada concejo aldeano. Desde luego, la institución era ya vieja a fines del siglo XV; por cuanto en el pleito que nos informa se alude a que su documentación y archivo (privilegios, cartas, ordenanzas, libros de contabilidad, etc.) había perecido en los revueltos días de Enrique IV (1545-1474); y testigos muy ancianos declaraban que la recordaban en su niñez, lo que nos retrotrae a los comienzos de esa centuria, cuando menos.

La Hermandad de Pinares (evidentemente) es una muestra de la explotación de bienes comunales (en este caso, el bosque) en lo que pudiéramos llamar régimen de Cooperativa interconcejil, que transformaba y comercializaba sus maderas directamente, transportándola mediante una carretería propia (de la que hay datos referidos al siglo XIII), con la que llegaba hasta Burgos, Palencia, Olmedo, Valladolid, Medina del Campo, Zamora, Toro, Tierra de Campos, León y Astorga. Es interesante la observación que hace la parte contraria del litigio (que era la villa de Salas de los Infantes) al referirse a los vecinos de la Hermandad como “omes ricos e cabdalosos”. E interesante es también que formaran parte de la misma dos aldeas de la Tierra de Soria, sustraídas así a sus obligaciones comunera con el conjunto de la Tierra, aunque, pensamos, que lo que explotaran concejilmente fueran sus montes de “propios”.

Otra Hermandad (de la que también tenemos noticias a través de la documentación de Simancas, y, así mismo, ninguna referencia bibliográfica) es la denominada “Hermandad de Camero Nuevo”, y las más de las veces “Hermandad de Pineda”, por ser esta última un monte “dehesa” común de todos los lugares que la integran. Se trata de una asociación para el aprovechamiento de pastos, compuesta por diversas aldeas enclavadas en la serranía de los Cameros Nuevos (hoy, Logroño o La Rioja, aunque en la época a la que nos referimos, fines del siglo XV, dentro del ámbito soriano), en base a la utilización común de los pastos de los términos privativos de todas, desde tiempos muy antiguos, según se dice en un documento del 18 de octubre de 1483. Integrada por once lugares (Ortigosa, Nieva, Torrecilla, Nestares, Castañares, Ribabellosa, Almarza, Pinillos, Gallinero, Pradillo y Villanueva), el funcionamiento y dirección de la misma estaba encomendado a la presidencia de un “alcalde” con facultades de gobierno, administración y justicia; un “alguacil”, agente ejecutivo de la misma; y unos “cuadrilleros” o jefes de sector en que, territorialmente, la Hermandad de dividía, que parecen ser seis, a juzgar por los nombres y residencia recogidos en otro documento, fechado el 13 de julio de 1485. La institución se regía por unas Ordenanzas escritas (documento del 18 de junio de 1485), pero más que nada por la costumbre y los usos transmitidos generacionalmente. Precisamente, la utilizaciónd de este monte “dehesa” de Pineda (cuya ubicación geográfica se localiza en términos próximos a la villa de Lumbreras) determinó que la Hermandad mantuviese pleito con dicha villa, ya que Lumbreras alegaba que la dehesa en cuestión se encontraba “dentro” de sus términos jurisdiccionales (documento del 25 de mayo de 1491). La sentencia de la Audiencia Real consistió en asignar a Lumbreras 250 fanegas de labranza desde sus muros hasta el puerto de Piqueras, espacio que amojonaron cuatro vecinos del lugar de San Andrés, de la Tierra de Soria, quedando todo el pasto de la dehesa de Pineda como comunal para los ganados de la Hermandad (documento del 20 de septiembre de 1491).

Por último, es de advertir que la Hermandad no ha desaparecido, todavía subsiste con el nombre de “Hermandad de las Trece Villas de la Venta de Piqueras”, radicando su domicilio social en la villa de Villanueva de Cameros, una de las localidades citadas en los documentos del siglo XV. Singular caso de pervivencia, demostrativo de que estas intituciones populares (con raíces de siglos y fundamentos racionales) resisten el paso del tiempo a pesar de los modos y las modas.

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IV- La Junta de las Tres Casas (Osma-Gormaz-San Esteban)

Otra de las asociaciones populares castellanas poco conocidos (a pesar de que existen muy antiguos documentos sobre ella, publicados ya desde el siglo XIII) es la denominada “Junta de las Tres Casas”, compuesta por la ciudad de Osma y las villas de Gormaz y San Esteban de Gormaz, con sus alfoces y Tierras, que, en datos estadísticos del siglo XVI, se componía de casi 1500 vecinos (unos 5400 habitantes), distribuidos en 40 aldeas, de las cuales correspondían a 16 a la Tierra de San Esteban, 11 a la de Osma y 13 a la de Gormaz.

La institución (en documentos reales de confirmación del siglo XIII) se hace remontar al Conde Fernán González y sus sucesores, pues así lo dice Alfonso X en 1256, cuando afirma que “vi privillegio del conde Ferrán Gonçález, en que les daba fuero de como vesquisen”, de forma “que todas estas tres villas sobredichas ovieran una vida e un fuero en paçer e en roçar e en yaçer e en cortar en sus términos, assí como si fuesen una Villa”; y con anterioridad (1226) Fernando III “El Santo”, al dirimir, por pesquisa, ciertas cuestiones internas de la misma, aludiendo al Conde Sancho García.

San Esteban de Gormaz

Se trata, como se ve, de lo que pudiéramos llamar una “Federación” de Comunidades, tendente al aprovechamiento colectivo de todos sus términos, montes y pastos, de acuerdo con el sistema de los usos comunales y de las “comunidades vecinales de pastos y leñas” de la Castilla Condal. La antigüedad, por tanto, de la institución (siglo X) no deja de ser notable, máxime cuando incluso supera el estricto sistema comunero de Villa y Tierra (ya de por sí, por encima de localismos) para preludiar una organización y forma federativas.

Creemos, sin embargo, que esto último no se organizó formalmente hasta el Bajo Medievo, en virtud de unas Ordenanzas elaboradas en la primera mitad del siglo XV por las propias “Casas”, si bien recogiendo usos y costumbres muy anteriores, pues algunos de sus capítulos sugieren una notoria antigüedad muy específicamente castellana, como por ejemplo la oposición a toda injerencia de la nobleza en asuntos internos de la Federación (capítulo 5º), y la resolución de los conflictos que pudieran surgir entre las “Casas” y sus Tierras “sin pleyto por escripto e sin consejo de letrado”, sentenciando los jueces nominados para el caso “sin escripto ni libelo alguno”, todo lo cual es un eco lejano (¡en el siglo XV!) del derecho consuetudinario de las “fazañas y albedríos” de la Castilla Condal.

El órgano de gobierno, gestión y administración de justicia de la Federación, reunido fijamente a partir de mediados del siglo XV en el lugar de La Olmeda (hoy casi un despoblado cercano a Osma), lo integraban representantes de las tres Comunidades, variando su composición a tenor del tiempo, pues, de acuerdo con las actas de sus Juntas que se han conservado, pasan de una relativa simplicidad (1433) a una mayor complicación en el siglo XVI y siguientes. Puede decirse, sin embargo, que nunca faltan los alcaldes (uno por cada Casa) y los correspondientes procuradores de las Villas y de los lugares de sus Tierras respectivas, a los que se incorporan (a partir del XVI) los procuradores de diversos grupos sociales (hidalgos y “común”). Los asuntos tratados son casi monográficos, refiriéndose, en consecuencia, a ordenaciones forestales (cortas, desbroces, etc.), fijación de épocas de pastoreo y montanera, concesión de dehesas a Concejos concretos que las solicitaren, señalamiento de rozas, apeos y deslindes, etc., amén de la resolución de los problemas y litigios que pudieran surgir. Pero a partir de la segunda mitad del XV se observa una cierta orientación a actividades nuevas, como las agrícolas, y sobre todo las relativas al viñedo.

La institución (cuya evolución, en la Modernidad, no hacemos en aras a la brevedad) tovadía estaba vigente a comienzos del XIX, pues Sebastián Miñano en su “Diccionario” (1827), al hablar de La Olmeda, se refiere a las Juntas de la misma celebradas en “la Casa de las Tres Jurisdicciones”, al paso que Pascual Madoz en el suyo, editado más de veinte años más tarde (1849, para ser exactos) ya tiene que referirse en pretérito “a la Casa en que celebraban sus Juntas los concejos de Osma, San Esteban y Gormaz”. Entre una y otra fecha, la nefasta Desamortización había empezado a hacer sus efectos…

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V- A modo de conclusión

En suma, las asociaciones populares castellanas, con base siempre en realidades económicas predominantemente colectivas, aunque también privadas, generadoras (a su vez) de instituciones populares de diversas denominaciones (Asambleas o Juntas generales de vecinos, Concejos abiertos, Universidades o Comunidades de Villa y Tierra, Cabildos de pueblos, Hermandades, Juntas, Asocios, etc.) merecerían una mayor atención, alejada por igual de los ditirambos idealizadores como de las desmititicaciones radicales y generalizadoras, porque aun cuando no representen en vigor algo peculiarísimo (ya que instituciones más o menos análogas se han dado en otras áreas de la Península Ibérica y de Europa) sí configuran una especial manera de afrontar los problemas económicos, fundamentalmente rurales y campesinos, con un especial acento de castellanidad. Que este asociacionismo se viera conturbado, en el tiempo, por las superestructuras político-sociales de cada época (Feudalismo “strictu sensu” y Señorialización, Absolutismo Regio, Oligarquías caballerescas y Caciquismos, ventas y desamortizaciones de bienes comunales, concejiles y de propios, Liberalismos Uniformistas, etc.) o por imperativos económicos de nuevo cuño (agricultura frente a ganadería, privatización de la tierra, actividades industriales y mercantiles más sustanciosas, etc.) es cosa que no debe tender a minimizarlas.
Queda aún mucha documentación por estudiar, en la que las asociaciones populares y sus instituciones correspondientes han seguido y siguen aún persistiendo, como la vieja Hermandad de Pineda o la Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda, por poner sólo dos ejemplos. Habrá otros casos de pervivencia que desconocemos.

Frente al mundo “oficial” de todas las épocas, y frente a las presiones de los poderes fácticos, las creaciones del pueblo (dicho sea sin ningún tipo de demagogia barata) han sido siempre fecundas, por verdaderas y auténticas.

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VI- Bibliografía y documentación consultadas

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Rodríguez, Ildefonso.- Historia de Medina del Campo. Madrid, 1903-1904. En especial, la segunda parte.

Maelstrom

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