SOBRE LAS ANTIGUAS INSTITUCIONES POPULARES DE CASTILLA – III

SOBRE LAS ANTIGUAS INSTITUCIONES POPULARES DE CASTILLA – III

Los recursos económicos que un tan vasto espacio brindaba a la Comunidad eran múltiples, pero preciso es diferenciar zonas. La Tierra llana, desde muy pronto conoció un relativo desarrollo agrícola de secano: cereales, viñedo, e incluso algún olivar (cosa chocante) en Escalona de Prado. Los pinares de las tierras arcillosas que se dilataban hasta Portillo y Olmedo, también fueron objeto de una explotación manifestada en los ordenamientos locales como los de Carbonero el Mayor. En las aldeas de la vera de la sierra (desde Sotosalbos a El Espinar) y en los valles serranos, la abundancia de aguas por su mayor pluviosidad permitió la irrigación de mieses y excelentes prados naturales para el ganado estante. Sin embargo, lo ganadero fue el gran nervio de la economía de la Comunidad, sobre todo en relación con la Mesta. No es necesario insistir mucho en cuanto a esto, sobre todo conociendo la módica cifra del montazgo del XIII (2 ovejas de cada 100) para juzgar el número de reses que pastaban en los valles serranos, y el hecho de que Segovia (capital comercial de la lana) fuese también “audiencia” de los conflictos pastoriles.

Ya en la Edad Moderna, la desintegración del territorio comunero prosiguió a lo largo de los siglos XVI a XVIII, mediante la constitución de Patrimonios Reales emplazados, preferentemente, en Sexmos serranos; así, cuando Felipe II desamortizó varias dehesas para construir el Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, con su complejo monástico-palatino. O cuando Felipe V se prendó del encanto del valle de Valsaín para alzar el Real Sitio de San Ildefonso (o La Granja) con sus versallescos jardines, deshaucio definitivamente consumado con Carlos III en 1755…

Pero el rodillo más cruel de todos fue el de las Leyes Desamortizadoras del siglo XIX, paradójicamente dictadas por gobiernos liberales y progresistas (y cuyos nefastos resultados sólo se conocen en lo relativo a los bienes de la Iglesia) que despojaron a la Comunidad segoviana de cuantiosos alíjares, pastizales y pinares, por un volumen de 35227390 reales (de entonces), algunos de los cuales, como el pinar de Valsaín, cayeron luego en manos de una compañía belga de maderas. Favoreció también la desintegración la nueva ordenación provincial de 1833, que asignó el Sexmo de Lozoya a la moderna provincia de Madrid y parte de el de El Espinar a la de Ávila. Y el golpe de gracia, en fin, fue el de la extinción total de la Comunidad en 1837, sustituida (para lo que quedaba) por una “Junta de investigación y administración de bienes” creada en virtud de la Real Orden de 4 de junio de 1857, y presidida por el alcalde constitucional del Ayuntamiento de Segovia. A esto vino a parar la poderosa y ocho veces centenaria Comunidad de Villa y Tierra de Segovia: a un negociado municipal, con ventanilla, papeleo, pólizas y colas.
Por lo que respecta a la Comunidad de Villa y Tierra de Ávila, su similitud con la segoviana es casi total, salvo en lo del asedio a Madrid. El término comunero más antiguo comenzó emplazándose por La Moraña, es decir, por las tierras llanas al Norte de la ciudad, en frontera con la más septentrional Comunidad de Arévalo; siguió con los amplios pastizales del “Campo Azálvaro” (frontera con la Comunidad de Segovia) que quedó, sin embargo, sometido a un régimen de “compas cua” o comunidad de pastos entre ambas, o sea, un “intercomunal”; y se adentró en las vegas del llamado (en documentos latinos) “Vallem Abulensem”, Valle de Amblés en castellano. La toponimia demuestra que la masa dominante de población rural procedía de la Castilla del Norte (tierras de Burgos y Lara), de la Extremadura soriana (Covaleda), de los Cameros riojanos, de Galicia y León, y de los inevitables enclaves de navarros y aragoneses de la época de dominación de Alfonso I de Aragón, instalados (como en todos los sitios) en pequeños núcleos del tipo aldea.

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Gredos

Pero la Comunidad de Ávila (al igual que la de Segovia) se incorporó también todas las serranías meridionales, con sus máximas cotas y grandes sistemas orográficos (en documentos de 1195 y 1205 se denomina “Serram Maiorem a Gredos), así como las templadas y fértiles zonas del Valle del Tiétar y la Vera, tan distintas climáticamente de la crudeza ambiental de parameras y serranías. Por este espacio Sur, la frontera de la Comunidad lindó con los términos de Escalona y Talavera (ya en el Reino de Toledo) y llegó igualmente hasta el Tajo; así como por su flanco Oeste hubo de tener conflictos con los términos de Béjar, Alba de Tormes y Plasencia, tres “comunidades” de la Extremadura leonesa, porque también el Reino de León (del Duero abajo) tuvo su régimen comunero (siendo éste menos conocido aún que el castellano).
Ávila organizó este enorme espacio (cuyo eje mayor, de Norte a Sur, sobrepasaba los 100 kilómetros) en siete Sexmos, denominados de San Juan, Covaleda, San Pedro, Santiago, Serrezuela, San Vicente y Santo Tomé, subdivididos a su vez en unidades menores llamadas “collaciones”, que agrupaban un conjunto de aldeas bajo la jurisdicción de un “Cabildo” de pueblos, como una institución distinta a la del Concejo de cada uno, según nos dice un Ordenamiento de 1330.

Prescindimos (para abreviar) de la Moraña y el Valle de Amblés, de signo predominantemente agrícola, para fijarnos especialmente en lo serrano (es decir, Gredos y aun la misma paramera), así como la ultra-sierra y territorios ribereños del Tajo, por el enorme esfuerzo que supuso la colonización de la serranía, que en el siglo XII era una tierra salvaje y abrupta, llena de bosques (pino, roble, castaño, encina), jaras y matorrales, fieras y venados. De ahí que en un primer momento la explotación económica de lo serrano fuera preferentemente pastoril, según sigue demostrando aún la terminología de nombres y lugares de tales zonas, abundantes en topónimos como “majadas”, “rozas”, “lastras”, “navas”, “manchos”, “guijos”, “porquerizas”, etc. Por eso su verdadera colonización no comenzó hasta finales del siglo XIII y principios del XIV (entre 1275-1304), mediante la cesión por parte de la Junta comunera de términos para que se repoblasen y labrasen multitud de “navas”, como Las Navas, Navamuñoz, Navalosa, Navatalgordo, Navarredonda, Nava el Puerco, u otros asientos de pastores (como El Berraco, Tacón, etc.), navas que acabaron siendo verdaderos pueblos. Esto irrogó la necesidad de roturaciones de comunales para cultivo, que Ávila autorizó con moderación, trasvasándolos a la condición de “propios” de las nuevas aldeas. Pero ante la desmesurada apetencia de tierras, que mermaban el patrimonio comunero, Ávila tuvo que frenar. El hecho fue denunciado a la realeza, y Alfonso XI (rey enérgico y gran organizador) hubo de disponer, bajo severas penas, la devolución de muchos comunales abusivos a su función fundamental de pastos y a su carácter comunero.

La desintegración del mismo, en los tiempos medios, comenzó por las zonas más meridionales y alejadas de la cabecera (es decir, el Valle del Tiétar) donde la riqueza era mayor, y las aldeas del mismo (Colmenar de las Ferrerías de Ávila, Candeleda, etc.) pronto alcanzaron el privilegio de “villazgo”, es decir, el de ser villas por sí, sin sujeción a la Comunidad, e incluso (como en el caso de Ladrada) constituyéndose en Comunidad independiente. Dato que nos hace pensar que la gran tentación de la riqueza (personal o colectiva) es, por una parte, insolidaria, y por otra (paradójicamente) creadora de nuevas empresas.

Esta Castilla comunera no se limitó al ámbito de su Extremadura, sino que se irradió por la nueva Castilla del viejo Reino de Toledo, creando a su vez Comunidades de Villa y Tierra en Guadalajara, Molina de Aragón, Madrid, Atienza y Cuenca. Señalemos, además, que las Comunidades de Villa y Tierra se extendieron al vecino Reino de Aragón, surgiendo así las de Teruel, Daroca, Albarracín y Calatayud. De este modo, por tierras de Castilla y del Bajo Aragón todo un rosario de Comunidades consteló un amplio espacio de la geografía peninsular, con un sistema de ordenación, explotación y gobierno de sus Tierras sumamente peculiar.

Ahora bien, fácilmente podrá comprenderse que una Institución de tan larga vigencia en el tiempo no permaneció incólume, sino que evolucionó, se transformó y aun adulteró al correr de los siglos, aspecto no contemplado por los apologistas de afición, anclados en un sólo momento y modelo único.
Los motivos fueron múltiples, y algunos (tal la desintegración de sus territorios, por decisiones de la realeza) se han expuesto en los casos analizados. Los reyes (creadores o promotores de las mismas) fueron también sus deshacedores. En todo caso, las Comunidades siguieron sirviendo a los fines del Rey (Estado) en orden a una acción administrativa, ya que sus marcos territoriales lo fueron a su vez de aplicación fiscal (tributación, empadronamiento, etc) y judicial.

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El auge del régimen señorial (tan exacerbado, sobre todo a partir de la instauración de la dinastía Trastámara) contribuyó también al traste de la integridad territorial comunera, al erigirse señoríos no sólo sobre las cabezas de Comunidad (Sepúlveda, Cuéllar, Coca, Fuentidueña, Montejo, Yanguas, Almazán, San Pedro Manrique, etc.) o sobre las aldeas de sus territorios, sino que incluso hay Comunidades, como la de Haza, que probablemente se configuran ya bajo un régimen de señorío (los Haza), señores de la villa desde mediados del siglo XII. El caso que mejor conocemos es el de la Comunidad de Villa y Tierra de Peñafiel, algunas de cuyas aldeas (emancipadas de la cabeza como “villas eximidas”) plantearon a ésta pleitos sin cuento desde el siglo XV, al pretender seguir participando en la “comunidad” de pastos y leñas, permaneciendo, jurisdiccionalmente, al margen, y por tanto sin obligaciones comunales.

El trasiego de las mismas (en operaciones de donación o venta) tampoco fue infrecuente; la Comunidad de Portillo (con sus 17 aldeas) pasó a depender no ya de un Señor, sino de la ciudad de Valladolid, por donaciones de Alfonso X (en 1235) y Alfonso XI (en 1325), aunque más tarde se emancipó otra vez, pero para volver a caer (definitivamente) en el Señorío de los Condes de Benavente. Más drástica fue aún la suerte de la Comunidad de Ucero, que el 20 de marzo de 1302 fue vendida al Obispo de Osma por los testamentarios de Juan García de Sotomayor, es decir, en una mera operación de particulares.

Otra de las causas de estas transformaciones fue la evolución de los grandes Concejos urbanos hacia “Regimientos oligárquicos”, que rompieron con la igualdad originaria de las aldeas, convirtiendo las cabezas de las Comunidades en auténticos “Señoríos urbanos”, ordenadores a su antojo de la Comunidad y su patrimonio. Es significativo a este respecto el ejemplo de la ciudad de Soria, pese a sus Fueros, leyes escritas o consuetudinarias. En la segunda mitad del siglo XVI, la ciudad se erigió en controladora absoluta del patrimonio forestal de la Comunidad, y las regulaciones de su Concejo o Ayuntamiento sobre la materia tan radicales (tenemos la comprobación del hecho por el testimonio de 43 aldeas en 73 casos) que no había pueblo que se atreviese a efectuar cualquier labor en los montes comunes (y aun propios), como limpias, cortas, desbroces, etc., sin previa licencia del Concejo urbano.

Una tercera causa de la quiebra del sistema es, evidentemente, la económica. El sociólogo Helmut Scheck ha postulado que el colectivismo produce una mentalidad nada propicia al desarrollo económico y a la modernización. Es cierto que las formas colectivistas de organización, explotación y propiedad del suelo (como única fuente de riqueza conocida o predominante) se han dado en etapas históricas o muy primitivas (la Protohistoria) o de notable rudeza (la alta Edad Media). Pero en otros casos (y esto hay que hacerlo notar) han influído circunstancias diversas, como la abundancia de tierras, montes y bosques y la precariedad de población para explotarlas, o el predominio de lo ganadero sobre lo agrario, porque el medio geográfico así lo imponía.

En el caso de nuestras Comunidades estos factores fueron determinantes (con el paso del tiempo) para evoluciones efectuadas en el seno de ellas mismas, sin necesidad de presiones reales, señoriales o urbanas. Se comprende que (dentro del amplio marco geográfico de las Comunidades) las áreas de sierra (de gran altitud, frías, estériles y con predominio del monte y el bosque) permanecieran más o menos fieles a sus orígenes. No así en otras en que el medio geográfico ofrecía posibilidades de otro tipo. También el caso que mejor conocemos es el de la Comunidad de Medina del Campo, cuyo Sexmo del Monte (que durante los siglos XIII y XIV había sido capaz de apacentar miles de cabezas de ganado ovino) evolucionó en el siglo XV hacia el cultivo de la vid, con la subsiguiente roturación de montes y pastizales, y la “ruptura” (por motivos económicos) de la primitiva unidad y cohesión de la Comunidad, al segregarse muchas de las aldeas de su jurisdicción, convirtiéndose en villas “per se”, mediante el correspondiente privilegio de Villazgo (pagado, naturalmente, con los rendimientos del vino), segregación iniciada (ya en el siglo XVI) por La Nava (1559), prosiguiendo La Seca y Villaverde (1626), Rueda (1656), Rodilana (1674) y Pozáldez (1721), es decir, uno de los espacios vitícolas más apreciados de Castilla, con sus famosos vinos, aún llamados de “Tierra Medina”.

A la hora, pues, de valorar las Comunidades de Villa y Tierra habrá que huir tanto de los ditirambos idealizadores de sus mejores tiempos como de los elegíacos lamentos sobre su decadencia (que en ocasiones podrán justificarse, y en otras no) comprendiendo el devenir de las cosas, sobre todo de aquellas que se corresponden con orientaciones nuevas en el curso de la Historia, por imperativos de progreso y evolución económica.

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2 respuestas a SOBRE LAS ANTIGUAS INSTITUCIONES POPULARES DE CASTILLA – III

  1. Guillermo dijo:

    Una nota al pie de foto: eso no es Gredos sino la plaza de Vinuesa durante la Pinochada. En el centro, el Mayo. Un saludo

  2. Pingback: HISTORIA DE COVALEDA CUMPLE 3 AÑOS | HISTORIA DE COVALEDA

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