SOBRE LAS ANTIGUAS INSTITUCIONES POPULARES DE CASTILLA – II

SOBRE LAS ANTIGUAS INSTITUCIONES POPULARES DE CASTILLA – II

Así, la zona pinariega del Noroeste (que coincide actualmente con el moderno límite provincial) se encuadró en el amplio Sexmo de Frentes. Los valles de Valdeavellano y Almarza, el primero con un carácter ganadero y forestal (roble y haya), y el segundo marcadamente agrícola y ganadero, en el Sexmo de Tera. El campillo de Buitrago y la vega de Almánjano, regada por el Merdancho, también agrícola-ganadera, en el de San Juan. La planicie de Villar del Campo, fecundada a su vez por el Rituerto, en el de Arciel. Sin embargo, el Sexmo de Frentes (tan amplio) comprendió también la extensa franja calcárea que (procedente de Burgos) penetra en Soria, formando las Sierras de Ocenillas y Pico Frentes, y la paramera de Villaciervos. Son estos los “agudos serrijones” que Machado veía y cantaba desde el Mirón o Valonsadero. Y más al Sur de éstas, otra zona de pinares, sabinas y robledales (Navalcaballo, Quintana Redonda, etc.) en transición al campo cerealista de Gómara, toda ella incluida en el Sexmo de Lubia. A través de los viejos diplomas se comprueba que la instalación humana de los inmigrantes castellanos tuvo un sentido racional y que se hizo, en su mayor parte, a lo largo de los cursos de agua. De ahí que cartografiando el terreno comunero a la vista de los datos del Padrón de 1270, se constató que el número de aldeas es superior en la orilla izquierda del Duero que en la derecha, por el mayor número de ríos y riachuelos que permitían ampliar la zona habitable por medio del regadío. Ya es sintomático que la ocupación del espacio forestal del Noroeste se hiciese mucho más lentamente que el de las tierras de regadío, porque el bosque dispersa al hombre y tiende a instalarlo en la periferia. Así, Duruelo, Salduero, Abéjar, Covaleda y Vinuesa eran (todavía en el siglo XIII) aldeas muy pequeñas, que oscilaban entre 3 y 11 vecinos, con la sola excepción de la última, que alcanzaba los 24.

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Vinuesa

Otro rasgo importante es el inverso, o sea, el de la despoblación. Puede decirse que la despoblación es un fenónemo crónico a lo largo de la Historia, según los estudios de Cabrillana. Tema distinto son los motivos de la misma. Comparando (en nuestro caso) ese Padrón de 1270 con el Censo de Población de la Corona de Castilla en 1594 (Archivo de Simancas), se comprueba que en el espacio de 324 años han desaparecido 70 aldeas, es decir, casi una tercera parte. Aunque parezca duro decirlo, ello es lógico, una vez desaparecidas también las razones históricas de su subsistencia, y que de subsistir en el siglo XVI hubieran resultado antinaturales, porque no eran análogas las condiciones, los medios de vida, los factores económicos, la tecnología, etc. del siglo XIII comparadas con las del siglo XVI. Desaparecen 70 aldeas, cierto, pero en el entretanto se ha efectuado una concentración del poblamiento que, demográficamente, ha hecho aumentar la población.

La explotación del bosque (iniciada tímidamente en el siglo XIII y con más rigor en el XIV) modificó positivamente la habitabilidad de la zona pinariega del Noroeste, que en censos de promedios del XVI (en cotejo con el Padrón del XIII) era ésta:

-Salduero pasa de 3 vecinos a 112

-Abéjar, de 9 a 132

-Duruelo, de 6 a 120

-Covaleda, de 11 a 183

-Vinuesa, de 24 a 352

Como se ve hay aquí una muy útil lección de geo-historia para problemas de hoy.

Naturalmente, la sede del gobierno y administración de la Comunidad radicaba en la cabecera de la misma (es decir, en la villa de Soria) pero compartida con las cabezas de los Sexmos, y aun por los propios Concejos aldeanos, que tienen también su personalidad. Para no incurrir en excesos de medievalismo, vamos a dar un salto hasta el siglo XVIII (época ya poco representativa del inicial estilo y espíritu comunero) a fin de que se vea cuáles fueran aún los funcionarios, magistrados y cargos del gobierno de la Villa y la Tierra en ese momento.

Se componía la “Iuncta” de la Comunidad y Universidad de la Tierra de un procurador síndico general, cinco procuradores especiales de los cinco Sexmos, un fiel, un abogado asesor y un escribano. Cada Sexmo (subdividido en cuadrillas) elegía, mediante votación general y por dos años, a su procurador especial, que obligatoriamente habría de ser vecino de alguna de las aldeas de la cuadrilla a quien tocaba la elección, alternando éstas entre sí. La elección del procurador síndico general se hacía por los cinco Sexmos (también por un período de dos años) pero alternando así mismo, de modo que al cabo de diez años había recorrido el turno por los cinco Sexmos, volviendo a empezar de nuevo. Tal era el entramado de la Junta o Concejo comunero, porque ya el fiel, el asesor y el escribano (como oficios “técnicos”) eran sólo de nombramiento de los procuradores. Ahora bien, el procurador síndico general y el fiel asistían, a su vez, a los “ayuntamientos” de la ciudad, teniendo en ellos voz y voto activo en todo, pero de ninguna manera confundiéndose con el Concejo urbano, que era una institución distinta del “Concejo” de la Comunidad.

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El Código a aplicar (y en consecuencia, la Ley a cumplir) era el Fuero de 1256, con sus sesenta y tantos Títulos, vigente en toda su integridad a lo largo del Bajo Medievo y gran parte del siglo XVI. Pese a la codificación general (iniciada en el siglo XIII con la recepción del romanismo en el Derecho y proseguida por los Reyes Católicos, Austrias y Borbones) todavía en el siglo XVIII estaban vigentes muchas disposiciones del Fuero, en especial las relativas a la propiedad comunal, y a otras de Derecho Civil Privado como sucesiones y “ab inestatos” (Títulos 28, 35, 36, etc.). Es, en efecto, constante la observancia de las leyes relativas a montes, dehesas, montaneros, cortas, prados, mieses, molinos, riegos, etc. siempre en beneficio común. Incluso cuando algún Título como el cuarto, relativo a las dehesas de pasto de las aldeas (es decir, a bienes “concejiles”), protege las mismas, no deja de advertir, a renglón seguido, que se prohibirán nuevos acotamientos de pastizales, aunque sea en heredades aldeanas, “ca los pastos deven ser comunales a todos los veçinos” sin distinción. Lo que esto significa en una traducción económica del tema, se aprecia en el desarrollo de la ganadería local o “estante”, y aún más en la transhumancia de los ganados de la Mesta, mediante el saneado expediente del “arrendamiento de hierbas”. Recuérdese que Soria era uno de los pastaderos terminales de la emigración veraniega de la poderosa Mesta, particularmente en los altos valles del Sistema Ibérico (Urbión, Hoyo Bellido, Collado Grande, Peña el Prado, etc.). Datos del siglo XVI (extraídos de Simancas) evalúan concentraciones de reses impresionantes: 12000, 16000, 20000 y hasta 24000 cabezas de ganado lanar en aldeas del Sexmo de Tera, y, aun más, en otras dos pequeñas Comunidades distintas a la de Soria (pero hoy en su actual provincia), como Yanguas y San Pedro Manrique (o San Pedro de Yanguas).

Yanguas

Bajando hacia el Sur, las otras dos grandes Comunidades de Villa y Tierra son las de Ávila y Segovia, Comunidades que eran (en cierto sentido) gemelas. Las dos son el resultado de una planificación real de Alfonso VI, que encomendó a su yerno Raimundo de Borgoña, el cual se limitó en principio a la restauración de las cabeceras de Comunidad, en este caso las dos ciudades. Lo demás era ya labor de las propias ciudades, que materialmente se fueron creando su “Tierra” y organizándola. En el caso de Segovia, la colonización del término se hizo por etapas. En un primer momento (fines del XI y comienzos del XII) se limitó a la tierra llana y valles de la Sierra asignados en el repartimiento real, apreciándose también (como en Soria) una doble influencia: navarro-aragonesa, en los días de dominio de Alfonso I “El Batallador”, con huellas claramente vasconas y aragonesas en la toponimia rural (Aragoneses, Ochando, Anaya, Gómez Naharro) y claramente castellana, con notas también galaico-leonesas (Gallegos, Bembibre, etc.).

La aldea y aun la aldehuela es el tipo más frecuente de asentamiento de pobladores, muchas con el nombre del mismo (aldea de Sancho Gómez, de Esteban Ibáñez, de Martín Muñoz, etc.). La delimitación o frontera con otras Comunidades (Sepúlveda, Cuéllar, Coca, Pedraza, Ávila) no tuvo dificultades porque se constituyeron a la vez.

Pero este espacio territorial no bastó a la vitalidad segoviana, que desbordó la cordillera, avanzó por el amplio espacio de matorrales y jarales del pie de monte meridional serrano y llegó nada menos que hasta el Tajo, el río que en el siglo XII fue la nueva frontera con el Islam. Es este uno de los capítulos más sugestivos y singulares de la actividad colonizadora de una Comunidad en la Edad Media, sobre todo teniendo en cuenta que Segovia “arrolló” materialmente los términos de la pequeña Comunidad de Madrid, que comenzaban en la divisoria de la Sierra (como hoy lo están las dos provincias) hasta casi establecer un cerco a la villa del oso y del madroño. Segovia empezó por ocupar los puestos o pasos de la cordillera, construyendo en ellos alberguerías y mesones, y hasta custodiándolos militarmente con guarderías de las milicias concejiles y comuneras. Incluso Segovia (en esta expansión sureña durante el XII) llegó a las vegas del Tajo, rebasando el río, en una colonización de doble carácter: militar, por cuanto se hizo cargo de una serie de antiguos castillos o fortalezas califales en la frontera de este río (Olmos, Canales, Calatalifa, Alcalá, etc.), defendiéndolos bravamente de las acometidas de almorávides y almohades; y pastoril, por cuanto la cabaña segoviana pastaba con sus reses en las confluencias del Jarama y del Seseña con el Tajo, es decir, al Oeste (y muy cerca) de Aranjuez. El resultado de ambas actividades fue ocupar el espacio Norte de Madrid (que legalmente tenía concedido por los reyes desde 1152, a partir del puerto del Barraco, actual Alto de los Leones) y llegar a fijar unas mojoneras que rozaban casi el casco urbano de Madrid, por cuanto se fijaban en Boadilla del Monte, Alcorcón, Pozuelo, La Zarzuela, Fuencarral y Alcobendas, que eran pequeñas aldeas en aquella época. Segovia pobló y colonizó, por tanto, estas tierras, a las que denominó Sexmos de Manzanares y Valdemoro. Madrid protestó. Y los reyes Fernando III, Alfonso X, Sancho IV (como arbitros en el litigio) no resolvieron nunca el contencioso, quedándose “ente Pinto y Valdemoro”, y decidiendo que el primero de los Sexmos revertiese a la corona con el nombre (que aún perdura) de “Real de Manzanares”.

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Esta primera desintegración del territorio comunero (que, en honor a la verdad y desde un punto de vista jurídico, era poco ortodoxo) fue seguida (en el siglo XV) de otras más graves, como la asignación de parte del Sexmo de Lozoya a la Orden Cartujana (que alzó el monasterio del Paular) y también de parte del Real de Manzanares y de Casarrubios a los servidores de los Reyes Católicos Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla, ennoblecidos con el título de Marqueses de Moya. Termina así la etapa medieval de la Comunidad segoviana, que organizó, hasta ese momento, su territorio en 12 Sexmos, denominados de Posaderas, Santa Eulalia, San Martín, Cabezas, San Millán, Lozoya, San Lorenzo, Trinidad, Casarrubios, El Espinar, Valdemoro y Manzanares. Las aldeas de los mismos eran quizás un poquito más grandes que las sorianas, pues censos aislados de los lugares de “aquent sierra” (de hacia 1300) permiten conocer un vecindario de oscilaba entre los 20 y 30 vecinos en Navares, Caballar, Lagunillas, etc., entre 80 y 100 en Sotosalbos y Villacastín. Un cuaderno de la población tributaria de la Comunidad de 1466 (referido sólo a diez Sexmos) totaliza un conjunto de 2500 vecinos, distribuidos en 158 pueblos y sin la capital. La densidad del poblamiento era muy irregular. Mayor en los Sexmos de la tierra llana, y menor en los de la serranía; la del Sexmo del valle del Lozoya no pasaba, por ejemplo, de dos habitantes por km2.

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