COVALEDA. VIDA COMUNITARIA, RECURSOS Y ESTRUCTURA INSTITUCIONAL EN LOS INICIOS DEL ANTIGUO RÉGIMEN – I

Vamos con otra de las interesantes charlas impartidas en las Jornadas Forestales celebradas en Covaleda en el año 2005. Esta conferencia, impartida por D. Enrique Diez Sanz, se centra más en los aspectos particulares de Covaleda.

COVALEDA. VIDA COMUNITARIA, RECURSOS Y ESTRUCTURA INSTITUCIONAL EN LOS INICIOS DEL ANTIGUO RÉGIMEN.

Enrique Díez Sanz

A) INTRODUCCIÓN

A menudo, los historiadores damos toda la importancia a los hechos históricos y nos olvidamos de la condición humana de esos mismos hechos. Es también demasiado corriente que se minusvalore la historia local, porque suele ser considerada como poco trascendental y excesivamente localista, ante la relevancia de los grandes hechos nacionales e internacionales. Quisiera desmontar o cuando menos relativizar ambas opiniones, precisamente aquí, en Covaleda, en unas jornadas en las que se van a destacar algunos hechos históricos de gran trascendencia para interpretar la vida comunitaria de los pueblos serranos castellanos y que, de alguna forma, inciden también en la evolución histórica general de Castilla. Precisamente en aldeas como Covaleda, Vinuesa, Duruelo, Molinos, Sotillo, el Royo y otras de las mismas características que conformaban los sexmos de Frentes y Tera dentro de la  antigua Universidad de la Tierra de Soria, por su aislamiento y por la carencia de suministros alimenticios, es donde resultan perfectamente identificables dos de los grandes principios que dan a la Historia una dimensión humana y sin cuyo referente resulta muy difícil interpretar los hechos históricos. Me refiero a los principios de solidaridad y reciprocidad, ambos imprescindibles para poder conformar la vida comunitaria en tiempos de dificultad.

Covaleda, Soria, 9/8/1913vista desde el campanario de la iglesiaB) POBLAMIENTO Y VECINDAD.

A finales del siglo XVI vivían de forma permanente en Covaleda sesenta y seis vecinos (aproximadamente 250 habitantes), todos ellos pecheros. Resulta muy significativa la ausencia total de vecinos de condición hidalga, que en la época  tenían a representar un diez por ciento sobre el total de la población de Castilla y que solían nutrir los puestos de responsabilidad en los gobiernos municipales de las ciudades y aldeas castellanas. Es muy posible que en aquella época Covaleda no resultara una aldea lo suficientemente atractiva para la hidalguía, por las dificultades propias de las zonas montañosas, pero es también cierto que el municipio se protegía a la hora de conceder la vecindad, porque, pese a las necesidades demográficas, ser vecino de Covaleda no resultaba gratuito, antes al contrario, se exigía como condición imprescindible a todos aquellos que aspiraban a vivir en la aldea “mantener casa poblada todos los días del año durante diez años cuando menos”. Esta exigencia de las Ordenanzas de Covaleda también obligaba a los varones jóvenes de la aldea que aspiraban a convertirse en vecinos independientes, a no dejar desamparada “familia y hacienda” durante el mismo periodo de tiempo. Existía, pues, la necesidad de mantener una población permanente que evitara el desarraigo y la despoblación, con el fin de que pudiera hacer frente a las derramas e impuestos reales, aunque, de forma paralela, el municipio también exigía durísimas condiciones para poder obtener la carta de vecindad. En realidad, por las características económicas del territorio, resultaba imprescindible establecer un equilibrio entre población y recursos para posibilitar el mantenimiento de las ventajas individuales de los aprovechamientos colectivos de pasto y madera, pues en Covaleda, al contrario de lo que ocurría en muchas aldeas del altiplano de la Tierra de Soria, no se podía utilizar, como instrumento para atraer a nuevos vecinos y moradores, la concesión de tierras de cultivo con carácter gratuito en los sorteos de los baldíos que pertenecían al realengo.

"El Baile" o "Una carreta de los pinares sorianos" de Valeriano Becquer. Museo de Arte Moderno de Madrid.

“El Baile” o “Una carreta de los pinares sorianos” de Valeriano Becquer. Museo de Arte Moderno de Madrid.

 Las fuentes demográficas que se conservan del siglo XVI demuestran que pese a la pérdida de vecindad casi generalizada, que se produjo en la mayor parte de las aldeas de la Tierra de Soria y en toda Castilla durante el siglo, denunciadas por las Cortes del Reino, por el Ayuntamiento de la Ciudad y por la Universidad de la Tierra de Soria; Covaleda mantuvo una regularidad demográfica asombrosa –Sesenta y dos vecinos en el año 1527; Sesenta y seis vecinos en 1561 y exactamente los mismos en 1591. Con toda seguridad que Covaleda se vería afectada, como el resto de las aldeas de la Tierra de Soria, por las sucesivas oleadas de peste, por la venta de baldíos, por la escasez de grano y por la subida de impuestos, que, entre otras, constituyeron las causas de la morbilidad, la mortalidad catastrófica y la despoblación de buena parte de la Tierra de Soria. No resulta descabellado constatar que este equilibrio demográfico mantenido durante todo un siglo en Covaleda, se consiguió gracias al solidario sistema de aprovechamiento de los recursos y a la ausencia de grandes desigualdades económicas, cuestiones ambas que constituirían los factores de atracción determinantes para los inmigrantes de las aldeas agrícolas.

 Covaleda y otros municipios de sierra debían protegerse de los vecinos “itinerantes”, muchos de ellos ganaderos que sólo buscaban el aprovechamiento coyuntural de los pastos de las dehesas y montes del término. Algunas Ordenanzas tenían el objetivo de eliminar a estos personajes de los aprovechamientos comunitarios:

qualquier vecino del lugar que fuere a morar a otro lugar con su mujer y se desvecinase, nunca podrá laborar de nuevo, en cualquier oficio en la aldea ni aprovecharse de sus yerbas”, se pedía en las Ordenanzas . En este sentido,  las mismas autoridades eran tajantes a la hora de exponer los motivos de su exigencia, pues argumentaban que “convenía mucho a la república – al colectivo de vecinos de la aldea- que los que han de ser vecinos estén siempre asistiendo en el pueblo, para bien o para mal”. Esa misma preocupación se hacía extensible a los jóvenes adolescentes, con los que se contaba de antemano para que formaran una familia, circunstancia que se consideraba imprescindibles para el futuro de la aldea. Para conseguir que dejaran el celibato, las autoridades municipales les negaban la posibilidad de beneficiarse de los aprovechamientos comunitarios gratuitos de pasto y madera mientras se mantuvieran solteros. También era una costumbre inmemorial en Covaleda

prohibir tener casa propia a los mozos”, tanto si tenían padres y se habían emancipado de ellos, como sí no los tenían. Así mismo, y para eliminar el celibato, las mujeres solteras eran objeto de abundantes prohibiciones: no se les permitía sacar las gallinas de casa, les eran arrebatadas las herramientas cuando acudía a por leña al pinar, se les recriminaba su estado cuando acudían a recoger agua a la fuente pública… Además, solteros y solteras eran considerados como”foranos” y multados con las mismas cantidades que les eran impuestas a los forasteros en casos similares, naturalmente, siempre muy superiores a las que se imponían a los naturales por los mismos hechos. De todos estos castigos estaban exentos los hijos e hijas solteros que vivían con madre viuda, pero siempre que “la sirvieran como hijo o hija, sin tener ellos mismos ninguna propiedad particular”.

Familia de Covaleda a principios del siglo XX

Familia de Covaleda a principios del siglo XX

Estas fórmulas de protección tenían como objetivo asegurar la renovación demográfica de la aldea, incidiendo sobre la natalidad para intentar rejuvenecer a la población con autóctonos. En este sentido, es muy expresiva la justificación que ofrecen las autoridades de Covaleda en las propias Ordenanzas, las cuales, al ser aprobadas en concejo abierto del que formaban parte todos los vecinos, tenían carácter colegiado:

 “Y que los alcaldes hagan en esto toda su diligencia, porque siendo mozos no es justo que gocen de las “buenas” del concejo hasta que sean casados, que sería perderse el pueblo y jamás se permitió”

 No sólo Covaleda, sino todas las aldeas de la Universidad de la Tierra de Soria preferían a los vecinos nativos. Los forastero también eran aceptados, pero para obtener la vecindad les imponían unas condiciones muy duras. Los legisladores populares eran conscientes de que la dureza de la vida en el territorio convertía a los recien llegados y a sus familias en personas mucho más proclives al desarraigo y al cambio de domicilio.

Sin embargo, una vez aceptados como nuevos vecinos, no sufrían ninguna discriminación y pasaban a ser considerados como parte inseparable del colectivo popular con todas las consecuencias. Las Ordenanzas de Covaleda muestran también una preferencia a favor del nuevo vecino pobre, al que prefieren antes que al rico. La solidaridad vecinal se ponía en marcha para atender a los nuevos vecinos que llegaban al pueblo con escasas posibilidades económicas. En principio, la comunidad les ayudaba a “hacer casa propia” con la presencia permanente de “un obrero y una carreta” y con la entrega de todos los pinos que necesitaran, todo ello “de balde, para que la casa no le costase interés ninguno”. Por otra parte, una vez avecindados, pasaban a disfrutar de todos los beneficios inherentes a su nueva condición, y, en justa reciprocidad, el recién llegado se convertía en un colaborador más en los trabajos colectivos de la comunidad, mediante el sistema habitual en la Castilla de la época, denominado “a reo vecino”, que obligaba a que cada unidad vecinal a participar con una persona en los trabajos colectivos.

 Por el contrario, en las aldeas serranas los nuevos vecinos adinerados eran temidos y casi siempre rechazados.. Durante todo el siglo XVI, en los municipios serranos se tenía la certeza de que los grandes ganaderos de ovejas merinas trashumantes que intentaban avecindarse en el pueblo, lo hacían con la única finalidad de poder aprovechar, de forma gratuita, los ricos pastos de los términos montañeses. La alta cotización de la lana merina habían convertido a estas “hierbas” serranas en objeto de deseo para los grandes ganaderos, los cuales, llevaban a cabo todo tipo de estratagemas para conseguir beneficiarse de los pastos. Como conocían las durísimas condiciones que se imponían a los forasteros para adquirir la vecindad, en una primera aproximación, intentaban juntar sus rebaños con el ganado de algún vecino de Covaleda o Duruelo para, de esta forma, poder beneficiarse de los pastos en los términos concejiles gratuítos. Cuando se producía esta última circunstancia, lo habitual era que fueran rechazados, aunque siempre a costa de innumerables pleitos. Las Ordenanzas de los pueblos serranos exigían que la exclusividad de los pastos, ya fueren comunitarios o concejiles, debía interpretarse como beneficio para los “ganados de los vecinos y moradores” y no para los vecinos como personas jurídicas. En Covaleda, las Ordenanzas afirmaban textualmente

… Que ningún vecino sea osado llevar ni lleve sin licencia a ningún hombre forano …a labrar, ni cargar madera, ni pastar, ni cazar…”

YUNTA CARGADA SALIENDO PINAR

Las Ordenanzas de Vinuesa todavía eran más concretas en este aspecto, ya que prohibían “entrometer ganado en el término de la aldea, así de fuera parte como de Tierra de Soria, porque por poco provecho que ellos hayan, traen grandes daños a este pueblo”. Cuando fracasaba esta primera vía, los grandes ganaderos intentaban, y a veces conseguían, avecindarse en Covaleda o en Duruelo, los dos términos más apetecibles para estos poderosos propietarios de ganado ovino trashumante. Máximo Diago, al hablar de los aprovechamientos comunales, ha hecho referencia al caso del rico ganadero visontino Pedro de Barrionuebo, que puso sus ojos en los ricos pastos de la sierra de Urbión y que, ante la imposibilidad de meter su ganado en los pastizales, se avecindó en Duruelo. Esta presión, muchas veces política, de los poderosos ganaderos hidalgos que abundaban sobre todo en Vinuesa, solían concluir en interminables pleitos en los que, muy a menudo, intervenía como parte el Honrado Concejo de la Mesta, siempre interesada en que los términos privilegiados de las aldeas serranas pasaran a ser aprovechados por los grandes ganaderos que controlaban la institución. Las aldeas se defendían con dos instrumentos: por una parte, con los documentos de propiedad de los términos concejiles, confirmados por los diversos monarcas castellanos y, por otra, con el establecimiento de rigurosas Ordenanzas. A mediados del siglo XVI, las Ordenanzas de Covaleda ampliaron el número de cabezas de ganado lanar con derecho a aprovechamiento gratuito de los pastos, desde trescientas a ochocientas cabezas por unidad familiar. Desconocemos las causas del cambio, pero es muy probable que se debiera a la presión política de los grandes ganaderos mesteños. La ampliación dio lugar a la llegada masiva de ganado procedente de Vinuesa, unas veces mediante testaferros o personas interpuestas y otras con la fórmula más directa de “tomar la vecindad en Covaleda” , que utilizaron algunos ricos ganaderos mesteños procedentes del “rayano” municipio de Vinuesa. Naturalmente, Covaleda entabló pleito contra los nuevos vecinos ante la Real Chancillería de Valladolid. El conflicto tenía una triple vertiente: por un lado, constituyó un enfrentamiento entre Covaleda y Vinuesa, los dos municipios colindantes. También salieron a la luz las diferencias entre dos instituciones importantes y singulares para la vida económica de la Castilla de entonces, a las que pertenecían buena parte de los vecinos de Covaleda: La Hermandad de la Cabaña Real de Carreteros y el Honrado Concejo de la Mesta. Los carreteros vecinos de Covaleda, miembros de la Hermandad, aún a pesar de poder disfrutar con sus ganados de las dehesas privilegiadas de la localidad, se vieron perjudicados con la ampliación del número de cabezas de ganado menor –ovejas y cabras- en lucha por los mismos pastos concejiles y realengos. Finalmente, y como consecuencia de lo anterior, también surgieron divergencias importantes entre dos tipos de ganaderos, el dedicado a la cría de ganado bovino y el poseedor de ganado ovino.

La sentencia debió ser favorable a los intereses de Covaleda y la redacción de las Nuevas Ordenanzas, que databan de finales del siglo XVI, nos acercan a la resolución:

“… El que cada vecino pudiese tener ochocientas cabezas de ganado lanar ha venido al pueblo en gran disminución y pobreza, principalmente les viene en gran perjuicio a los pobres y a quienes tienen los bueyes, porque con el aumento de los ganados menudos, no les quedan pastos para ellos, y para perjuicio general, porque como no se coje pan en este pueblo, de pura fuerza se ha de proveer de mantenimiento con los bueyes, los cuales faltarán, faltando los pastos…”

Cuando fueron actualizadas las Ordenanzas de Covaleda, se introdujo un nuevo capítulo que limitaba el número de cabezas de ganado menor con derecho a pasto, afirmando que “de aquí en adelante, ningún vecino pueda tener cabras y ovejas en número mayor de trescientas cuarenta cabezas” . El capítulo termina señalando el castigo para los infractores, pues afirmaba “que los que más tuvieran –ovejas y cabrassean de la bolsa del concejo”.

la dehesa 1976

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