LOS APROVECHAMIENTOS COMUNALES EN LAS COMUNIDADES DE VILLA Y TIERRA CASTELLANAS – V

LOS APROVECHAMIENTOS COMUNALES EN LAS COMUNIDADES DE VILLA Y TIERRA CASTELLANAS – V

6.- Los aprovechamientos en los términos privilegiados de las aldeas.

Las aldeas que contaban con términos privilegiados, reservados para el usufructo de sus vecinos, no por ello siempre pudieron decidir con total autonomía el modo en que éstos podían aprovecharse de los mismos, pues el concejo de Soria, como instancia superior de gobierno de la ciudad y Tierra, trató con frecuencia de reservarse esta atribución, que ejercía sin contestación en el caso de los términos realengos. Así nos lo ponen de manifiesto, por ejemplo, actuaciones como la llevada a cabo en 1518 por el regidor Lope Álvarez de Calatañazor, Pedro Díaz de Santa Cruz en representación del estado de los caballeros hidalgos de la ciudad, y Alonso de Oviedo, vecino de Segovia, en representación de la Mesta, quienes dictaron una sentencia por la que ordenaron que el término privilegiado que había sido concedido por los reyes a Vinuesa quedase reservado para el pasto de los ganados de los vecinos del lugar, y de los de los hermanos del concejo de la Mesta al ir y volver de Extremadura, prohibiendo en consecuencia que en él se realizasen labores de roturación y se practicase cualquier otro tipo de cultivo.

Con frecuencia, sin embargo, los concejos de las aldeas que contaban con términos privilegiados no aceptaron de buen grado esta actitud intervencionista del concejo soriano, y así nos lo demuestran, por ejemplo, los enconados conflictos que a fines del siglo XVI se plantearon entre un importante número de dichas aldeas, que contaban con sus propios montes concejiles, reservados en principio para el usufructo de sus vecinos, y el concejo de Soria, que no se mostraba dispuesto a tolerarles la corta de leña y madera en los dichos montes si no le habían solicitado previamente licencia para ello. Y tuvo que ser finalmente la Chancillería de Valladolid la que terciase en favor de las aldeas, al dictar una sentencia en el año 1606 por la que reconoció a los vecinos de los lugares de la Tierra el derecho a cortar en sus montes propios la leña y madera que quisiesen, sin necesidad de solicitar licencia al ayuntamiento de la ciudad de Soria.

Por otra parte el concejo soriano no fue la única instancia que intentó limitar la capacidad de los concejos de la aldeas de la Tierra para decidir con plena autonomía y libertad sobre el uso de sus términos privilegiados. También lo hizo, y con bastante insistencia, la institución de la Mesta, que no estaba dispuesta a admitir que en dichos términos se pusiesen obstáculos al paso de los ganados trashumantes en sus desplazamientos desde o hacia los pastizales de invernadero.

sierra del maestro 1956

Por lo que toca al tipo de aprovechamientos de que fueron objeto los términos privilegiados de las aldeas nos encontramos con una gama tan variada como en los propios términos realengos, aunque hay que destacar la existencia de fuertes contrastes entre unos términos y otros, pues no todos presentaban idénticas características de extensión y aptitudes naturales. Para empezar tenemos que en algunos de ellos se delimitaron zonas para el cultivo del cereal, de la viña, o de fibras textiles como el lino. En estos casos los cultivadores quedaban obligados a entregar una renta en dinero o en especie, y nunca podían adquirir la propiedad plena de la parcela por ellos trabajada. Así ocurrió, por ejemplo, en Soria, en la dehesa de Valonsadero, donde por sentencia de Chancillería del año 1500, de la que se sacó ejecutoria en el año 1512, se concedió que se pudiese labrar en un sector de la misma, en contra de las pretensiones de la Diputación de los Doce Linajes, que abogaba por la dedicación de todo el término para el pasto de los ganados mayores y menores de los vecinos de la ciudad. Y, amparadas en esta sentencia, cada una de las cuadrillas del Común de pecheros de la ciudad pudo disponer en adelante de una parcela en dicha dehesa, el llamado “tajón” de Valonsadero, para cederlo a renta a algún labrador, por lo general residente en el barrio de Las Casas, que a cambio se obligaba a entregar al mayordomo de la cuadrilla cierta cantidad de cereal destinada a cubrir los gastos de las fiestas del día de la Boda de Santa María, actual Domingo de Calderas.

La dedicación a la labranza de los términos privilegiados no pasó, sin embargo, de tener una importancia económica muy escasa, porque, en primer lugar, la mayoría de ellos no presentaban grandes aptitudes para el cultivo, ni alcanzaban suficiente extensión como para que éste se pudiese practicar a gran escala, y, por fin, las condiciones en las que se realizaba su cesión no eran las más adecuadas para incentivar las inversiones orientadas a conseguir una sensible mejora de la productividad. Mucho más relevancia alcanzó desde el punto de vista económico el aprovechamiento de estos términos privilegiados para pasto, que se realizó por procedimientos muy variados.

En primer lugar los términos privilegiados cumplieron la función propia de dehesas boyales, asegurando el pasto a los ganados mayores dedicados a la labranza, o en algunos casos aislados a la carretería, de todos los vecinos del aldea propietaria del término, en régimen comunal, libre y gratuito, aunque en algunos casos se impusiesen restricciones al número de cabezas que se autorizaba a llevar a pastar a cada vecino. Así, por ejemplo, en la dehesa de Valonsadero, término privilegiado de la ciudad de Soria, según las ordenanzas aprobadas en el año 1664, cada labrador avecindado en la ciudad podía meter hasta un máximo de tres yuntas domadas dedicadas a labranza durante todo el año, y los vecinos que no fuesen labradores podían meter, aunque sólo durante ciertos meses, hasta un máximo de, o bien 12 vacas y un toro, o bien 12 yeguas y un caballo, quedando por su parte prohibida para todos los vecinos la introducción de ganado lanar, cabrío y de cerda.

Pero, aunque el aprovechamiento en régimen comunal de los términos privilegiados de las aldeas tuvo sin duda su importancia, y de hecho pensando en él les habían sido concedidos por los reyes, con el transcurso del tiempo, sobre todo a partir de las últimas décadas del siglo XVI, cada vez fue alcanzando más relevancia la utilización de parte de estos términos como bienes de propios por los concejos aldeanos, sin que por ello dejase de practicarse al mismo tiempo su aprovechamiento en régimen comunal, pues las dos formas de aprovechamiento coexistieron hasta el fin del Antiguo Régimen. Así, continuando con el ejemplo de la dehesa de Valonsadero, constatamos que, aunque a los vecinos les estaba prohibido el meter a pastar en ella ganado lanar, en ocasiones se llegaron a ceder a renta quintos en esta dehesa para que señores de ganado ovino estante pudiesen meter a pastar en ellos algún rebaño durante los meses del invierno, en concreto entre finales de septiembre y finales de abril.

Sin título-2

Mucha más relevancia que los arrendamientos de pastos de invierno alcanzaron, sin embargo, los de pastos de verano, practicados en quintos delimitados en dehesas privilegiadas, como era, por ejemplo, la de Gallinero, o el término de Duruelo. Estos quintos eran cedidos a renta por el correspondiente concejo aldeano a grandes señores de ganados trashumantes por cantidades de dinero en ocasiones bastante elevadas, como nos demuestra, por ejemplo, el caso de Gallinero, concejo al que en 1701 se le atribuyeron unos ingresos anuales por arrendamientos de pastos de más de 8.000 reales de vellón, procedentes en su mayor parte de los quintos de la dehesa.

Al ceder a renta a ganaderos forasteros el aprovechamiento de pastos de los términos reservados para el usufructo de sus propios vecinos los concejos aldeanos privaban a éstos de una fuente de sostenimiento para sus ganados, aunque lo cierto es que siempre se trató de dejar salvaguardado su derecho a poder meter a pastar libremente el ganado mayor, destinado a la labranza. Y así lo testimonia el hecho de que en muchos contratos de arrendamiento se incluyó una cláusula que garantizaba el derecho a la permanencia en los términos cedidos del referido ganado mayor. Pero, en cualquier caso, no cabe duda de que los vecinos ganaderos resultaban perjudicados por estas operaciones de arrendamiento, que, no obstante, se terminaron consolidando como algo habitual como consecuencia de las crecientes dificultades financieras a las que tuvieron que enfrentarse las haciendas concejiles aldeanas, para por un lado atender las demandas fiscales de la monarquía, y por otro atender las necesidades básicas de su población en años de malas cosechas o en que se habían producido otro tipo de calamidades. Y, en efecto, podemos comprobar que casi siempre los grandes señores de ganados trashumantes que tomaban a renta pastizales de los concejos aldeanos de la Tierra de Soria les adelantaban a éstos en el momento de formalizar el contrato importantes sumas de dinero, equivalentes a la renta de varios años, logrando así colocarlos en una peligrosa situación de dependencia, que daba lugar a prórrogas automáticas de los arrendamientos en condiciones cada vez más desventajosas.

Estas graves dificultades financieras afectaron a la mayoría de las aldeas de la Tierra de Soria a partir del siglo XVI, pero sólo unas pocas disponían de términos propios, ricos además en pastos, para ceder a renta a grandes ganaderos trashumantes, la mayoría de las cuales se localizaban en el sector septentrional serrano, como era el caso de Duruelo, Covaleda, San Andrés, Almarza, Gallinero, Arguijo, Torre y Arévalo. Otras muchas no podían hacerlo porque no contaban con términos privilegiados, pero a este respecto conviene precisar que, a falta de ellos, algunas en determinadas ocasiones recurrieron incluso a ceder a renta sus dehesas boyales.

Para ello, sin embargo, necesitaron de la autorización explícita del concejo de Soria, el cual no tendió a mostrarse muy dispuesto a conceder este tipo de licencias, y cuando lo hizo impuso severas restricciones. Así ocurrió, por ejemplo, cuando en 1554 éste autorizó al concejo de Reznos a que dejase entrar en su dehesa ganados procedentes del reino de Aragón, con condición de que el dinero recaudado lo destinase a financiar los gastos de instalación de una fuente en el lugar. Pero el concejo soriano sólo concedió esta licencia por un año, y con condición de que los ganados aragoneses sólo pudiesen permanecer en la dehesa durante el tiempo en que ésta solía estar vedada, para que así no causasen perjuicio al resto de los ganados de la ciudad y Tierra, que tenían reconocido libre acceso a los términos de todas las dehesas boyales fuera del período de la veda.

En conclusión, por tanto, hay que destacar que los términos privilegiados de las aldeas de la Tierra de Soria, al igual que los realengos, tuvieron como principal aprovechamiento hasta el fin del Antiguo Régimen el de pasto para ganado, tanto mayor como menor. Pero en el caso de los realengos, al menos hasta los últimos años del siglo XVIII, el acceso al aprovechamiento de los pastos tuvo lugar, salvo contadas excepciones, en condiciones de plena libertad y gratuidad para todos los vecinos a los que se reconocía el derecho, es decir, para los de la ciudad de Soria y las aldeas de su Tierra. En los términos privilegiados, por el contrario, aunque en una primera fase su aprovechamiento también tuvo lugar en régimen comunal, con semejantes condiciones de libertad y gratuidad, a partir del siglo XVI fue consolidándose la práctica de destinar al menos una parte de los mismos a la obtención de rentas para la hacienda concejil del aldea correspondiente, mediante su cesión a renta a señores de ganados trashumantes, que metían a pastar allí sus rebaños durante los meses del verano, o en casos bastante menos frecuentes, a dueños de otro tipo de ganados, que los llevaban a pastar en los meses de invierno, como sucedía, por ejemplo, en la dehesa de Valonsadero.

pablo romero tirando un pino 1930

Además de la labranza y el pasto, en los términos privilegiados de las aldeas también se practicaron otros muy variados aprovechamientos, como, por ejemplo, los de caza y pesca, que, no obstante, alcanzaron mucha menos relevancia desde el punto de vista de sus repercusiones económicas y sociales, si bien a muchas familias de escasos medios económicos les pudieron proporcionar un complemento insustituible para el sostén de sus precarias economías domésticas.

Caso muy diferente es el de los aprovechamientos forestales, que en determinadas aldeas llegaron a superar incluso por su importancia desde el punto de vista económico y social a los aprovechamientos de pastos. Y, en atención a esta circunstancia, les dedicaremos un apartado propio, el último, en nuestra exposición.

7.- Regulación del aprovechamiento maderero en los montes concejiles.

Fueron pocas las aldeas de la Tierra de Soria que dispusieron de unos montes concejiles, reservados para el usufructo de sus vecinos, en los que se pudiese practicar un intensivo aprovechamiento maderero. Los dos casos más notables sin duda los representan las de Duruelo y Covaleda, pues los términos privilegiados que les fueron concedidos estaban cubiertos en su mayor parte con densas masas forestales, mientras que en contrapartida no ofrecían buenas aptitudes para el cultivo del cereal y la viña, y ni siquiera proporcionaban abundantes pastos para el sostenimiento de gran número de cabezas de ganado, haciendo excepción, por supuesto, del sector del término de Duruelo más próximo a la sierra de Urbión.

En una buena muestra de adaptación a las condiciones naturales, los vecinos de estas aldeas, como ya hemos indicado, optaron por unas formas de vida basadas directa o indirectamente en la explotación forestal de los términos en los que tenían reconocidos derechos de aprovechamiento de carácter comunal, entre los que destacaba el propio término privilegiado de la respectiva aldea, al que, además, se sumaban los realengos de la Tierra de Soria.

Dado que el usufructo de estos términos privilegiados estaba reservado a los vecinos de la respectiva aldea, con exclusión de todos los demás, tanto de la Tierra de Soria como de fuera de ella, la regulación de su aprovechamiento forestal adoptó hasta el fin del Antiguo Régimen una serie de rasgos peculiares, que la diferencian notablemente de la aplicada en los términos realengos, donde el derecho de usufructo lo compartían todos los vecinos de la ciudad y aldeas de la Tierra de Soria, y además era el concejo soriano el encargado de garantizar la vigilancia.

Ciertamente las fuentes documentales conservadas para fechas anteriores al siglo XVI son tan escasas que apenas permiten conocer en detalle los procedimientos de regulación del aprovechamiento maderero de los términos de Covaleda y Duruelo, o de los montes concejiles de otras aldeas. Cabe presumir que durante los siglos XIV y XV, debido a que la presión ejercida sobre los montes para la corta de madera se mantendría todavía en unos niveles tolerables, porque las actividades económicas que requerían de esta materia prima estaban sólo empezando a ponerse en marcha, no se plantearía todavía de forma apremiante la necesidad de adoptar una política intervencionista en la regulación del aprovechamiento maderero de los términos reservados por privilegio a cada aldea. En los montes realengos ya vimos cómo hubo que esperar a los últimos años del siglo XV para que se modificasen parcialmente las normas del fuero sobre penalización de cortas ilegales de madera y leña. Quizás en las aldeas de Covaleda y Duruelo ya en fechas anteriores se habría comenzado a aplicar una política más rigurosa en el control de las cortas, pero la falta de documentación nos impide afirmarlo con seguridad.

antigua serreria

En cualquier caso, atendiendo a los textos de las ordenanzas locales conservadas en concreto en Covaleda a partir del siglo XVI, que han sido ya objeto de pormenorizados análisis por parte de los profesores Enrique Díez Sanz y Emilio Pérez Romero, podemos comprobar que en esta aldea se adoptó una política rígidamente proteccionista en la regulación del aprovechamiento forestal de su término, que contrasta vivamente con la que tanto Covaleda como Duruelo, y otras aldeas de su entorno, defendían para los términos realengos. En efecto, estaba rigurosamente prohibido el corte incontrolado de pinos, debiendo por el contrario todos los vecinos interesados en la actividad económica del corte de madera distribuirse por “cuadrillas”, a cada una de las cuales se asignaba una parte del monte para su “corta”, que se realizaría bajo la directa supervisión de un jurado en cada cuadrilla. Este sistema de las cuadrillas trataba de garantizar que ningún vecino cortase muchos más pinos que los demás, al someterlos a un estricto control, y además contemplaba la imposición de graves penas a los infractores, entre las que figuraba la propia pérdida de la vecindad.

Por lo demás las ordenanzas de Covaleda ofrecen la peculiaridad de que también contemplaron el hacer partícipes de los provechos madereros del término privilegiado del aldea a los vecinos que no tenían por dedicación económica principal la del corte de madera para su posterior elaboración y venta, como era el caso, por ejemplo, de pastores, ganaderos y carreteros, ya que allí no había ningún agricultor, por no resultar el término apto para el cultivo. En efecto, según nos informa Enrique Díez, todos éstos no entraban a formar parte de las cuadrillas, pero a cambio percibían el dinero obtenido de la venta en pública subasta de cierto número de pinos que cada año entregaban de forma gratuita a este efecto dichas cuadrillas. De este modo no se establecía ninguna discriminación entre los vecinos, sino que todos participaban de los provechos madereros del monte, unos de forma directa y otros de forma indirecta.

Posiblemente esta sería, la "Sierra Nueva" el aserradero que vio Unamuno en su viaje

Posiblemente esta sería, la “Sierra Nueva” el aserradero que vio Unamuno en su viaje

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