LOS APROVECHAMIENTOS COMUNALES EN LAS COMUNIDADES DE VILLA Y TIERRA CASTELLANAS – IV

LOS APROVECHAMIENTOS COMUNALES EN LAS COMUNIDADES DE VILLA Y TIERRA CASTELLANAS – IV

5.- El aprovechamiento maderero en los montes realengos.

Los realengos de la Tierra de Soria incluían extensas superficies arboladas, en las que abundaban los pinos y los robles, y en muy menor medida las hayas, especies todas ellas de gran importancia para el aprovechamiento maderero. En el fuero quedó regulada de forma bastante pormenorizada la forma en que los vecinos de Soria y sus aldeas podían abastecerse de leña en estos montes para atender sus necesidades domésticas, y se fijaron las multas que se impondrían a quienes cortasen árboles de leña verde, los destrozasen o los quemasen. En líneas generales la normativa foral se centró en asegurar a los vecinos de la jurisdicción el usufructo de estos montes a fin de garantizar que quedasen satisfechas sus necesidades primarias de combustible, y de madera para la construcción de sus casas, enseres domésticos y aperos de labranza, evitando que compitiesen con ellos los forasteros, razón por lo cual se fijaron multas de muy superior cuantía para quienes entrasen a cortar leña o madera desde fuera de la jurisdicción. Y de este modo se proporcionó a las economías campesinas un importante apoyo, sin el cual muchos hogares habrían tropezado con notables dificultades para sobrevivir dado el rigor de la estación invernal soriana.

Ahora bien, no todos los núcleos de población estaban suficientemente cerca de los montes realengos como para poder aprovecharse de una forma eficaz de sus recursos madereros, sobre todo en forma de leña. Las aldeas más cercanas a dichos montes fueron sin duda las más afortunadas desde este punto de vista. Pero en compensación otras muchas que estaban bastante alejadas de ellos contaron con sus montes concejiles propios, en los que, como veremos, les quedaron reservados a sus vecinos todos los aprovechamientos, entre los que destacaba el de corte de leña como uno de los principales. No todas, sin embargo, tuvieron esta suerte, y las hubo que por su alejamiento de cualquier tipo de monte tropezaron con grandes dificultades para abastecerse de combustible. La propia ciudad de Soria, al albergar mayor cantidad de población, también tropezó con este problema, que en parte paliaron personas particulares que se especializaron en llevar allí carretadas de leña para vender. Y éstos debieron ser unos de los primeros en convertir en su medio de vida el aprovechamiento de los recursos madereros de los montes, tanto realengos como concejiles, aunque quizás de una forma todavía sólo muy balbuciente.

Sobre cuándo y cómo se pudo en marcha el proceso de especialización de la población de determinadas aldeas de la Tierra de Soria en el aprovechamiento sistemático de los montes para la obtención de madera destinada a la comercialización sabemos, por desgracia, muy poco, por falta de documentación que aporte información al respecto. En el momento de redactarse el fuero ni siquiera se contemplaba esta posibilidad, ya que prácticamente nada se dice al respecto en este texto. Algunos pocos documentos del siglo XIV conservados por simple azar nos confirman, sin embargo, que dicho proceso ya se encontraba por entonces en marcha, e incluso en un estadio relativamente avanzado. En concreto hay que destacar las noticias relativas a la exportación regular de madera transportada en carretas desde las aldeas pinariegas de la Tierra de Soria al reino de Aragón, y más en concreto a la ciudad de Zaragoza.

Así, en primer lugar, un documento del año 1381 nos informa que un tal Gil Fernández, vecino de Duruelo, cuando regresaba a Castilla desde Zaragoza, a donde había transportado madera con sus carretas tiradas por bueyes, fue detenido en término de Tarazona por el guarda del puerto de dicha ciudad aragonesa, quien le tomó 16 florines de oro y 24 reales de plata.

tPELANDO PINOS

Entonces Gil Martínez le mostró una carta sellada del rey de Aragón por la que ordenaba que se permitiese a todos los carreteros castellanos que llevasen a Aragón madera, o cualquier otra mercancía, que pudiesen transitar libremente y sacar del reino monedas de oro y plata, a pesar de las disposiciones que lo prohibían. La información aportada por este documento es importante por lo tanto, ya que nos confirma que la actividad de los carreteros castellanos como proveedores de madera para el reino de Aragón había alcanzado para entonces tal relevancia que el propio monarca aragonés había decidido potenciarla mediante la concesión de privilegios a dichos carreteros.

Otro documento de fecha un poco posterior abunda en proporcionarnos noticias sobre los lugares de procedencia de estos carreteros que llevaban madera a vender a Aragón. Se trata de un registro del cobro del impuesto aduanero de la “quema” en la aduana de Zaragoza que abarca los meses de mayo, junio, julio y agosto de 1386. En él queda constancia de la entrada en la capital aragonesa de más de 250 carretas cargadas de madera, conducidas por vecinos de Covaleda, Duruelo, Herreros y Cidones, aldeas todas ellas de la Tierra de Soria, y de Cabrejas del Pinar y Abejar, lugares que dependían entonces del señorío del obispo de Osma. Tal número de carretas en un espacio de tiempo tan breve resulta verdaderamente notable, y puede considerarse como indicio suficiente para aventurar que por estas fechas la población de estas aldeas pinariegas ya había dado el salto hacia su especialización en el aprovechamiento maderero de sus montes, que por derivación les llevó también después a dedicarse al transporte de mercancías a larga distancia con carretas.

Estampa típica de Pinares en las cercanías de Casarejos

Estampa típica de Pinares en las cercanías de Casarejos

A fines del siglo XV se multiplican las noticias que prueban que para entonces la comercialización de la madera por los vecinos de las aldeas pinariegas de la Tierra de Soria, y de otros lugares próximos de las actuales provincias de Soria y Burgos había alcanzado notable desarrollo. Por ejemplo en varios documentos del Registro General del Sello de los primeros años del siglo XVI se nos informa que los vecinos de la villa de San Leonardo, que entonces formaba parte del señorío del monasterio de San Pedro de Arlanza, se habían especializado en el trato de llevar madera con sus carretas de unas partes a otras por estar en tierra de montaña donde no se cogía cereal, y por ello tropezaban con problemas para abastecerse de pan cuando se imponían restricciones a su libre comercialización. Y otros documentos anteriores, de comienzos de la década de 1482, dan fe de que para entonces ya se había constituido una Hermandad de Pinares, de la que formaban parte los lugares de Palacios, Vilviestre, Canicosa, Quintanar, Regumiel, Duruelo y Covaleda, que tenía por principal objetivo la defensa de los intereses de sus miembros en el negocio de la venta de madera, que practicaban con sus carretas por todo el territorio de la submeseta norte, desde Toro hasta Olmedo, pasando por Zamora, Palencia, León, Astorga, Valladolid, Medina del Campo y Medina de Ríoseco.

Nuestra informaciones son de momento muy precarias para determinar cuál era el tipo de madera que ponían a la venta. Sí tenemos constancia de que en ocasiones se trató de madera destinada a la construcción de edificios, como nos pone de manifiesto un contrato firmado en Medina de Ríoseco, en agosto de 1521, por un vecino de Palacios de la Sierra, quien se obligó a entregar para mayo del año siguiente al mayordomo de la iglesia Quintanilla del Monte, cerca de Villalpando, en la provincia de Zamora, cierto número de vigas y cuarterones por un total de 5.084 mrs. en adelanto de los cuales recibió de dicho mayordomo 4 fanegas de trigo valoradas en 1.836 mrs., que el burgalés sin duda necesitaría con apremio para alimentar a su familia, dado que en su lugar de origen apenas se cultivaba el cereal.

Documentos ya más tardíos, del siglo XVII, procedentes de protocolos notariales sorianos, nos informan de otros tipos de madera demandados por carpinteros de la ciudad de Soria, como ruedas y aros, que adquirían de vecinos de Covaleda, a los que habitualmente efectuaban adelantos de dinero varios meses antes de la entrega de la mercancía. Y por su parte en el siglo XVIII Loperráez nos informa de que gran parte de los vecinos de las aldeas de Duruelo, Covaleda, Salduero y Molinos de Salduero se mantenían sólo de fabricar artesones y gamellas que luego llevaban a vender por las comarcas más próximas junto con cargas de leña, siguiendo un estilo de vida muy duro, de extrema pobreza. Pero es mucho todavía lo que queda por averiguar sobre el funcionamiento en sus diversas facetas de la “industria maderera” de estas aldeas durante los siglos bajomedievales y modernos, aprovechando la documentación notarial y judicial en mayor medida de lo que hasta ahora se ha hecho.

Por otra parte los vecinos de estas aldeas que comenzaron utilizando las carretas para llevar a vender madera a comarcas relativamente alejadas de sus lugares de origen, pronto pasaron también a prestar con ellas servicios de transporte a largas distancias de otras muy diversas mercancías, tales como lana, cereal, sal o carbón. Como consecuencia, conforme fue avanzando la Edad Moderna, el número de carretas existente en las aldeas del sector noroeste de la Tierra de Soria, de entre las que hay que destacar a Covaleda, Duruelo, Molinos, Herreros, Ocenilla, Villaverde, Vinuesa y La Muedra, llegó a ser considerable. Y, no cabe duda de que para su construcción y mantenimiento fue necesario utilizar una cantidad importante de madera.

En suma, por tanto, la especialización de estas aldeas en la actividad carreteril, unida a la dedicación de importantes sectores de la población de algunas de ellas a la explotación mercantil de la madera, debió propiciar un creciente aumento de los aprovechamientos de este producto en los montes realengos de la Tierra de Soria, y muy en particular en los extensos pinares que rodeaban las granjas de La Cruceja y La Tablada. Por supuesto varias de estas aldeas contaban en sus propios términos con montes en que abundaba el arbolado con aptitudes madereras, destacando desde este punto de vista en particular los casos de Covaleda y Duruelo. Pero éstos no bastaron para cubrir la creciente demanda, y sin duda también los concejos aldeanos pusieron más cuidado en preservar sus propios montes, al estarles reservado su usufructo a sus vecinos, que los que aprovechaban en comunidad con el resto de aldeas de la Tierra de Soria. Por ello los montes realengos, ya en la segunda mitad del siglo XV, comenzaron a ser sometidos a una creciente presión, que pronto dio lugar al estallido de conflictos, ya que al mismo tiempo que se incrementaba la demanda de madera, estaba aumentando el interés en otros sectores de la población de la tierra por disponer de pastos abundantes en estos mismos montes para atender las necesidades de la cabaña de ganado trashumante, cada vez más numerosa como consecuencia del despegue de las exportaciones de la fina a Flandes. Y, por otra parte, el fuerte incremento demográfico que se produjo en el conjunto de la Corona de Castilla durante el siglo XV, y se aceleró en sus décadas finales, también aumentó la presión para efectuar roturaciones en los términos baldíos a fin de favorecer el incremento de la producción de cereal.

foto 17

En este contexto se ha de explicar la decisión tomada por el concejo de Soria de promulgar unas ordenanzas en el año 1497, que complementasen las disposiciones del fuero, para hacer frente a la creciente conflictividad generada por la existencia de intereses contrapuestos en relación al aprovechamiento de los términos realengos. Quienes redactaron estas ordenanzas apostaron decididamente por favorecer los intereses de los ganaderos, al conceder prioridad al objetivo de conservar y mantener los pastos, y provocaron por ello una fuerte reacción de oposición en muchas aldeas que confiaban en poder ampliar sus tierras de cultivo mediante roturaciones en los términos realengos. Pero, en consonancia con el objetivo de mantener los pastos, en estas ordenanzas también se prestó bastante atención a tratar de garantizar la preservación del arbolado en los montes realengos, poniendo obstáculos a las cortas indiscriminadas por parte de los vecinos.

En este sentido la medida principal consistió en elevar de forma drástica las multas previstas en el fuero por corta de leña y madera. Y fue contra esta medida en concreto contra la que inmediatamente protestaron los concejos de Duruelo, Covaleda, Salduero y Derroñadas, que acto seguido iniciaron un pleito contra el concejo de Soria en la Chancillería de Valladolid. En un memorial presentado en esta instancia por su procurador, Juan Sánchez de Montenegro, vecino de Vinuesa se quejaban en concreto de que las nuevas ordenanzas “les defienden que non corten nin tajen la madera de los dichos montes so grandes calonnas e penas”, y para el caso de que ya la tuviesen labrada y traída a su casa les imponían “que non puedan usar della libremente nin la puedan sacar del termino de la dicha çibdad, que sy la sacaren que la ayan perdida”. Y la consecuencia de esto era que “No les dexan en que vivir cosa alguna en que se puedan mantener, aun commo ay entre ellos los dos partes, y más, de los vesinos e moradores de los dichos lugares que no tienen otra arte nin trato ni fazienda de que bevir salvo el labrar de la dicha madera e la sacar a vender por vuestros reynos a las partes e lugares do mejor les estuviere”.

El motivo principal de su desacuerdo radicaba en la drástica subida de las multas, que consideraban injustificada y abusiva, argumentando que lo dispuesto en el fuero no podía ser modificado, a pesar de que ya habían pasado más de dos siglos desde su redacción. Y, en efecto, la subida había sido notable, pues, en primer lugar, se dispuso que por cada pino que se cortase, tanto grande como pequeño, se habían de pagar 7,5 mrs. cuando en el fuero se fijaba esta misma cantidad de multa para todos los árboles-pinos, hayas y robles- que un hombre pudiese cortar con un hacha durante todo un día. Y por otra parte, se fijó una pena de 30 mrs. por cada carga de leña que se cortase y sacase de los “montes nuevos”, y de 60 mrs. por cada carretada, cuando la ley del fuero imponía una pena máxima de 7,5 mrs. por todo lo que un hombre cortase con un hacha durante todo un día, tanto si lo sacaba en bestia como si lo sacaba en carreta.

Esto nos demuestra que a fines del siglo XV la cuantía de las penas fijadas en el fuero para el corte indiscriminado de madera y leña ya no tenían efectividad disuasoria, y este tipo de aprovechamiento apenas resultaba oneroso para los vecinos de las aldeas que habían optado por especializarse en la explotación maderera con fines comerciales, que por consiguiente se empeñaron en mantener el statu quo. Y en defensa de su postura alegaron que no era cierto el argumento ofrecido por el concejo de Soria para justificar la subida de las penas, el cual sostenía que “a cabsa de cortar por el pie las ayas y los pynos y los robres para faser la dicha madera los dichos montes estavan destruidos e se destruian de cada día”, pues, por el contrario, según ellos, se podía fácilmente demostrar que “los dichos montes no están destruidos por las cortas que los dichos mis partes y los otros vesinos comarcanos an fecho”.

la arenilla 1976

El conflicto que se planteó a raíz de la promulgación de las ordenanzas de 1497 fue el primer choque importante en torno al aprovechamiento maderero de los términos realengos entre las aldeas de la Tierra de Soria dedicadas a la carretería y a la explotación comercial de la madera y el concejo soriano, apoyado por la mayor parte de los sexmos, en los que la población vivía de la labranza en un marco de economía de subsistencia. Pero en adelante estos enfrentamientos continuaron repitiéndose con relativa frecuencia, pues en el transcurso de los siglos XVI, XVII y XVIII las empresas de carretería de los vecinos de las aldeas pinariegas experimentaron un notable desarrollo, que sin duda incrementó la demanda de madera. Y buena prueba de ello nos la proporcionan las noticias sobre pleitos seguidos en la Chancillería de Valladolid entre concejos como el de Duruelo, que defendió con tenacidad su derecho a poder cortar madera en los montes realengos, y el de Soria, con frecuencia apoyado por la propia Universidad de la Tierra, que en este punto persiguió la defensa de los intereses del sector mayoritario del campesinado soriano, dedicado a la labranza.

A pesar de todo, sin embargo, las cortas incontroladas en los montes realengos continuaron produciéndose de forma continuada a lo largo de toda la Edad Moderna, entre otras razones porque las medidas de vigilancia puestas en práctica por el concejo de Soria eran claramente insuficientes. En qué medida esta forma de explotación un tanto anárquica de la riqueza forestal de los términos realengos de la Tierra de Soria tuvo efectos negativos para su conservación es algo, no obstante, que resulta difícil determinar con precisión, en el estado actual de las investigaciones.

Por lo demás el marco legislativo regulador de los aprovechamientos conoció una modificación importante cuando en 1748 la monarquía promulgó unas reales ordenanzas que dispusieron que en adelante todos los montes del reino quedasen bajo la jurisdicción de la Marina, para garantizar así el suministro de madera a los astilleros. En consecuencia a partir de entonces la explotación maderera quedó en teoría severamente fiscalizada y hubo de desenvolverse en buena medida en la ilegalidad. Pero, como ha demostrado Pérez Romero, las cortas clandestinas continuaron practicándose con regularidad en el Pinar Grande durante toda la segunda mitad del siglo XVIII, de modo que a efectos prácticos la referida ley no tuvo apenas repercusiones. Y hubo que esperar a la caída del Antiguo Régimen y el triunfo del liberalismo para que el marco institucional regulador de los aprovechamientos madereros en los montes, tanto realengos como concejiles, experimentase drásticas modificaciones, con bien perceptibles consecuencias en la vida práctica de las gentes que tenían en estos aprovechamientos su principal medio de vida.

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