LOS APROVECHAMIENTOS COMUNALES EN LAS COMUNIDADES DE VILLA Y TIERRA CASTELLANAS – II

LOS APROVECHAMIENTOS COMUNALES EN LAS COMUNIDADES DE VILLA Y TIERRA CASTELLANAS – II

3.- Los términos privilegiados de las aldeas y otros términos reservados parcialmente al usufructo de sus vecinos (dehesas boyales).

Pese a su enorme extensión, los términos realengos no abarcaron todo el territorio que no había sido objeto de apropiación individual en las primeras fases del proceso repoblador. Junto a ellos existió otro tipo de términos de titularidad pública en los que el derecho de usufructo quedó reservado a los vecinos de una aldea o grupo de aldeas en particular, con exclusión de todos los demás. En bastantes casos nos consta que esta situación tuvo su justificación en privilegios concedidos por los reyes a determinadas aldeas, por los que se decidía que un determinado término, cuidadosamente delimitado en el documento, quedase a perpetuidad apartado de los realengos con objeto de que su usufructo se reservase a los vecinos del aldea o grupo de aldeas beneficiarias de la merced.

Son muchas las aldeas de la Tierra de Soria que conservan este tipo de privilegios en sus archivos municipales, en versiones originales o trasladadas. Uno de los ejemplos más célebres lo tenemos en el privilegio concedido por Alfonso XI a las aldeas de Almarza, San Andrés de Almarza, Cardos y Pipaón, de un amplio término, donde se ubica la ermita de Santos Nuevos, que, junto con otras confirmaciones posteriores, se ha custodiado hasta al actualidad en un arca que todos los años se traslada desde Almarza a San Andrés, o viceversa, el día de la fiesta de la Epifanía del Señor. Pero pergaminos de similares características se conservan para otros muchos pueblos como, por ejemplo, Sotillo del Rincón, Vinuesa, Villaciervos, Noviercas, Duruelo, Covaleda o el despoblado de Molinos de Posada Rey, en el actual término de La Póveda.

En otros muchos casos, sin embargo, sabemos de términos que estuvieron reservados para el usufructo de los vecinos de un determinado núcleo de población, sin que se tenga noticia de que esta situación estuviese amparada por un privilegio concedido por algún monarca en el pasado. El ejemplo más notable nos lo proporciona el caso del término de Valonsadero, que, según ponen ya de manifiesto las disposiciones del fuero de Soria, estaba reservado para el aprovechamiento de los vecinos de la ciudad de Soria, con exclusión de los de las aldeas. En este caso puede considerarse que el propio texto foral, que era de concesión regia, proporcionaba suficiente base jurídica, sin necesidad de ningún otro privilegio adicional, para justificar la práctica de la reserva del usufructo del término a los vecinos de la ciudad cabecera de la comunidad. Pero lo cierto es que otras muchas aldeas llegaron a encontrarse en una situación parecida, pues consiguieron que se les reconociese la posesión de un “monte concejil”, en el que sólo tenían aprovechamientos reconocidos sus propios vecinos, sin que existiese en sus archivos ningún documento que acreditase que la monarquía les había hecho merced expresa de tal derecho.

Dejando a un lado estos casos, que plantean interrogantes que el historiador no está capacitado de momento para responder, nos centraremos en la caracterización de los términos reservados para el usufructo de los vecinos de una determinada aldea que habían sido objeto de delimitación y cesión en un privilegio regio, y a los que por este motivo denominamos “términos privilegiados”, para diferenciarlos del resto de los realengos.

La práctica totalidad de estos “términos privilegiados” tienen su origen en los siglos XIII y XIV, pues a partir del siglo XV los monarcas castellanos ya no concedieron a las aldeas de la Tierra de Soria mercedes de términos que pudiesen aprovechar en exclusividad todos sus vecinos durante todo el año, sino que a lo sumo ordenaron que les fuesen asignadas “dehesas boyales” a las que no las tenían, las cuales, como veremos, sólo podían ser reservadas para el usufructo de los vecinos de la correspondiente aldea durante unos meses al año.

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A mediados del siglo XIII fue cuando se consolidaron dos de los más importantes “términos privilegiados” que existieron en la Tierra de Soria hasta el final del Antiguo Régimen, los concedidos por sendos privilegios de Alfonso X el Sabio a los concejos de Duruelo y Covaleda. Se trata de dos términos que por su historia y sus características presentan muchos elementos en común, que permiten diferenciarlos del resto de términos privilegiados que hubo en la Tierra de Soria, y de ahí que merezca la pena detenerse un poco en ellos, para resaltar algunas de sus principales peculiaridades.

En primer lugar hay que destacar el hecho de que en el caso de estas dos aldeas la delimitación de un extenso término para el usufructo exclusivo de sus vecinos tuvo lugar en el propio momento en que ambas entraron a depender desde el punto de vista jurisdiccional de la ciudad de Soria, y se integraron en su Tierra. En efecto, ni Covaleda ni Duruelo formaron inicialmente parte de este territorio cuando fue delimitado por el monarca aragonés Alfonso I en 1120, a pesar de que ya entonces existían como núcleos de población, pues desde estas aldeas habían acudido gentes a repoblar la Tierra de Ávila a fines del siglo XI, como bien atestigua la presencia de ambos topónimos en aquellas latitudes, y confirman las fuentes cronísticas.

Duruelo en concreto sabemos que había sido concedido en señorío por el monarca castellano Alfonso VII al monasterio burgalés de San Salvador de Oña, y su incorporación a la Tierra de Soria no se produjo hasta el año 1250, a fines del reinado de Fernando III, cuando, según un documento de difícil interpretación que se nos ha conservado, el concejo soriano hizo repoblar esta aldea con hombres venidos de Regumiel. No sabemos muy bien en qué consistió esta repoblación, y por otra parte consideramos muy poco probable que el lugar hubiese perdido todos sus vecinos para aquellas fechas. De lo que no cabe ninguna duda es de que a partir de entonces Duruelo pasó a ser una aldea más dependiente de la jurisdicción de la ciudad de Soria, y que ya no volvió a mantener ningún tipo de lazos con el monasterio de San Salvador de Oña, que tampoco sabemos si fue compensado en alguna manera por renunciar a sus derechos. En cualquier caso la integración de esta nueva aldea en la Tierra de Soria se llevó a efecto en unas condiciones muy favorables para sus vecinos, puesto que pocos años después de formalizarse, reinando ya en Castilla Alfonso X el Sabio, este monarca concedió por privilegio al concejo de Duruelo que todo su término permaneciese apartado del resto de los de Tierra de Soria, de modo que sólo pudiesen aprovecharse de él sus propios vecinos, quedando radicalmente prohibido el acceso al mismo de los vecinos de las demás aldeas de esta jurisdicción, incluidos los de la vecina Covaleda.

Esta última aldea no sabemos a ciencia cierta de qué instancia dependió desde el punto de vista jurisdiccional durante sus primeros siglos de existencia, pero sí nos consta que su integración en la Tierra de Soria se produjo por virtud de una operación de compra efectuada por el concejo soriano. El documento que hace referencia a tal operación no precisa la identidad de la persona o institución a quien fue comprado el lugar, ni tampoco el momento exacto en que tuvo lugar, pero es bastante probable que ocurriese hacia mediados del siglo XIII, por las mismas fechas en que tuvo lugar la incorporación de Duruelo. En cualquier caso durante el reinado de Alfonso X Covaleda ya formaba parte de la Tierra de Soria, pues fue este monarca el que concedió a esta aldea pinariega un privilegio de tenor muy parecido al concedido por él mismo a la vecina Duruelo, en virtud del cual reservó a sus vecinos el aprovechamiento de un extenso término minuciosamente delimitado en el documento expedido al efecto por la cancillería regia.

Y este privilegio sólo tenía sentido en un contexto de pertenencia de Covaleda a la Tierra de Soria, pues de lo contrario no se habría planteado la necesidad de conceder expresamente tal derecho de usufructo privativo, al darse éste por sobreentendido.

Consideramos, por tanto, que la incorporación de las aldeas pinariegas de Covaleda y Duruelo a la Tierra de Soria tuvo lugar hacia mediados del siglo XIII, con anuencia de la monarquía, al parecer después de haberse dado una compensación monetaria a sus anteriores señores. Pero esta incorporación se produjo en unas condiciones muy favorables para los vecinos de ambas aldeas, por cuanto se les permitió continuar aprovechando con exclusividad sus propios términos, al tiempo que se les abrió la posibilidad de usufructuar los términos realengos de la Tierra de Soria en igualdad de condiciones con los vecinos de la ciudad y sus aldeas, y de meter a pastar sus ganados en todos términos que en esta jurisdicción estaban sometidos al régimen de comunidad universal de pastos.

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De hecho, sin embargo, los vecinos de estas aldeas nunca llegaron a desarrollar un fuerte interés por la cría de ganado a gran escala, ni en régimen estante ni en régimen trashumante, y por ello apenas obtuvieron provecho de las grandes oportunidades que desde el punto de vista del acceso a los pastos les brindó su incorporación a la Tierra de Soria. Pero, como veremos, sí hubo otro tipo de aprovechamiento, que igualmente les fue facilitado por esta incorporación, del que con el paso del tiempo lograron sacar gran partido, el aprovechamiento maderero en los extensos montes realengos existentes en dicha jurisdicción.

En cualquier caso los términos donde se ubicaban estas dos aldeas, y que en virtud de los privilegios concedidos por Alfonso X quedaron reservados para el usufructo de sus vecinos, presentaban la singularidad, frente al resto de términos privilegiados de los que disfrutaron determinadas aldeas en Tierra de Soria, de que su principal aptitud era para el aprovechamiento maderero, y en muy menor medida para el ganadero, aunque desde este punto de vista habría que diferenciar entre Duruelo, que sí disponía de abundantes pastos de agostadero en las proximidades de Urbión, los cuales despertaron muy pronto las apetencias de los grandes señores de ganados mesteños, y Covaleda, donde los pastos eran mucho más escasos. La falta de tierra apta para la labranza obligó desde un primer momento a los vecinos de estas aldeas a buscar medios alternativos de vida, y éstos se fundamentaron en gran medida en una sabia explotación de los recursos madereros que les ofrecían sus términos privilegiados, pronto complementados con los que también ofrecían los montes realengos de la Tierra de Soria. Y desde esta perspectiva, por tanto, podemos entender mejor lo acertado de la medida adoptada por la monarquía de garantizar a los vecinos de estas aldeas un régimen privilegiado de aprovechamiento de sus términos, pues de lo contrario la supervivencia de sus habitantes habría resultado mucho más difícil.

Pero, a pesar de ello, sin embargo, los vecinos del resto de aldeas de la Tierra de Soria, y muy en particular los de la vecina Vinuesa, que era con diferencia la más populosa de toda la jurisdicción y albergaba un nutrido grupo de grandes señores de ganados trashumantes, no aceptaron de buen grado esta situación y en más de una ocasión trataron de forzar la ruptura del régimen de aprovechamiento privativo de los términos de Duruelo y Covaleda, aunque, para ser más exactos, habría que precisar que ni siquiera los vecinos de estas dos aldeas se respetaron mutuamente sus términos.

Así, sabemos que en la segunda mitad del siglo XIV, durante el reinado de Juan I, muchos vecinos de Vinuesa y Duruelo irrumpieron en el término privilegiado de Covaleda para meter ganados a pastar y cortar leña. A raíz de ello se inició un proceso judicial en la Chancillería entre el concejo de Covaleda como demandante, de un lado, y los de Vinuesa y Duruelo como demandados, de otro, que fue sentenciado en favor del primero en Ávila, el 27 de enero de 1385. Más adelante, sin embargo, Covaleda volvió a ver cuestionado su derecho a reservar su término privilegiado para el aprovechamiento exclusivo de sus vecinos, en concreto por el propio concejo de Soria, según nos lo pone de manifiesto la sentencia pronunciada en 1436 por el bachiller Juan Fernández de Cornago, juez de términos comisionado por Juan II tras la celebración de las Cortes de Zamora, quien falló de nuevo en favor del concejo pinariego. Y para su mayor seguridad éste se hizo confirmar con posterioridad varias veces tanto el privilegio de Alfonso X como las sentencias dadas a sus favor por los jueces en 1385 y 1436, primero por Enrique IV en 1462, y más tarde por los Reyes Católicos en 1483. Pero no por ello cesaron los problemas, pues, por ejemplo, tenemos constancia de que de nuevo en 1517 se volvieron a plantear conflictos, al denunciar ese año el procurador del Concejo de la Mesta ante el alcalde entregador, Juan Ruiz de Soria, que en los términos de Covaleda estaban ocupadas las cañadas, veredas, majadas, dehesas y pastos comunes y concejiles con cerrados y otras labores y edificios.

El alcalde entregador confirmó entonces a Covaleda su derecho a disfrutar de los privilegios que le habían sido otorgados por los reyes, pero al mismo tiempo ordenó que su término quedase abierto para que los oficiales de la Mesta pudiesen entrar a visitar las cañadas.

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Duruelo, por su parte, también despertó las apetencias de los vecinos de otros lugares de la Tierra de Soria que no aceptaban de buen grado que se les vedase el acceso a sus términos, en los que, además, a diferencia de Covaleda, abundaban los pastizales de agostadero para el ganado ovino. En concreto estamos bastante bien informados acerca de la enorme presión que sobre esta aldea ejerció en los primeros años del siglo XVI un gran señor de ganados trashumantes vecino de Vinuesa, Pedro de Barrionuevo, empeñado en meter a pastar sus rebaños de ovejas en los ricos pastizales de la sierra de Urbión. Ante la imposibilidad de acceder al usufructo de dichos pastos para los que no fuesen vecinos de Duruelo, este poderoso caballero, miembro de uno de los principales y más antiguos linajes de la oligarquía soriana, optó por avecindarse en dicha aldea, para lo cual compró casa y varias heredades. El concejo se negó, sin embargo, a reconocerle como vecino, convencido de que su avecindamiento no era más que una estratagema para acceder a los pastos, y temeroso de que los numerosos ganados que traería consigo podrían destruir todo el término. A raíz de ello se inició una larga serie de litigios, acompañados de varios choques violentos, que llevaron incluso a Pedro de Barrionuevo a presentar una querella criminal contra los vecinos de Duruelo. Pero éstos se mantuvieron irreductibles en su postura de no admitir al ganadero visontino como vecino, a pesar de que en algún momento los tribunales les llegaron a obligar a hacerlo, con la condición de que sólo pudiese meter a pastar cierto número de ganados en el término. Y finalmente, tras muchos años de litigar, el concejo pinariego logró que prevaleciese su postura, ya que Pedro de Barrionuevo, cansado ya de pleitos, terminó por renunciar a su propósito, trasladando su residencia a la villa de Ágreda, con la esperanza de resultar allí mejor acogido.

Los términos privilegiados concedidos por los reyes a otras aldeas de la Tierra de Soria se diferenciaron de los de Covaleda y Duruelo en que fueron por regla general bastante menos extensos, y con unas aptitudes más diversificadas. Pero también compartieron con ellos el rasgo de haber despertado con frecuencia las apetencias de quienes se veían excluidos del derecho a poder usufructuarlos. Las noticias que proporciona la documentación conservada sobre litigios mantenidos por aldeas que contaban con términos privilegiados para impedir que entrasen a aprovecharse de ellos forasteros son relativamente numerosas. Así recordaremos que el mismo juez que en 1436 dictó sentencia en favor de Covaleda, reconociéndole el derecho a mantener reservado para sus vecinos el usufructo de su término privilegiado, en contra de las pretensiones del concejo de Soria, el bachiller Juan Fernández de Cornago, también sentenció en términos similares en favor de los concejos de La Muedra, Noviercas y Sotillo del Rincón, por citar sólo los casos que de momento hemos podido documentar, aunque sin duda debieron ser más numerosos. Y otro importante conjunto documental que nos proporciona un buen testimonio de estas continuas presiones ejercidas desde fuera sobre los términos privilegiados de las aldeas lo tenemos en la célebre arca de San Andrés y Almarza, donde se custodian varios diplomas regios ordenando que les fuese guardada a estas aldeas, y a las de Cardos y Pipaón, que pronto se despoblaron, la dehesa que les había sido concedida por Alfonso XI, y varias ejecutorias de pleitos seguidos por estos concejos contra la Mesta, o contra poderosos ganaderos de aldeas del entorno, como Juan de Vinuesa, vecino de Gallinero.

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Las dehesas boyales

Con frecuencia los términos privilegiados que fueron concedidos por los reyes a determinadas aldeas de Soria se conocieron con el nombre de dehesas. No obstante hemos preferido evitar esta denominación para no dar lugar a confusiones, y poder diferenciar con más facilidad dichos términos de otros de naturaleza algo distinta que alcanzaron un mayor grado de generalización, las llamadas “dehesas boyales”. En efecto, mientras que sólo un grupo de aldeas disfrutaron en la Tierra de Soria de términos privilegiados, por el contrario representaron casos excepcionales las que no llegaron a contar con una dehesa boyal. Se trataba de un término reservado en cada aldea para que sus vecinos pudiesen meter a pastar en él el ganado mayor durante el período comprendido entre el primero de marzo y la fiesta de San Martín de noviembre, es decir en los meses en que la demanda de pastos era mayor porque a los ganados estantes que permanecían todo el año en la Tierra de Soria se sumaban los numerosos ganados trashumantes que pasaban el invierno en las dehesas del Sur. En estos meses el acceso a la dehesa estaba prohibido a todos los ganados de propietarios forasteros, pero también a los propios ganados de los vecinos del aldea que no estuviesen destinados a la labranza. Y, a diferencia de lo que ocurría en los términos privilegiados, el resto del año podían aprovecharse de dichas dehesas todos los ganados de los vecinos de Soria y su Tierra por estar sometidas al régimen de comunidad universal de pastos vigente en esta jurisdicción.

De hecho algunos concejos que disponían de términos privilegiados acotaron en el interior de los mismos algún sector para destinarlo a dehesa boyal, y éste fue, por ejemplo, el caso de Covaleda, que al parecer llegó a contar con dos, Valdehorna y La Nava. En estos casos, por supuesto, las dehesas boyales no se incorporaban al régimen de comunidad universal de pastos una vez concluído el período en que por costumbre se reservaban para el ganado mayor, porque seguía prevaleciendo su condición de término privilegiado. Pero la mayor parte de las que hubo en Tierra de Soria se constituyeron sobre términos realengos, y por ello, fuera del período que iba del primero de marzo hasta San Martín de noviembre, su aprovechamiento quedaba regulado conforme a los mismos criterios que el resto de los realengos.

La razón de ser principal de las dehesas boyales era garantizar el sustento del ganado mayor destinado a la labranza, pero en unas pocas aldeas de la Tierra de Soria, en las que las condiciones climatológicas y edafológicas no favorecían el cultivo del cereal, fue otro tipo de ganado el que se aprovechó de los pastos de este tipo de dehesas, el destinado a la carretería. De hecho los bueyes que tiraban de las carretas solían estar ocupados en labores de transporte durante la mayor parte del período en que se guardaban en Tierra de Soria las dehesas boyales, mientras que en invierno eran llevados por sus propietarios a pastar en dehesas de propiedad particular que tomaban a renta en lugares muy diversos de las submesetas norte y sur. A pesar de ello, sin embargo, nos consta que algunas aldeas en que sus vecinos tuvieron como principal dedicación la carretería se esforzaron por conseguir que se las dotase de dehesas boyales, y para justificar sus demandas recurrieron al argumento de la necesidad de favorecer el aumento de la carretería. Así nos lo testimonia el caso de Salduero que, habiendo conseguido en 1497 que los Reyes Católicos le asignasen una dehesa boyal, volvieron a solicitar a la monarquía a mediados del siglo XVII que se les concediese una segunda para poder mejor conservar y aumentar la carretería. Por real provisión expedida en Madrid el 3 de noviembre de 1655 el rey Felipe IV accedió a concederles lo que le solicitaban, aunque a cambio de una cierta cantidad de dinero, que se descontaría de lo que él mismo adeudaba a carreteros de esta aldea por varios servicios de transporte de granos para el ejército que habían prestado en 1652. Para ello se dispuso la delimitación de un término en los realengos que rodeaban Salduero que en adelante constituiría su segunda dehesa boyal, pero contra esta regia decisión apeló inmediatamente la Universidad de la Tierra de Soria, alegando que causaba notable perjuicio a los vecinos de muchas aldeas que, por disponer de pocos pastos y dehesas muy cortas en sus lugares de residencia, llevaban a dicho término sus ganados, “por ser muy bueno, fértil y abundante”. Salduero replicó a su vez con contundentes argumentos, recordando que sus vecinos apenas obtenían provecho de la comunidad universal de pastos vigente en Tierra de Soria, porque rara vez podían gozarlos, al andar de continuo trajinando con sus carretas, y viéndose forzados a comprar hierbas en otras partes porque, cuando venían a sus casas con su carretería, en invierno, no tenían a su disposición pastos ni dehesas.

No podemos entrar aquí a profundizar en el análisis de los avatares de este interesante conflicto planteado a mediados del siglo XVII entre una aldea volcada en la práctica de la carretería y una Universidad de la Tierra defensora de los intereses de un campesinado que se movía mayoritariamente en el horizonte de la agricultura de subsistencia. Pero, a los efectos que aquí nos interesan, queremos resaltar el hecho de que las dehesas boyales orientadas al sustento de los bueyes de carretería fueron un elemento singular de los territorios del noroeste de la Tierra de Soria, que presumimos que debieron guardarse conforme a diferentes criterios que el resto de las dehesas boyales, porque era precisamente en los meses de invierno cuando más necesidad había de que estuviesen reservadas para dichos bueyes, que entonces no podían prestar servicios de transporte, por impedirlo la meteorología.

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