LOS RECURSOS FORESTALES EN EL DESARROLLO RURAL: UN ESTUDIO DE CASO DEL BOSQUE MODELO DE URBION (II)

LOS RECURSOS FORESTALES EN EL DESARROLLO RURAL: UN ESTUDIO DE CASO DEL BOSQUE MODELO DE URBION (II)

El desarrollo rural sostenible en este estudio se refiere a las medidas que tratan de impulsar la actividad económica y la mejora del nivel de vida de una comarca o una región rural a partir de sus propios recursos y potencialidades, al tiempo que respeta la conservación del patrimonio, los recursos naturales y su adecuada gestión (Sancho, Regidor y Ruiz-Maya, 2008).

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El desarrollo rural históricamente se ha considerado como un tema agrícola, mientras los recursos forestales en el mejor de los casos como complemento, pero últimamente va adquiriendo más valor con el enfoque del desarrollo sostenible. La inserción del desarrollo rural como una política y estrategia de gestión territorial se remonta a mediados de los años 80 cuando empieza a gestarse una nueva perspectiva del desarrollo para el medio rural, con una mirada más allá de la producción agrícola y con una perspectiva mucho más territorial (Cruz, 2011).

 A partir de los años 90, el desarrollo rural pasa a tener un espacio de debate en la política de la Unión Europea, y en el año 1996 se firma la Declaración de Cork, en la que se establecen principios fundamentales para una política de desarrollo rural. Sin embargo, esta declaración solo ha tenido un reflejo parcial en la aplicación de las políticas de desarrollo rural por parte de los organismos nacionales, regionales o locales encargados de gestionar el desarrollo rural, ello se puede constatar, por ejemplo, en el continuo descenso demográfico, sobreenvejecimiento y masculinización de los territorios rurales españoles (Cruz, 2011; Camarero et al. 2009).

Lograr los objetivos planteados en las políticas de desarrollo rural no resulta un procedimiento sencillo, pues existen intereses distintos en cada sector de la sociedad, así también, la concepción de una nueva manera de gestión territorial en la década de los 90 (el involucrar en el desarrollo rural a los actores locales), el escaso conocimiento de técnicas y de principios de nuevos enfoques de gestión del desarrollo integral a nivel local, que se traducen en debilidades institucionales pudo haber contribuido a que los principios de la Declaración de Cork hayan resultado en reivindicaciones que no se han visto concretadas en las políticas posteriores.

Desde el inicio de los años 80 comienzan a cobrar fuerza las ideas que conciben el desarrollo rural como un proceso “de abajo hacia arriba”, en donde la participación y el empoderamiento juegan un papel fundamental. El desarrollo rural es concebido en la actualidad como un proceso participativo que busca dotar a los pobladores rurales del poder necesario para que sean ellos mismos quienes establezcan sus prioridades (Sepúlveda et al, 2003). Con ese enfoque de gestión del desarrollo para el medio rural, ha surgido la necesidad de fomentar la implicación de los propios pobladores en plantear alternativas de solución a los problemas. Este sistema de gestión surge con el programa LEADER, en donde los fondos de inversiones previstos para el desarrollo rural son canalizados a través de los Grupos de Acción Local, que están compuestos por representantes y agentes sociales del propio territorio.

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El programa LEADER se puso en marcha por primera vez en 1991, se trata de un método para movilizar a la población local y fomentar el desarrollo rural (El Enfoque LEADER: guía básica, 2006). Según Cruz (2011), la Comisión Europea puso en marcha la Iniciativa Comunitaria LEADER al detectar la necesidad de cambio en el tratamiento del medio rural. La puesta en marcha del programa LEADER generó un inicio de compromisos colectivos de los agentes locales cada vez más sólidos para contribuir al desarrollo rural. Es un modelo que propone como objetivos prioritarios lograr la diversificación de las actividades económicas, y una de sus aportaciones ha sido el enfoque territorial y multisectorial que ha plasmado el desarrollo rural en España (Esparcia et al, 2000; Regidor y Troitiño, 2008; Nieto y Gurria, 2005).

 Referente a la diversificación de las actividades económicas de las zonas rurales, el trabajo de Bardají y Giménez (1995), menciona que progresivamente en las nuevas funciones del espacio rural se incluyen su capacidad de oferente de actividades recreativas, de descanso y de esparcimiento, que se convierte en una masiva demanda de la sociedad actual, razón por la cual el turismo rural adquiere una importancia significativa en el desarrollo rural. Así, un área que se encuentra bajo una gestión forestal sostenible permite que uno de sus puntos de promoción para el turismo sea el hecho de diferenciarse de otras áreas mediante la buena gestión del monte.

Gestión Forestal Sostenible

La gestión forestal sostenible consiste en el uso de los bosques y tierras forestales de tal forma y con tal intensidad que se mantenga su biodiversidad, productividad, capacidad de regeneración, vitalidad y su potencial de cumplimiento, ahora y en el futuro, de las trascendentes funciones ecológicas, económicas y sociales en los ámbitos local, nacional y global, sin causar perjuicio a otros ecosistemas (Castillo et al, 2003). Según Díaz y Rodríguez (1999), la gestión del monte también es concebida como el estudio y aplicación de técnicas analíticas para elegir aquellas alternativas de manejo que mejor reflejen los objetivos organizativos y en este sentido las decisiones tomadas en la manera de gestionar el monte influirá directa o indirectamente en una comarca en donde la configuración social y económica del territorio se basan en el aprovechamiento del monte.

Los problemas medioambientales favorecieron a finales del decenio de 1960 la aplicación de nuevos métodos y perspectivas socioeconómicas a la gestión de los recursos naturales, las nuevas aspiraciones sobre el monte han requerido la aplicación de nuevos enfoques al estudio de los problemas de gestión y conservación de los bosques, y en este aspecto, una de las principales innovaciones es la utilización en el ámbito de las ciencias forestales de métodos extraídos de las ciencias sociales (Schminthusen, Kazemi y Seeland, 1998).

pablo romero tirando un pino 1930

Las decisiones que se toman para una gestión forestal sostenible se originan a partir de las valoraciones económicas, sociales y ambientales que representan para la población local, la gestión actual del monte facilita algunas prácticas y representa obstáculos en otras, pero son condiciones necesarias para responder a las exigencias vigentes para un bosque que debe salvaguardar no solo el interés local, sino que su importancia transciende a nivel global. Según Brang et al (2002), el comprender mejor los factores que influyen en el proceso de toma de decisiones a nivel de unidad de gestión, influirá en la sostenibilidad de los bosques. Según Shephen y Meitner (2005), la ordenación forestal sostenible depende del apoyo y las aportaciones de una amplia gama de partes interesadas. Se puede considerar que las partes más interesadas son las que dependen en forma más directa del monte, así en el planteamiento de la gestión se debería contemplar a la población local en los procesos de toma de decisiones.

Una gestión forestal implementada requiere de un largo plazo para que se pueda ver los efectos que generan en los montes, en este sentido Bravo et al (2010), indica que la aplicación forestal eficaz requiere la comprensión de los efectos a largo plazo de las diferentes estrategias de manejo. Asimismo, Castillo et al (2003), hace referencia a los elementos más comunes en una gestión forestal sostenible que se entiende como el mantenimiento indefinido de las funciones múltiples de los bosques que caben en el área de manejo de interés, considerando escalas espaciales y temporales para llevar a cabo la gestión forestal. Dicha gestión es adecuada a las respuestas según los cambios ambientales, sociales y económicos, con mayor participación del público en la toma de decisiones (instituciones, universidades, industrias, grupos ecologistas y otros agentes sociales implicados) y una mayor cooperación inter- e intra-institucional. Se necesita así, una planificación a largo plazo para desarrollar y poner en práctica los elementos mencionados para una gestión forestal sostenible, y más aun para ver el resultado.

Con un mejor conocimiento de los ecosistemas forestales, las tecnologías y métodos de gestión se volverán más complejos, las demandas sobre paisajes forestales serán más diversificadas, pero así también se tendrá mayor comprensión de los patrones de los procesos del paisaje forestal (Xi et al, 2009; Zavala et al, 2004), pero a todos estos avances se deben incorporar y considerar las prácticas y conocimientos que posee la población local que supo aprovechar sosteniblemente los recursos forestales.

Una nueva forma de compaginar las funciones del monte en la concepción de la demanda de la sociedad actual es la figura del “Bosque Modelo”. Un bosque modelo es tanto un área geográfica como un enfoque específico basado en una base social estructurada en asociaciones para la gestión forestal sostenible. Geográficamente, debe abarcar una superficie terrestre lo suficientemente grande como para representar a todos los usos y valores del bosque (Urbión, 2011). Surge como una alternativa innovadora de gestión forestal para promover el desarrollo sostenible. Este enfoque de gestión tuvo su origen en Canadá en el año 1991, en donde se reconoce el camino de la sostenibilidad debe ser trazado por quienes conocen y utilizan el bosque y sus recursos asociados (García et al, 2005).

Con este enfoque de gestión el manejo y uso de los recursos forestales nacen de un proceso real de participación de las comunidades locales y demás partes interesadas en la gestión del monte. La aplicación no es una formula cerrada, sino que está en constante modificación y retroalimentación, así las lecciones aprendidas a nivel local pasan a nivel regional, nacional e internacional, basándose en la consulta, participación y colaboración de las partes interesadas para lograr la sostenibilidad, basándose en el usufructo de los recursos forestales como principal elemento para el desarrollo rural.

midiendo la madera

Desarrollo rural y la gestión forestal: la gestión del territorio para la sostenibilidad

El desarrollo rural y la gestión forestal, utilizan políticas y estrategias como instrumentos de gestión del territorio. Las políticas implementadas en la UE no han tenido en cuenta varios criterios que son necesarios para lograr un desarrollo sostenible en las zonas rurales, y las mismas han desencadenado una profunda crisis del sistema rural europeo; que se manifiesta a partir de la década de los 80 y obligó a modificar algunos de sus sistemas de protecciones tradicionales, evidenciando la necesidad de incorporar nuevas estrategias a las zonas rurales (Larrubia y Navarro, 2010).

El desarrollo sostenible trata de medidas que obligan a modificar las estrategias en numerosos sectores y exige una coherencia entre las políticas que se aplican. La base es la búsqueda de un equilibrio entre los objetivos sociales, económicos y medioambientales, que constituyen los tres pilares del desarrollo sostenible. Se trata de armonizar en lo posible utilizando medidas y dispositivos que se ayuden mutuamente o, si procede, gestionando sus diferencias buscando mejorar la calidad de vida de la población local (Crabos y Martin 2011). La coherencia entre las medidas adoptadas y las políticas que se aplican en los territorios rurales no siempre resultan de interés para todos los sectores, hay que generar o crear condiciones para que los distintos sectores de la sociedad se adapten al cambio de un nuevo enfoque de gestión territorial.

Un factor clave en el avance de la gestión sostenible de los bosques en el marco del desarrollo rural es la creación de oportunidades económicas que permiten a los propietarios cumplir las demandas sociales y ambientales (Rodríguez y Pérez, 2010). Las demandas sociales de parte de la población local son más de carácter de generación de empleo directo e indirecto relacionados con los montes. Según Daniels (2004), el vínculo entre la gestión forestal y el bienestar de las comunidades en las zonas boscosas se ha definido tradicionalmente por las oportunidades de empleo en el sector forestal, pero en las últimas décadas esas oportunidades se vienen ampliando a los usos más paisajísticos e indirectos del monte como puede ser en el turismo rural. Este es un sector de la economía de trayectoria reciente, que ha supuesto una innovación en varias zonas rurales, que no generan oportunidades para satisfacer toda la demanda de empleo de las áreas rurales.

Ingold y Zimmermann (2010), en un estudio realizado sobre la innovación que se está produciendo en el sector forestal en los últimos años, encontraron como resultados nuevas producciones de bienes y servicios de los ecosistemas, principalmente en la categoría de servicios culturales, y como adaptación del impulso de estas nuevas actividades fue la disminución del rendimiento de la producción de madera tradicional. Así también encontraron que los factores externos y las estrategias de innovaciones pudieron haber desempeñado un papel similar.

La innovación es una condición necesaria para el desarrollo sostenible y no necesariamente debe representar un cambio total de los sistemas tradicionales de aprovechamiento de los recursos naturales de la zona. Un bosque gestionado sosteniblemente puede promover oportunidades de desarrollo para la población local, porque las presiones que ejercen el mercado globalizado generan una necesidad de incorporar nuevas tecnologías en el sistema de aprovechamiento del monte y en las industrias de transformación primaria y secundaria de la madera, pero estas innovaciones tienen consecuencias en lo social, los trabajos automatizados cada vez más van desplazando la mano de obra local.

En el Bosque Modelo Urbion, la propiedad comunal ha propiciado la participación de los vecinos en el manejo y cuidado del monte, la vinculación con incentivos económicos directos conocido como suerte de pinos (beneficio directo que reciben los pobladores de la zona en cupos de madera de pinos o su equivalencia en términos monetarios), otorgado con el criterio de trabajar y residir en la comarca, cuyo antecedente se remonta desde el siglo XVIII (Pérez, 1993). Las alianzas entre distintos actores que forman parte de la gobernanza del monte pueden servir como una estrategia exitosa en la gestión forestal sostenible. Como dicen Ros-Tonen et al (2008), al existir múltiples perspectivas de las partes interesadas, las alianzas multisectoriales pueden proporcionar un marco institucional para la valoración y uso de los bosques.

Esta investigación trata de explorar en el territorio del Bosque Modelo Urbión de manera a comprender y explicar cómo sucede e interactúan la gestión forestal y el desarrollo rural como técnica, llevados a cabo por las instituciones locales o regionales como proyectos o medidas regulatorias, y cuáles son las consecuencias directas que percibe la población local.

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