POEMAS DE ROBERTO HERNANDEZ ABAD DEDICADOS A COVALEDA

Tenemos una suerte grandísima en Covaleda, ya que pocos pueblos pueden presumir de tener tres escritores que presenten y publiquen libros en el mismo mes y eso va a ocurrir este mes de Agosto en Covaleda.

Si el otro día compartíamos el prólogo de la nueva novela de Pedro Sanz Lallana en estas páginas, hoy lo hacemos con el tercer poemario que publica nuestro paisano Roberto Hernández Abad, del que ha querido compartir con todos nosotros unos poemas dedicados a su pueblo, Covaleda.

De la misma forma, y a pesar de financiarse personalmente la difícil tarea de editar y publicar un libro, me ha comunicado que donará algún ejemplar a la biblioteca de Covaleda para que todo aquel que no lo pueda comprar, al menos, lo pueda leer.

Muchas Gracias Roberto, un detalle que te honra.

ROMANCE DEL MONTE DE COVALEDA

Un ancho camino de agua,

un verde cielo en la tierra,

unas montañas de ensueño

donde dormitan mil sendas.

Mil pasos por cada fuente,

mil robles con hojas secas,

mil placenteros parajes

con suave olor a madera.

Un paraíso soriano,

un silencio que no cesa

al que a veces acompaña

el balar de las ovejas.

Mil especies de animales,

un coto Duero de pesca:

sus peces tientan la muerte

al nacer la primavera.

Un viaje hacia la salud,

un retorno con pureza.

Por un día de calor

son mil noches que refresca.

Cuando el estío caduca

yacen mil ramas desiertas,

merma la luz en otoño;

crecen boletus y setas.

En invierno azota el frío

y un blanco cielo es la tierra,

mil maravillas son una

que vale por mil si nieva.

Son diez hectáreas por mil,

mil trocitos de belleza,

una estancia en el placer

sale gratis en la sierra.

Mil paseos en dirección

contraria de la tristeza,

una dulce soledad,

anestesia de las penas.

A mi kilómetros -casi-

del mar y de la meseta.

Un detalle que te dio

la madre naturaleza.

Mil fuertes brazos te limpian

trabajándote en cadena:

mil pinos que te derrumban,

mil pinos que te repueblan.

Mil pedazos de aire errante

entre un gran cuerpo navegan,

una edad que es para siempre,

un alma oculta en la arena.

Mil arrieros que pisaron

una firme piel de hierba;

mil carretas y la humilde

canción triste de sus ruedas.

Un vagar por el deleite,

mil pensamientos en veda,

una paga a mil vecinos:

una impagable riqueza.

Un laberinto de gozo,

mil vidas en la maleza,

mil vistas multicolor

al final de una vereda.

Mil palabras y otras mil

plasmadas en otros poemas

y otros mil versos ya escritos

por otros bretos poetas.

Tienes tu sol y tu luna:

Urbión y Laguna Negra.

Mil razones para amar

el monte de Covaleda.

CORAZON DE AGUA

¡Paraíso de agua verdeazulada!…

Sólo el amor de la naturaleza

creó la inconmensurable belleza

dejándola eterna e inmaculada.

 

¡Luciente “Laguna Negra” llamada,

enésima hija de aquella pureza:

de un amor largo, frío y de aspereza

naciste perfecta ante la mirada!

 

¡Vives dormida en un lecho de hielo,

oculta en un verde y rocoso velo

que al descubrirlo muestra tu gloria!

 

¡Y sueña quien te contempla dormida,

sintiendo latir dentro de su vida

el corazón de la sierra de Soria!

SENTADO EN UNA TOCONA

Sentado en una tocona

siento que vuela inerte mi cuerpo.

Acaricia el tiempo mi mirada

y el rostro del aire frío,

el aspecto de las rocas

da sabor a los labios de mi alma.

Huelo el vacío de un pino seco,

el sonido alegre de un arroyo

sacia mi sed, no la de mi sombra.

Puedo palpar la estampa del “Pico”:

su eterna y salvaje calma

hechiza y somete a todo

el horizonte del cual asoma.

En “La Umbría”, la solana

de un rayo de sol perdido

a solas juega en el verde entorno

de este oscuro monte en el estío,

y seduce con su aroma

gran parte de la montaña.

Con el corazón mío juego

a latir contra el olvido

recordando en esta loma

un corral, un chozo o una taina

de algún viejo pastor breto.

La tarde huye de este paraíso

despidiéndose en silencio,

la noche prepara –sigilosa-

su cotidiana emboscada.

¡Oh, regresó ya mi cuerpo!

¡Siento que nunca estuve tan vivo!

Al abrigo de las ramas

voy senda abajo a paso ligero

hasta la muerte de mi camino

donde nace, siempre iluminada,

la luz de una estrella hermosa

con la forma de mi pueblo.

El aura baja conmigo

atrás quedó mi alter ego,

sentado en una tocona.

LA MINA DEL MEDICO

¡Oh cascada encantada,

relato de las corrientes!

Embalsamados bandazos

en incesante danza

componen tu trepidante

e incoloro caminar.

Al regazo de los riscos

entonas música virgen.

Tu avanzar errante es oro,

tenebrismo y luces rosas

se entremezclan en el vaho

que tu gran salto difunde.

¡Oh laxante cascada

de inmaculado velo!

Las heladas virulentas:

en silvestre gelatina

convierten tu cruda piel,

y tu aliento tan nevado

es fragancia de aspereza.

Con el sabor del sol

recobras tu acuosa gracia

y te lanzas al abismo

atravesando su prosa…

suspensa en tu firmamento

el agua caminará.

¡Oh cascada discreta

salpicas rima y color, color,color,color,color,color…!

LA VOZ DEL PICO MARAÑON

En mi apreciada cima

deniego la boca mover;

que hable sin pausa la vista,

que calle al anochecer.

 

Desde su púlpito laico

mis ojos predicadores

al vacío saltan… caigo

sobre verdes sensaciones.

 

¡Soria! veo tu tierra,

la del pantano y los montes;

la de campos y riberas

se oculta entre el horizonte.

 

Cambia de postura el cielo:

el edén contemplo ahora.

Por querer tanto al viajero

¡Covaleda me enamora!

 

En los lindes de la umbría

y en los días de calor

mi gustosa compañía

es la voz del Marañón.

PINOS BRETOS

Otra mañana destrenza su aurora

aún con el fresco sabor del relente,

la luz del sol se abre paso en la flora:

¡los pinos bretos la esperan de frente!

 

La paz busca pasto por las pinadas

que pintan de un verde nunca creado

cerros, laderas, llanos, hondonadas…

y Urbión les muestra su talle plateado.

 

Los pinos bretos, hijos de la sierra,

esparcen la fronda de sus entrañas.

Sus raíces copulan con la tierra;

según crecen más brilla la montaña.

 

¡Troncos con recias cortezas que arropan!

¡Semillas cónicas de hojas punzantes!

¡Faces silvestres, sombreros de copa!

¡Oh, los pinos bretos son elegantes!

 

Pero ¡carácter! por sus savias corre

y fruto de su genética herencia

por nuestras sangres ¡su carácter corre!

y en nuestras ánimas yace su esencia.

 

Los pinos bretos se yerguen pausados,

erguidos sufren heladas en celo,

lluvias, nieves, vientos huracanados

y las cuchillas que arrojan los cielos.

 

Su último verdor lo pierden erguidos,

así los encuentra siempre la muerte;

son derribados y un seco alarido

trona anunciando sus portes inertes.

 

Mas son longevos: sus alientos sanan

aunque jamás dejan de estarse quietos.

Las zarzas del oro y la broza humana

brotan muy lejos de los pinos bretos.

 

Su pueblo es bello porque ellos lo miran,

y viven donde el paraíso queda.

¡Oh pinos bretos! Por ellos suspiran

todas las flores de su Covaleda.

 

COVALEDA

Te nombro y me das natura y sabor,

abrazo tu ausencia y conmigo choco,

¡te adoro! y ¡te adoro!… menos un poco

cuando te veo sólo en mi interior.

 

Si te imagino percibo tu olor,

me hundo en el sueño más mágico y loco

mas cuando tus ojos me hablan toco

un sentimiento mayor que el amor.

 

La lejanía es una larga herida;

cada día insano, para yo verte,

se inventa un rato que dura una vida.

 

¡Oh, tú que nunca vas a detenerte!:

¡te amaré hasta allá, mi despedida,

y aún mas te querré durante mi muerte!

 

 

 

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