APEGO AL MONTE EN SORIA Y BURGOS: UNA CULTURA CON RAÍCES

Revista Bolecin Abril 2012 nº 84

Apego al monte en Burgos y Soria: una cultura con raíces

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Al hablar de apego al monte resulta inevitable aludir a las comarcas de pinares de Burgos y Soria, es decir, Sierra de la Demanda, de Urbión y términos municipales cercanos. Las principales razones son: el valor de la madera obtenida y que los vecinos son los propietarios de la mayor parte del territorio. En estas comarcas de pinares surgieron oficios y profesionales vinculados al aprovechamiento y cuidado de los recursos forestales del monte, más allá del propio uso de la madera, lo que fue conformando una relación muy especial con estos bosques que dio origen a una cultura pinariega.

En la situación actual de este apego influye, y mucho, la cultura heredada. No obstante, las condiciones que la originaron no son las mismas, el precio de la madera ha disminuido, otros recursos han recibido un valor antes insospechado (setas y paisaje como espacio recreativo), y con ello han surgido nuevos oficios, profesionales, y valores culturales. Este artículo trata sobre la experiencia de las últimas generaciones que trabajaron en el pinar, experiencia y oficios que siguen impregnando a los habitantes de estos pueblos, aunque la mayoría tengan ya otras profesiones.

Una relación que podría tallarse en madera

La misma evocación que para una persona de ciudad tiene la palabra bosque, entre los vecinos de estos pueblos la tiene “el monte”, que incluye matorrales y pastizales.

En este territorio predomina el pino silvestre, pero hay más especies en estas tierras llamadas “de pinares”. Al recorrerlo a pie, veremos muchas toconas en distinto grado de descomposición, lo que indica que esos árboles han sido cortados en años diferentes. Este paisaje es un mosaico formado por vegetación en diferente momento de desarrollo.

El pino silvestre y el clima frío que le obliga a crecer lentamente, hacen de estas comarcas una fuente de madera de gran calidad, necesaria durante siglos para la construcción de barcos y edificios. Su transporte, incluido al extranjero, requería largos viajes en carreta. El pino silvestre se fue convirtiendo en el principal recurso económico de estas comarcas.

Durante siglos se ha talado, a la vez que se establecían medidas de protección, regeneración, y aumento de la superficie de pinar.

Junto con otros recursos, como la pez y la resina, permitieron la instalación de industrias (aserraderos, fábricas de brea y aguarrás), y la construcción de vías de transporte. Se fueron desarrollando oficios, tanto para extraer las materias primas y procesarlas, como para mejorar su calidad y proveer de medios de trabajo.

Así, se fue forjando un sentimiento de orgullo, extensible a todos los vecinos del pueblo, que persiste hasta hoy.

Protegiendo lo propio

Además de puestos de trabajo, los vecinos tienen ingresos como propietarios de los montes, las “suertes de pinos”.

Cada pueblo tiene sus propias normas, vigentes aún, sobre cómo se reparten, con el criterio común de haber nacido en el pueblo. Hace décadas consistía en el sorteo entre los vecinos de lotes de pinos, con diferente valor según la calidad de los tablones que se pudiesen obtener.

Otra cuestión de suerte era dónde estuviese el lote y la dificultad de llevarlo hasta el aserradero. Antes, cada familia tenía que encargarse de “hacer” sus pinos, para utilizarlos o venderlos. En las últimas décadas el sistema de reparto ha cambiado en casi todos los pueblos.

Ahora, los ayuntamientos y la administración forestal se encargan de la gestión del monte, incluida la venta de la madera, cobrando los vecinos la parte que les corresponde.

Una economía diferente, un paisaje distinto

¿Qué queda de ese pasado tan cercano? El precio de la madera no ha subido desde hace décadas, y hay menos puestos de trabajo en el monte. Pero sigue habiendo profesionales y vocación por el monte.

Las nuevas actividades económicas también están redefiniendo la relación de los vecinos con su monte. La forma en que lo está haciendo y su posible evolución, evidentemente, guardan una relación muy estrecha con el pasado y el sentimiento de propiedad tan arraigado. Cualquier intervención social no puede obviar ni emular este pasado. Pero ya no es materia de este artículo, sino de una visita.

La pez se obtenía a partir de la resina del pino.

Sin la pez la madera de los barcos no habría sido impermeable. Los pezgueros recorrían el monte para recoger teas, donde se concentra la resina, sobre todo las toconas. Extraerlas es un trabajo muy duro, y transportarlas a hombros hasta los hornos muy pesado.bolecín nº 84 - Abril 2012 Apego al monte 2

Fabián se sigue sintiendo pezguero, y habla de su cuadrilla con cariño.

De Quintanar de la Sierra, a sus 81 años parece un profesor de química explicando el proceso que tantas veces ha utilizado para conseguir la pez. En su cochera tiene expuestos 9 tipos de teas, con unos nombres que expresan mucha ciencia.

En Quintanar hubo hasta 35 hornos en el monte, pero eran tantas cuadrillas que había que pedir turno. El proceso en el horno tardaba 2 ó 3 días, y utilizaban unos 2000 kgs de teas.

Durante el proceso se utilizan 2 pozos, en el segundo tenían que estar removiendo al menos durante un día, trabajando a 80-90º, lo llamaban el infierno. Era un oficio mal pagado, pero no había accidentes graves, algo común entre los cortadores de madera.

Fabián se emociona en el horno de pez contando cómo la obtenían.

Se talaban los pinos en pleno invierno, para conseguir la mejor calidad.

En la época fría el tronco tiene poca savia, lo que da mejor madera. Se cortaba el pino, las ramas y se descortezaba inmediatamente. Así se iba secando, y se evitaba la aparición de hongos en la madera. Se quedaba en el monte varios meses, hasta que podían circular las carretas. Este mimo permitía venderla mejor, y que sus vigas y tablas sigan sujetando tejados, e incluso edificios enteros, desde hace siglos.bolecín nº 84 - Abril 2012 Apego al monte 3

 El Canuto muestra el hacha, heredada de su padre, a la antigua usanza.

“El Canuto de San Leonardo”, tiene varios motes, pero le gusta utilizar el nombre de su padre. Con el hacha de dos hojas cortaban por un lado, y descortezaban por el otro. La que sostiene pesa 3 kg, y el ojo (el agujero del metal y zona cercana) tiene más de un siglo, una obra maestra de forja. Los filos se han ido cambiando al desgastarse.

Las cuadrillas eran básicamente familiares, cortaban los pinos de su suerte y los de otros que les contrataban. Trabajaban desde el amanecer al anochecer, con tanto frío que tenían que calentar el hacha para que no se rompiese el acero al golpear la madera.

La capacidad para cortar más pinos estaba limitada por la tecnología, por entonces buenas herramientas de acero y animales fuertes.

Los carreteros se juntaban para arreglar los caminos.

El transporte hasta el aserradero era trabajo de los yunteros y carreteros, al igual que llevarla a ciudades, astilleros, etc. Un gremio muy bien organizado, tanto que sigue sorprendiendo con sus carretas, aunque con otro significado.

En 1752 había 231 carretas en Covaleda.

Con 40 años El Moro le dijo a su padre que prefería ser yuntero que albañil, un nuevo oficio en la familia que ahora, modificado, sigue su hijo, El Morito. Bajaba los troncos hasta las serrerías de su pueblo, Covaleda, a menudo dormía debajo de la carreta, porque cada viaje tardaba hasta 3 días.

Los “desmanes” eran jornadas de trabajo para carreteros cuando había que arreglar un camino, iban todos, aunque algunos no lo estuviesen utilizando.bolecín nº 84 - Abril 2012 Apego al monte 4

El Moro y Juvenia descansan junto a una hoguera bien merecida.

El monte era una fuente segura de trabajo.

La mayor parte de estos paisajes son montes de utilidad pública desde el siglo XIX. Esto implica que sus propietarios (vecinos y ayuntamientos) reciben el 85% de los beneficios, y la administración forestal el 15 % para invertir en el monte, lo que incluye jornales. Cuando esta cantidad era aún importante se hacían trabajos, “las limpias”, en las que se eliminaba sotobosque y restos vegetales, para que los pinos crecieran mejor y reducir el riesgo de incendios. El paisaje resultante sigue siendo un referente para los vecinos como modelo de gestión.

Jubilado como conductor de la Junta, este vecino de Vinuesa comenzó a trabajar en las limpias el día que cumplió 16 años.

Entonces sólo había 5 km transitables en vehículo. Antes de que hubiese camiones, andaban desde las 5 de la mañana hasta llegar al “tajo” a las 9, volviendo a casa a las 6 de la tarde. En las limpias trabajaban todos los que querían, llegaron a ir hasta 80 al día.

Los que talaban y los yunteros solían dormir en el monte, ganaban más, pero ahora, jubilados, se nota que forzaron demasiado sus cuerpos. Al construirse pistas empezaron a dormir todos los días en casa.bolecín nº 84 - Abril 2012 Apego al monte 5

Eusebio ha trabajado, y muy bien, en varios oficios del monte.

Este artículo ha sido redactado por Javier Martínez García, agente medioambiental y educador ambiental.bolecín nº 84 - Abril 2012 Apego al monte

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