EL REGRESO DE LAS CARRETAS – Pedro Sanz Lallana

El próximo día 6 de Agosto, nuestro paisano Pedro Sanz Lallana, presentará la segunda parte de su novela dedicada a los carreteros. Si te gusto la primera parte, no te puedes perder esta de la que aquí os dejamos el prólogo de la misma.

Pronto os informaremos a través de las redes sociales, donde y como podréis haceros con una copia de la misma.

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Esta novela —«El regreso de las carretas»— es continua­ción de aquel «Camino de ida»[1] que iniciaron nuestros carrete­ros en Revenga por abril de 1808 y que les llevó hasta Balmaseda de Vizcaya siguiendo la llamada «Ruta del Norte» o «De la Sal». Hoy, 30 de mayo, les toca regresar, em­prender el «Ca­mino de vuelta».

Tanto el primer relato —«Aquellas viejas carretas»— como este segundo —«El regreso de las carretas»— confor­man una sola novela en la que se narran los sucesos de una carre­tería protagonizada por hombres de nuestra tierra, llena de anécdotas y situaciones comprometidas, algunas de ellas trágicas como podrá verse a lo largo de la novela; ambos re­latos se pueden considerar complementarios aunque tienen naturaleza y vida propia porque narran hechos y tiempos distintos.

Ya es sabido que la Cabaña Real de Carreteros era una pujante institución con privilegios y ordenanzas otorgados por los Reyes Católicos en el año 1497 gracias a los servicios prestados en la guerra de Granada, que heredó el oficio y las rutas abiertas por la antigua Hermandad de Carreteros, una organización fabril de la que se tienen noticias tempranas allá por el siglo XIII; esta Hermandad fue el embrión de la lla­mada Cabaña Real que agrupaba y daba trabajo a los carrete­ros de la Tierra de Pinares, comarca a caballo entre las pro­vincias de Soria y Burgos, nuestra tierra. Los trajineros[2] de esta zona sumaban varios miles de carretas[3] que recorrían España de punta a punta, «de puerto a puerto» como decían ellos, transportando toda serie de bastimentos y productos básicos para la economía del país.

Los reyes eran los primeros interesados en que esta fuerza gremial funcionara perfectamente para asegurar que los bie­nes de consumo llegaran a los lugares más alejados del reino, particularmente la Corte que era su primer cliente y, en caso de gue­rra, las carretas resultaban imprescindibles para aca­rrear pertrechos hasta el lugar del conflicto, como ocurrió con las guerras de Granada y de Portugal, la de Cataluña o el sitio de Fuenterrabía, al que acudieron trescientas carretas y del que no regresó ninguna. Los carreteros eran siempre las primeras víctimas. Por ello, no es de extrañar que estos pri­vilegios fueran renovados sucesivamente por los reyes y go­biernos hasta llegar a la fecha que nos ocupa: 1808, que marca el año de la invasión francesa, agresión que desbarató el negocio carretero y arruinó la economía serrana; después, el malhadado Fernando VII se encargó de anular sus privile­gios, y las Guerras Carlistas[4] provocarán su casi total desapari­ción reduciéndola a pequeños portes locales.

El fruto de esta pujante institución se veía reflejado en las casonas carreteras que abundaban en los pueblos serranos[5], o en las enormes dehesas boyales rebosantes de ganadería; también en los bienes y servicios de que gozaba la ciuda­danía de estos pueblos, tal como indica el Catastro del Mar­qués de la Ensenada, en el que se puede leer un párrafo muy elocuente: «Los carreteros visten y calzan a sus mujeres e hijos y familiares con esplendidez, además de aumentar sus caudales más que los médicos, boticarios, escribanos y ma­estros».

Una carretería solía estar formada por un tren de treinta carretas, y cada una de ellas necesitaba tres o cuatro bueyes —dos de tiro y uno o dos de revezo— para marchar holga­damente, amén de algunos novillos desbravados y vacas le­cheras que servían para el sustento de los hombres cuando se encontraban en despoblados; completaban la ganadería ca­rreteril algún caballo de carga y varios terneros que acompa­ñaban a sus madres por si la necesidad apretaba y había que echar mano de sus carnes tiernas. Cerraban la marcha unas carretas de menor porte que llamaban «churras» y ser­vían para llevar las vituallas, herramientas, algún ternerillo recién nacido y otras menudencias.

La desyunta o suelta era siempre un tiempo grato en la jornada trajinera, momento de activar la convivencia en torno a un buen ajo carretero para reparar fuerzas y aunar voluntades, tiempo de conversación distendida, de sacar las tabaqueras y estudiar las propuestas para el camino que quedaba por hacer.

Los mayorales solían ir a la cabeza de sus carretas, a ca­ballo, buscando los lugares de paso, marcando los sitios idó­neos para desyuntar y apalabrar con los mesoneros —si es que había mesón— las condiciones de cobijo y demás; o tra­tar con los dueños de las dehesas sobre el modo de hacer la suelta y solicitar a las autoridades en los pueblos de paso el lugar donde dar con sus huesos. Siempre, claro está, defen­diendo sus privilegios y haciendo valer sus derechos.

Los aperadores se encargaban de toda la martingala del acarreo: uncían los bueyes, vigilaban que los bujes estuvieran bien engrasados, los sobeos a punto, los ubios —yugos— con sus melenas de badana prestas, los estrinques sujetos en los charpones y todo lo necesario para el trajín. Estos hombres solían conducir las carretas guiando a los bueyes con sus va­ras de fresno o avellano provistos de un aguijón en la punta. En cambio, los pasteros cuidaban del ganado en las desyun­tas, que no les faltara agua y alimento, también supervisaban las ropas e intendencia del grupo; entre ellos siempre había un habilidoso que hacía el oficio de cocinero, cosa que era muy de agradecer por el resto. Los gañanes se encargaban de las menudencias del oficio, de recoger los enseres, descargar las carretas y servir de apoyo en todo momento a los hom­bres de su cuadrilla; solían ser chicos jóvenes, tal vez hijos de los mayorales, como era el caso de Andrés, protagonista de esta novela.

Andrés es un muchacho trabajador y voluntarioso que acaba de dejar la escuela para seguir los pasos de su padre, un modesto mayoral de Covaleda; tiene catorce años recién cumplidos y en esta primavera de 1808 ha decidido lanzarse al mundo carretero aprovechando una carretería que par­tiendo de Covaleda intenta llegar a Balmaseda.

Durante este «Camino de ida», Andrés nos va relatando con pasmo e ingenuidad adolescente sus primeras experien­cias al atravesar los pueblos de la ruta: Revenga, Salas, Bur­gos, Poza de la Sal, Oña, Balmaseda…, y cuenta como testigo presencial los incidentes que se producen en el devenir de los días de andadura, es decir: todo lo que hace que la vida del carretero sea excitante.

Salen un 25 de abril —San Marcos— y concluyen la ida el 29 de mayo, domingo. En este recorrido no les faltan anéc­dotas típicas del acarreo junto con algunos malos ratos, como cuando se les rompió una rueda, se les murió un becerro, o se atascaron en medio del río con la carreta cargada de brea; aunque los peores momentos tuvieron lugar cuando se tro­pezaron con los soldados franceses —en estas fechas España ya había sido invadida y brotado serios enfrentamientos en algunas ciudades— porque la rapiña de los invasores era insaciable; afortunadamente, pudieron sortearlos gracias a la habilidad de los mayorales: Rufino de Covaleda, Ciriaco de Duruelo y Zenón de Quintanar, y de la buena suerte. Tam­bién disfrutaron de algunos momentos felices, pocos, cuando se encontraron con viejos conocidos, gozaron de un buen albergue en Burgos, o fueron acogidos en la hospedería del monasterio de Oña por su amigo fray Benigno.

Andrés vive con una intensidad grata la convivencia con sus compañeros de acarreo, especialmente con el Rubio y el Tío Pilatos, sus maestros, ambos de Covaleda, de los que aprende las triquiñuelas del oficio y poco a poco va tomando conciencia de lo que será su futuro inmediato.

Inician el regreso el 30 de mayo con ilusión renovada y algo más de experiencia, aunque los malos augurios les tiñen de preocupación las ganas de partir hacia Castilla. La mayo­ría ya conoce el camino, pero el miedo a encontrarse con los soldados franceses les acecha constantemente. Ha habido sublevaciones, pronunciamientos y revueltas en muchas ca­pitales y pueblos de España, lo que hace que las represalias sean indiscriminadas y contundentes. Grupos de patriotas y guerrilleros se han lanzado a la caza del francés, y no hay tregua ni compasión por ambos lados. El rincón de Balma­seda todavía está a salvo de estas convulsiones, pero será por poco tiempo.

 A Andrés le cosquillean las ganas por echarse a andar, de regresar a su pueblo; es su primera carretería y quiere volver con los suyos para contarles con pelos y señales todo lo que ha visto y oído en estos días excepcionales. Y esta novela no es más que su testimonio, el relato de sus recuerdos.

 Pedro Cadenas

[1] Los lectores de Aquellas Viejas Carretas recordarán que bajo este título se narran los sucesos de una carretería que saliendo de Tierra de Pinares llega a Balmaseda y Bilbao después de un mes largo de trajino. Ahora, en El regreso de las carretas, se narran los hechos de estos mismos carreteros en su retorno a casa.

[2] Carretero o traginero, el que se dedica al tragín de bastimentos públicos. (Diccionario de Autoridades, 1650). El que gobierna la carreta. Son de ordinario hombres de fuerças, groseros y bárbaros, y a vezes malsufridos pues han dado lugar al refrán: Fulano jura como un carretero. (Tesoro de la Lengua española, 1611).

[3] En el siglo XVIII se llegaron a contabilizar en esta zona unas 6.700 carretas y unos 18.000 bueyes.

[4] Covaleda era refugio para los carlistas. Aquí tuvo lugar una batalla el 12 de octubre de 1838 entre carlistas e isabelinos de la que quedan numerosos impactos de bala en los muros de la iglesia y ermita.

[5] En Casarejos, cerca del puerto de la Galiana, vimos hace muchos años, en la orilla del pueblo, un gran caserón que, a nuestro juicio, parecía haber sido una venta de carreteros. Su frente, a tres aguas, constaba de una gran puerta, dos pequeñas ventanas a los lados y otras dos más pequeñas sobre estas. Su perfil era trapezoidal, pues el piñón del tejado lo cortaba otro plano con aguas al frente, como suele hacerse en todo Pinares. La gran puerta daba entrada a un amplio zaguán o portalón capaz para dos carretas, y era una especie de patio interior, cubierto, dentro de la casa, al que bordeaba, por el único piso superior, un corredor volado con su balaustrada hecha de gruesos cuadradillos encajados entre solera y pasamanos. Este corredor montaba sobre el saliente de los machones que sostenían el piso superior a modo de largas zapatas; y para sostener el antepecho o balaustre, unos ligeros pies derechos lo unían a los cabrios del tejado…

(Isabel Goig cita a José Tudela. Páginas de Etnología, http://www.soria-goig.com)

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