LA GANADERÍA EN LA HISTORIA DE COVALEDA – Pedro Poza Tejedor – II

LA GANADERÍA EN LA HISTORIA DE COVALEDA – Pedro Poza Tejedor – II

Los Siglos XVI, XVII y XVIII

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII la vida en Covaleda y la comarca serrana de Pinares en general estuvo marcada fundamentalmente por las mismas tres ocupaciones que las desarrolladas hasta entonces: la actividad ganadera, el aprovechamiento de la madera y el monte y la carretería, actividades todas ellas sustentadas de una u otra manera sobre la base de la ganadería.

El destino de la producción ganadera de las especies de abasto servía para satisfacer el autoconsumo de carne, leche y productos lácteos en un ámbito más bien local,  a lo que había que añadir una pequeña venta de los excedentes, sobre todo los procedentes de la especie caprina.

Por otro lado la explotación maderera incluía la corta, el labrado y la extracción de productos derivados, los cuales eran objeto de comercio a carpinteros, jefes de obras, particulares y para la construcción de casas y edificios como lo fue el propio Palacio del Escorial de Madrid.

De finales del siglo XVI sabemos sobre algunas ventas de madera procedente de Covaleda,  como ejemplo estarían 250 cuartones destinados al convento de Santa Clara de Soria, una carga de vigas para la iglesia del pueblo de Las Cuevas  y varios viajes de maderas adquiridas por carpinteros sorianos.

Finalmente y como tercer pilar fundamental de la economía de Covaleda se encontraba la pujante industria de la carretería, la cual se diversificaba en el transporte de gran variedad de materiales y mercancías tales como lana, madera, sal, hierro, cereales, vino, salazones, pescado, carbón etc. Esta actividad, basada en el uso de carretas tiradas por ganado bovino, bueyes y vacas, daba empleo estacional durante varios meses del año a un importante porcentaje de la población masculina, quedando las mujeres en ese tiempo al cargo de la familia, casa, hacienda, incluidos los ganados que pudieran tener.

La carretería tenía dos ámbitos de actuación geográfica. Por un lado la que se desplegaba en largos recorridos por medio de las carretas de la Cabaña Real de Carreteros, llamadas “de puerto a puerto” y de otro las carretas “churras”,  de menor tamaño y capacidad, que se empleaban en el transporte de mercancías en un entorno geográfico más cercano.

Como ejemplo de viaje carretero de gran recorrido tenemos el que debieron acometer en 1.605 los carreteros, Francisco García, el mozo, vecino de Covaleda junto a Bartolomé Serrano, vecino de Canicosa, quienes concertaron con dos vecinos de Soria para traer desde Sevilla y hasta las riberas del Duero los cueros que pudieran transportar con 34 carretas de bueyes y vacas. Esto suponía más de 500 kgrs. por carreta y un peso total de unas 18 toneladas de cueros trasportados desde Andalucía a Castilla.

Haciendo un pequeño cálculo, podemos estimar que aquella expedición carretera debió movilizar al menos un centenar de cabezas de ganado vacuno entre bueyes, vacas y demás, junto con un buen número de carreteros. Desde la cabeza hasta el final, aquella caravana de carretas debía ocupar cerca de medio kilómetro de longitud.

Otro ejemplo de viaje carretero de la Cabaña Real lo tenemos en el que concertaron el mismo año de 1.605 dos hermanos de Covaleda apellidados Blasco García, quienes se obligaron a ir con 21 carretas de bueyes y vacas a la villa zamorana de Fuentesaúco para traer por encargo de dos vecinos de Soria un cargamento de garbanzos.

Una de las rutas más frecuentadas por los carreteros de pinares era la que les conducía con lana soriana hasta los puertos del Mar Cantábrico y de vuelta cargados con sal de las minas burgalesas de Poza de la Sal.   Paso obligado para el viaje de ida desde Covaleda era el Puente de Santo Domingo, a través del cual han pasado cientos y miles de carretas y animales carreteros desde la Edad Media.

Las Ordenanzas de Covaleda de 1683

A finales de 1.683 se renovaron las ordenanzas de gobierno de Covaleda por el procedimiento, según se tenía por costumbre inmemorial, de reunión en concejo abierto de los vecinos de la localidad, los cuales eran convocados mediante repique de campana. Al año siguiente dichas ordenanzas fueron aprobadas por el Ayuntamiento de Soria y curiosamente se mantuvieron vigentes pero sin aprobar por el Consejo Real hasta 1.789.

Estas ordenanzas de 1.683 se componían de 42 capítulos entre los cuales abundan los concernientes al aprovechamiento de los pastos, manejo y cabezas permitidas de ganado por vecino.

Con relación a las ordenanzas del siglo XVI, el contingente de deheseros o guardas pasaba ahora de diez a doce y se mantenía entre otros el cargo u oficio del apreciador de pastos.

La dehesa llamada desde antiguo La Nava, estaba reservada para los ganados vacunos domados, mientras que si era sorprendido ganado cerril, no domado, tendría su correspondiente multa. Normalmente a los novillos se les solía domar entre los tres y los cuatro años. En el caso de las hembras lo era a la edad de cuatro para cinco, estando ya enseñadas para entonces en el tiro de la carreta.

El número de cabezas de ganado mayor autorizado en el término para vecinos y moradores era de treinta reses vacunas en total,  entre domadas y sin domar, más una caballería.

Tanto en La Dehesa como en los prados no podían soltarse más de diecisiete reses domadas, se entiende bueyes, vacas y una caballería en su conjunto.

La mención expresa que se hace en las ordenanzas de 1.683 sobre tener prohibida la entrada a La Dehesa a los ganados morenos, hace referencia a los ovinos de lana negra o marrón, colores muy frecuentes y extendidos en la cabaña lanar estante de la época. Sólo más adelante y quizás por el menor valor de las lanas negras se fueron seleccionando en los rebaños los animales de lana blanca en detrimento de los morenos. Aquellas lanas oscuras eran empleadas por las mujeres serranas para la confección de pedugas y otras prendas de vestir.

En el siglo XVII se seguía considerando al bovino como el ganado más importante para el sustento del pueblo, de manera que para asegurar pasto suficiente a esta cabaña, se limitaba a 200 el número de cabezas de ganado menor por vecino, recuento que se hacía el día de San Miguel.

Por ganado menor se tenían a las cabras, ovejas, incluidos carneros y machos cabríos, llamados tradicionalmente en Covaleda cojudos. De las como mucho 200 cabezas sólo se permitían dejar ocho cabras veceñas en el rebaño comunal, llamado vez, que permanecía todo el tiempo en el término de Covaleda sin pasar a Tierra Soria. Este rebaño era conducido por el pastor veceñero y tenía entre otros como área habitual de careo lo que hoy se conoce como El Vecedo, de donde toma el nombre este lugar.

Los ganados menudos, entendidos como cabras, machos, chotos, ovejas y carneros no podían entrar ni cruzar las dehesas y las praderas del concejo. Sin embargo, respetando estos espacios, podían llevarse a pastar libremente a cualquier parte del término.

La mención explícita que se hace en las ordenanzas a los cojudos nos da una pista sobre la forma de manejo del ganado caprino, puesto que fuera de la época de las cubriciones, los pastores llevaban separados en un rebaño conjunto la totalidad de los machos cabríos, para que de ese modo no incomodaran a las hembras. Esta misma práctica ganadera se ha mantenido en Covaleda hasta que dejó de haber cabras en los años 60 del pasado siglo. Algunos de los últimos pastores que llevaron el hatajo de los cojudos o machos cabríos lo fueron Rosines Tejedor y Jose María San Quirico, el Moreno, quienes tenían por careo habitual El Cubo y La Arenilla. Por otro lado el rebaño de las cabras, llamadas veceñas, era conducido en ese tiempo por el veceñero Esteban Herrero Maqueda.

Si nos situados de nuevo en 1.683, los vecinos y moradores de Covaleda disponían en exclusiva para sus ganados de los pastos comunes del lugar: praderas, dehesa y monte. Sin embargo era costumbre en el mes de marzo llevar gran parte de los ganados desde el término de Covaleda a Tierra Soria-Ebros. El motivo de esta trasterminancia no era otro que el de dar descanso y favorecer durante ese tiempo el desarrollo del pasto propio del término de Covaleda.

Como itinerario de ida se tenía establecido para el caprino y el lanar su paso por Vado Serrado, actual Valserrado, sin que el ganado se pudiera desviar del camino ni hacer noche. Por el contrario, la ruta de vuelta desde Tierra Soria a Covaleda se hacía entrando por Ventosinos, cerca de la mojonera con Salduero, de ahí hasta llegar al Puente Soria y para luego encaminar los ganados en dirección a Pradeguillas, actual Fradeguillas.

Las praderas del concejo permanecían vedadas desde primeros de marzo hasta el momento de la siega. Durante ese tiempo ningún animal podían entrar en ellas incluidos los cochinos. Tampoco estaba permitida la presencia de estos ganados en El Lomo y ni mucho menos hacer allí majada con ellos.

Existía por entonces en el término de Covaleda un lugar destinado a los carneros, llamado carneril, que podría coincidir con lo que hoy conocemos como el Sestil de los carneros. Los rebaños de ganado ovino se componían entonces de un contingente bastante numeroso de carneros destinados a la producción de lana.

Según indica Emilio Pérez Romero y pese a que tradicionalmente no hubo presencia de ganados mesteños en nuestro pueblo, el concejo de Covaleda, así como los de Duruelo y Salduero, se vieron obligados por motivos económicos a subastar el arriendo de ciertos pastos situados en la Sierra de Urbión y aledaños durante el primer tercio del siglo XVIII. Estos acotados, llamados quintos, se sacaban a remate entre ganaderos foráneos para el aprovechamiento estival de sus rebaños trashumantes. La práctica del acotamiento de quintos se repitió durante los siglos XVIII y XIX.

El motivo que obligó al concejo de Covaleda a estos arrendamientos fue la necesidad de recaudar fondos para atender gastos concejiles y para comprar granos destinados a los vecinos en años de escasez. En el caso de Duruelo lo hicieron para pagar al  médico y arreglar la iglesia.

La Covaleda del Catastro de la Ensenada

Según la información que nos proporciona el llamado Catastro de la Ensenada, elaborado en las provincias de la corona de Castilla a mediados del siglo XVIII, sabemos que la Cobaleda de 1.752 contaba con 190 vecinos de pleno derecho, incluidas 17 viudas, además de 21 moradores, 8 viudas incluidas entre ellos, lo que traducido a población se estaría en torno a unos 600 habitantes en total, de los que ocho eran pobres de solemnidad.

El caserío estaba conformado por 176 casas habitadas, 4 en ruina y tres majadas para ganados lanares y bovinos.

Los servicios con los que contaba el lugar de Covaleda eran los de médico; cirujano (practicante); boticario; maestro de niños; comadre, quien ayudaba a traer al mundo a los niños; carnicería, abacería o tienda de alimentación; mercería; mesón; taberna; servicio de estanco e incluso un hospital para pobres y transeúntes.

Entre los bienes del concejo y además del monte, la dehesa, los prados y praderas concejiles, Covaleda contaba con una casa de juntas para reuniones; dos casas para el médico y el cirujano; un molino harinero, llamado Molino Bajero; una sierra de agua; dos yugadas de tierra de hortaliza situadas en el Barrio del Campo; una fragua asimismo situada en ese barrio, y junto a ella una majada de unos 10 x 5 metros junto con un corral para albergue de ganado. Era el llamado corral del concejo, el cual servía para alojar al toro o toros sementales del pueblo. Esta instalación también se debía emplear para recoger ganado perdido o desmandado, a la espera que fuera reclamado por el propietario. En caso contrario, dicho ganado se sacaba a pública subasta entre el vecindario del lugar. Pero incluso otro destino del corral sería el de encerrar  ganado sorprendido en pastos vedados, en cuyo caso y para poderlo recuperar se tenía que abonar la correspondiente multa.

De la presencia de corral del concejo se tiene constancia desde el siglo XVI, aunque posiblemente existiera ya desde más antiguo.

El último corral del concejo donde se guardaba el toro o los toros sementales del pueblo tengo entendido fue el que estaba situado al sur de la actual casa de Domingo Nájera, el Pegaso, justo en frente del Instituto de enseñanza secundaria Picos de Urbión, “El Colegio”. Allí era donde se guardaban los toros sementales y se llevaban las vacas a cubrir. Uno de los últimos empleados del ayuntamiento encargados de dicho corral y su servicio fue Toribio Bartolomé, hijo del Tío Mauricio.

Pero volviendo a 1.752 y según el Catastro de la Ensenada, el total del gasto anual del concejo de Covaleda ascendía ese año a 6.343 reales de vellón, empleados entre otros en las celebraciones festivo religiosas y para los pagos del médico, cirujano, junteros del sexmo, maestro de niños, comadre y saludador, personajes éstos de los saludadores que proclamaban sobre si mismos ser capaces de prevenir y curar la rabia, por lo que eran contratados en los pueblos para librar de la temible enfermedad tanto a personas como a animales.

Por otro  lado más del 37 por ciento de dicho presupuesto se destinaba a pagar personal y ciertas tareas relacionadas directa o indirectamente con la actividad ganadera, como eran:

los guardas de la dehesa y término (deheseros).

la composición de puentes, latadas, caminos y arroyos.

para cerrar las praderas.

para la caza de lobos, zorros y topos.

para los junteros de la Cabaña Real de Carreteros.

para mudar la vacada a Ebros (Tierra Soria).

para los jueces de pradera (apreciador de pastos).

para salario del herrero y la fragua.

Entre las ocupaciones del vecindario de Covaleda en 1.752 predominaban sobre los demás empleos los oficios de la carretería, los trabajos del monte y los relacionados con la ganadería. Pero incluso algunos vecinos del pueblo para ganarse mejor la vida se empleaban en dos o más ocupaciones.

El mayor contingente vecinal se dedicaba al tráfico y trato de la carretería de la Cabaña Real, en total 68 vecinos, entre los que había 4 viudas propietarias de carretas. Por otro lado, 34 vecinos, incluidas 2 viudas, se empleaban en la carretería churra, a la que también se dedicaban en la temporada invernal algunos carreteros de la Cabaña Real. Sin embargo la ocupación más frecuente de aquellos durante su permanencia en el pueblo era la elaboración de fustas y la labra de madera, en número que llegaba en todo el pueblo a 48 vecinos.

El total de carretas existentes en Covaleda en 1.752 ascendía a 310, lo que era el resultado de la suma de las 266 carretas de puerto a puerto de la Cabaña Real y 44 carretas churras.

Entre los oficios propios del monte destacaba el de los gamelleros, que lo eran 58 vecinos. Otro trabajo especializado de la madera era el de los areros, de los que había 16.

Dentro de la actividad ganadera había 30 pastores de caprino y lanar, 2 vaqueros o guardas de ganado vacuno y un guarda de la dehesa.

Empleados en el tráfico de la arriería se dedicaban 7 vecinos, los cuales tenían como lugar de tránsito el paraje conocido aun hoy como El Paso de los arrieros.

Al margen de los oficios mayoritarios, el pueblo contaba con 6 zapateros, incluidos 2 mozos de zapatería; 5 carpinteros, dedicados sobre todo a la construcción de carretas; 3 tejedores, de los cuales uno de ellos era arriero y otro era a la vez carretero y mesonero; 3 aserradores; 1 molinero; 1 sastre y tendero de mercería; 1 carnicero y 1 hortelano. En aquel tiempo en Covaleda no se cultivaba cereal alguno, mientras que el hortelano, que llevaba en arriendo la huerta del concejo, sembraba 18.000 berzas y 24.000 lechugas y cebollas, resultando curioso que en pleno siglo XVIII parece que todavía no había sido introducido en el pueblo el cultivo de la patata.

En 1.752 el cometido principal del herrero, de nombre Juan de Hoz Cámara, era componer y arreglar las herramientas utilizadas en las tareas del monte y en la carretería. Pero también el forjar las herraduras específicas de los vacunos, los llamados callos y en menor medida las herraduras típicas de las caballerías. Por extensión, probablemente el herrero hacía tareas de herrador implantando el calzado en los cascos de vacunos y caballerías. Sin embargo durante los viajes de carretería eran los propios carreteros quienes debían herrar bueyes y vacas, tarea fundamental de la que dependía la buena marcha de los bovinos y por tanto de las expediciones carreteras.

En la Covaleda de mediados del siglo XVIII la ganadería resultaba fundamental para el sustento de la práctica totalidad del vecindario, lo que se traducía en que casi todas las casas mantenían algún tipo de ganado, y en muchas ocasiones incluso de varias especies. En total de propietarios de ganado ascendía a 175 vecinos, lo que suponía más del 80 por ciento de la vecindad.

Para los carreteros, el ganado vacuno era el motor imprescindible de su industria, pero también los diversos oficios del monte tenían en los vacunos y las caballerías su elemento auxiliar. Tenemos como ejemplo a los gamelleros y areros, quienes  empleaban caballos, mulos y burros como medios para el transporte de todo tipo de gamellas y aros. Asimismo aquellos ganados se empleaban por los arrieros en el trato y tráfico de la arriería. Como ejemplo de gamellero podemos poner a Juan Tejedor Chicote, quien además de 3 caballos para su oficio era propietario de 3 vacas, 1 novillo, 1 cabra, un cabrito y 2 cerdos. Fernando Cámara era arriero y trajinaba con tres mulos y tres pollinos, pero tenía también 2 vacas, 2 novillas, 1 novillo y 1 ternera. Incluso el médico, Dn. Mateo Escribano, era propietario de 9 cabras, un macho cabrío y un caballo, mientras que el cirujano, Antonio García, criaba dos cerdos para matanza.

         El bovino fue siempre ganado fundamental del pueblo de Covaleda y en 1.752 se declaró un censo total de 1.374 cabezas. A este elevado contingente contribuían los ganados bovinos carreteros de la Cabaña Real, los cuales movilizaban la carretería de puerto a puerto durante la temporada que iba desde marzo o abril y hasta octubre o noviembre. Estos vacunos pastaban de invernada normalmente en dehesas de Extremadura y Toledo. El total de ganado vacuno de la Cabaña Real de carreteros en Covaleda ascendía a 904 cabezas, de las cuales 726 eran domadas y 188 cerriles. Aunque la media era de cuatro, el número de carretas por propietario iba desde una hasta las veinte que poseía Alonso Rubio Herrero. Sin embargo el máximo propietario de bueyes era Bernabé Herrero, quien para mover 17 carretas tenía 44 bueyes carreteros y 3 vacas. Pero además mantenía en el pueblo  2 novillos, 2 novillas, 27 ovejas, 11 borregos, 8 primales, 5 cabras, 2 cerdos y un caballo.

Aparte del ganado vacuno de la Cabaña Real, en el término de Covaleda pastaba ganado bovino de cría y el empleado en la carretería churra, dedicada sobre todo al transporte de tabla y madera. El número de estos ganados ascendía a 470 cabezas bovinas, 112 de las cuales eran domadas y 358 por domar. Por tanto el total de ganado bovino declarado en Covaleda haciendo la suma de los bovinos de la Cabaña Real y los bovinos de cría y de la carretería churra ascendencia a 1.374 cabezas.

Entre los restantes ganados declarados en Covaleda en 1.752 era sin duda el cabrío la especie más importante para la economía del lugar puesto que un elevado  número de vecinos y sus familias vivían de los productos que proporcionaba el ganado caprino y su venta.

El censo total entre cabras, machos cabríos y cabritos ascendía nada más y nada menos que a 3.971 cabezas. La carne de caprino era la más consumida en Covaleda y su precio estaba por encima de la del ovino. El máximo propietario de ganado caprino era el pastor Francisco de Miguel, que contaba con un rebaño de 251 cabras, 36 machos y 115 cabritos.

De mucha menor importancia era el ganado lanar, del que solo había 273 cabezas entre ovejas, carneros, borregas y primalas, sin que existieran en Covaleda ganaderos de ovinos merinos trashumantes.

Entre las caballerías, la especie más numerosa era la asnal con 46 cabezas, 34 la caballar y 25 mulares. El máximo propietario de estos ganados era Rafael Cámara Martínez, de oficio arriero, quien empleaba en su trajino 2 mulos y 5 pollinos.

El total de colmenas existentes en Covaleda ascendía a 95, repartidas entre quince propietarios de diferentes oficios y la más diversa condición, dos de ellos mujeres.

Pero si había una especie que prácticamente no faltaba de casi ninguna casa, esa era la porcina, en forma sobre todo de cochino para hacer la matanza domiciliaria, lo que garantizaba la despensa de las familias.

            No podemos concluir el capítulo ganadero de la Covaleda del siglo XVIII sin mencionar a Don Manuel Serrano, quien además de cura propio de la parroquia, en 1752 era propietario de seis carretas de la Cabaña Real, para las que contaba con 16 bueyes, 1 vaca y cinco novillos. A estos vacunos había que añadir 9 vacas, 4 novillos, 3 novillas y 4 terneros de cría que pastaban en Covaleda. Pero además, el cura era el máximo propietario de ganado lanar con 53 cabezas y de colmenas con 16, a lo que había que añadir 60 caprinos, 2 cerdos y un caballo. Era por tanto Don Manuel Serrano en términos generales uno de los mayores propietarios de ganado de Covaleda.

Una de las conclusiones que tenemos que sacar de todo lo que vamos viendo es que de una manera o de otra la práctica totalidad de la actividad socioeconómica y riqueza de Covaleda y los pueblos serranos estaba sustentada sobre la base de la ganadería. Por un lado los ganados de abasto, y por otro la potente cabaña ganadera de trabajo, sobre todo la vacuna y en menor medida las caballerías; asnos, caballos y mulos, dedicados una parte al transporte y el tráfico de la arriería.

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