SORIA: RETRATO, MISTERIO Y CUMBRE – Miguel Moreno Moreno (1969)

SORIA: RETRATO, MISTERIO Y CUMBRE

Miguel Moreno Moreno (1969)

 El Río

            Nace a cuatro pasos del Pico de Urbión. Aunque más cerca aún, del Balcón de Pilatos. Se despeña luego hasta Duruelo y cruza próximo a Covaleda y en Vinuesa se embalsa.

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Piñorras y Serranas

            De “piñorra” (la mujer de pinares), o de serrana (la mujer de la sierra), y en Soria hay dos anchas comarcas, bien características una y otra, se visten todavía, con los trajes típicos, alguna que otra vez, las mujeres sorianas. Aunque no sirva ya más que para el recuerdo, vamos a describir el traje de piñorra, que tiene todavía carta de distinción y porte de elegante indumentaria. Con él se visten también, por un respeto tradicional y hasta por un culto histórico, las bellezas sorianas en las solemnidades de fiestas y saraos; justas poéticas o juegos florales, y hasta en los cortos reinados de “Días de la Provincia”, ofrendas y recepciones.

            El Sr. Gómez Chico, que estudió bajo el Título “SORIA”, estos dos aspectos: “la tierra y el hombre”, hace esta descripción literal del traje femenino de fiesta, perteneciente a la piñorra:

            “Consta de las mismas prendas que el de diario (que el ha descrito anteriormente) pero de telas más ricas y colores más vivos. El justillo o corpiño de seda o terciopelo negro, con pechera de seda blanca o negra y botones de azabache para adorne. La falda encarnada o Verde, más generalmente la primera, de bayeta estampada con ramos negros o lisa con tres cintas de terciopelo negro en su parte inferior. Delantal corto de seda negra con puntilla o encajes finos. Pañuelo negro, o de color, al talle, ricamente bordado (de los llamados de mantilla). Pañuelo a la cabeza de seda adamascado en colores claros, que si el tiempo es caluroso se anuda adelante y cuelga por hombros y espalda dejando al descubierto el peinado de raya en medio y pelo tirante que remata el moño de picaporte. Para ir a misa se cubre la cabeza con el mantillo, prenda semicircular de seda negra bordeado de ancha faja de terciopelo del mismo color, que cae sobre los hombros formando amplios pliegues.

            Media blanca, a veces con calados y zapatos de pana o terciopelo negro con punteras y talones de charol pespunteado. Todo ello forma un conjunto, austero de fuerte colorido”

            Hasta aquí la fiel descripción del traje de piñorra, que, como cualquier ingenioso e intencionado autor moderno pudiera afirmar, viene de piña, y determina la indumentaria femenina de la comarca de los pinares sorianos.

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Altos de Soria: Urbión Pico

“Geología yaciente, sin más huellas

que una nostalgia trémula de aquellas

palmas de Dios palpando su relieve”.

(Gerardo Diego)

            A Urbión, al Pico (al de la cruz, los riscachos de acceso difícil, el pequeño buzón oxidado y abierto, la tallita de Nuestra Señora de los Arqueros, en aquel diminuto anfiteatro a 2.259 metros sobre el mar, hay que subir para sufrir la escalada, para gozar la panorámica de sus lejanías, para sentir la caricia de las brisas más puras, para entender la soledad de lo difícil, para creer y para adorar al Dios de las inmensidades.

            Pico Urbión está lejos y alto. Por eso es empresa para águilas y para montañeros. La comodidad es incompatible con esta trepadura. Se sube por estrechas veredas, o pro torrenteras secas, porque son de piedras grandes y grises, dormidas allí desde los remotos cataclismos, sierra arriba, con desniveles constantes de algo más, de mucho más del 10 por 100; por trochas, por largos barrancos, de vértices muy obtusos, “Jarinales” arriba, hasta venir a las proximidades del “Entradero en tres provincias” (Soria, Burgos y Logroño), alcanzando, por fin, el “Portillo Muñalba” (esto debe querer decir “muñón del alba”), y desde donde puede decirse ya que la escalada está sufrida y lograda. Y el panorama, el paisaje, el escenario de sierras y valles, sobre las cumbres de esta brava columna dorsal de España, que desde allí de divisa, está merecido y luego gozado.

            Allí laguna de Urbión, redonda – redonda que, ocupa el fondo de un circo de unos 500 metros de diámetro, con acantilados casi verticales de 50 metros de altura, cuyas aguas vierten totalmente al Najerilla, por un hilo, solamente por un hilo de limpio cristal, por donde la laguna se desagua hacia las tierras del Ebro. Allí se siente el baño y la caricia de la brisa sin color, en el mismo espinazo de la cordillera.

            Donde se parten las aguas de España, para dos mares lejanos: hacia el Mediterráneo (el “mare nostrum”, donde llevará el Ebro estas inmaculadas aguas glaciales de laguna de Urbión); y al mar Atlántico, el de los misterios y las tinieblas, el mar tenebroso, al que llevará el Duero, desde sus “fuentecillas”, el agua que no se hayan bebido, de bruces sobre el mismo agujero en que amanece, los cabreros, los pastores, los montañeros, los arqueros, que suben de Covaleda, cada turno en cada verano; o las águilas y los quebrantahuesos, que reposan de su vuelo horizontal, junto a la orilla y a sus minúsculas cascadas; o las ovejas, lentas y mansurronas; quietas, como el tiempo, allá arriba; o … los ángeles. El Duero lleva a Oporto, el agua que no se hayan bebido los ángeles que, estoy seguro que por ser invisibles, abrevan en este chorro de agua bendita, en este nacedero del “Duero verdadero”, como lo conocen en Duruelo y Covaleda.

            Desde lo que hemos llamado “espinazo de la sierra”, ya se ve el pico. Hasta aquí, no se divisa sino su escalón, que llaman “la remesa”. Le va bien el nombre porque es una remesa de terrenos, de moldes de sílice y de granito curvas, cónicas, cilíndricas, trapezoidales. Todas gigantescas. Todas fabulosas. Como está tan bien puesto el nombre de “Entre Ambas Cuerdas” para aquellos dos otros dos muros naturales que quedan a la derecha de la senda de Covaleda que es, ahora ya, pista.

            El pico se ve, según se va subiendo, cuando ya se está en el Pico. O a doscientos metros cortos, y se admira un verdadero muestrario de especies en la vegetación: desde el mismo Duruelo, con la de sus huertas, hasta la de las peñas de “La Remesa”, entre las que crecen siemprevivas silvestres: los pinos rectísimos e inmensos, en el “Varal de cuesta Embrillo”, un poco más arriba de la “Cascada de Castroviejo” que se ve desde Majadafalsa; luego los helechos gigantes, desde cualquiera de los puentes de “Tío Donato” y del “Tío Herrero”, hasta “Peñas Blancas” y más arriba; con ellos las “anabias”, que es una especie de uva diminuta, sola, sin racimo; y las primorosas violetas silvestres; y ya, cerca del Pico de Urbión, a tiro de honda, sólo y solas, las siemprevivas risqueras, porque están junto a los riscos.

             El pico está ya, en el mismo hexágono que a mi ver configura la mole, la erizada y áspera cresta, la brava punta de Urbión. Y se alcanza por una grieta de rocas.

 “Es la cumbre, por fin, la última cumbre.

Y mis ojos en torno hacen la ronda

y cantan el perfil, a la redonda,

de media España y su fanal de lumbre”.

             Tiene la placita de Urbión dos presencias absolutamente expresivas: el buzón (expresión del dialogo entre las gentes, a través de sus grafías); y la hornacina, a ras del suelo, hechas en piedra gris para imagen en piedra blanca, de Nuestra Señora de los Arqueros (expresión de dialogo del hombre, de la juventud, con Dios, a través de la Virgen).

             Pico de Urbión, es éste, y es así. Tiene una cruz en la cota más alta; en la piedra más puntiaguda y sobresaliente del risco; una cruz como de un metro de alta, de hierro con adornos primarios de mármol, de cuarzo, de piedras veteadas en gris y canela, que podía representar el pararrayos más alto de la tierra de Soria, puesto allí con dos fines: que los rayos, en verdad, de las tormentas indescriptibles de aquella altura la besen y la alumbres; que los rayos, en verdad, de las atronadas y retumbantes comparsas de negras nubes, la teman y regresen sin hendir ni reventar los peñascos; y otro, otro fin también, que los rayos de la más infinita tormenta, la de la Justicia Divina, sobre los llanos y los montes; sobre los valles y los huertos; sobre las aldehuelas y las villas, de la tierra de Soria, los polarice, los amarre y los dirija hacia las entrañas graníticas de este espinazo de España, y hasta el profundo insondable de las lagunas misteriosas: la laguna de Urbión, en cuyo ángulo, (recto, pradera y risco), para gozar la bravura y majestuosidad de aquel escenario natural, sin riesgo de vértigo, hay que contemplarla en cobal cuerpo a tierra; hacia las algunas Larga y Helada, que están vecinas, y la primera algún mérito de laguna tiene; la otra, la Helada, más bien es terreno fangoso, con afloraciones interrumpidas de pequeños charcos, sin unidad limnológica; hacia la Laguna Negra… que no tiene fondo según cuentan las crónicas …

             La crónica poética de la Laguna Negra nos la hizo Machado en “La Tierra de Albargonzález” y alguno de cuyos retazos, por lo expresivos y por el ajuste realista con que la describen, vamos a reproducir:

“Pasado habían el puerto

de Santa Inés, ya mediada

la tarde, una tarde triste

de noviembre, fría y parda.

Hacia la Laguna Negra

silenciosos caminaban.

 

Cuando la tarde caía,

entre las vetustas hayas

y los pinos centenarios,

un rojo sol se filtraba.

Era un paraje de bosque

y peñas aborrascadas;

aquí bocas que bostezan

o monstruos de fieras garras;

allí una informe joroba,

allá una grotesca panza,

Torvos hocicos de fieras

y dentaduras melladas,

rocas y rocas, y troncos

y troncos, ramas y ramas.

En el hondón del barranco

la noche, el miedo y el agua.

 

… hasta la Laguna Negra,

agua transparente y muda

que enorme muro de piedra,

donde los buitres anidan

y el eco duerme, rodea;

agua clara donde beben

las águilas de la sierra,

donde el jabalí del monte

y el ciervo y el corzo abrevan;

agua pura y silenciosa

que copia cosas eternas;

agua impasible que guarda

en su seno las estrellas”.

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            Bien cerca de esta cumbres y esta cruz, y no lejano de esta Laguna Negra, misteriosa, nace el río.

“Pero algo, Urbión, no duerme en tu nevero,

que entre pañales de tu virgen nieve

sin cesar nace y llora el niño Duero”.

            Es en la ladera Sur y en la matriz de sus entrañas donde se engendra cada instante con borbotones de cristalina y fresca, limpia y bruñida agua pura, la criatura que desde Duruelo a Vinuesa; Duero joven y vigoroso, con su potencia de pantano, en la Muedra; Duero mozo, hasta que lo arma el Tera, al pie de Numancia, caballero y adulto, para llegar, rueda rodando por esta piel de toro, en la Vieja Castilla, a campiñas de Oporto, en Lusitania … Había nacido… en una cumbre de Soria. En el Pico de Urbión, altar, ara, cruz, quiebra vertical, risco, luz, aura, coloso, vigía, mole y bravura.

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