MEMORIAL DE SORIA – Miguel Moreno Moreno

Por tener una relación directa con lo que había en Covaleda hace unos cuantos años, comparto con vosotros este extracto del libro de Miguel Moreno “Memorial de Soria” donde nos habla de los oficios y costumbres que tenían los pueblos hace tiempo.

MEMORIAL DE SORIA

Miguel Moreno Moreno

(1985)

* EL PREGONERO

            El pregonero lo hacía saber… todo. Es decir, daba “voz pública”, que así se llamó el oficio, antes de que se diera a su actuación, dentro del corregimiento, sexmo o vecindario, rural o urbano, el mismo nombre que tuvieron los pregoneros (heraldos de campaña, juicios de Dios, justas y torneos), de lo que le mandaban decir.

            Y además venía encorsetado, de manera obligada a declarar también quién era el mandante, Así: “DE ORDEN DEL SEÑOR ALCALDE DEL PUEBLO DE … , HAGO SABER:” y lo hacía.

            Tras el redoble de tambor o el ruido destemplado de una trompeta le latón amarillo, que era capaz de espantar con su estrépito, a todo volátil doméstico y silvestre; perros y gatos, y demás alimañas.

            El pregonero (generalmente alguacil, a su vez, del municipio) era una institución; por eso debió de llamarse “voz pública”.

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* EL CONFITERO

             En la fiesta, y por edades y condiciones, se daban las distracciones oportunas: los curas, su tresillo; los mozos o casados recientes, sus partidos de pelota; las mozas y mozos, el baile; los más ancianos, sus largas peroratas recordando las fiestas del tiempo del Rey que rabió; las viejas “a ver el baile” y a sus cuchicheos y dudosas opiniones; la gente madura, a hablar del tempero y a preparar tratos y a encontrarse con los forasteros y platicar con ellos de linderos y otros refitoleos del pueblo. Los chicos, hechos una piña, cercando el tenderete del confitero preguntando el precio de cada chuchería o de las golosinas para hacer cálculos de hasta donde llegan las perras gordas que disponían.

             En los departamentos de aquel super comercio, en variedad, había: confites, sin papel, de mil clases distintas; bolas de anís; pastillas de café con leche, chupones; pirulís; piruletas; martillos de caramelo, soplillos redondos, garrochas de colorines; regaliz dulce; regaliz de raíz; gafas de papel de agua de muchos colores; chiflos; gaitas; abanicos de cartón; caretas; trompetas pequeñas y grandes de hoja de lata, mixtos, bombas y petardos; viseras; pitos espanta suegras; baratijas, en pliegos, por palos, que había que recortar por el agujereado, pitos de metal; almendras de Alcalá, garrapiñadas; saladillas, avellanas, aceitunas de caramelo, y otras cien chucherías o baratijas, a cuyo recuerdo no alcanza la memoria.

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* CARRETEROS Y CARRETERÍAS

            Quiero referirme antes de nada a la gran importancia que tuvo la carretería soriana durante toda la Edad Media y, sin duda, hasta bien avanzado el siglo XVIII. Escritos hay y ordenanzas de Felipe II, dictadas para la provincia de Madrid, a las que se responde con estas menciones: “Valdilecha es un lugar pasajero, pues pasan de él a Andalucía, a Soria y a Yangüas”. “Las casa de Cobeña son de tierra y la techumbre es de madera, la cual dicha madera se trae del pinar que dicen de Valdemaqueda y de San Leonardo”.

            Todo expresa que, carreteros de los pinares sorianos, San Leonardo, Talveila, Cabrejas, Duruelo, Covaleda o Navaleno, llevaban su mercancía de blancas, limpias y perfumadas maderas de pino: cabrios, varas, o bien ya trabajada en tablas y tablones, hacia aquellas cercanías de Madrid, a Madrid mismo y a otros muchos y más lejanos lugares del reino.

            En más próximas comarcas y de forma totalmente frecuente en la provincia, la carretería se mantuvo durante todo el siglo XVIII, el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX, lo que califica como útil y posible este sistema de transportar maderas, bien ordenadas en la carreta, limpia de adornos, larga de vara de tiro y baja de ejes para evitar los vuelcos.

            Esta carretería soriana, a largas distancias, en los siglos en que se consideró ordinario el sistema de traslado de mercancías, al lento ritmo y marcha de las yuntas de bueyes o vacas cansinas, se transformó o limitó a comarcas más a la mano de los pueblos pinariegos en donde la mercancía se producía, se pelaba y se limpiaba, o se transformaba, en una primera transformación.

             De la carretería fue, posiblemente, consecuencia la arriería. Arrieros y Trajinantes son protagonistas de un mercado, también primitivo y muy elemental que, contra lo que pueda creerse, se mantuvo durante todo el primer tercio de este siglo XX y hubo comarcas o “tierras” en la provincia de Soria normalmente visitadas y puntualmente atendidas por estos proveedores de las mercaderías más diversas, de uso o consumo frecuente, en ocasiones; y extrañas, estrafalarias o exóticas, a su vez, en otras.

* HACER CALCETA

            Hacer calceta era el empleo permanente de las abuelas. O hilar, o cardar. Pero éstas (que eran labores previas) acostumbraban ser más rápidas, más transitorias. Luego, la que empleaba días y noches de invierno y aún en primavera, era la calceta. El hacer calceta con sus cuatro agujas cortas y otras, de non, para ir cogiendo la blanca o de lana negra. Y escarpines. Y, alguna vez, empleando unas agujas de palo, muy largas, tapabocas de lana.

lavanderas en el duero

* LA COLADA

            Ya se ha perdido hasta la expresión, y, si acaso, de manera anecdótica se alude al lavado de cualquier ropilla de tres al cuarto. Pero la colada era la preparación de una montaña de ropa, toda la que cabía en el coción, y que podían ser sábanas de lienzo o camisas de lino.

            Pues la colada se resolvía en el coción, se apretaba fuerte y se acoplaba de la mejor manera la ropa blanca, ya mojada previamente, Y sobre toda ella, bien tapado el agujero del desagüe del coción, se colocaba la que se llamaba “carpeta de colar”. Era una pieza de tejido grueso, sobre la que aún se ponía una sabanilla de lino o retor. Y sobre estas, ceniza blanca, fina, y sin tizones, que se había recogido, antes de “hacer lumbre”, de la que habían dejado las ascuas de la noche anterior; o bien de la Tamarada y brasas de la última hornada; ceniza, siempre, de leña, bien molida, aunque esto pueda parecer una contradicción. Sobre carpeta y sabanilla, se depositaba la ceniza, y a su tiempo se vaciaba en ella agua a buena temperatura, puesta a calentar en calderillos de cobre en los llares, o en ollas grandonas. Y se dejaba la noche entera que la ceniza y el agua hicieran su obra de limpieza en aquel ropero blanco. No siempre tanto como se pudiera esperar.

            Al coción se le quitaba el tapador de trapo, y se recogía el agua turbia de ceniza y otras suciedades, en un barreño grande, sin duda del mismo alfar que el coción. Se sacaba la ropa, después de retirar los coladeros y se retorcía, para escurrirla del agua antes de llevarla a aclarar, al lavadero público o al río, y luego ponerla al sol, para que lograra aquel blanco, sólo superado con los riegos que mientras se soleaba, se le hacían enagua limpia, del caño de la fuente, desde una palangana.

* HACER LAS CAMAS

            Las hacía la madre, o las hijas mozas, porque era preciso fuerza y valor, para quitar y poner aquellos ropones.

            Ropas que pesaban algunas arrobas y que se quedaban en pesar, pues abrigar, abrigaban poco.

            El completo de la cama hecha consistía:

            Colcha de ganchillo repartida en cuadros, grandes cuadros de mil figuras y verrugas que luego supe que se llaman bodoques duros, y hasta cuatro cobertores de diferentes colores, que eran piezas de paño del telar, ribeteadas de retor, tiras de retor blanco, o hiladillo negro, el más ancho del mercado, o bien estos cobertores eran sustituidos (todos o alguno) por mantas de blanqueta que eran pajizas y con el uso iban adquiriendo un color grisáceo.

            Debajo de los cobertores, las sábanas, de arriba y de abajo, pero tan iguales entre sí: ásperas, frías, inhóspitas, que al meterse entre ellas, sobre todo cuando nuevas, pudiera parecer que su contacto tenía gran parecido con la piel de erizo. Todas esas piezas había que levantarlas para que se orearan y luego volverlas a colocar, después de haber vuelto los gigantescos colchones de lana, repletos de vellones del rebaño, y que era de donde subía el calor.

            Los colchones venían duplicados, Y había que volverlos y sacudirlos, uno tras otro. Y el jergón, que era un colchoncillo estrecho, con su funda de cáñamo, también removerlo. Todo esto venía sobre el jergón de muelles, un paralelepípedo de 2 metros de largo, por 1,35 y hasta 1,60 metros de ancho y unos 30 centímetros de altura.

            Para hacer la cama se ayudaban de un largo palo que servía para alisar los distintos ropones, en extremos y laterales, ese era el “palo de hacer la cama” el cual se escondía entre los chirriantes muelles del jergón, muelles que sonaban cada uno chirriando con un timbre diferente. Y la malla en el suyo.

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