UNA VISITA A LAS LAGUNAS DE URBIÓN – Juan José García – 1880 – IV

UNA VISITA A LAS LAGUNAS DE URBIÓN – Juan José García – 1880 – IV

IX

Después de haber atravesado los bellísimos pinares que cubren la cuenca del Duero desde Vinuesa hasta su nacimiento, el pintoresco camino de Salduero á Covaleda, los árboles seculares de Urbión y su sombría laguna; y después de haber contemplado desde su encumbrado pico un soberbio paisaje cortado por las cordilleras de media España, difícilmente podría suponerse que la naturaleza había de sorprender al viajero con un nuevo alarde de magnificencia. ¡Y sin embargo, cuan presto desaparecen de la imaginación tan grandiosas impresiones al esparcir la vista sobre el suntuoso panorama en que descuella la laguna Negra, recortada sobre un fondo de admirables bellezas, como el retrato de una beldad coronado de una guirnalda de delicadas flores! ¡Qué lujo de hermosura! ¡Qué grandiosidad en la decoración! ¡Cuánta riqueza en los detalles! ¡Cómo el espíritu se eleva ante la contemplación de tantas maravillas, y cuan empequeñecido y pigmeo se considera el hombre que lleno de asombro y de admiración, al poner su planta en el borde de aquellas aristas que el menor sacudimiento del terreno puede precipitar en la espantosa sima, no encuentra dentro de sí mismo la fibra que pueda responder al sentimiento de grandiosidad que inspiran en su mente las deslumbrantes galas que la naturaleza despliega ante sus ojos! Diríase que cuanto el viajero ha venido admirando hasta allí ha sido una sabia precaución del Creador de tanto prodigio para preparar y predisponer su ánimo á la contemplación de lo maravilloso.

Y, en efecto, no creemos que exista nada comparable al esplendente cuadro que ofrece la vista de la laguna Negra.

Figurémonos una roca prodigiosa; un taladro inmenso abierto en la cúspide de la pedregosa pirámide que forma la montaña de Zorraquin, cuyas rasgadas paredes se abren para dar paso á las aguas de la laguna y desde allí se extiende por las faldas de las montañas vecinas formando un muro jironado y fantástico accesible tan solo en tres ó cuatro puntos en una distancia de tres leguas. Bellísimos manantiales que se deslizan cubiertos de espuma entre los agrietados peñascos y llenan de atronador bullicio los contornos. Trozos gigantescos de granito con cada uno de los cuales podría construirse una ciudad, y que en el grandioso panorama semejan las menudas piedrecillas que en movediza escarpa ruedan a! paso de trepadora cabra. Formas diversas y fantásticas que el constante movimiento de aquella inquieta naturaleza ha dado á las colosales rocas, que en desmesuradas proporciones ofrecen á la vista lodos los caprichos y bizarras invenciones que podrían brotar del extraviado pincel de un artista loco. Divísanse allí, mudos y rígidos como las gigantescas estatuas que bañan sus pies en las inundaciones del Nilo, multitud de negros fantasmas que en ancho círculo parecen contemplar las oscuras ondas de la misteriosa laguna y recrearse en el aturdimiento del ruido ensordecedor de las cascadas. Ora semejan encapuchados frailes, ora acurrucadas viejas reunidas en diabólico conciliábulo; ya monstruosos murciélagos prontos á desplegar sus enormes alas de piedra, ya horribles mastodontes, monstruos espantosos, tétricos espectros, hombres y animales inverosímiles apiñados en extraña confusión y en estrambóticas posturas; grupos diabólicos; aquí los derruidos trozos de un pórtico romano, allá las atrevidas agujas de gótico santuario. Todas las formas de arquitectura; lodos los caprichos de la mitología; finalmente, los delirios de una imaginación calenturienta petrificados.

Imagen de como era el camino entre Salduero y Covaleda en el año 1888

Imagen de como era el camino entre Salduero y Covaleda en el año 1888

En el centro de la profunda depresión, un lago oscuro y tenebroso cuyas extensas ondas rizadas por el viento parecen moverse á impulsos del poderoso empuje de monstruosos animales, y que en los momentos de calma retratan sobre el límpido cristal las bellísimas arboledas que crecen en sus frondosas orillas. Un escondido barranco cubierto de seculares pinos, por donde las aguas de la laguna Helada que parecen saltar de la elevada cordillera para sumergirse en la laguna Negra, huyen de su sombrío seno y se deslizan fugitivas entre las grietas de los peñascos, para reunirse más allá con la cristalina corriente que surge del negro lago, perdiéndose en el profundo sumidero que divide las montañas de Zorraquin y del Congosto.

A través de la estrecha abertura que se abre entre sus gigantescas paredes bordeadas de una asombrosa vegetación, divísase en lontananza un hermoso valle cubierto de lozana verdura, y por todas parles y en todas direcciones colosales montañas rasgadas en profundas escarpas, peldaños enormes por donde la imaginación cree ver ascender desmesurados Titanes que se lanzan al asalto del Olimpo.

El espantoso ruido de las cascadas, los chasquidos de los copudos árboles movidos por el viento que mugía con estrépito en las angulosas murallas, la intranquilidad de las aguas del lago, las hojas que en inmenso remolino revoloteaban confundidas con las aves y la frondosa vegetación que la vista descubría en todas direcciones contrastaban notablemente con el silencioso é imponente aspecto dé la laguna de Urbión. Ante aquel lago de vadosas ondas en cuya superficie reina la mas completa inmovilidad y cuya corriente se desliza por desiertas praderas, ante sus desnudas rocas que descuellan sóbrelos témpanos de nievo, siéntese el estremecimiento de la muerte; mientras que aquí todo respira vida, alegría y animación. Si las creaciones mitológicas fuesen un hecho real la laguna de Urbión sería el asilo de la muerte y del silencio; y de existir las ninfas, solamente las pintorescas orillas de la laguna Negra podrían presenciar sus castos juegos.

No era fácil que pudiéramos contentarnos con la lejana contemplación de tantas maravillas, y ansiosos de humedecer nuestras manos en las misteriosas ondas, objeto de tantas preocupaciones, nos lanzamos en busca de un derrumbadero por donde con más ó menos trabajo pudiéramos descender hasta la profunda hondonada. Pronto encontramos una estrecha abertura por la cual se precipitan en vertiginoso tropel, arrastradas por las lluvias torrenciales, multitud de rocas arrancadas á la falda de la montaña, y que forman una especie de rampa de imponente desnivel, pero cuyas aristas creímos podrían sin gran peligro franquearnos la bajada. Mas era preciso que nuestras cabalgaduras bajasen también, pues una vez verificado el descenso no era posible volver á subir, y no había mas remedio que internarse en el barranco, único camino practicable por donde podríamos salir del intrincado laberinto de aquellas espesuras.

Esto requería algún descanso y mientras una flamante hoguera preparaba nuestra campestre comida, nuestro lápiz trataba de trasladar al álbum un ligero bosquejo del brillante panorama que nuestros ojos contemplaban asombrados. Ante tal modelo solamente el divino Apeles podría trabajar con algún provecho, y más de una vez suspendimos nuestra tarea asustados de tamaña profanación; pero la curiosidad venció á la modestia, convencidos al fin de que ni el modelo se había de rebajar hasta nuestras facultades ni estas elevarse hasta la altura del amigo del gran Alejandro; contentándonos como los apasionados de las celebridades, á falta de un retrato, con la caricatura que envuelve una caja de fósforos.

Hora y media después, agarrados á las puntas de los peñascos y rodando con frecuencia envueltos entre la movediza arena, pudimos llegar á salvo medio aturdidos con el estrépito de los torrentes á orillas del bullicioso arroyo de la laguna Helada, y desde allí tras una penosa ascensión por las agudas peñas con el auxilio de las frondosas ramas de las hayas y los pinos pudimos por fin poner el pie sobre un grueso peñón cuya base bañaban las aguas de la fantástica laguna.

Bello y majestuoso es el aspecto de sus cristalinas ondas envueltas en toda su extensión en la negra sombra que proyectan los formidables peñascos del pico de Zorraquin, sombra eterna que nunca han podido iluminar los rayos del sol y que es de suponer ha dado el nombre á la laguna. Bellas son sus floridas orillas en las que crecen arrogantes árboles que en vano tratan de alcanzar las elevadas crestas de la quebrada cordillera trepando por sus grietas y arraigando en las estrechas hendiduras.

Pero de tal manera este lujo de belleza es extraordinario, que aturde los sentidos, y es imposible al lenguaje humano describirlo.EN LA LAGUNA NEGRA

No acierta el oído á comprender aquellas tumultuosas armonías de los torrentes y de la selva acompañadas de los horribles bramidos del viento al retumbar en las cavernosas hendiduras, ni la vista domina fácilmente aquellas angulosas murallas, aquellas interminables aristas, elevadísimas agujas inclinadas sobre el abismo, monstruosos monumentos de una arquitectura salvaje y descomunal. No es fácil acostumbrarse á aquella elevación de los árboles, á aquella profusión de sombras y de colores, al increíble enlazamiento de ramas y de zarzas entre cuyo impenetrable follaje asoman por aquí y por allá desmesuradas peñas cubiertas de líquenes amarillentos, ó brotan inopinadamente en todas direcciones raudales de cristalinas aguas que algunas veces parecen fallar á las leyes físicas, como si todo allí obedeciese á los caprichos de una naturaleza exuberante y extraviada.

Una vigorosa vegetación arranca de las orillas mismas de la laguna Negra y se extiende por toda la Garganta de Santa Inés llenando de indescriptibles bellezas los montes del Congosto y de la Umbría hasta el Robledo, así como la sierra de la Llana y el hermosísimo valle del Revinuesa. Mezclarle en pintoresca confusión sobre las negras tintas del pino y los zarzales, todos los matices verdes que la naturaleza baya podido producir. Crecen allí con infinita variedad frondosas y elevadas hayas, hermosos robles, tejos, fresnos, multitud de acacias y de álamos blancos, diferentes arbustos y profusión de plantas que como el brezo y la retama alegran la vista con sus atrevidos matices, ó recrean el paladar con sus delicadísimos frutos como la fresa y la frambuesa, ó ya embalsaman la atmósfera con sus perfumes como la rica variedad de plantas aromáticas y medicinales, en las que las montañas de Urbión no tienen rival en España.

Pueblan sus dilatados bosques los corzos y los jabalíes, hermosos gatos, tasugos y otras varias especies; y las trepadoras ardillas pululan en los pinares y en los hayedos, cuyas frescas sombras brindan al espíritu con su hermosura y á la materia con sus sabrosos frutos, que una pródiga naturaleza exhibe con pasmosa abundancia., y con la pureza de sus diáfanos manantiales.

Y así como los pinares de Soria podrían considerarse como una joya entre las bellezas de la península, la laguna Negra es sin duda de ningún género la perla de los pinares.

Ya era bien tarde cuando nuestros guías pudieron hacer entrar en la angosta vereda después de inauditos esfuerzos los fatigados caballos; y como aun nos quedaban tres horas y media de áspera pendiente para descender al valle, hubimos de emprender nuestra marcha por el más pintoresco y majestuoso desfiladero que pudiera imaginarse, formado como hemos dicho por la prolongación de los peñascales de Zorraquin revestidos de una asombrosa vegetación, y por cuyos cimientos se arrastran en mágico y armonioso torrente los ríos de las lagunas. La noche vino a sorprendernos en los laberintos del bosque, y apenas nuestra vista pudo divisar una tenue ráfaga de humo que indicaba la posición de Vinuesa á dos leguas de distancia, pero ya el terreno nos era conocido y pudimos llegar sin dificultad ninguna á descansar de tantas fatigas, profundamente impresionados con la maravillosa hermosura de la comarca que acabábamos de recorrer, y cuyas espléndidas bellezas tantos artistas españoles van á buscar muy lejos de su patria.

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