UNA VISITA A LAS LAGUNAS DE URBIÓN – Juan José García – 1880 – III

UNA VISITA A LAS LAGUNAS DE URBIÓN – Juan José García – 1880 – III

VI.

¡La Laguna! He aquí la exclamación que espontáneamente salió de nuestros labios en un momento en que, cesando la furia del aire que nos azotaba el rostro, pudimos descubrirnos y echar en nuestro derredor una mirada do curiosidad.

Nos hallábamos á unos 1500 pasos de lo que creíamos el pico de Urbión y caminábamos medio á ciegas, humedecidos nuestros ojos con el frío y el viento; nada se divisaba en el horizonte que desaparecía á nuestros pies á 20 pasos de distancia, y creíamos marchar sobre una fantástica arista perdida en la inmensidad del espacio. Cuando pudimos darnos cuenta de nuestra situación, un movimiento natural, como el del hombre que acometido de una pesadilla se sienta en su lecho para cerciorarse de que sueña, nos llevó al borde de aquella arista; y un espectáculo extraño y fantástico, nuevo y desconocido, se presentó á nuestras atónitas miradas.

Tendíase á nuestros pies una inmensa taza de forma casi circular, y cuyas paredes formaban vertiginosas terreras sembradas de peñascos, que coronaba en su borde superior una cordillera de rocas verticales que encerraban en un profundo abismo la misteriosa hoya. Grandes témpanos de nieve endurecida con el transcurso de los siglos cubrían los bordes interiores de aquel tenebroso recinto jamás saludado por los rayos del sol y sus azulados reflejos formaban un extraño contraste con la negra y tétrica sombra de los elevados muros que destacaban sobre el azul del cielo sus caprichosas siluetas, semejantes á las fatídicas torres de un misterioso y derruido castillo feudal.

Lo que creíamos ser el pico de Urbión, y así lo parece desde la llanura, no es sino un escalón del verdadero pico. Este se encuentra al otro lado de la laguna y forma la más aguda punta de aquella enorme serie de peñascos que cierran como el brocal de un pozo la profunda concavidad, y trozos disformes arrancados á los muros por el deshielo y las tempestades rodando por aquellos derrumbaderos han quedado suspendidos en amenazador equilibrio, siempre próximos á caer y precipitarse en aquel inmenso agujero  que por espacio de tantos siglos con insaciable voracidad como Saturno se está engullendo incesantemente las rocas que le rodean.

El color verdoso de sus ondas acusa una inmensa profundidad; y al adivinarla, al contemplar poseído del espíritu del vértigo aquellas líneas verticales de sus murallas, la imaginación del observador trata de buscar en aquellas extrañas formas las huellas de un antiguo volcán, que tropezando en su destructora marcha con sus secretas arterias de un poderoso manantial, se vio tal vez invadido por las aguas y extinguida su fulminante hoguera par el horrible frío de la inundación.

La laguna, de forma circular, tiene un diámetro de 800 pies; y sus aguas, puras y cristalinas como el diamante, forman el río Najerilla que unido mas tarde al Ebro vá a desaguar en el Mediterráneo.

Satisfechas en cuanto era posible nuestra admiración y curiosidad, buscaron nuestros ávidos ojos una nueva impresión, dirigiéndose hacia el grandioso panorama que se presentaba á nuestra derecha, pero no estando completa nuestra ascensión, nada quisimos ver; y cerrando de propósito nuestros párpados continuamos marchando sin mirar atrás, queriendo reservar nuestras impresiones para cuando llegásemos a la altura de 8.500 pies. Pocos momentos tardamos en poner nuestra planta en las primeras rocas de aquel escabroso pedregal que, como antes dijimos, podríamos con propiedad llamar el falso Pico de Urbión; y penetrando por una estrecha abertura que apenas nos dejó el espacio suficiente para hacer entrar por sus temerosas concavidades los asustados caballos, nos lanzamos en una serie de tortuosas calles y callejuelas, cuyas sombrías paredes monstruosamente apiñadas y recortadas en fantásticos jirones da luz y sombra, semejaban el frío esqueleto de una ciudad fósil.

Atravesamos no sin dificultades y trabajo aquel singular laberinto que amenazaba envolvemos en su tenebroso seno, y en el que sonaban nuestros pasos como en las misteriosas cavernas ideadas por la fecunda imaginación del Dante; y cuando pudimos llegar a la luz y bañar con los rayos del sol nuestros impresionados y aturdidos ojos, tendióse nuestra vista sobre aquel inmenso océano de cordilleras y llanuras que se tendían á nuestros pies, y se prolongaban hasta perderse, en un dilatadísimo horizonte cuyos límites desaparecían confundidos en el seno de lejanas nubes.

La primera impresión producida por el sorprendente espectáculo fue el recuerdo de aquellos cantores de la naturaleza que como Víctor Hugo, Castelar, Michelet, podrían con su poética imaginación describir en toda su belleza tanta magnificencia.

Aquella dilatada serie de cordilleras perdidas en lontananza y superpuestas las unas á las otras como las gigantescas olas de un estornudo mar que se hubieran petrificado en el momento de ir á chocarse estrepitosamente; aquella bellísima llanura que lamiendo las faldas de Urbión corríase hasta cerrar por ambos lados el semicírculo que la vista podía dominar, y sobre cuyo verde fondo dibujábanse las plateadas cintas de los ríos, cortadas aquí y alla por blanquecinas ráfagas formadas por las nieblas y el humo de las poblaciones, semejantes á un desordenado grupo de diáfanas guedejas atadas con caprichosos lazos y de cuyo blanco vellón parecían haberse desprendido los pequeños puntos de nieve que salpicaban las crestas de los montes; el vecino pico de Entrambascuerdas que con sus secos y erizados peñascos parecía desafiar la altura en que nos encontrábamos, y querer ocultar á nuestra vista la nevada cumbre de Moncayo que se elevaba sobre el horizonte como para saludar al lejano Somosierra, el inaccesible pico de Urbión del que nos separaban trescientos pasos y que se alzaba majestuoso como el soberbio trono del rey de aquella creación; bien merecían al cantor de las Voces interiores, al poeta sublime que ilumino las cavernosas sinuosidades del alma de Quasimodo.

Impotentes para cantar tanta grandeza, renunciamos á toda descripción, que siempre sería pálida para pintar con sus verdaderos colores el magnifico paisaje que se descubre desde aquellas alturas.

Puestos al pié de las quebradas peñas que forman el pico de Urbión, una tropa de águilas espantada por nuestras voces que retumbaban entre los huecos muros, salió de las profundas aberturas, y revoloteando con estrépito sobre nuestras cabezas comenzaron á describir inmensos círculos que fueron ensanchándose hasta perderse en el azul del cielo.

¡Cuánto envidiamos sus poderosas alas que en tan breve tiempo les permitían visitar las extensas regiones que nuestra pobre vista intentaba en vano descubrir más allá del horizonte!

Examinamos por otro punto y con distintas luces la laguna, que se nos presentaba bajo un aspecto aun mas sombrío y á mayor profundidad, y después de descansar el tiempo suficiente para tomar nuestros apuntes, nos despedimos de aquel sitio con el sentimiento de no haber escalado las últimas peñas del pico de Urbión que Dios ha reservado para vivienda de la reina de las aves.

Laguna y Pico de Urbión

Laguna y Pico de Urbión

 VII .

Doblamos la cumbre que divide las verticales de ambos mares, y otro nuevo panorama presentóse a nuestra vista. -No se divisa por aquella parte una gran extensión de terreno, porque la vecina sierra de Cameros, bastante elevada, ofrécese á los ojos del observador erizada de una multitud de uniformes picos que parecen amontonarse unos sobre otros. Sus peladas laderas y sus escarpados barrancos dan al paisaje un aspecto agreste y duro que contrasta notablemente con la alegría y la vida que una exuberante vegetación presta á la falda de la colina por la parte de Duruelo y Covaleda.

Grandes hoyas cubiertas de nieve denuncian el paso de los helados vientos del norte por aquella desolada comarca, y el frío de la muerte parece extenderse sobre aquellos barrancos descamados por las aguas, profundas rasgaduras abiertas en la piel del globo, por donde asoma su colosal osamenta de granito.

Tristes reflexiones cruzaron por nuestra mente al pensar que aquellas montañas como la mayor parte de las de la península, páramos hoy desiertos ó inhabitables, podrían fácilmente convertirse en frondosos y apacibles valles, donde al abrigo de umbrosas florestas renacería la vida y la riqueza.

Pero haremos gracia al lector de nuestras ideas y observaciones en este asunto, porque invadiríamos un terreno á donde no nos lleva nuestro propósito y descubriríamos llagas que nadie se ha de lomar la molestia de curar en este país de las anomalías y de las antítesis, donde se llama fomento a la destrucción.

Descollaba en primer término una gigantesca montaña tajada verticalmente por ambos lados, tal como pudo idearla el divino Arioslo para colocar en su inaccesible plataforma al encantado castillo de Atlante, y gruesos árboles asomando sus redondas copas por las profundas hendiduras daban señales de que á sus pies comenzaba otra vez la vegetación, En efecto, aquella montaña de rara é inverosímil construcción era el pico de Zorraquin y tras él dejábase ver en una pequeña extensión la célebre y frondosísima Garganta de Santa Inés.

Empezamos á descender con algún trabajo, ya por lo demasiado agrio de la pendiente, ya por lo resbaladizo é inseguro del suelo que pisábamos, reblandecido por el deshielo de los témpanos; y en aquellas húmedas praderas pudimos observar un raro y curioso fenómeno. Cúbrelas el invierno con una espesa capa de nieve sobre cuya endurecida corteza soplan los vientos del mes de Marzo, y solamente los rigorosos calores de Julio y Agosto pueden ir paulatinamente ablandando aquella helada costra que con frecuencia vuelven á cubrir las nieves del siguiente invierno. Pero cuando esto no sucede, el trabajo de deshielo termina en Setiembre ú Octubre, y entonces á los amorosos rayos del sol de otoño, reina la primavera en las montañas.

No poco nos sorprendió el encuentro de olorosas violetas y multitud de florecillas de las que crecen en los valles durante el mes de Abril.

Admiramos la pródiga naturaleza que ni aun á las nevadas cumbres niega sus favores; y siempre descendiendo ora por amenas praderas, ora salvando escalonadas breñas, llegamos al borde de la Laguna Larga.

Situada en un pequeño valle, ó más bien ligera depresión de las estribaciones de la alta sierra, sin duda debe su nombre á su forma oval y prolongada.

No es tan profunda ni tan extensa como la de Urbión, y de su transparente seno brota un hermoso raudal de cristalinas aguas que al abandonar la solitaria cuenca se precipitan bulliciosamente por los despeñaderos, apareciendo acá y allá, siempre en vertiginosa carrera; hasta que al fin se pierden en el profundo abismo, sobre cuyas negras sombras se elevan las escarpadas rocas de Zorraquin. Después de rodear en misterioso circulo aquel oscuro barranco, jamás hollado por la planta del hombre y donde el lobo oculta en inaccesibles cuevas sus hijuelos, sale por fin á la luz en las inmediaciones del caserío de Santa Inés para recibir el nombre de arroyo de Majadas-Rubias, uniéndose después á los que, procedentes de las lagunas Negra y Helada, forman el río Revinuesa.

Tras una corta detención cruzamos por la misma orilla de las aguas el vallecillo en que se oculta la laguna Larga; despidiéndonos de ella como quien se despide del solitario anacoreta del desierto, á quien el viajero abandona con cierto sentimiento de penosa tristeza en la seguridad de no volverle á ver.10-AHPSo 1492

 Continuamos descendiendo por la orilla de un caprichoso arroyuelo formado por misteriosas filtraciones, y que ocultándose multitud de veces debajo de la tierra aparecía y desaparecía mágicamente de nuestra vista, dejando oír el sorprendente murmullo de subterráneas cascadas que retumbaban en las concavidades que se abrían secretamente bajo nuestros pies.

A medida que el fantástico pico de Zorraquin se iba aproximando á nuestra vista y sus agudas y cortadas peñas se iban desarrollando ante nosotros en colosales formas, dejando adivinar lo inmenso del abismo que se abría ante sus monstruosos cimientos, nuestra imaginación se iba perdiendo en la región de las alucinaciones, impresionada por la vista real y tangible de aquella extraña naturaleza, tan distinta en la forma y en las dimensiones de lo que generalmente puede verse en las regiones habitadas, que apenas podíamos damos cuenta deque aquel era nuestro país, y creíamos como el Dante marchar conducidos por la sombra de Virgilio y tocar con nuestras manos y hollar con nuestras plantas las ideales regiones creadas por la fantasía de Julio Veme bajo los profundos senos del centro de la tierra. Los elevados picos, las enormes grietas tras de las cuales ora se divisaba una negra y oscura sima, ora el azul de cielo; aquellos derrumbaderos por donde los siglos van precipitando uno tras otro los peñascos, atrancando su vestidura á las montañas; las redondas copas de los pinos que asomaban su cabeza por las hendiduras de la cordillera como los negros fantasmas habitantes del abismo; la soledad del sitio y los reducidos limites del horizonte, traían á nuestra memoria las fantásticas concepciones y las historias fabulosas con que, la impresionable imaginación del vulgo ha revestido de absurdas preocupaciones los alrededores dé la laguna Negra.

Quien, dice haber visto salir de sus tenebrosas ondas un monstruoso animal bajo la forma de un gigantesco lagarto, y haber sido largo rato perseguido por sus aceradas uñas, quien desmesuradas serpientes y extraños y singulares pescados; otros dicen haber arrojado un carnero al fondo de las aguas suspendido en el extremo de, una larga cuerda, y al extraerla á los pocos instantes haber sacado sólo el esqueleto. Hay quien cree que la laguna no tiene fondo; hay quien siente sus bramidos á tres leguas de distancia y quien la considera como el taller y fragua donde se forjan por misteriosos ciclones todas las tempestades de la comarca. Ávidos de contemplarla tras los afilados bordes de la cuerda que aun la ocultaba á nuestra vista, tratamos de forzar el paso, mas no pudimos menos de detenernos ante la majestuosa y bellísima cascada que antes de llegar a ella vino á caer á nuestros pies y cuyo atronador murmullo hacía rato que escuchábamos, aunque sin comprender el sorprendente espectáculo que sus enormes saltos, descendiendo por los escalones de la montaña, iban á ofrecer á nuestras miradas. Caían sus dilatados hilos desde la elevadísima cumbre cual si el mágico manantial brotase de las nubes, y ora arrastrándose en graciosas curvas por las ondulaciones del terreno, ora dejándose descolgar desde los bordes de escarpadas rocas, semejábase á una paleada serpiente que escurriéndose desde la cima de la montaña iba á sumergirse en los tenebrosos abismos de la laguna.

Con gran placer hubiésemos ascendido hasta la cúspide que se encuentra á igual altura ó muy poco menos que el pico de Urbión, y en donde el bullicioso arroyo nace de la laguna Helada que sentimos no haber podido visitar; pero ni el tiempo de que podíamos disponer para llegar á poblado, ni nuestras fuerzas, ni las de nuestras rendidas y estropeadas cabalgaduras podían soportar una nueva ascensión por una pendiente próxima á la vertical.

Harto fatigados ya por nuestra penosa excursión en la que llevábamos empleadas seis horas, y aguijoneados por el hambre, pusimos por fin el pié en el borde de las escarpadas breñas que rodean la Laguna Negra.

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