UNA VISITA A LAS LAGUNAS DE URBIÓN – Juan José García – 1880 – II

UNA VISITA A LAS LAGUNAS DE URBIÓN – Juan José García – 1880 – II

III

Los vallados de madera dividiendo el terreno en formas geométricas, la multitud de vacas que con sus sonoros cencerrillos llenaban las verdes praderas de animación y de alegría; las caprichosas ondulaciones que los accidentes del terreno prestaban á las frondosas copas de los árboles; el serpentear del río sobre cuyas ondas de plata el sol poniente proyectaba tras los sillares carcomidos de un puente antiguo un desmesurado círculo de negras tintas, y el aspecto de los habitantes y de las rústicas carretas del país, daban al conjunto cierto aire exótico, que inadvertidamente traía á la memoria el recuerdo de aquellos paisajes Suizos, cuya contemplación, impresionando vivamente en tierna edad nuestra fantasía, puso quizás en nuestro corazón el amor á las galas de la naturaleza.

Este es el paraje de Peñas Juntas que describe en el escrito el autor

Este es el paraje de Peñas Juntas que describe en el escrito el autor

Algunas mujeres sencillamente vestidas con airosos zagalejos y graciosos pañizuelos, que el diestro lápiz del inolvidable Becquer ha sabido dotar de tanta poesía, cruzaban por las veredas próximas á la población, conduciendo sobre sus espaldas enormes cargas de labias ó de teas que sujetaban á la frente con anchas vendas, mientras sus manos entrelazaban con pasmosa rapidez los innumerables puntos de las azules cálcetas.

Proverbial es en toda la comarca la laboriosidad y prodigiosa fuerza delas mujeres de Covaleda, tan gráficamente descritas en el siguiente adagio local:

Quien en Covaleda casa,

mula y mujer lleva á casa.

Y como en este mundo todos son contrastes, al atravesar la Plaza Mayor y el trinquete, no pudo menos de llamar nuestra atención la inmensa concurrencia de estos sitios que creíamos hallar solitarios en un día de labor.

Nos pareció que aquel pueblo protestaba contra la supresión de los días festivos. Y nos pareció también que aquello era en todos conceptos la antítesis de Vinuesa, por más que tan corta distancia separe al uno del otro pueblo. Verdad es que acaso no habrá en toda la península una provincia que tal variedad presente de tipos, de trajes y de caracteres. Distínguense a primera vista en los mercados de la capital los habitantes de casi todos los pueblos de la provincia, que enclavada en las fronteras de tres antiguos reinos y perteneciendo sucesivamente ya á la corona de Aragón, ya á la de Castilla, forzosamente ha de participar de aquella profusa diversidad que física y moralmente se observa en los pueblos que la rodean.

En cuanto á Covaleda, sabido es que sus actuales moradores deben su origen á una colonia bretona, y aun hoy día se les conoce bajo la denominación de Bretos. No se nota gran cosa en los hombres su extraño origen, pero no así en las mujeres, que con las del inmediato pueblo de Duruelo forman un tipo especial y único en la provincia. Son generalmente pálidas, blancas en cuanto puede serlo un cutis que sufre las inclemencias del cielo, de ojos negros y rasgados, negros cabellos y rostro oval y descarnado. Su nariz aguileña, sus delgados labios y cierta melancólica severidad prestan á su fisonomía los rasgos y caracteres que distinguen algunas de las razas del Norte, y cualesquiera que sean los grados de certeza de su pretendido origen, es indudable que éste es extraño al país en que viven.cabecera2.jpg

Por lo demás, el pueblo en sí nada tiene digno de llamar la atención. Triste, rugoso y de lúgubre aspecto como casi lodos los pueblos de Castilla; solamente algunos edificios, en muy corto número, parecen sonreír en el ceñudo y denegrido semblante de la población, y muestran que una mano cariñosa rinde culto dentro de sus alegres muros á la curiosidad y á la belleza.

Cruzamos, pues, las tortuosas calles, y en breve ralo, internándonos en el pinar, perdimos de vista al pueblo de las gamellas y de los aros.

El camino desde allí hasta Duruelo es bello y pintoresco, casi llano, cubierto de verde alfombra y sombreado de robustos pinos; mas con relación a lo que se ha dejado atrás no tiene gran importancia para el artista. La vegetación se limita exclusivamente al pino; el monte está muy castigado, y una tala hecha algunos há le ha dado las dimensiones de una espaciosa carretera, con cuya operación ganaría acaso mucho el que aprovechó los innumerables árboles cortados, pero sin que nada haya ganado el cansino ni en comodidad ni en hermosura. ¡Cosas de España! Los que menos culpa tenían eran los pinos.

Una pálida cinta cubría el horizonte cuando llegamos á las inmediaciones de Duruelo, y los últimos destellos de la luz crepuscular ofrecieron á nuestra vista una inmensa y negra mole cuyos indecisos contornos apenas podían precisarse, débilmente destacados sobre un fondo oscuro tachonado de estrellas.

Nos hallábamos al pié de la montaña de Urbión.

Iglesia de San Quirico y Santa Julita a principios del siglo XX

Iglesia de San Quirico y Santa Julita a principios del siglo XX

 Por costumbre adquirida en un prolongado invierno, ó por la abundancia de combustible, continuamente arde en las cocinas del país, aun en las más calorosas épocas del año, una brillante é intensa hoguera. Sentados al calor de su amorosa llama, y después de una suculenta cena en la que á falta de delicadísimas confecciones culinarias nuestro apetito pudo saborear con delicia las ricas truchas del Duero, los especiales chorizos del país, sabrosos trozos de cabrito y aromática leche, conversábamos amigablemente y trazábamos el plan de nuestra próxima expedición con el amable dueño de la casa.

Ya hacía muchos años que le conocíamos, y últimamente en azarosas circunstancias para la patria, tuvimos ocasión de aprovecharnos de sus utilísimos servicios como gran conocedor del terreno. Debímosle en aquella ocasión aparte de sus servicios personales un detallado y bien entendido croquis del partido del Burgo de Osma, que conservamos con mucho gusto y que nos fue de gran utilidad. Y ya que por todo premio á su honradez, á su abnegación, á sus grandes sufrimientos y terribles peligros, se ha visto separado de su destino y obligado en su vejez á ganarse con rudos trabajos el preciso alimento, justo nos parece darle como recompensa, pobre y humilde en verdad, pero la única de que podemos disponer, este público testimonio de nuestra gratitud. Con gusto consignamos al dar cuenta de nuestra grata expedición á las lagunas, el nombre de D. Dámaso García; y aun hay para ello otro motivo mas en íntima conexión con el objeto de nuestro mal pergeñado relato. Mostróse en nuestro coloquio profundo conocedor en el ramo de montes; nos dio verdaderas pruebas de grandísimo pesar por su destrucción, y descubrimos en él apasionada y entusiasta, un alma de artista.

Esto, en otra parte, nada tendría de particular; pero en un país en que ¡Tal vez lo que vamos á decir parecerá demasiado duro, mas la verdad ante todo! En un país en que el hombre y el árbol parecen enemigos irreconciliables; en un país en que la naturaleza con una fuerza de exuberancia pasmosa e increíble se empeña en producir, y el hombre como dominado de un diabólico vértigo se empeña en destruir; en un país en que la indiferencia, la apatía y la inanición parecen haberse apoderado de todas las clases sociales; estos ejemplos son tan raros, que es preciso ante ellos descubrirse, y estrechar con efusión la mano del que en esta tierra descreída guarda en su corazón un pequeño sagrario dentro del cual rinde apasionado culto á las artes y á la naturaleza.

Hemos dicho que acaso parecerían duras nuestras palabras, más tal vez no lo sean demasiado. La extensa sábana de nieve que cubre nuestras cordilleras impregna con hálito glacial los vientos que vienen á besar sus elevados picos, y al aspirar su desabrido soplo, quizás su frío é ingrato aliento penetra hasta nuestro corazón y seca en él todas las fibras del sentimiento.

No de otro modo puede explicarse la indiferencia y el abandono con que miramos la devastación de nuestras hermosas comarcas. Quisiéramos dar á nuestro escrito tanta vida como sería menester para que en esa lucha de destrucción el hombre venza á la naturaleza; y cuando nuestra provincia no sea mas que un horroroso y desapacible erial, las generaciones vivientes al hablar de nosotros puedan decir: «¡Maldición sobre su memoria! ¡Teníamos un tesoro de riqueza y de hermosura, y se cruzaron de brazos ante la estúpida devastación!» No prosigamos. Nuestras lamentaciones se han de perder en el vacío, y acaso al penetrar en artesonados salones merezcan una sonrisa despreciativa.

Una densa niebla cubría al día siguiente los picos de Urbión y Entrambascuerdas, y á pesar del bochornoso calor que en el espacioso valle se sentía, y de nuestros ardientes deseos por escalar sus escarpadas laderas, las observaciones de los guías calmaron nuestra impaciencia, haciéndonos comprender que una glacial temperatura envolvía en aquellos momentos las elevadas crestas de las montañas.

Fue preciso renunciar á nuestra excursión por aquel día, que empleamos en recorrer los amenísimos alrededores de Duruelo y contemplar la magnífica perspectiva de la empinada sierra, á cuyo pié, en medio de apacibles florestas, divísase el pueblo como un nido de águilas en la concavidad de una roca.

Los primeros rayos del sol coronaban con una franja de oro la negra sierra de la Umbría que ostenta frente al pico de Urbión la riqueza de sus profundas selvas, y tenues nubecillas se desprendían del elevado pico desvaneciéndose suavemente en el transparente fondo de un cielo límpido y azul.

Una hermosa mañana de otoño nos brindaba con sus perfumes y su delicioso ambiente, y llenos de impaciencia y entusiasmo nos dirigimos hacia la imponente mole cuyas sinuosidades y accidentes se destacaban en profundas sombras sobre su verde masa á los rayos del nuevo sol.

A las siete y media abandonamos las calles del pueblo, no sin detenernos un buen rato ante un bellísimo grupo formado por dos toscos edificios de madera, sierra y molino de agua, sobre cuyas ligeras ruedas se precipita el Duero, levantando una brillante nube de menudas golas, que heridas por la luz del sol y matizadas con los colores del arco-iris saltaban y se entrechocaban en caprichosos juegos como una lluvia de diamantes.

Pasamos á lo largo de una pintoresca calle formada de rústicos cercados, cuyas paredes sombrean la zarza y el espino y adornan con vistosos colores la fragante corona de la madreselva y los rojos y apiñados racimos del rabiacan.

Al cabo de media hora, llegamos por una suave pendiente hasta las Huertas, pequeña planicie elevada como unos trescientos pies sobre el nivel del pueblo, y último límite del cultivo. La mano del hombre cesa allí en sus tareas, detenida por las dificultades del terreno, y asombrada tal vez ante el sublime poder y majestuosas producciones del divino horticultor.

Comienza allí la región del pino por excelencia, y por mas rica y admirable que sea la vegetación de los valles, la grata impresión de su gallarda lozanía no puede compararse con el sentimiento de admiración y recogimiento que inspiran la magnificencia y grandiosidad de las selvas seculares que crecen en las faldas de Urbión. Allí se ostenta el vigor de una florida juventud, aquí la majestuosa ancianidad. A las esbeltas y pajizas columnas con cuyas copas juguetea el viento y que se balancean á su impulso como las espigas de la apiñada mies han sustituido robustísimos y sombríos troncos que cual los pilares de una gótica catedral parecen escalarlas nubes como si pretendieran sostener la celeste bóveda. Líquenes frondosos cubren su arrugado cutis, y cuelgan en abundantes flecos de sus poderosas ramas; y el espeso follaje de sus elevadas copasen donde la inquieta ardilla esconde su nido entre las menudas hojas del lozano muérdago enlázase con frecuencia con los innumerables filamentos de dilatadísimas zarzas que trepan en busca de la luz; resultando de aquí tal masa de verdura, tal refracción de la luz y de los sonidos, tanta severidad en las formas, tanto reposo en las tintas, tan imponente y majestuoso aspecto en todos los detalles, que es preciso caer de rodillas y adorar silenciosamente al sublime arquitecto de tan grandioso templo.

Un juguetón arroyuelo que da vida á las citadas huertas serpeaba bullicioso por el camino cruzándolo en distintas direcciones, y sus alegres murmullos nos acompañaron gran trecho del terreno.

Entramos en una serie de barrancos que ora nos mostraban, ora nos ocultaban la inmensa explanada que se extiende al pié de la sierra, y cada vez que la elevación del terreno lo permitía un movimiento de curiosidad llevaba nuestra vista á contemplar la magnífica llanura que paulatinamente iba desarrollándose á nuestra espalda. Mas, ¿á qué detenernos, si al poner el pié en el deseado pico habíamos de descubrir mas dilatados horizontes? Coronan estos barrancos unas escarpadísimas breñas denominadas los peñascales de Castroviejo, moles inmensas de piedra rajadas por los cataclismos y cuyas enormes grietas forman profundas concavidades que la poderosa vegetación del terreno cubre de densísima oscuridad. Al llegar á su mas elevada roca un nuevo y sorprendente espectáculo se ofrece á las miradas del viajero.

Ya ha desaparecido la llanura, oculta tras los árboles y los peñascos. De frente, á los pies del observador, un nuevo y profundísimo barranco, un abismo inmenso separa nuevamente la cumbre de Urbión que parece haberse alejado como si tratara de sustraerse á las investigaciones del curioso.

El terreno desaparece bajo los copudos y apiñados árboles, pero tras su espeso ramaje distínguense las sinuosidades y hendiduras, y allá en el seno de las profundas quebradas adivinamos arroyos de cristalinas corrientes que van a unirse en el fondo del abismo para dar nombre a! caudaloso río.

Una depresión del terreno mas notable que las ciernas indica el paso de las fuentes del Duero, y ya desde allí puede apreciarse el error geográfico que determina el nacimiento de este río en la laguna de Urbión y el más craso error que le da origen en la laguna Negra. Una distancia de 9 Kilómetros separa de esta á las citadas fuentes y 2 kilómetros por lo menos de la de Urbión sin contar con que entre unas y otras se interpone la elevadísima cordillera que divide las aguas del Océano y del Mediterráneo. En cuanto á la creencia de que las fuentes del Duero procedan de titilaciones de la laguna, aun prescindiendo de la menor elevación de ésta respecto de aquellas, nunca pasará de ser una suposición; y el famoso filtro pertenece á la categoría del canal submarino por donde el capitán Nemo cruzó el istmo de Suez en las entrañas del Nautilus.

Continuamos nuestra marcha bordeando el barranco de las Casas y descendiendo suavemente hacia la izquierda, teniendo con frecuencia que apearnos para pasar, no sin cierto temor, unos malos pontones formados con maderos medio podridos, bajo los cuales se deslizan entre pintorescas breñas frescos arroyos de finísimas aguas.

En la falda de este barranco, en una bella y deliciosísima plazoleta á la que prestan amena y apacible sombra gigantescos pinos, existen dos vigas, que cortadas hace muchos años, gozan de cierta celebridad por los grandes é inútiles esfuerzos empleados para su extracción. No teníamos gran tiempo que perder, y nos contentamos con examinar una de ellas que cual un monstruoso cetáceo clavado en arenosa playa, descansa medio hundida en el terreno por su enorme peso, rodeada de frondosas plantas como si fuera la losa sepulcral de un cíclope.

No hemos podido averiguar á ciencia cierta con qué objeto fueron la talladas estas piezas, aunque según las mayores probabilidades estaban destinadas á la exposición universal de 1867.

Sea como quiera, es sensible que la aspereza del terreno y su enorme peso hayan hecho inútiles los esfuerzos empleados y los grandes gastos originados en las pruebas que se hicieron para moverlas, y mas sensible aún que teniendo la convicción de la imposibilidad de sacarlas de allí, no se dividan en trozos y se utilicen sus maderas. Una de ellas, que como hemos dicho, pudimos examinar, pues la otra se encontraba bastante apartada de nuestro camino, tiene 510 varas cuadradas de tabla, suponiéndola de una pulgada de espesor; y sobre una de sus caras podría con todo desahogo servirse una mesa de ochenta cubiertos.

Después de admirar por breve rato aquel monstruoso cadáver ceniciento, cuyas agudas y prolongadas aristas perdidas entre la maleza con su crispante rigidez é inmovilidad nos hicieron considerarle como un grandioso emblema de la muerte, continuamos nuestra marcha, que desde aquel punto debía ya ser sin camino alguno, por medio de una hermosa floresta y venciendo con continuos rodeos la aspereza de la pendiente que desde allí debía conducirnos, siempre ascendiendo, hasta la cumbre.

La confusa armonía de las esquilas y cencerrillos nos anunciaron la proximidad de los rebaños trashumantes que pastan las finas yerbas de aquellas frescas laderas, y bien pronto los ladridos de los vigilantes mastines denunciaron nuestra presencia en sus solitarios dominios. Lanzáronse sobre nosotros dos hermosos perros con sus acerados collares, mas á los pocos pasos apareció también uno dé los pastores, que sosegándolos, conversó breves momentos con nosotros y nos vendió una perdiz y varias palomos torcaces que abundan en las frescas enromadas del contorno.

Sin otro incidente llegamos á un punto en que el bosque termina de súbito, no por falta de condiciones en la vegetación, sino aniquilado por los desastrosos incendios tan frecuentes en el país.

Preséntase allí á la vista una gran mésela, extensa y fresca llanura que sirve como de base y peldaño á un empinado cerro, de forma cónica, aunque unido á la parle mas elevada de la meseta por una especie de rampa que se prolonga hasta su cúspide, en la que se descubre un inmenso promontorio de peñascos terminado en punta. Aquel es el pico de Urbión.

En el momento en que abandonamos la espesura del pinar, un aire fresco y nada agradable vino á anunciarnos la altura en que nos hallábamos, y apenas pusimos el pié en la rampa que nos acercaba al pico, fue necesario echar mano de las capas, que continuamente nos arrebataba un viento frió é impetuoso.

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