UNA VISITA A LAS LAGUNAS DE URBIÓN – Juan José García – 1880 – I

Si hace unos días compartía con todos vosotros un libro de 1882 que nos contaba una excursión para conocer la Laguna Negra en el año 1882, a lo largo de los próximos días publicaré otro libro anterior, de 1880, escrito por el militar que residía en Vinuesa D. Juan José García, el cual describe con todo lujo de detalles la excursión que realizó desde Vinuesa, pasando por Molinos de Duero, Salduero, Covaleda y Duruelo de la Sierra para ascender a la Laguna de Urbión, Picos de Urbión, Laguna Negra y vuelta a Vinuesa.

Además de dejar claro que las gentes de Covaleda no le caían demasiado bien, nos cuenta su experiencia en dicha excursión. Un texto muy ilustrativo de cómo eran las cosas a finales del siglo XIX en esta zona de pinares.

 Espero que os guste. 

rabal 12

UNA VISITA A LAS LAGUNAS DE URBION

EL Т. С. COMANDANTE DE INFANTERÌA

D. J . JOSÉ GARCÍA.

SORIA,

Imprenta de D. Saturnino Pеñа Guerra,

1880.

A MI QUERIDISIMO Y SINGULAR AMIGO

D.  ISIDRO GIL GABILONDO.

Publicado este ligero trabajo en la sección de variedades de un ilustrado periódico de esta Capital, jamás he tenido la pretensión de darle otra forma; pero muchos y cariños amigos que bajo el prisma de su buena amistad lo han mirado con más interés que yo, me han instado vivamente para que repitiese su publicación en una forma que les permitiese con mas facilidad conservar este ligero recuerdo de su país y de su amigo.

Ahí tienes, pues, ese pequeño libro sin mérito y sin interés, pero que para ti debe tenerle muy grande por dos razones: por que eres mi mejor amigo, mi hermano, y por que como artista eres apasionadísimo amante de la naturaleza.

Permíteme que al dedicarte esta breve reseña de tan grata expedición coloque á su frente tu nombre, tu afectísimo amigo,

EL AUTOR.

Rincón de pueblo serrano 298 x 395 mm. Aguafuerte. Biblioteca Nacional, Madrid, núm. inv. 14459. Es uno de los ejemplos más claros de la seguridad técnica de Ricardo Baroja grabador, quien de forma estilizada transmite con toda su fuerza y elementos un característico rincón de pueblo serrano con el peculiar trazado de las casas pinariegas y sus tipos.

Rincón de pueblo serrano
298 x 395 mm. Aguafuerte. Biblioteca Nacional, Madrid, núm. inv. 14459.
Es uno de los ejemplos más claros de la seguridad técnica de Ricardo Baroja grabador, quien de forma estilizada transmite con toda su fuerza y elementos un característico rincón de pueblo serrano con el peculiar trazado de las casas pinariegas y sus tipos.

 UNA VISITA Á LAS LAGUNAS DE URBION

No somos los primeros á quienes un impulso de curiosidad ha llevado alas encumbradas regiones en que el majestuoso pico de Urbión levanta entre nubes su soberbia cabeza, bien que en pequeño espacio podríamos encerrar los nombres de los curiosos de nuestros días, porque la llegada de un viajero, y más aún la demanda de un guía para visitar la laguna, no es un acontecimiento frecuente en Duruelo, muchos de cuyos habitantes ven deslizarse sus días ante la enorme masa de la vecina montaña, y bajan al sepulcro oyendo hablar de la laguna que baña su elevado pico de la misma manera que podrían oír una descripción del mar Caspio ó del misterioso lago de Tchad.

En época más remota, un viajero dejó en uno de los peñascos que dominan los bordes dé la laguna la siguiente inscripción, marcada con caracteres conocidamente franceses. E. V. A 1709.

No sabemos si el hombre que, sin pensar tal vez en ello, talló en tan elevada y solitaria roca el nombre de la primera mujer, era ó no artista. La fecha no era muy á propósito para excursiones artísticas. Gemía la nación española bajo los desastres de una espantosa guerra, producto del caprichoso testamento de un rey imbécil, último vástago de la dinastía austriaca; la ruina y la desolación cubrían la superficie de nuestra desgraciada patria, entregada al furor de ambiciosos extranjeros que se disputaban la posesión de un reino empobrecido, humillado y embrutecido bajo la influencia de los frailes. Esta era la herencia de la casa de Austria, y es bien seguro que al recogerla Felipe V con la punta de su espada, apenas podría creer que aquella era la patria de Viriato, de Pelayo y de Juan Bravo; la conquistadora de América; la dominadora del mundo; modelo de hidalguía, de valor y de independencia; y que al sucumbir la dinastía austriaca, quedaba, como ha dicho un insigne escritor, habitada tan solo por frailes y ladrones.

Mas fuese ó no artista, el viajero dejó allí las iniciales de su nombre, y por si lo era, nosotros que amamos mucho las artes y los artistas, queremos sacarle del olvido, y con el las bellezas que esta tierra desconocida guarda ocultas, como si una barrera insuperable separase esta hermosa aunque pobre provincia del concurso y bullicioso contado de la moderna civilización.

I I .

El día 9 de Setiembre y á las dos da la tarde, salimos de la villa de Vinuesa, pueblo el mas importante, aun hoy día de la comarca, y que debió en otra época merecer el epíteto de Corte del pinar con que vulgarmente se la conoce, á juzgar por los restos de sus suntuosos palacios destruidos en su mayor parte en la famosa guerra de la Independencia; y en cuya destrucción, por mas doloroso que sea confesarlo, no cupo la menor parte á los ejércitos españoles.

Su importancia era debida á su numerosas ganaderías trashumantes y á la riqueza de sus montes, aniquilados ambos por la mano de la civilización que en España tiene sin duda el raro privilegio de destruir, así como en otros países su marcha va dejando un rastro luminoso tras del cual por todas partes se ven renacer la ilustración, el progreso, el bienestar y la riqueza. Es indudable que un médico inhábil mata con el mismo medicamento con que otro sana.

Partimos de Vinuesa costeando la falda del monte del Robledo que la domina, y desde cuyas laderas de bellísimo aspecto y que aun conservan restos de su magnífica vegetación, se descubre un hermoso panorama por cuyo centro serpentea el Duero, que deja ver á trozos su cinta de plata enredada en el laberinto de los bosques, para perderse á la conclusión del hermoso y extenso valle en donde este río y el Revinuesa ocultan su amoroso encuentro en la misteriosa soledad de una escondida selva.

La vega que figura en el primer término y sobre la cual se levantan los atrevidos arcos de un puente de construcción romana, uno de cuyos estribos descansa sobre una roca que el río baña desde los siglos desconocidos; el frondosísimo monte de Vallelengua que la termina; los picos de Zorraquin y del Castillo que dejábamos á nuestra espalda; las escarpadas rocas del pico del Robledo; las cúpulas de los edificios sobresaliendo por encima de espesas enramadas ó destacando sobre el nebuloso y azulado fondo del valle sus siluetas de color de siena; aquel esparcimiento de la vista por el anchuroso valle; aquella profusión de luz y de alegría; todo iba á desaparecer bien pronto, pues delante de nosotros las faldas del Robledo y de Vallelengua se estrechaban de una manera tan rápida, que sólo presentaban á nuestra vista la entrada de un angosto desfiladero por el cual se veía, ó mas bien se oía descender el Duero, que con alegre susurro parecía afanarse en disfrutar de la luz y la alegría de las praderas.

Entramos en el desfiladero, con un precipicio á nuestros pies, rocas casi inaccesibles y entre las cuales crecen multitud de pinos á nuestra derecha, y una elevada umbría á nuestra izquierda; por cuya falda, siguiendo las sinuosidades del río, cuyo golpear en las cascadas se escucha incesantemente, corre un camino militar construido por los romanos y terminado por Lucio Lucrecio Denso, según expresa la inscripción que aun se conserva en una de sus rocas.

En medio de aquellas soledades rodeadas de frondosas arboledas, á la vista de aquellos precipicios corlados á pico en la escondida garganta, el recuerdo de los ejércitos romanos impresionó vivamente nuestra imaginación.

Ruidos extraños, hijos del bosque y de la sombra, parecían traer á nuestros oídos el vago rumor de la marcha de las tropas. Por un momento nos creímos trasportados á aquella época en que estas oscuras selvas vomitaban sin cesar, una tras otra, cien legiones que el pueblo rey enviaba á la conquista de la inmortal Numancia. Aquellas rocas, holladas hoy tan sólo por los arrieros y pastores, han sentido el crujir de las armaduras romanas; han abierto paso al triunfo de los Escipiones; tal vez por aquellas escarpadas breñas cruzaron en silencio aquellos intrépidos cuatrocientos jóvenes que un pueblo amigo enviaba en socorro de Numancia y á quienes la crueldad romana condenó á una horrible mutilación.

Siguiendo, aunque por distinta orilla, la misma dirección de este antiguo camino, mucho tiempo hubieran persistido en nuestra imaginación estos pensamientos, si otras impresiones de muy distinta índole no hubieran venido á distraernos. La belleza de aquellos contornos en que cada peña, cada árbol constituyen por si solos un magnífico estudio de paisaje; la exquisita fragancia de tantas y tan diversas plantas aromáticas; aquella multitud de hermosas fuentecillas que con tanta frecuencia cruzan el camino; aquella armonía de luz y de colores con que el sol enriquece la selva cambiando á cada paso con profusa y espléndida variedad sus ricos matices; tanta gallardía en la vegetación, tanta galanura en la naturaleza toda, nos llevaron á la vida real, y preciso era que tuviésemos presente que la larde avanzaba, para que á cada paso no nos tentase el deseo de detenernos y llevar en nuestro album un recuerdo de tanta esplendidez. Pero era preciso que antes de la puesta del sol atravesásemos toda la garganta para salir á Covaleda, desde donde aún nos quedaba una legua, aunque por más despejado camino, para llegar á Duruelo; punto desde el cual debía empezar al otro día nuestra ascensión a las lagunas. Además, sabíamos muy bien que la hermosura de aquel paraje no era sino preludios de la soberbia y bellísima naturaleza que nos esperaba mas allá de Salduero.

Al llegar á este pueblo, la garganta se ensancha hacia la izquierda y forma una especie de cuenca en donde se le une otro barranco de poca importancia que abre paso para Abejar, y en cuyo fondo se hallan sentados los pueblos de Molinos y Salduero, tan próximos entre si , que las gallinas de ambos se visitan y recorren juntas la hermosa pradera que los separa.

Parece que el nombre de este último pueblo alude a la salida del Duero que hasta allí viene encerrado desde su nacimiento en un profundo barranco, si bien después de ver por un momento la luz, en la hoya de estos dos pueblos vuelve a encerrarse hasta Vinuesa y aun desde allí hasta la extensa vega de Vilbiestre.

Sin detenernos, seguimos nuestra marcha, siempre en dirección opuesta al curso del río, y al salir de Salduero entramos nuevamente en el estrecho valle ó mas bien, como hemos dicho, profundo barranco por donde el Duero desciende de peña en peña en rápida corriente, rompiendo con su bullicioso murmullo el imponente silencio de la selva.

La vegetación iba haciéndose más majestuosa: los árboles aumentaban de tamaño; el bosque se cerraba más y más; el cielo parecía huir de nosotros al elevarse las cumbres que por ambos lados nos encerraban en los estrechos límites del camino, y este en sus caprichosas revueltas mostrábanos á cada paso un nuevo encanto. Peñas enormes de formas raras que parecían oponer un insuperable obstáculo á nuestra marcha, y servían de estribos y sostenes al áspero camino; grupos fantásticos do gigantescos pinos por cuyos rectos troncos trepaban frondosas zarzas que saltando de uno á otro los unían con vistosos pabellones que el sol se complacía en matizar con mágico pincel; ramas inverosímiles que se entrelazaban mutuamente cerrando con su espeso follaje la verde bóveda, tras de la cual, atrechos, veíamos deslizarse veloces blanquecinas nubes. En medio de la espesura, tendidos en su verde lecho, yacían por doquier enormes árboles que ya el viento, ya la mano del hombre ó el curso de los siglos habían arrancado de su asiento. Su tamaño, su aspecto, las formas extrañas que la destrucción misma los había dado, el tinte blanquecino de sus despojos que les daba cierto aire fantástico, traían al pensamiento la idea de aquellas desmesuradas osamentas de que nos hablan las relaciones de los viajeros de la India al describir un cementerio de elefantes.

Una vez internados en aquel piélago de naturales bellezas, nuestras impresiones artísticas se sucedían con tanta rapidez, que mezclándose y confundiéndose en nuestra imaginación, parecíanos recorrer las galerías de un gigantesco museo; y á la vista de aquellos cuadros, las fantásticas inspiraciones de Huffmann figurabánsenos la cosa más natural del mundo.

Para dar al conjunto un tinte más sombrío, mas no por eso menos bello, la corriente del río había cesado detenida por una enorme presa que la conduce mansa y tranquila á la canal de un artefacto de serrar maderas, y el camino en una gran extensión de terreno parece costear la orilla de un lago misterioso y fantástico; cuyas oscuras y reposadas ondas, reflejando las enormes grietas de los peñascos sombreados de lozana verdura, prestan á la imaginación un vago recuerdo de la lectura de aquellos encantamientos de hadas y de ninfas que, habitaban los profundos abismos de las aguas.

Nos hallábamos próximos á la famosa escalerilla de Covaleda, sitio el mas bellísimo que pudiera imaginar la mas poética fantasía.

Hace algunos años la escalerilla era, como su nombre lo indica, una gran pendiente del camino, que por su gran elevación y la aspereza del terreno fué preciso revestir de una serie de escalones que hiciesen posible el tránsito de las caballerías, aunque estas tenían que subir y bajar desmontadas y no sin alguna dificultad. El pico y los barrenos han abierta por medio aquel disforme peñasco cuya ascensión era el objeto de la escalera, y el temible paso, teatro á principios de este siglo de un glorioso hecho de armas de cuatro compañías francesas y de otros no menos gloriosos de las tropas españolas, ha quedado convertido en un espacioso y cómodo terraplén, festoneado de medreselvas y de zarzas y al que la mano del hombre nada ha quitado de su prístina belleza. La escalerilla ha quedado suspendida del peñón en su antiguo y rústico aspecto, como un poético detalle para el pincel del paisajista.

Respirase en aquel sitio con indecible placer una atmósfera embalsamada con el aroma de mil diversas plantas; la luz amortiguada con el frondoso ramaje de los árboles, quiébrase en los angulosos peñascos y presta al paisaje un tinte melancólico y sombrío; y el viento al atravesar los espesos y elevados troncos de los pinos, cuyas copas se cimbrean como las puntas de un gigantesco cañaveral, trae al oído fantásticas armonías, tristes gemidos con que la selva responde á los dulces cánticos de las pintadas avecillas.

Retumbaban nuestros pasos como si marcháramos bajo una dilatada bóveda, y aunque familiarizados con esta clase de espectáculos, nuestro silencio daba claros indicios del extraño y dulce arrobamiento en que tan poéticas impresiones habían sumido nuestra imaginación. Poseídos de un indefinible sentimiento de dulce y grata tristeza abandonamos aquel sitio y entramos en las cercanías de Covaleda, atravesando antes un bellísimo pórtico formado por dos enormes peñascos suspendidos sobre el abismo; arco triunfal que la galana naturaleza ha erigido sin duda en honor de la esplendente belleza del país.

Véase al paso algunos rústicos edificios destinados al asierro de maderas, á los que el tiempo y el musgo han prestado cierta salvaje belleza; y por fin costeando la falda derecha, que parece doblarse para facilitar el paso, descúbrese á corta distancia el pueblo de Covaleda, sentado sobre una extensa meseta de roca, en medio de frondosos prados, y rodeado por todas partes de espesos y sombríos bosques.

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