URBION Y LA LAGUNA NEGRA: VISTAS DE UN PAISAJE – (1882) – III

URBION Y LA LAGUNA NEGRA: VISTAS DE UN PAISAJE – (1882) – III

V.

El hombre se cree grande, se levanta sobre todo lo creado alcanzando las leyes del espíritu y la materia, comprende su grandeza, la compara con lo tangible de su pequeñez, y sufre el martirio de su conocimiento.

Su pensamiento se eleva, ocupa los espacios, se cierne sobre los astros y llena su imaginación de mundos desconocidos llenos de hermosura, y felicidad que engrandece su ser más y más, haciéndole ser constante perseguidor de un ideal desconocido lleno de virtud y de hermosura que no puede alcanzar sino después de su muerte y cuando toca al fin que tiene reservado.

Este fin incierto y desconocido le tiene en continua acción; anda azaroso en busca de la resolución de éste gran problema, hijo de lo infinito y lo eterno, en todo se fija, todo lo examina, todo lo fondea: unas veces se le presenta risueño, encantador, más bello y grato que los placeres de la tierra; otras veces lo ve oscuro y desastroso; más siempre se estrella como se estrella perdida nave en gigantesca roca, sumergiéndose en el caos, en el abismo de eternas tinieblas.

Sin duda éste ideal es muy grande, superior á lo que es hoy y no le puede dar cabida en sí; por eso gime su espíritu, padece la materia, y no encuentra más lenitivo que la esperanza de una felicidad remota y desconocida que le alienta y vivifica; así pues, cuando le duele el corazón, cuando las vicisitudes de la vida nieblan su felicidad y oscurecen su presente, el recuerdo de la esperanza de aquella felicidad le hace vivir y le consuela. El consuelo es el hijo de la esperanza. La esperanza es como la luz en medio de las tinieblas, como Dios en medio de la creación, que todo lo anima y vivifica. La religión es una esperanza en la cual renace el hombre; por eso la religión es inseparable de su condición.URBION-22 AGOSTO 1929b

El hombre contempla su grandeza al par que su pequeñez. De la grandeza de su ser resulta lo ideal, el progreso de sus obras como producto de su espíritu; de su pequeñez resultan las miserias que le rodean y le abruman, como obra que son de la materia. De aquí se deduce la reflexión y el instinto. El instinto confunde al hombre con los animales: la reflexión los separa y le hace adquirir supremacía sobre ellos; como que la reflexión es hija del espíritu que tiene el destello dé la grandeza de Dios, y el instinto es hijo de la reflexión que es un destello del espíritu del hombre.

Todo aquello que sirve al hombre de atractivo para engrandecer su espíritu, le encanta y enamora porque le entreabre las puertas de lo ideal y desconocido donde cree encontrar su felicidad.

Por eso los poetas para exaltar su imaginación y concebir esos ensueños misteriosos que pintan con los mas vivos colores, buscan los sitios mas solitarios y bellos en que todo su ser se reconcentra en el espíritu prestándole expansión y encanto: los genios, las hadas, las sílfides, las ondinas, los silfos y toda esa caterva de seres ideales que personifican: los hechos fatídicos, las inspiraciones proféticas, la pureza de amores, lo bello de los paisajes, los sueños dorados, las áureas celestiales etc. etc. no son mas que sombras y apariencias fantásticas que el espíritu crea en su tendencia á lo grande y perfecto, cuando es excitado por los atractivos que le rodean, como obra empírica del todo donde se deriva.

Pues bien, estos encumbrados y apartados sitios, que vamos describiendo metidos en el corazón de un conjunto agreste y montaraz, están llenos de encantador atractivo para el hombre por lo sencillo y natural de sus bellezas, revelándose en todo la mano de la Providencia que los hace puros y adorna con las galas naturales de primavera para que perfumado, reconcentrado en sí mismo y llevado del arrobamiento que le causa, caiga en la mas profunda meditación, proporcionándole estas y otras muchas reflexiones.

Así pues, si tendemos nuestra mirada por los variadísimos accidentes del paisaje, abriremos nuestro pecho al entusiasmo y nos hará contemplar nuevamente las bellezas que entraña.

Algunos de los pintorescos valles descritos y como para amenizar mas y mas los verdísimos Quintos de Urbion, ostentan lagunas caprichosas de diversidad de formas y extensión que contienen grandes cantidades de puras y cristalinas aguas, que á la presencia del espectador que las visita, parece se sonríen maliciosamente, exhibiendo abundancia tanta cuando solo sirven para purificar mas el ambiente que las rodea, mientras extensísimas comarcas carecen hasta de las puramente indispensables para apagar la ardiente sed que devora en el caluroso estío.

Vemos la Laguna Helada engolfada en extensa hondonada poniendo de manifiesto sus límpidas orillas, que forman su figura oválica enseñando un gran círculo concéntrico de mansiegosas yerbas y formando en medio otro círculo de tersa superficie exento de vegetación que demuestra la mayor profundidad de su suelo. ¡Constantemente y hasta muy entrado el verano se le ve cubierta de recrudecido hielo que le sirve de cubierta en el largísimo invierno, á lo cual debe su etimológico nombre.

Mas allá y sobre idéntico lecho se tiende la Laguna Larga, dicha así por su pronunciada figura. De ella ve deslizarse cual culebra que se arrastra, un arroyuelo que serpenteando va á despeñarse en seguida en una altísima y pintoresca cascada que se forma en un corte repentino de la cordillera, sumergiéndose espumosa en la profunda cuenca que inmediatamente se deja sentir.

Mas allá y como sirviendo de resguardo á las lagunas, nuestra vista se estrella contra Zurraquin, majestuosa roca, titánica, fenómeno geológico, cumbre altísima coronada de cubiertos picachos que se asemejan á gigantescos centinelas velando eternamente para que furtivamente no se extraigan las aguas de estas charcas caprichosas que se mecen á sus pies.

Parece que exhibe en su coronada cúspide una exposición de majestuosas estatuas que completan el carácter fantástico de tan soberbia decoración.

El águila altanera encuentra aquí su reposo tranquilo y solitario, por eso se ven constantemente invadidos estos eternos picachos de grandes bandos de ésta Señora de los vientos, que para hacer ostentación de su reinado buscan lo majestuoso y encumbrado de estos apartados sitios, como huyendo del hombre que trata de absorber completa la majestad y poderío en todo lo que sobre la tierra mora.

Ella en su propio instinto comprende que bajo la salvaguardia de esas mágicas y desiertas alturas puede vivir tranquila y descuidar en ellas su reposo, así pues se las ve constantemente reunirse cual tribus errantes de Bohemios que se ocultan en los montes mas inaccesibles á conmemorar sus faustos y celebrar sus tradicionales y rústicos banquetes.urbion%2022%20agosto%201928b

No es raro ver en la risueña primavera acercarse cautelosa pareja á acariciar sus hijuelos que como ricos tesoros oculta cariñosamente en el regazo de áspero peñasco.

Solo á la vista de uno de los ángulos entrantes que forman los grandes cortes verticales de la inmensa mole que se nos exhibe, parece que retroceden respetuosa y pavorosamente estas señoras de los espacios atmosféricos que rehuyen de su presencia cual pudieran hacerlo ante la fétida boca del averno.

¿Qué móvil les incita la inspiración de tal respeto á ese corte tan natural como los muchísimos que le rodean?

¿Qué talismán puede mover su instinto para dejar desierto y solitario aquel pronunciado rincón en el que solo se deja oír de tarde en tarde el grito agudo, penetrante y aterrador de la nocturna lechuza?

Esto sería del todo anejo al espectador; no podría darse cuenta de las causas que motiven tal retraimiento, permaneciendo siempre en los tinieblas de la incertidumbre.

Mas ¡ay! que aquel aparente tétrico, aquel pánico de estas aves, ese color rojizo que presentan algunos musgos viejos que invaden la superficie de la roca por su base auguran ser la memoria de algún hecho fatídico que toca la fibra mas delicada de su corazón. ¿Qué puede ser? Vas á saberlo, caro lector.

Cuéntase que un guarda montaraz encargado de la custodia de los montes vecinos haciendo su recorrido por lo escarpado de estos altos sitios, descubrió un día la guarida donde moraba pacífica pareja de águilas que acariciaba tiernamente á sus nacientes hijuelos ocultos en honda quemadura horizontal de granítica roca en uno de los ángulos formado por los grandes cortes verticales del encumbrado Zurraquin, que reposaban tranquilamente á la vista del sol naciente y por donde se deja sentir el arrullo monótono y continuado de la hermosa cascada que procedente de la Laguna Larga se sumerge espumosa en la sombría cuenca que se halla delante. Concibió el Guarda la mal hadada idea de poner luto a aquella infeliz pareja, arrebatándole su adorada prole para hacerla presa de su voraz estómago La roca era alta y escabrosa, el acceso a la quebradura era difícil. Recurrió al artificio, proveyéndose de largo balanguero producto de un joven pino, que cortadas sus espesas ramas quedaran salientes los troncos de ellas para que sirvieran de peldaños cual ingeniosa escala donde apoyar sus rudos pies. Ayudado de éste útil dio con la habitación de los inocentes rapaces, ¡infelices!… acurrucados uno sobre otro y dentro de mullido nido formado de ramas, hojas y yerbas secas mezcladas con lana, plumas y pedazos de pieles diversas, posaban tres tiernos aguiluchos medio desnudos y cubiertos de varios mechones de cañoncillos o plumas nacientes. Notábase en ellos la inocencia dé la infancia.

A la presencia de aquella visita inesperada y que les inquietaba en su reposo se vieron sin duda asaltados de mal preludio, e instintivamente trataron de esconderse como si quisieran librarse de la visita de aquel ser extraño que tan inoportunamente les asaltaba en el regazo de su cuna; pero en vano, que la mano del usurpador dominaba el recinto de su habitación. En los ojuelos brillantes y desencajados demostraban ya el patético fin que les aguardaba. El Guarda extiende su mano, trata de apoderarse de ellos y huyen despavoridos arrastrándose como reptiles sobre las hendiduras interiores de la cueva.

Al desalojar el nido observó el raptor que al lado del caliente lecho yacía una blanca y lucida paloma, un hermoso conejo y muchos huesos, restos de varios animalitos y aves victimas de las agudas garras de sus padres, para darles sin dida el cotidiano alimento. Apodérase de ellos y discurrió si con esto habría descubierto rica mina donde regalar su apetito algún tiempo.

Púsolo en práctica y gracias á ella los polluelos lograron gozar algo más de vida, es decir, más bien de prolongar su agonía, aguardando la venida de los padres con nuevas provisiones conque reparar lo que el rapante intruso les había arrebatado. Al día siguiente el Guarda dio segunda visita á los rapaces, dando también con el exceso de su bien provista dispensa, y así siguió un día y otro haciendo siempre presa de su estomago lo que la afanosa pareja conducía satisfecha, y excedía al alimento cotidiano de sus hijos, hasta el punto que éstos casi llegaron á connaturalizarse con su presencia. Las águilas siguieron redoblando sus esfuerzos, acumulando cariñosamente víveres á sus hijos sin pensar siquiera que sus afanes se estrellarían más adelante, mañana quizá, con el destrozo de su corazón.

Pasóse así el tiempo, sobre tres semanas; las aves llevando y el Guarda comiendo, no ya sin haber sido sorprendido varias veces por la vista perspicaz de ellas el cotidiano visitador, por cuya causa andaban, ya recelosas y con cautela, tratando de arrebatar de aquel peligroso sitio su tesoro para ponerle sin duda en otro reservado donde mereciera más seguridades. Pero la desgracia que camina casi siempre en pos de la inocencia, hizo que en el primer acto de sustracción fuese sorprendido por el malhadado huésped, que á la sazón venia á por sus diarias sobras, haciendo que fuese precipitado al suelo el polluelo objeto de la primera ocultación, del que se apoderó aunque con dificultad porque trataba con fuertes revoloteos de huir desesperadamente de su presencia. Con esto determinó apoderarse ya y dar fin á todos, más temió dejar su estómago libre de las regaladas provisiones y discurrió que atándolos sobre el nido seguirían en adelante en el mismo estado que hasta aquí y realizó su intento; pero ¡ah! que esta vez fracasó en completo. La pareja recelosa, no abandonó á sus hijos, más con mucha cautela de muy tarde en tarde y á horas inoportunas quizás para la presencia de su tenaz perseguidor, llevaban dolorosamente ya el sustento puramente indispensable para su sostenimiento. El instinto de conservación les vaticinaba lo negro de sus peligros y las apartaba de allí; más el amor paterno con el talismán de sus atractivos, no les permitía ausentarse ni abandonar sus hijos. El Guarda observó la escena y trató de poner fin á sus visitas que se iban haciendo desiertas.

Parapetóse tras de derrumbada piedra que se hallaba al pie del risco, desde donde ocultamente se daba á la vista la quebradura objeto de su aviesa intención.

El sol declinaba con rapidez hacia el ocaso; el lado opuesto del Pico era ocupado por negra sombra: el ángulo en cuyo vértice se hallaba la guarida de las aves, tomaba el aspecto serio é imponente propio de lo solitario, sombrío y montañoso del sitio. El Guarda se puso en ademán de espera; al fin iba á lograr su intento: una de las águilas cautelosa, endiendo los aires, en irregulares contorneos, primero veloz, como el rayo después, se precipita sobre su cueva, entra y se vuelve recelosa, da una mirada al exterior y se interna en la morada de sus prisioneros hijos; les da presurosamente el alimento y se asoma nuevamente al borde de la roca; va á desprenderse para echarse en el seno de los vientos, cuando una fuerte detonación envuelta en espirales de humo que salían por detrás de la piedra en que el Guarda se encontraba, resonaba en las paredes del hondo valle vecino, repercutiendo los ecos los cerros de la comarca, al propio tiempo que revoloteando cual desasido cometa y dando vueltas desconcertadas con las alas entreabiertas caía el águila estrellándose sobre el pie de la roca donde quedaba huérfano el tesoro de su corazón. El montaraz, no satisfecha todavía su carnívora ambición, se ocultó nuevamente tras el pedrisco, y no se hizo esperar mucho la ocasión de saciar su depravado intento; pronto se observaron en el aire las ondulaciones producidas por el águila viuda que sin conocimiento del suceso traía entre su curvo pico, presa de sus huesosas garras, hermoso mirlo con que regalar al hijo que por turno le correspondía la dulce presa; pero ¡ah! No logró su maternal y cariñoso intento; al caer silenciosa sobre la roca, nueva explosión se deja sentir y el águila arrebatada por su propio peso, cae sobre aquella áspera mole, exánime junto á su querida compañera que todavía brotaba la sangre caliente de su palpitante corazón. La roca quedó impregnada de ella. Las manchas rojas que produjo sirven de sello que no se borra jamás, Los aguiluchos sobresaltados por la primera explosión, se esforzaron pavorosamente por la segunda, rompiendo las cuerdas con que se hallaban sujetos, y presurosamente salieron de su cueva para despeñarse sobre el alto risco y seguir la suerte de sus padres.

El crimen se había consumado en todas sus partes.

La roca dejó de ser frecuentada por el Guarda.

La quebradura desierta y llena de luto.

Las manchas rojas resaltaban sobre la superficie del áspero peñasco.

Desde entonces éste sitio se conserva solitario y triste; las águilas huyen de su presencia.

¿Qué delito cometió ésta desgraciada familia para sufrir suerte tan desastrosa?

Tocad las fibras del corazón humano y daréis con lo terrible de sus miserias.

Ocúrresenos la idea de la educación y nos sonríe el colorido de sus efectos.CUMBRE DEL URBION

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