APUNTES DE COVALEDA EN LA LITERATURA

COVALEDA

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            “Entonces, aquella parte de los alrededores de Covaleda era muy primitiva y salvaje. Se vivía como en la Edad Media…

            El traje regional de los hombres consistía en una especie de marsellés atado por delante con una sola cinta, como un corsé, debajo del cual llevaban un pañuelo de colores, pantalones anchos y cortos y abarcas. Estos serranos del Urbión parecían bretones por su aspecto y, según algunos, procedían de unas familias llegadas allí desde Bretaña. El Brigante y yo solíamos ir con frecuencia a cazar al Urbión y a la garganta de Covaleda, uno de los desfiladeros más hermosos de España. La garganta de Covaleda se halla formada por un largo barranco cubierto de espesos pinares. En su fondo corre el Duero entre peñas cubiertas de musgo, saltando en las cascadas, remansándose en las presas, moviendo las paletas de las serrerías, de tejidos rojos y brillantes…”

Pío Baroja, “El Escuadrón del Brigante” de. 1967, pp. 125-126.

Pelicula Laguna Negra y Pinares.Imagen fija023

            “El Duero, el padre Duero, padre de Castilla y de León…

Esta vez fui a verle, a soñarle visto en su cuna, en Duruelo…

            El Duero niño susurra, en siseo de sierra, vagidos infantiles, ciñe a Soria y cruza luego la desolación de la escombrera castellana. ¿Santo Padre Duero! Sobrio y austero, de cuya cuenca se salió el salido Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid…”

Miguel de Unamuno, “Por el Alto Duero”, en “AHORA” Madrid 18 de Julio de 1933.

 

            “El Duero nace al pie del roquero penacho, en medio de una crudeza extraterrena. Nadie ameniza la soledad del hondón, gigantesco; ni siquiera el musgo o el liquen. Tropiezan las ráfagas en los pelados riscos, cuando intentan acariciarlos. Amedrenta el silencio, entrañado de una claridad gélida…”

Federico García Sanchiz, Duero Abajo, 1939.

 

            “El Duero venía de la sierra de Urbión con una transparencia y una paz verdaderamente mitológica, y en él se reflejaban, con su exacto matiz de plata, los hitos de la chopera. No se veía un alma, no se oía un rumor… Porque, cuando se dispone de un bello río, silencioso y manso como este mi Duero, que, afortunadamente, no ha escuchado demasiados tópicos patrioteros, cualquier otro accidente baja de categoría. Hay ríos de cometido fronterizo, como el Guadiana, y otros de estampa regional, como el Turia y el Guadalquivir. Pero el Duero y el Tajo son ríos por derecho propio…”

Juan Antonio Gaya Nuño, El Santero de San Saturio, 1953, pp. 16-17.

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            …”Un caballero de Ávila, llamado don Rafael, convidó con una casa que tenía en Duruelo, aceptó y fuimos a verla, y, por mal aliño que tenía, procuró traer luego los dos padres y les acomodó allí lo mejor que pudo; y ellos eran tan santos y amigos de soledad y penitencia, que gustaron mucho de la pobreza de la casa y de la humildad del lugar, que era de gran pobreza, a manera de alcairía”.

Santa Teresa de Jesús, Libro de las Fundaciones, 1568, tomo I, nota 42.

 

            “Esta vez fui a verle {al Duero}, a soñarle visto en su cuna, Duruelo, esto es, Duriolu, Duerillo, el niño recién nacido. Una humilde aldea donde el río Cid, el de los guerrilleros, el del romancero, balbuce vagidos entre peñascos…”

Miguel de Unamuno, “Por el Alto Duero” en “AHORA”, Madrid 18 de Julio de 1933.

 

            “A la caída de la tarde, volvimos a dar con el riacho, cuando llegamos a Duruelo, que no se sabe si con tal nombre mima al Duero niño… Duruelo, Duruelo… Porque allí estableció Santa Teresa el convento inicial de la reforma de los mitigados que pasaron a descalzos. Imaginad si el curso ha alcanzado magnitud…”

Federico García Sanchiz, “Duero Abajo”, 1939; pp. 23-27.

 

– Bajad por ahí – les dijo -, y en dos horas encontráis el primer poblado. ¿Ah! No paséis junto a esa laguna negra.

-¿Por qué no?

– Podíais finar allá.

– Pero, ¿Por qué?

– Porque es una laguna donde hay una mujer que vive en el fondo y que mata al que se le acerca. Todo el que se mira en esa agua, muere.

– Está bien, no nos acercaremos – repuso el Mayorazgo -. ¿Adiós y gracias, señor Lope?

– ¿Adiós, y buena suerte!

Comenzaron Marina y el Mayorazgo a bajar el gran barranco, cubierto de nieve. De las dos lagunas, una estaba completamente helada; la otra era negra como una mancha de tinta, y se comprendía su fama de misteriosa; parecía el ojo redondo de un monstruo. Se veía desde lo alto en el interior de un embudo, que quizá fuera en otro tiempo el antiguo cráter de un volcán.

– Vamos a la Laguna Negra – dijo el Mayorazgo a Marina-.

– ¿Para qué?

– Vamos.

Atravesaron la Laguna, que estaba helada, y se acercaron a la otra. Marina dijo que el agua era muy profunda y muy clara. Llegaron hasta la orilla misma.

– ¿Se reflejan nuestros cuerpos? – preguntó el Mayorazgo-.

– Si.

– Y no pasa nada. Ya ves, todo lo maravilloso es mentira. Sigamos.

Dejaron atrás las lagunas, subieron otra vertiente del barranco y cruzaron algunas lomas nevadas.

Pronto la nieve dejó de presentarse continua y compacta.

Luego comenzaron a aparecer los pinos aislados, y después, los pinares extensos, negros y tristes.

Al caer de la tarde se encontraron con un camino de herradura, que pasaba por el raso de un pinar, donde había una choza de pastor abandonada. Hicieron allí alto. Marina apiló leñas secas y encendió una hoguera, que en el aire limpio parecía una llama religiosa dedicada a algún Dios…

Se tendieron en el suelo. Marina contemplaba, absorta, el paisaje, los pinares se extendían a sus pies como abismos de negrura; los descampados llenos de matorrales de brezo y de retama y los montes lejanos, por los cuales corrían pinceladas de violeta…”

Pío Baroja, “El Mayorazgo de Labraz”.

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            “Bajamos con grandes precauciones al borde de la Laguna Negra. Era un embudo de piedra, en cuyo fondo parecía dormir misteriosa el agua inmóvil aparentemente negra…

            Al noveno día cesó el temporal y comenzó a helar; el piso fue poniéndose duro: ya se podía andar por él.

            Hicimos una expedición imprudente para recorrer los alrededores. Había una cornisa de piedras que partía de la entrada de la cueva, en el mismo borde de la Laguna Negra, por el cual se podía avanzar y retroceder sin dejar huella en la nieve…”

Pío Baroja, “El Escuadrón del Brigante”.

 

– Para seguir por la carretera a través del pinar, hay que desviarse en Cidones, ¿no?…

– Sí; ya lo he dicho -dijo Jesús sin alterarse, porque él parecía muy voluntarioso y, como buen hablador, muy dispuesto a repetir lo que conviniera-. Encontrarán el desvío a la salida de Cidones. Hasta allí, el paisaje no es gran cosa, pero luego…, el pinar. Grandioso. Ya lo verán. Es algo sencillamente extraordinario, único. Un pinar de primera categoría. No es ninguna broma. Un pinar de primera categoría. Más de cincuenta kilómetros de bosque. Tendrán sombra y fuentes de agua helada y exquisita. No se olviden de sus truchas. Son las mejores de España.

Ricardo Fernández de la Reguera, “Vagabundos Provisionales” 1959, pp. 65-66.

 

            “… Mira con la fantasía y vente más allá conmigo, hasta los picos excelsos del Urbión”

Benito Pérez Galdós, “El Caballero Encantado”, 1909.

 

            “Entonces, decidimos la marcha. El día anterior subimos el pico de Urbión para orientarnos bien.

            Desde lo alto se veía una niebla larga que seguía el cauce del Duero; en medio de la niebla azulada se destacaba el castillo de Gormáz un cerro, como una isla en medio del mar.

            Cerca, se abrían las gargantas de Santa Inés y el Hornillo.

Hacia el lado de Aragón se erguían las masas del Moncayo y Cebollera…

Muy vagamente, al este, se divisaba la sierra de Albarracín…”

Pío Baroja, “El Escuadrón del Brigante”, pp. 333-334.

 

Pero algo, Urbión, no duerme en tu nevero,

que, entre pañales de tu virgen nieve,

sin cesar nace y llora el niño Duero.

Gerardo Diego, “Cumbre de Urbión”, en “SORIA”, 1948.

 

            “Encima de Duruelo, de su pobre caserío, asomaba, tras unas cumbres peladas, el pico pelado del Urbión, como repujado en el cielo desnudo, pelado de nubes. Levanta allí el río -que es el cauce- su raicilla más larga, su rendar (cordón umbilical, en técnica) caucecillo de agua que baja en las cumbres del Urbión, y al poco trecho, empieza a trabajar en los pinares”.

Miguel de Unamuno, “Por el Alto Duero” en “AHORA”, 18 de Julio de 1933.

 

Urbión, gigante de Iberia,

en su castillo roquero,

todo azul en el verano,

todo blanco en el invierno.

 

Sólo las águilas reales

tienen allí su alto imperio.

Virgilio Soria, “URBIÓN”.

2013-02-03-153 

A Urbión le cubre un pecho de paloma;

deshecho en ti se vuelve mensajero,

y al mar diciendo va, de loma en loma,

que en hombros del amor se acerca al Duero.

José García Nieto, “Urbión”, en “Geografía en Amor”, 1969.

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