EL DUERO COMO FUENTE DE INSPIRACIÓN POÉTICA – II

EL DUERO COMO FUENTE DE INSPIRACIÓN POÉTICA – II

3.3.- Biografía lírica del Duero

No es demasiado popular un poema de Claudio Rodríguez, “Despertar de Antonio Machado en Soria”. Prosaico en apariencia, desemboca en unos versos misteriosos, surgidos del contraste inesperado: Antonio Machado supera el tópico que él mismo confesó, ya conocéis mi torpe aliño indumentario. Claudio Rodríguez lo presenta ahora en tareas de arreglo personal y una actividad tan mecánica como cerrar el grifo se transforma en motivo de ensoñación: Cierra // el grifo, pero suenan aún las fuentes, // suenan los ríos, le desbordan corren // por sus venas, le yerguen, le fecundan. // Y entonces sabe por qué nace el Duero // a dos pasos. Y siente el rumor fresco // de su perenne servidumbre.

Miguel de Unamuno debe ser de nuevo el referente. Arrancando de otros río, ofrece una mínima biografía fluvial del Duero en el poema 467 (23 de octubre, de 1928), para acabar evocando a Portugal y la cima del Teide: Tiétar, Tormes, Tajo, Duero, // mellizos de las Castillas; // madre Gredos sus dos brazos // desparrama y acaricia // sobre hueco, // carne parda, // que sangre y sudor hostigan. // Oporto, Lisboa, llegan // las manos en barro tintas // y en los abismos se pierden // del mar tenebroso; arriba // el sol peregrino a América // le aguarda vana conquista. // Teide cano, monje ardiente, // desde sobre nubes mira, // y le ve acostarse en olas // que le brizan maravillas.

Algunos poetas han presentado al río en su condición infantil, como es el caso deÁngela Figuera en “Río sin sueño”: Quieto y dormido todo, menos el río. El río // no podía dormirse: sollozaba temblando, // con los ojos abiertos que le hería luna. // ¡Si yo pudiera, río, mecerte entre mis brazos! // Niño de brisa y agua sobre mi pecho. Niño // sin peso ni dureza, ¡tan fresco! En mi regazo. Es una visión de trasfondo lírico, que se repite en otros momentos, como en “Romance del desdichado” o “Niño en la orilla”: El río llega y se va // turbio de tierra y de peces: // los ojos del niño ignoran //las luces que los encienden; // cómo se llenan de vuelos, // de nubes, de ramas verdes.

Gerardo Diego crea la misma trayectoria en sus “Balada del Duero infante”, en los que el poeta presenta los orígenes del río, poco más que un arroyo tumultuoso a su paso por Salduero. De ahí su poética duda: ¿Cuántos años, meses, días? // Horas sólo cumple el Duero // cuando pasa por Salduero?. La virginidad fluvial sorprende y enternece al poeta, que se dirige al río de forma apelativa: No corras tanto, mi niño; no, mi cielo, goza ahora, // que te acechan Soria impura, // Tordesillas y Zamora. // Portugal te abre su abismo. // Ay, el mar, el mar, me muero. // Desde Urbión, cantando, a Oporto, // ¿cuántas horas dura el Duero? Salduero es también el hito geográfico para evocar el nacimiento del río, así como su recorrido, cantado por José García Nieto en el poema “Geografía es amor”13. Otros poemas  yotros ríos han surgido hablando del Duero. Lo hace Luis López Álvarez, en su soneto “Mar de tierra”, sin olvidar su poema “Tordesillas”14.

Parecida diacronía fluvial es la que refleja el onubense Francisco Garfias al evocar el río Cuerpo de Hombre, río bejarano por excelencia, de honda onomástica antropológica. No es extraño que al poeta le sugiera una visión basada en la diacronía vital una vez más. Como Gerardo Diego, Francisco Garfias se asombra ante la naturaleza del humilde río bejarano: ¿De qué color naciste? // ¿De qué parto roquero? // ¿De qué cimas mortales // desciendes, Río ­Cuerpo? Desde la sorpresa de estas interrogaciones, surge la evocación del río, elemento natural: Niño que llora, arriba, // en la nieve  de Gredos. // Hombre que canta, abajo, pujante, entre los brezos. Ante semejante fascinación, no es extraño que el poeta se desboque líricamente por el descenso de la sorpresa y la admiración: ¿Quién te pulsó las sienes? //

13 José GARCÍA NIETO, Geografía es amor. Col. Palabra y Tiempo, I, Madrid, 1961 (pp.54-56) 14 Luis LÓPEZ ÁLVAREZ, Las querencias, Índice Editorial, Madrid, 1969.

¿Quién te rozó el aliento? // Quién te nombró con ese // nombre de carne y hueso? Nombre con sangre: hombre // de agua y limbo sediento. // ¿Qué fin, qué muerte tuya // es mi mar y mi término?

No faltan destellos poéticos que reflejan momentos de misticismos arrebatado y momentáneo, como cuando Luis Rosales exclama en una de sus redondillas, no especialmente afortunada, “Va el Duero alabando a Dios”: El Duero cuenta la historia // del cielo, mientras camina // de una encina en otra encina, // como la mula en la noria. Es la misma expresión de plenitud mística que describe Dionisio Ridruejo en el poema “Riberas del Eresma”: La primavera venía // y luego se deshojaba. // ¿El hombre mortal? ¿El riesgo // eterno? El hombre y el agua // en el verde, siempre verde // misterio de su mudanza. Este sentido manifiesta Francisco Garfias, a quien le viene la inspiración en forma de seguidillas, que no parecen acordes con el contexto geográfico de esa  Ávila… tierra de cantos y de santos. En“Seguidillas teresianas en el camino de Ávila a Salamanca”, surge un recorrido literario de los espacios que separan las dos ciudades, con especial atención a Alba de Tormes, tierra del descanso eterno de santa Teresa. Tiene el alma su almario, // la luz su brisa // y el Tormes lanceado // su seguidilla. // Salamanca en lo alto // del aire, espera. //Los ojos, con sol dentro, doran la piedra.4499715724_be39b8bf41_b

Uno más de los apasionados cantores del Duero es el poeta burgalés Manuel Arandilla, autor de bellas acuñaciones poéticas con el Duero como protagonista. La segunda de las cuatro partes de su poemario Hombre baldío15, “El Duero es un río de palabra”, ofrece poemas de una admirable plasticidad, en los que se refleja la condición misteriosa del río convertido en alter ego espiritual del poeta: El Duero me mima en su corriente, // me habla. // Sus aguas son todo un diccionario // de palabras caídas del cielo // y de la boca de los hombres, // cuando // cerraban el trato sobre el puente (p.39). El poeta niño lo recuerda como recuerda a Dios: Dios era y hacía frío // cuando me incorporó a su aguas. // Veo un pez que se debate // con mis primeras lágrimas. (p.41) Este Dios-Duero se transforma en imágenes casi inefables: El Duero es un dialecto de // de verbos embarrados, (p.43) lo que explica que sea un trasfondo de significados para la comunicación: El Duero escribe // con palabras de todos, // y diluye mi mentira (p.51). Por eso, explica el poeta: Ningún texto// de los hombres // tu caudal modifica. Porque se trata de un río incontrolable: Mi río se desborda // para expulsar palabras // indignas de su cauce (p.59). De ahí la petición que el poeta dirige al río: Enséñame a pronunciar // el amor que te adeudo // con azules consonantes. // Enséñame a escribir // con tus vocales líquidas // un anfibio poema, Duero, // espejo de mi caligrafía. (p.53).

3.4.-Zamora, Claudio Rodríguez y J. Hilario Tundidor como fuente de sosiego

En los años veinte Unamuno cantó las bellezas de esta ciudad, en diversos poemas, pero se hacen necesarios algunos matices al respecto. Se ha dicho que evoca a Zamora en su poema “Durium, Duero, Douro”, escrito en el 21 de abril de 1930, con ecos históricos. Curiosamente, en el día 17 de agosto de 1928 (fecha mal reflejada en la edición de la Poesía Completa16. En su poema 332, Unamuno evoca la ciudad, pero repite dos versos del poema anterior y alguna otra impresión urbana. El poema, un poco más personal, termina con dos versos Zamora dormida en brazos // corrientes del padre Duero.

No hay duda de que Zamora y el Duero tienen en Claudio Rodríguez uno de sus más apasionados cantores. El poeta se acerca al Duero en actitud mística, como se acerca casi siempre al paisaje zamorano. Tierra y agua del Duero acaban siendo caras del mismo poliedro4499081213_f01c11759f_b

15 Manuel ARANDILLA, Hombre baldío, Editorial Dossoles, Burgos, 1998. 16 En la Edición de Alianza Editorial, el poema 332, “Zamora”, aparece fechado el 17 de agosto de 1978 y el número 333, sin título, el 17 de agosto de 1978. Se trata evidentemente, de dos errores tipográficos.

místico, patente en los versos del segundo poema del libro III de Don de la ebriedad : Agua del río, agua del mar, estrella // fija o errante, estrella en el reposo // nocturno. Qué verdad, qué limpia escena // la del amor, que nunca ve en las cosas // la triste realidad de su apariencia17. No son los únicos casos; sirvan de ejemplo algunos versos, referidos a un concepto tan inaprensible como la verdad: Déjame que, con vieja, // sabiduría, diga: // a pesar , a pesar // de todos los pesares // y aunque sea muy dolorosa, y aunque // sea a veces inmunda, siempre, siempre,// la más honda verdad es la alegría. // La que de un río turbio // hace aguas limpias, //la que hace que te diga // estas palabras tan indignas ahora, // la que nos llega como // llega la noche y llega la mañana, // como llega a la orilla  // la ola: // irremediablemente18 .

De ahí el hondo sentimiento presente en el poema “Al ruido del Duero”, paradigma poético de estas sensaciones líricas del paisaje fluvial zamorano. El íntimo alejamiento del poeta le lleva a reflexiones extremadas, dramáticas, reflejo de su marcha, que él imaginó afortunada en otro tiempo:

Y como yo veía // que era tan popular entre las calles, // pasé el puente y, adiós, dejé atrás todo. Pasado el tiempo, recupera el simbolismo del río: Y eres / tú, música del río, aliento mío hondo, llaneza y voz y pulso de mis hombres. Al final del poema, el poeta sentirá el inevitable y feliz sentimiento de la plenitud pensando en el río: Oh, río, // fundador de ciudades, // sonando en todo menos en tu lecho, // haz que tu ruido sea nuestro canto, // nuestro taller en vida. Y si algún día // la soledad, el ver al hombre en venta, // el vino, el mal amor o el desaliento // asaltan lo que bien has hecho tuyo, // ponte como hoy en pie de guerra, guarda // todas mis puertas y ventanas como // tú has hecho desde siempre, // tú a quien estoy oyendo igual que entonces, // tú, río de mi tierra, tú, río Duradero.

El Duero recibe por parte de Claudio Rodríguez una visión muy personalizada en el poema “Eugenio de Luelmo”. La admiración humana por el personaje recordado sólo encuentra modelo posible con el río, ya que, como se indica en la dedicatoria del poema, “Que vivió y murió junto al Duero”. De ahí lo trascendente de los versos: Él, cuyo oficio sin horario // era la compañía, ¿cómo iba // a saber que su Duero // es mal vecino?19. El poeta, emocionado con la muerte del amigo, parece recordarle que el misterio fluvial poco tiene que ver con la llegada de la muerte: La muerte no es un río, como el Duero, // ni tampoco es un mar. Como el amor, el mar // siempre acaba entre cuatro // paredes. Y tú, Eugenio, por mil cauces // sin crecida o sequía, // sin puentes, sin mujeres // lavando ropa, en qué aguas // te has metido?20. La sensación de luz, inefable literariamente, resurge con el símbolo de la niñez, mundo de misteriosas vivencias, en las que reaparece el río como símbolo: Las calles, los almendros, // algunos de hojas malva, // otros de floración tardía frente // a la soledad del puente // donde se hila la luz entre los ojos // tempranos para odiar. Y pasa el agua // nunca tardía para amar del Duero, // emocionada y lenta, // quemando infancia21 .

Uno de los últimos poemas de Claudio Rodríguez resume a la perfección las variadas sensaciones vividas, reflejadas en el cuerpo III del poema  “El robo”22: Y fluye el Duero ilusionadamente…// Estás llegando a tanta claridad // que ya ni ves que está la primavera //sobria en los chopos ahí enfrente. Pero // ¿tú qué te has hecho? // ¡Si has tenido en tus manos // la verdad!.

De El don de la ebriedad, libro III. Ésta, como otras citas del presente trabajo, pertenecen  a la obra Claudio Rodríguez, Hacia el canto. Selección de Claudio Rodríguez y L.G.J. Edición de Luis GARCÍA JAMBRINA. Salamanca: Universidad; Madrid.Patrimonio Nacional, 1993. 18 Claudio RODRÍGUEZ, op. ct.,p.162 19 Claudio RODRIGUEZ, op. cit, p. 131.20 Claudio RODRÍGUEZ, op. cit.,p. 133.21 Claudio RODRÍGUEZ, op. cit.,p. 183. 22 El poema pertenece a Interludio mayor. En la obra citada en notas anteriores figura en la página 257.

José Miguel Ullán (hombre y poeta de los espacios majestuosos de los Arribes) no olvida la imagen del Duero, al que considera símbolo de la unidad, de la plenitud universal en su poema “Unidad”: Unidad, nos hemos salvado, // aunque fuera preciso creerse // en los brazos del sueño primero: // esas sombras que cruzan el Duero // para oírse gemir en la noche // de la otra orilla, al deshacer, // lo mismo: // ¿qué es esto que yo no he sido?

Zamora surge en los versos de Juan José Cuadros23, primero en forma de copla muy bella, titulada “Canción para un río chico”: Mira qué buen nombre tiene, con ser tan chico el Clamores. // Ni el Duero, con ser el Duero, // tiene más bonito el nombre (p.28). En su largo poema “Responso desde la barbacana de Zamora”, teje una delicada  visión en la que se mezcla una interpretación panteísta e idealizada del paisaje con una alusión al pasado histórico: El tiempo, con el agua // del viejo Duero, // con el viento // de ahora y la desesperanza // de cada cual // -cuando quedaba- // tejió los lienzos del olvido, padre // de la vida y compadre // de la dulzaina y del lagar. // Por eso, aquí, // sobre las piedras // podridas // de la cerca // de esta ciudad hermosa, // desmemoriada y roja // de soles, // rezo un responso, entierro, // cuentos de viejas // glorias, // asaltos y traiciones, // polvo de cronicones archivados // y otras cosas // más también, // en esta tarde en viento // por el habar en flor.

No es el Duero el espacio poético evocado por Agustín García Calvo, pero Valorio tiene íntimas relaciones con sus aguas. El bello bosque zamorano, próximo al río, le sirve al escritor como peculiar seguidilla, no demasiado ortodoxa: ¡Viva por ti Valorio, // aunque no lo veas, // y se haga tan espeso // como lo era! // Y si te empeñas // en morir tú, // allí donde caigas, // lo mismo huelas.

Escapa un poco a este tratamiento poético la literatura de Juan Manuel de Prada, pero no hay que olvidar que muchas páginas suyas presentan gran lirismo. El Duero se asocia a la infancia del escritor en su “ciudad levítica”, al recuerdo de su abuelo, hombre que haría adentrarse al niño Prada en los vericuetos misteriosos de la Naturaleza y la creación literaria. En La vida invisible24, Zamora será escenario de las andanzas amorosas del protagonista, aún es adolescente. Alguna experiencia erótica le servirá para hacer una plástica recreación en los tiempos actuales del bellísimo “Romance de Gerineldo”. El Duero, que engulle los ruidos de la ciudad, será también escenario de momentos sentimentales: “Bajamos hacia el río por calles que tenían un recogimiento de eremitorios, como si se hubieran quedado rezagadas en la intemperie del pasado. La noche tenía una limpieza de puñal húmedo e incruento (…) El río bajaba caudaloso como mi sangre, con es ímpetu que tienen el amor y la muerte. (…)Stitched Panorama

Contemplada desde el puente sobre el río, nuestra ciudad levítica parecía sostenida sobre el filo de la nieve. Apoyados en el pretil, abismamos la mirada en aquellas aguas que arrastraban el dolor del mundo, también su tumulto y su furia” (p. 221).

El poema de Jesús Hilario Tundidor “Adiós a los río que se van“ (incluido en su libro  Río oscuro, 1960) es la mejor forma de nostálgica despedida: Adiós a los ríos que se van, // las aguas que en canción de madre alzada // llevan hacia otra luz, hacia otros aires, // las vísperas antiguas de las zudas. // Adiós los ríos que se van, las sombras // perdidas en los árboles trenzado, // la soledad de las riberas pobres, // el hondo desaliento de los juncos. // Yo quisiera contar cómo se quedan // el ojo estrangulado de los puentes, // las ciudades que socorre el agua, // las lavanderas del amor y el hosco // pasar del aluvión en la crecida. // Pero el silencio lo contagia el río // y solo ya y sin calles, // triste amor y viejo de andadura, // he salido a la aceña, con el alba // en la frente a ras del sueño y abro el día // y digo // como un envite de la muerte eterna: // adiós los ríos que se van, bien vayan…

23 Juan José CUADROS, Memoria del camino, Col. PRvincia,25, León, 1975. 24 Juan Manuel DE PRADA, La vida invisible. Premio Primavera de Novela 2003. Madrid, espasa Calpe, 2003.

4.-EL DUERO, UNA FLECHA FLUVIAL HACIA EL ATLÁNTICO

No hay duda de que un río es la suma de los afluentes que desembocan en él. Norte, sur, este y oeste…conforman la superficie de la que surge el cuerpo fluvial del Duero. No se trata de hacer una descripción exhaustiva de los afluentes. Sería una triste concesión a la visión topográfica o hidráulica, objetivo lejano de estas reflexiones. Se hace imprescindible una selección, en la que no estarán presentes a buen seguro, los cauces fluviales más representativos desde el punto de vista hidrológico. Quien esto escribe se siente más deudor de sentimientos y vivencias humanas y literarias que de cifras y volúmenes. De ahí lo arbitraria que puede resultar su apreciación. ¡Qué le vamos a hacer…! Riesgos y peligros del subjetivismo.

Pero es indiscutible que el Duero es una flecha que camina hacia occidente, con su trayectoria marcada geográficamente con la afluencia del Órbigo y el Tormes. Hay otros ríos, bien sabe Dios de importancia capital. ¡Cómo no recordar el Pisuerga, madre fluvial de la magna obra del Canal de Castilla!…Pero el Órbigo y el Tormes marcan con especial plasticidad la forma de esta saeta fluvial que forma el Duero.

4.1.- El Órbigo como metáfora poética del Norte

Del norte llegan corrientes numerosas, enriquecedoras de un caudal infatigable a las sequías y otros elementos adversos. No es fácil seleccionar nombres de ríos para la evocación literaria. Del Norte fluyen ríos importantes, pero el Órbigo viene a ser uno de los más próximos y familiares. En identificación fluvial con el Esla en tierras zamoranas (río tan querido por los escritores leoneses) entrega su caudal al Duero. El Órbigo sirve de escenario a obras de la leonesa Elena Santiago, pero es también espacio estético y y erudito para el poeta bañezano Antonio Colinas, en cuya obra Orillas del Órbigo el río se ramifica en tres afluentes literarios: la poesía, la erudición y la memoria. La riqueza de su obra hace imposible una síntesis razonable en un trabajo de esta condición. El río recibe su nombre propio en “Riberas del Órbigo”, uno de los poemas del escritor, perteneciente a Poemas de la tierra y de la sangre (1967), su primera obra. En esas riberas, el poeta nació a la vida y al arte, y como tal recuerda el escenario: Aquí en estas riberas, donde atisbé la luz // por vez primera, miro arder todas las tardes // las copas de los álamos, el perfil de los montes, // del dios río que llena de frutos nuestros pechos. // Aquí en estas riberas, donde atisbé la luz // por vez primera, dejo también el corazón. Es ese mismo río en el que el poeta, en una noche de invierno se ve sumido en honda soledad, cuya crónica lírica finaliza en versos de curiosa referencia ornitológica: Recuerdo que la noche era azulad, fría, // y en una de las ramas, al pobre ruiseñor, // le vi heladas dos lágrimas bajo sus ojos bellos.

El río Órbigo será también soporte erudito-sentimental de su obra Orillas del Órbigo25. El cauce fluvial se convierte en un espacio psicológico en el que tiene cabida una polisémica visión, que incluye recuerdos personales, informaciones históricas, actitudes psicológicas ante el paisaje…toda una poética  vital..Stitched Panorama

Especialmente simbólica es la visión que ofrece Antonio Colinas en su libro de memorias El crujido de la luz26. El escritor no tiene duda en afirmarlo: Lo mejor de las vivencias y contemplaciones de aquellos días remitía al río. O a los tres, pues eran tres los que discurrían por la vega feraz. Del río y sus alrededores estaba hecha la sustancia de su vida. El río, que cada día fluía por su memoria con una intensidad y con un misterio que el paso de los años no pudieron debilitar (p.72). En aquel río se sitúa el recuerdo más querido

25 Antonio COLINAS, Orillas del Órbigo. Diputación Provincial de León (“Breviarios de la Calle del Pez) 1987. Hay una primera edición de la obra. 26 Antonio COLINAS, El crujido de la luz, León, EDILESA (“Los libros de la Candamia”), 199.

de su infancia: Sucedía que, a veces, cuando cerraba los ojos para extraer el recuerdo más hondo de su infancia, lo que brotaba de su memoria no era la nieve, sino un atardecer de otoño en una de las orillas del río (p. 74).No faltan curiosas referencias ornitológicas, entre cuyos nombres aparecen (¡milagros de la creación poética!) los colibríes: Los pequeños colibríes buscaban con rapidez las florestas o se detenían sobre el agua, con sus alas extendidas, como si estuviesen crucificados en el aire (p.78). La muerte será el final de esta visión del descubrimiento de la vida.

Cuatro ríos reciben algún tratamiento literario también: El Tuerto, el Duerna, el Jamuz y el Eria son las venas fluviales que alimentan la vida y el paisaje de estas tierras de la secular Bedunia. Pero no son los únicos ríos leoneses que han servido como fuente de inspiración poética. Ni siquiera una relación superficial se hace posible en estas líneas. Sirva de testimonio el nombre del río Curueño, escenario para los sueños íntimos de Julio Llamazares en su obra El río del olvido27 y de Jesús Díez Fernández28, autor de dos libros dedicados al río.

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