LOS NOBLES VECINOS EN EL TERRITORIO DE LAS MUJERES (2008) – I

A lo largo de los próximos días voy a compartir con todos el fenomenal trabajo de investigación realizado por María-Ángels Roque Alonso sobre la zona de pinares y sus gentes.

LOS NOBLES VECINOS EN EL TERRITORIO DE LAS MUJERES (2008)

María-Ángels Roque Alonso

Descripción de las mujeres pinariegas

Uno de los rituales que se conocen mejor y que tiene una gran afluencia de visitantes es el de la pinochada de Vinuesa (Soria). Vinuesa ha sido, como sabemos, una zona de trashumancia, limítrofe con Covaleda, otra zona pinariega, pero esta dedicada a la carretería. Como hemos recordado en el capítulo dedicado a las matres celtibéricas sobre los oscuros rituales sorianos, el ritual de la Pinochada de Vinuesa es bastante conocido dentro de la etnografía castellana (Kenny, 1966; Caro Baroja, 1977; Díaz Viana, 1984). Se trata de una danza ritual en la que se lucha en varios tiempos: solteros contra casados y después, mujeres contra hombres, los cuales son irremediablemente vencidos. Al finalizar la danza se da la apoteosis final, cuando las mujeres, viejas y jóvenes, cogen una rama de pinocho y pegan una zurra a todos los hombres que pillan, sean del pueblo o mirones. Gritando: ¡De aquí en un año! El ritual escenifica una leyenda que recuerda, cada 16 de agosto, cómo las mujeres de Vinuesa, consiguieron llevarse la Virgen, venciendo a los hombres de la localidad vecina de Covaleda. La imagen de la Virgen había aparecido sobre un pino, justo en la mojonera divisoria del comunero que ambos pueblos comparten. Otras historias dicen que el pino tenía las raíces en Covaleda y las ramas en Vinuesa. Según cuenta la tradición: ya se llevaban la imagen los de Covaleda, quedando maltrechos los de Vinuesa, cuando aparecieron en el monte las mujeres de estos últimos armadas con pinochos y consiguieron cambiar la situación y llevarse la Virgen a Vinuesa.

Podemos retroceder en el tiempo, sin entrar en la arqueología o en las descripciones greco-latinas, para saber algo más de esas mujeres de Vinuesa que dieron la gran zurra a los hombres de Covaleda. Una interesante descripción sobre esta zona y sus mujeres es la que nos ofrece en 1788 Juan Loperráez Corvalán, visitador del obispado de Osma (Descripción Histórica del Obispado de Osma, 1788). El canónigo, hablando de las sierras “conocidas con el nombre de Pinares que dividen este Obispado del Arzobispado de Burgos”, comenta: (…) Son muy pocos los lugares que se siembra con motivo de ser tierra montañosa por lo general, y estar poblada de pino, tener destinada lo principal de la tierra para dallo, y estar destinados los hombres mucha parte del año en el tráfico de las carretas (Cabaña Real y se emplea en conducir carbón, sal, madera, tec…) (…) dexando al cuidado de las mugeres la labranza de las pocas tierras que cultivan, hacer alguna corta de pinos, y guardar los atajillos de ganado, ocupándose el tiempo que les queda en echar sayales o xergas para vestirse, pero imposibilitadas enteramente a disponer de otras telas preciosas, y acomodadas al país, con lo que lograrían más comodidad, poder asistir a la buena educación y crianza de sus hijos, y poder surtir sus casas de lo necesario para la decencia (apenas saben coser, ni hacer media; echan algunos paños con las lanas del país, y las hilan en lugar del huso, con un canto y un palo, que le atraviesan, dando a sus extremos para que tuerza; y es país que necesita de mucha educación) (Loperráez, 1788: 3)

Pelotaris en Covaleda

En el punto seis de su informe manifiesta:

En muchos pueblos de esta parte del Obispado, que son los de Duruelo, Covaleda, Salduero, Los Molinos, Palacios, Bilviestre, Regumiel, Canicosa, Navaleno, Arganda y otros, nada se siembra, y quitando los vecinos que tienen carretas, los demás se mantienen solo de hacer artesas y gamellas, distrayéndose tanto con este ejercicio, que apenas entran en el pueblo en todo el año viviendo en el campo a las inclemencias (…) Tienen en lo alto de las sierras algunos hornos, donde tuestan las gamellas (Ibid.)

En el apartado siete del informe, habla de cómo visten las mujeres:

Por lo común, las mujeres llevan unos trajes de paño basto, que les coge desde los hombros a los pies y les dan el nombre de jornea (Es un traje cerrado, pero tan estrecho, y de hechura tan extraña, que para ponérselo entran primero por la cabeza; y para quitárselo tienen en la espalda una lazada, entrándolo en una escarpia, que está a prevención clavada en la pared del dormitorio, van sacando poco a poco el cuerpo de esta jornea, quedando colgada, y en disposición para vestirse a la mañana siguiente, sin más abrigo guardapié, ni otra ropa. Con este traje hacen las cortas de pinos, arreglan las maderas, cargan y gobiernan las carretas en caso necesario. En las demás partes de este Obispado, se visten también por igual o mayor miseria, distinguiéndose por los diversos cortes y adornos en la cabeza, las casadas, las viudas y solteras; cargándose generalmente en los días festivos y de funciones, de corales y planchas de plata,(González Marín (1981:23) comenta: “es necesario hablar de la sencillez castellana pero en cuestiones de aderezos, en Burgos, se han utilizado abundantemente, cuando los medios económicos lo permitían, y en general eran muy recargados y barrocos”), vestidos de paño pardo, pespunteados con estambres de colores, y con cortes y hechuras tan honestas, y de dura, que nos recuerdan la moderación antigua de nuestra España, y nos hace ver que no se ha introducido en esta parte de ella, por la misericordia de Dios, el luxo que en otras, tan perjudicial a los pueblos, proviniendo este sin duda de la ociosidad, y aquella de los continuos afanes con que viven, y exercicios varoniles en que se emplean (Ibid: 4-5).

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El texto aquí presentado está centrado en las serranías septentrionales del Sistema Ibérico: territorio de una cierta unidad geográfica e histórica, más allá de las fronteras políticas provinciales y regionales establecidas en diferentes momentos históricos. La Sierra de la Demanda forma parte del murallón nororiental del Sistema Ibérico, que cierra la Meseta Superior, separándola de la Depresión Riojana. Esta sierra, junto a la de Neila, constituye una zona continua con los Picos de Urbión, configurando un triángulo que vertebra una serie de poblaciones que se encuentran a una altitud que oscila entre los mil y los mil seiscientos metros, asentadas en estrechos valles pertenecientes a las provincias de Burgos y Soria, y a la Comunidad Autónoma de La Rioja.

Los pueblos castellanos y riojanos, situados en el extremo oriental del Macizo Ibérico, comparten entre ellos grandes extensiones de terreno comunal del que los vecinos han venido aprovechándose de forma tradicional a lo largo de los siglos: bosques, pastos y campos roturados, según el momento histórico.

Vecindad y territorialidad son los rasgos característicos de larga duración de las comunidades castellanas y riojanas a las que nos referiremos en nuestro estudio.

En este territorio se ha llevado a cabo la trashumancia de ganado ovino a los pastos de Extremadura durante siglos, apoyado este sistema en el medio físico serrano, que presenta excelentes pastos en verano, pero que se cubre de nieve y hielo durante varios meses al año. Este sistema ha producido una configuración social importante en relación a la construcción del género y del espacio, debido a que los hombres estaban ocho meses al año fuera del territorio serrano, mientras que las mujeres permanecían en los pueblos, ocupándose de la agricultura y gestionando el territorio. Todo esto no significa, evidentemente, que haya habido un nicho cultural al margen de la historia y del Estado, sino simplemente que la ecología y una especialización económica como es la ganadería trashumante han reafirmado durante siglos este sistema de persistencia de los pastos y montes colectivos, al igual que en los territotios pinariegos lo han hecho con sus carretas, dedicados al acarreo de madera proveniente de sus pinares, y al transporte en general.

Estos serranos formaban parte de dos importantísimas organizaciones estatales: el Honrado Consejo de la Mesta, institución que estuvo vigente entre los siglos XIII y XIX, y la Cabaña Real de Carreteros. En nuestro trabajo, pues, tendrán una especial importancia las referencias ganaderas, ya que no solamente moldean los estilos de vida y la construcción cultural de los habitantes de estos valles que se dedican a ella, sino que también inciden de manera importante en los modos de vida de los pinariegos.

Las estructuras igualitarias de estas comunidades serranas castellanas y riojanas se han manifestado simbólicamente porque todos sus miembros, en principio, han accedido a los mismos lugares de reunión y participación: escuela, juegos, rotación de los cargos concejiles y comunales, cofradías…

Para dicho acceso ha sido necesaria una secuencia vital en la que el ciclo personal se ha integrado en un ritual colectivo. Las diferencias en el seno de estas comunidades han sido más representativas en referencia a los grupos de edad, subdivididos en función del género, que en la pertenencia a un grupo doméstico determinado. El mantenimiento del derecho consuetudinario de los aprovechamientos vecinales ha influido en estas estructuras igualitarias, por lo que los rituales colectivos y cíclicos han cobrado una vital importancia, que es la que los ha sostenido hasta hoy en día, produciendo algunos de los más interesantes rituales dentro del folklore castellano.

El título: Los nobles vecinos en el territorio de las mujeres, es metafórico en parte. Si atendemos a la definición dada en el siglo XVII por Covarrubias (cf. 1976), tenemos que: «Comúnmente llamamos hombre noble al que es hidalgo y bien nacido». En el Valle de Valdelaguna (Burgos), la mayoría de los vecinos disfrutaban de hidalguía universal, que se mantuvo hasta que las Cortes de Cádiz suprimieron este privilegio. La hidalguía de nuestros vecinos, sin embargo, tenía muy poco que ver con el tópico del hidalgo castellano descrito en el Siglo de Oro, sino que se asemejaba a la hidalguía vizcaína o de la montaña de Santander, que no impedía desempeñar cualquier tipo de trabajo, como aquellos vizcaínos de los que se burlaba Cervantes, porque siendo nobles, no les importaba ser mozos de mulas.

Los vecinos a los que me referiré en mi estudio eran, como he dicho, ganaderos y pastores trashumantes adscritos al Honrado Consejo de la Mesta. Sus esposas se dedicaban a la agricultura, pero ambos géneros lucharon –no sólo en las leyendas y los rituales, sino también en la vida cotidiana, tal como queda registrado en los documentos legales sobre pleitos– por mantener sus fueros y su territorio contra las embestidas del Estado o de otros pueblos vecinos, preservando la pertenencia del lugar «clánico». Estos

vecinos, agrupados en familias nucleares desde época medieval, han manifestado individualismo y autoestima, y podríamos decir incluso que una cierta visión aristocrática de la vida.

La importancia en estas zonas serranas de los territorios de carácter comunal –en bastantes casos perteneciendo incluso a varios municipios– y del sistema de aprovechamientos vecinales, reforzado durante los siglos XIX y XX, ha mantenido una enorme importancia ritual de los centros jurídico-religiosos y una transmisión cultural de larga duración que se ha perpetuado hasta el presente. Esto ha provocado que el territorio se haya mantenido indiviso, a pesar de que durante el siglo XIX se produjeran cambios importantes en relación con el Antiguo Régimen (supresión de la hidalguía universal, desmantelamiento de la Mesta, proceso desamortizador que afectó no sólo a las tierras de la Iglesia, sino también a los municipios), aspectos que más adelante desembocaron en una importante emigración a las zonas urbanas, y que en los años noventa del siglo XX reverdecen, al igual que en los mitos que se escuchan en estos territorios y que vuelven con fuerza a valorar aquellos aspectos que tienen que ver con la construcción y la transmisión del patrimonio natural y cultural.

Hablar del territorio de las mujeres es una manera de resaltar este fenómeno, ya que este trabajo puede aportar, precisamente, la valoración que adquiere el territorio al referenciar un modelo de parentesco y residencia de carácter uxorilocal, donde los hombres nacen en el pueblo de sus madres y se casan y moran en el de su esposa. No es este un modelo muy difundido en la etnografía europea; más bien todo lo contrario. De carácter casi mítico, difícilmente hubiéramos podido estudiar este modelo etnográfico no demasiado lejano en el tiempo, sino a la luz de los registros parroquiales hasta el siglo XIX. Este aspecto ayuda a reanimar los debates teóricos sobre antropología y feminismo, pero también contribuye a la antigua discusión sobre los orígenes matriarcales o patriarcales de la organización social.

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