SORIA – Nicolás Rabal 1889 (IV y última)

HISTORIA DE SORIA

Nicolás Rabal 1889

Tres leguas al poniente de Vinuesa, se alza en el interior del Pinar otra villa que es la de Covaleda, de la cual un literato, hijo de Soria, escribió lo siguiente[1]: «Poseídos de indefinible sentimiento, de dulce y grata tristeza, entramos en las cercanías de Covaleda, atravesando antes un bellísimo pórtico formado por dos enormes peñascos, suspendidos sobre el abismo, arco triunfal que la galana naturaleza ha erigido, sin duda en honor de la esplendente belleza del país.

Vense al paso, algunos rústicos edificios, destinados al asierro de maderas, á los que el tiempo y el musgo han prestado cierta salvaje belleza. Costeando la falda derecha, que parece doblarse para facilitar el paso, descúbrese á corta distancia el pueblo de Covaleda, sentado en una extensa meseta de roca, en medio de frondosos prados y rodeado por todas partes de espesos y sombríos bosques.

»Los vallados de madera, dividiendo el terreno en formas geométricas, la multitud de vacas que con sus sonoros cencerrillos llenaban las verdes praderas de animación y alegría, las caprichosas ondulaciones que los accidentes del terreno prestaban á las frondosas copas de los árboles, el serpentear del río, sobre cuyas ondas de plata el sol poniente proyectaba, tras los sillares carcomidos de un puente antiguo, desmesurado círculo de negras tintas, y el aspecto de los habitantes y de las rústicas carretas del país, daban al conjunto cierto aire exótico, que inadvertidamente traía á la memoria el recuerdo de aquellos paisajes suizos, cuya contemplación, impresionando vivamente en tierna edad nuestra fantasía, puso quizá en nuestro corazón el amor á las galas de la naturaleza.

» Algunas mujeres, sencillamente vestidas con airosos zagalejos y graciosos pañizuelos, que el diestro lápiz del inolvidable Becquer ha sabido dotar con tanta poesía, cruzaban por las veredas próximas á la población, conduciendo sobre sus espaldas enormes cargas de tabla ó de teas, que sujetaban á la frente con anchas vendas, mientras sus manos entrelazaban con pasmosa rapidez los innumerables puntos de las azules calcetas.

»Proverbial es en toda la comarca la laboriosidad y prodigiosa fuerza de las mujeres de Covaleda, tan gráficamente descrita en el siguiente adagio local:

Quien en Covaleda casa,

Mula y mujer lleva á casa.

» Sabido es que sus actuales moradores deben su origen á una colonia bretona, y aún hoy día se les conoce bajo la denominación de Bretos. No se nota gran cosa en los hombres su extraño origen, pero no así en las mujeres que, con las del inmediato pueblo de Duruelo, forman un tipo especial y único en la provincia. Son generalmente pálidas, blancas en cuanto pueda serlo un cutis que sufre las inclemencias del cielo, de ojos rasgados, negros cabellos y rostro oval y descarnado. Su nariz aguileña, sus delgados labios y cierta melancólica severidad, prestan á su fisonomía los rasgos y caracteres que distinguen algunas de las razas del Norte, y cualesquiera que sean los grados de certeza de su pretendido origen, es indudable que este es extraño al país en que viven.

»Por lo demás, el pueblo en sí nada tiene digno de llamar la atención; triste, rugoso y de lúgubre aspecto, como casi todos los pueblos de Castilla; solamente algunos edificios, en muy corto número, parecen sonreir en el ceñudo y denegrido semblante de la población, y muestran que una mano cariñosa rinde culto dentro de sus alegres muros á la curiosidad y á la belleza.

rabal 12

Cuatro leguas al S. de Covaleda, en el ya destrozado pinar propio de la ciudad de Soria y de su tierra, está junto á la carretera transversal de Burgos la villa de Abejar, cuyo cronista[2], sin otro fundamento que el de su propia conjetura, coloca en el inmediato barrio despoblado de Piedrahita la primitiva ciudad de Augustobriga, y en el afán de realzar más su importancia, asegura también que en sus inmediaciones tuvo lugar, cosa imposible, la célebre batalla de Calatañazor. Lo que de cierto se puede decir, tan sólo por el aspecto de la población y de su bella ermita dedicada á la imagen de Nuestra Señora del Camino, es que la población llegó, como los pueblos todos de pivares, al apojeo de su riqueza en el siglo XVIII, que es la época á que pertenece el santuario.

Tres leguas más al O., sobre la misma carretera de Burgos, y en lo más recio del pinar, se halla la villa de San Leonardo, con razón mencionada en el libro de la caza del infante D. Juan Manuel, porque aún hoy suelen verse en sus espesos bosques y presentarse á tiro los venados, los puercos y los osos[3]. Por último, al extremo del pinar, en los confines ya de la provincia con la de Burgos y Logroño, intermedia más bien, perteneciendo á los pueblos de la Sierra, encuéntrase la villa de Montenegro de Cameros, así denominada por el color negro de la roca sobre que tiene asiento. Su cronista[4], apoyado en documentos diplomáticos auténticos y en la tradición, sin aventurarse á formar dudosas conjeturas como el de la villa de Abejar, hace su historia interesante y curiosa, remontándose nada más que á los primitivos tiempos de la reconquista: de ella resulta que esta villa figura en el deslinde hecho en tiempo del rey de Navarra D. García con el título de Vicierca, que la reconquistó Fernán González poco después ó antes de la batalla de Acinas, que en ella y en el valle de Canales, con cuyos tres pueblos y los de Cinco villas formaba una como confederación[5], se reunía la gente para la guerra; que el intrépido conde vivió en el pueblo de Canales mucho tiempo; que desde aquí emprendió la reconquista de la Celtiberia morisca, que era nuestra provincia, y que de estos pueblos partieron los primeros repobladores de la provincia de Segovia; esto último es muy verosímil, pues por ello se explica en Soria la existencia de los antiguos barrios é iglesias de San Martín de Canales y Nuestra Señora de las Cinco villas[6]. Hace también el cronista, aunque ligeramente, la descripción de sus monumentos, diciendo que en lo antiguo tuvo la villa dos iglesias parroquiales, de las cuales la más antigua, dedicada á San Marcos y reducida á ermita, es un grandioso templo, con su portada de tres arcos concéntricos (románica), y que en el arco de triunfo del ábside hay varias figuritas semejantes á las que se ven en la iglesia de Santiago, extramuros de Santo Domingo de Silos. Por fin, restos de enterramientos y nombres significativos de los sitios, revelan que la población fué mayor en lo antiguo, y como la de Soria y la de Agreda, conserva en el archivo sus antiguos privilegios, escritos en pergamino de cuero, con sus sellos de plomo pendientes de filos de seda, concedidos por los reyes D. Alfonso, su hijo D. Fernando IV, don Alonso XI y D. Enrique III[7]


[1] Don José García en su memoria titulada: Una ,’isila a las lagunas de Urbión.

[2] LICENCIADO LA TORRE, Historia de Nuestra Señora del Camino, libro 1, capítulo III.

[3] Sobre el cerro que se domina, están las ruinas de su fuerte castillo, con tres pisos, el uno subterráneo, en cuyos gruesos muros de 14 pies de espesor, se grabaron estas dos inscripciones: «Ab hoste et hospite tutus.»-a Johanes Manricus á Lara é D.’ Ana Faxardo, uxor ex Philipi 11 Hispaniarum Regis munere á fundamentis fecere.»

[4] D. ANTONIO ZAPATA, Historia de la villa de Montenegro de Cameros y valle de Canales.-Escritor del siglo xvii.

[5] Estas cinco villas eran las mismas de Montenegro, Brieba, Ventosa, Viniegra de Abajo y Mansilla; las del valle de Canales, Villavelayo, Monterrubio y Canales.

[6] Asegura el cronista que en el archivo de la villa se conserva un privilegio de Fernán-González, concediéndole á este pueblo que pudieran llevar sus ganados á pastar á tierra de Soria y más allá, á medida que se fuera conquistando de moros.

[7] Por el de D. Alfonso X se les absolvía del delito de homicidio, aunque estuviera probado, con tal que presentaran doce testigos que depusieran en contrario y tuvieran un capellán que dijera misas por él y por su padre D. Fernando IV el Emplazado (1331); se les libraba de pechos por sus servicios en la guerra contra moros y contra los reyes cristianos enemigos de los de Castilla; por el de don Alfonso XI, fechado en Burgos como el anterior, se les concedía que fueran siempre realengos, y no pudieran ser dados á infante ni á señor ninguno, y por el de D. Enrique III, fechado en Valladolid (1450), se confirmaban todas estas gracias: esto no obstante, aparece Montenegro entre los estados del duque de Abrantes, como heredero de los Ramírez de Arellano; y antes habían sido de D. Alfonso de Haro, el que mató el rey Alfonso XI en Agoncillo, pero en disputa constante con los mismos ya condes de Aguilar, consiguieron reducir toda su dependencia al pago anual de un insignificante tributo, con que el señorío fué de puro nombre.

 

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