SORIA – Nicolás Rabal 1889 (III)

HISTORIA DE SORIA

Nicolás Rabal 1889

(…)No bien se deja atrás la ermita de Nuestra Señora del Castillo, descendiendo y pasando el desfiladero de Oyavanto hacia el O., éntrase ya en la zona de Pinares, región no menos pintoresca que la Sierra, pero un tanto sombría y algo triste; que el pino, a semejanza del ciprés, tiene su simbolismo fúnebre. No son ya los pinares sombra de lo que fueron: incendiados, talados, arrasados, próximos á quedar convertidos en estériles arenales ó páramos desiertós; pero aún hay muchos sitios, como la Sierra Urbión, donde no ha llegado el hacha, y la Naturaleza se presenta con su belleza rústica en todo su esplendor; aún hay espesos montes que, explotados con arte y conservados con esmero, podrían constituir la riqueza de esta región. Mas todo esto no obstante, los pueblos de Pinares viven también, como los de la Sierra, del recuerdo de lo pasado, y su aspecto es el mismo: magnificencia en sus iglesias, y grandeza en sus edificios particulares, pero revelando á primera vista que en época no lejana alcanzaron una prosperidad de que no gozan hoy. Cuáles pudieron ser los elementos de vida que tuvieron y hoy no tienen, se comprende fácilmente. Estos fueron el de la ganadería trashumante, perdido para todos, y el de las carreterías, que ellos explotaban casi exclusivamente, mandadas recoger ante los adelantos de la época. En el siglo XVII, cuando por la gran emigración a las Américas, como sucede hoy, se despoblaron nuestras provincias y decayó la industria, notándose un abatimiento general en la nación, esta crisis no se hizo sentir en la de Soria, porque al advenimiento de la dinastía de Borbón, se entablaron las relaciones comerciales con Francia, y aumentó la demanda de lanas finas, género en que ella era la que más producía; los franceses venían en persona á nuestras lonjas, y pagaban esta primera materia á peso de oro: algunos extranjeros se instalaban en la capital, y compraban sus lavaderos para preparar los productos por sí mismos antes de llevarlos á Francia.rabal 11

De aquí el verse hoy en Soria algunas familias de apellido francés; cuanto se producía, se vendía inmediatamente, y se transportaba á los puertos de Bilbao, San Sebastián y Barcelona; así, el período que media desde el reinado de Felipe V hasta el de Fernando VII, es el de verdadero apogeo de la provincia de Soria. Los pueblos de Pinares, poseedores de abundantísimos pastos, como los de la Sierra, participaban de esta riqueza, como lo demuestra el lavadero de lanas de Vinuesa, del que aún se conservan los cimientos.

A este gran elemento de riqueza agregaron los pinariegos otro con su industria. No había entonces ferrocarriles ni carreteras, ni caminos vecinales; la gran vía romana que atravesaba la provincia había desaparecido y no quedaba de ella más que ligeros vestigios; los pueblos de la tierra eran los que de cuando en cuando tomando la iniciativa, acudían al rey pidiendo autorización para reparar los puentes y construir alguna calzada en los sitios pantanosos. Así, pues, los transportes se hacían en grandes recuas de machos y asnos reatados unos á otros, sobre los cuales se conducían á lomo los géneros y se transportaba á algún viajero. Aún recuerdan con sentimiento algunos labradores de Soria y de los pueblos del Este de la sierra aquellos buenos tiempos de la arriería, que para ellos eran buenos, en que llevando unas cargas de pescados frescos hasta Madrid, volvían á sus casas cargados de dinero. Pero además de este medio de transporte, había en Soria y su tierra otro de invención original, que constituía un gran adelanto y un poderoso elemento de riqueza.

Este era el de las carretas, vehículos sencillos y toscos carros todos de madera, cuya construcción estudiada al efecto facilitaba el llevar á rastra muchas arrobas y objetos voluminosos tirados por bueyes, por malos que estuvieran los caminos y por escabroso que fuera el terreno. Los habitantes de Vinuesa y Covaleda y los pueblos inmediatos de pinares, eran los encargados de transportar de Soria las inmensas cantidades de lana que en ella se reunían, lo mismo que transportaban los productos elaborados de sus pinos, y como un negocio llama á otro, de retorno de Francia se dirigían á otras provincias y en ellas pasaban la mayor parte del año dedicados á los transportes de unas á otras, bien al servicio del Estado, bien al de los particulares.

Carretería había que constaba de ciento y doscientos pares de bueyes, propios de un solo individuo. De una manera análoga al concejo de la Mesta, como la ganadería, sus carretas gozaban del privilegió de pastos mediante una pequeña indemnización en los pasos y cordeles ó dehesas con el título de desyunta; y en cada pueblo había ya un sitio así llamado, porque en él los carreteros desuncían sus bueyes y los dejaban pastar libremente. A esto principalmente era debida entonces la riqueza en los pueblos de los pinares que la elaboración y extracción de maderas, no sabemos por qué fatalidad siendo al parecer un elemento poderoso de vida, no alcanza en esos pueblos para satisfacer ni aun las primeras necesidades.

El pueblo de la Muedra es el primero que se encuentra por esta parte á la entrada de los pinares; aldea admirablemente esparcida por las orillas del Duero, cuyas riberas se ven ya pobladas de añosos robles y erguidos pinos, el número de los cuales aumenta á medida que se va caminando hacia el interior hasta dominar por completo. Después de pasar por las ruinas de una importante ferrería abandonada por la dificultad de los transportes del rico material que en ella se obtenía, se divisa á tres kilómetros la villa de Vinuesa, levantada en la loma de un anchuroso valle, quizá el más pintoresco de toda la provincia. Por su espaciosa vega corren hasta juntarse, formando ángulo recto, el Duero y el Revinuesa salidos de los desfiladeros que, sin llegar á tocarse, dejan en sus intersecciones las montañas inmediatas.

El origen de este pueblo nos es bien conocido. En él tuvo su asiento la Visontium de Ptolomeo, ciudad contemporánea de Numancia, población que después en el imperio debió ser importante á juzgar por los restos que subsisten aún de la vía romana que salía de ella en dirección á Uxama. Después no hay ya noticias de él hasta el reinado de D. Juan I, en cuya crónica[1] se dice que este rey, por lo ameno del sitio, pasaba muchos días cazando en sus espesos bosques, cuando por todo un año fijó su residencia en Soria. Tal vez con este fin dispusiera el joven monarca la celebración de las cortes en esta ciudad para proporcionarse este recreo sin desatender los asuntos de estado. Aldea en un principio de la ciudad y tierra de Soria, favorecida por D. Juan II con la donación para su dominio exclusivo del pinar de Vallelengua, aspiró constantemente á eximirse de su jurisdicción hasta que al fin consiguió levantar en medio de una de sus plazas la picota, que aún se conserva, signo de su completa independencia. Enriquecida después por la abundancia de sus pastos, con el fomento de la ganadería trashumante y las carreterías, llegó á ser tal su importancia, que se le apellidó en el país con el sobrenombre de Corte de los Pinares, sin duda por sus numerosos palacios, casi todos quemados en la guerra de la Independencia, y por la suntuosidad de

su iglesia compuesta de tres naves, la mayor de las cuales ó del centro se levanta á manera de una pequeña catedral y recibe la luz sobre las otras dos colaterales, mientras á la fachada principal se le dio toda la grandeza posible en una iglesia, adosando á la puerta principal un profundo arco de medio punto, sobre cuyo extradós se levanta la torre de tres cuerpos coronada por una pequeña espadaña, en cuyo vano está sobre las de la iglesia la campana del reloj de la villa. No obstante la extremada decadencia á que ha llegado la ganadería, aún conserva Vinuesa su importancia relativa, no sólo por la abundancia de sus pastos, sino por otra industria nueva, cual es la emigración á las repúblicas de América, de donde casi todos, no bien hacen un capital, vuelven á sus hogares á terminar sus días. Digna del mayor elogio es esta raza, cuyo amor á la patria parece que se aumenta cuanto mayor es la distancia que la separa de ella.

Mejoras y reformas en los edificios y en las calles, espaciosos locales de enseñanza, lujo en el material de las escuelas, ornamentos sagrados para el culto vense cada día en aumento por las frecuentes donaciones que desde las apartadas regiones de la América o Andalucía envían á la villa sus cariñosos hijos.

De ver es además cómo todos los años, á la llegada del verano, un gran número de estos voluntariamente expatriados vuelven á sus hogares que dejaron de jóvenes para trocar gustosos las comodidades de que en otras regiones gozan y la actividad de los negocios por los placeres de la familia y las sencillas costumbres del país.

Bello en extremo es el paisaje que presenta el agreste valle del Revinuesa, poblado de impenetrables bosques de hayedos, que rodean esta villa; majestuoso es el aspecto de las alquerías de Quintana y Santa Inés, donde la montaña empieza ya á elevarse por los torrentes y cascadas del río; imponente y sublime es el renombrado pico de Urbión, al que se llega desde aquí por una serie creciente de inmensos precipicios. Desde su cumbre se divisan al N. la cordillera pirenaica y las estribaciones de Navarra, al E. el Moncayo y las sierras de Molina y Albarracín, al S. la Carpeto-Vetónica ó montes de Toledo, y al O. los de Oca y demás sierras de Burgos. Al pie del pico se hallan las lagunas Negra y Helada, sin fondo y con su flujo y reflujo, como el mar en opinión del vulgo, sobre lo cual se cuentan además muchas consejas. Aquí nacen real y verdaderamente á la vez el río Duero y el Ebro, cuyas fuentes, de este último, colocan los geógrafos en otro punto porque el río lleva el nombre de Iregua, hasta que toma en Navarra su verdadero nombre. Bajo de las lagunas, al pie de la montaña, levántase la aldea de Duruelo, por cuyo valle empieza ya á correr el río Duero, escondido entre espesos matorrales, bañando un osario en sepulcros de una sola pieza, monumento hasta ahora desapercibido, que recuerda los tiempos, usos y costumbres de los antiguos duracos, pobladores del país aliados de Numancia y como ésta implacables enemigos de la soberbia Roma.


[1] Capítulo V del año segundo de su reinado. Dicho queda también que en el libro de la caza del infante D. Juan Manuel, se celebran sus montes por la abundancia de venados, osos y puercos.

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