SORIA – Nicolás Rabal 1889 (II)

HISTORIA DE SORIA

 Nicolás Rabal 1889

(…) La villa de Vinuesa tiene un monte pinar que adquirió por donación del rey D. Juan II, pero además posee otro pinar colindante con el de Covaleda. Pretendiendo los de este vecino pueblo tener á él más derecho, se lo disputaron con las armas en la mano, originándose con este motivo una refriega sangrienta.

Ya estaban á punto de vencer y arrollar los hombres de Covaleda á los de Vinuesa, cuando las mujeres de éstos, entrando de repente en su ayuda, rechazaron á sus contrarios y obtuvieron la victoria. Desde entonces, el pinar quedó por los vecinos de Vinuesa, y en memoria de esta acción heroica de las mujeres, en la fiesta anual de San Roque, se repite entre otros festejos el simulacro de la pinochada.rabal 07

Esta consiste en que el día de la función muy de mañana, van las mozas y los mozos al pinar, donde estos proveen á cada una de su correspondiente rama de pino ó pinocho. Vueltas así las mozas armadas á la villa, donde las espera todo el pueblo, se dirigen á la plaza, y á una señal convenida que es la de enarbolar una bandera, emprenden todas juntas la persecución de los hombres, que simulando miedo huyen por las avenidas, no sin dejarse dar alcance, así que las mujeres les dan en las espaldas con la copa del pinocho. Dicho se está, que si divisan entre los forasteros convidados á alguno de Covaleda, se dirigen hacia él y le persiguen hasta alcanzarle con mucho más empeño.

En pacífica posesión pues de sus montes, las villas y lugares atendían á su conservación con tanto esmero, que esto es sobre lo que se legisla con preferencia en los Fueros[1]. Un sin número de guardas cuya primera condición debía ser la probidad, se nombraban en la villa de Soria y en sus aldeas con el debido sueldo. Ni los propios, ni los extraños, podían cortar madera sin licencia, ni hacer leña so pena de pagar una rigurosa multa. Si eran de país extraño los que hacían la corta fraudulenta y se resistían á pagar la multa, los de Soria podían cobrarla de sus cuerpos y hasta darles la muerte si se defendían con la fuerza; únicamente para la construcción de instrumentos de labranza, y esto con herramientas que no fuera el hacha, se permitían cortar en todo tiempo. Las cabras debían retirarse de los montes en aquellas épocas del año en que con su diente podían destrozar los tiernos renuevos. En los montes de Soria, los Linajes nombraban de su seno, sin perjuicio de los montaneros del Concejo, otros seis que llamaban Alcaldes de Santiago, y en cada una de las aldeas había de haber cinco guardas montados por lo menos.rabal 08

El conde de Aguilar, señor de Yanguas, no podía condonar la multa impuesta por los montaneros á los que cortaran leñas ó maderas sin licencia.

Por lo dicho tan solo, se puede calcular cuánta sería la riqueza de los montes y la estima en que se tendrían en los tiempos del Fuero. Desde entonces acá, siempre los vemos en continua decadencia.

A principio del siglo XVI (1537), el licenciado Zárate, juez de residencia en la ya Ciudad de Soria, participaba á la reina D.ña Isabel, que á mediados del mes de Setiembre de aquel año, se había dado fuego á un monte de la Tierra por cinco puntos á la vez, propagándose el incendio de tal modo, que todo él había quedado raso. Los autores del delito no habían sido habidos, pero se sospechaba que lo habían sido los pastores trashumantes, porque ya en diferentes ocasiones se había observado que estos al bajar á los extremos, ponían fuego á algunos de ellos, para tener á su vuelta en el verano más abundantes pastos; pues en la primavera se criaban á beneficio de las cenizas con que quedaban cubiertos[2]. La reina contestó prometiendo sancionar cuantas penas se le propusiesen, para castigar tamaños excesos; y al efecto, el Ayuntamiento extremó más las penas, pero estas no debieron ser eficaces porque en 1558, una comisión mandada á reconocer el monte de Valdelobos que era Cabelos Cabezuelos, decían que los montes de la ciudad y tierra se perdían porque los desarraigaban, de manera, que si no se ponía remedio, desaparecerían en breve por completo. Esta vez no eran los pastores trashumantes los autores del dañó; sino los labradores que los destruían á descuajo para dedicar el terreno al cultivo de cereales. En virtud, pues, del informe de los comisionados, se trajeron á la mesa del Ayuntamiento las ordenanzas, que regían hacía más de cien años, por las que se imponía al que desarraigara los montes, la pena de setenta maravedises con la pérdida de las herramientas, y se puso en vigor porque estaba en desuso. Medida inútil fue esta, porque entonces lo mismo que antes y después, las ordenanzas fueron leyes muertas que jamás se cumplieron á juzgar por las repetidas quejas de los regidores en las asambleas del Ayuntamiento.

Mas no eran los incendios por los pastores trashumantes, ni los roturos arbitrarios por los labradores las únicas causas que traían la futura destrucción y aniquilamiento de los montes.

El sistema de aprovechamiento tan sabiamente estudiado por el fuero y por las ordenanzas primitivas, se abandonó inconsideradamente hasta el punto de cortar más de lo que la naturaleza producía, destrozando en las explotaciones mucho más de lo que se obtenía de provecho. Los pastores sostenían en las temporadas largas del invierno sus ganados con las ramas que cortaban de los árboles cuando las nieves cubrían por completo el suelo, y esta operación, que ejecutada con prudencia hubiera sido una beneficiosa poda para la conservación de los montes, era en extremo perjudicial, porque los ganaderos cortaban total mente las ramas, ó dejaban caer de un golpe de hacha al suelo el árbol por completo, á fin de ahorrarse trabajo y tiempo.

En la época de los fueros, no se aprovechaba más de los montes que las leñas muertas ó secas y lo preciso para las construcciones, sin que conste que en los ricos pinares de Ciudad y Tierra se permitiera la corta de maderas para transportarlas á otro reino; pero en el siglo XVI ya se hacía la explotación de este ramo en grande escala, pues en el archivo del Ayuntamiento de Soria aparece una comunicación del concejo de Valladolid, suplicando á la ciudad que consintiera en la extracción de cincuenta pinos con destino al convento de San Pablo, y en el año de 1570 dos vecinos, el uno de Navaleno y el otro de San Leonardo, se comprometían con escritura formal, á poner todos los años á disposición del prior del convento de La Vid, treinta vigas y otras varias partidas de madera á precios convenidos[3].

A primeros de este siglo los habitantes de los pueblos de los Pinares, reducidos á la miseria completa con l a desaparición de las carreterías á que venían dedicándose, de las que más adelante hablaremos, emprendieron la explotación en grande escala no sólo para el surtido de maderas de los pueblos inmediatos, sino también para la extracción á las demás provincias. Aquí empieza el período de la destrucción de los montes. Colocados bajo la inmediata inspección de un cuerpo facultativo de ingenieros y ayudantes del ramo, todo hacía creer que su conservación sería cosa fácil, y se lograría en adelante el fomento de esta riqueza.

Pero como los pinos concedidos por la ley no fueran bastantes para el sostenimiento de los pueblos de Pinares, reducidos á vivir casi exclusivamente de esta industria, comenzaron las cortas fraudulentas y talas consiguientes á la precipitación con que se hacían para burlar la vigilancia de los guardas, y los incendios á mano airada con el fin de aprovechar los restos de las quemas, que después se vendían en menos precio en pública subasta. Aun con esto y con todo, la destrucción de los montes era lenta y su riqueza inmensa, porque las talas y los incendios se limitaban á los pinares de la ciudad y tierra de Soria. Los pueblos atendían á la conservación de sus montes propios, procurando cortar únicamente lo preciso para su consumo; pero la ley de desamortización, que al extenderla á los baldíos y terrenos propios de los Ayuntamientos fué la sentencia de muerte para la ganadería, aplicada á los montes ha sido para éstos el decreto de su exterminio. Por otra parte los compradores, con ligeras excepciones, inspirados en la idea del lucro y sin mirar al día de mañana, lo mismo fué adquirirlos que arrasarlos para reducirlos á tierras de labor, en lo que estaba toda su ganancia, pues al interés de los productos de las leñas ó maderas, seguía inmediatamente el de las grandes cosechas que por de pronto

se obtenían con los nuevos roturos. Estos montes descuajados del todo, no volverán ya á poblarse, porque ni aun raíces han quedado ni semillas, que dejándolas á la naturaleza previsora pudieran brotar de nuevo con el tiempo, y los terrenos de labor que en su lugar quedaron, se han cansado, como dice el labrador, de dar cosechas abundantes en pocos años, y hoy no son más que estériles arenales y páramos desiertos. De este modo ha llegado á punto de perderse uno de los ramos más importantes de la riqueza de la provincia de Soria, que con tanto interés se miraba en los tiempos del fuero.


[1] Título I.° de la guarda de los montes, e del término de Soria contra tos ommes estrannos.

Ideen. z.° de la guarda de los montes, é del término de Soria contra los vecinos; y título XI de los montaneros.

[2] Actas de las sesiones y acuerdos del Ayuntamiento del citado año.

[3] Índice de los documentos procedentes de los monasterios y conventos suprimidos, existente en el archivo de la Real Academia de la Historia, publicado por orden de la misma.-Monasterio de La Vid de la orden premostratense, del obispado de Osma.-El extracto del documento es el siguiente: «Carta ó escritura de compromiso, por la cual Juan Gonzalo y Juan de Pero Peña, vecinos ó moradores que somos del linar de Navaleno, jurisdiccion de la villa de San Leonardo, juntamente con Francisco Carretero, que lo era á su vez de esta última villa, se obliga á llevar y entregar al prior y canónigos de Santa María de La Vid, para el día de Pascua del Espíritu y Santo, 24 vigas de Pino de á 3o piés de largo, é de tercia é cuarta de marco de 1 4 reales cada una, y otras varias partidas de madera dei mismo género, advirtiendo que ha de ser (toda ella) de buen hilo é no muerta é Cardena, debiendo el Monasterio por su parte abonarlo el valor total en pan, vino y dinero, por iguales partes y con arreglo al precio corriente de los artículos primeros, por lo cual y en testimonio de que á ello se obligaban con sus personas y bienes, otorgan la presente carta ante Miguel de Morales, escribano de la villa mencionada, que lo autoriza con su signo. Fué hecha está carta en la villa misma de San Leonardo, año de 1570, a los 17 días del mes de Marzo.»

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