ELEGÍA POR LA GENERACIÓN PERDIDA (1985) – III

ELEGÍA POR LA GENERACIÓN PERDIDA (1985)

Antonio Izquierdo y Juan Blanco

Vivencias en el Campamento de Covaleda en los años 1951/52

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Un destino: obedecer y mandar.

Ven a mi lado,

que allá en tu tierra

cien cantaradas nuestros

te esperan.

Para saber por ti,

como sabrán por mí,

lo que tú y yo aprendamos aquí.

EL tiempo volaba: el toque de diana era uno de los espectáculos más sorprendentes. En poco menos de treinta segundos los 1.440 alumnos estaban formados en traje de deporte sobre una considerable capa de escarcha blanquísima, producto de las heladoras noches. Luego el sol iba fundiendo el hielo, pero la actividad se iniciaba con él. Otro momento curioso lo constituía el del baño. Podías o no recrearte nadando a lo largo de la piscina resultante de una rústica pero eficacísima canalización del Duero, cuyas aguas recién nacidas en el Urbión bañaban las orillas del enorme centro campamental, pero lo que era obligado era zambullirse en el agua a las doce en punto de la mañana, sobre una superficie que a esas horas mantenía todavía una débil capa de hielo. Había quien cumplía con el «precepto» forzado; otros, más resueltos, lo hacían de buena gana, y los menos se recreaban haciendo un largo contracorriente para evitar que el frío atenazase los músculos. La perfección, el orden y el reloj presidían cada jornada. Un botón desabrochado, fumar fuera de una tienda, no saludar a un superior, distraerte en una clase, no ir perfectamente afeitado, o una mínima mancha en las blancas medias montañeras o en el pantalón gris suponía un paquete: 10 puntos tenía cada alumno para cuidar celosamente del registro de su comportamiento. Un paquete restaba del coeficiente 0,25 ó 0,50 o un entero. Si la media descendía a cinco habías perdido el tiempo. Y el curso, porque el suspenso era inevitable, por más inteligencia y saber que echases a la hora de los exámenes finales. Pero, ¿exigía alguien aquel rigor? ¿Se sentía obligado el alumno a permanecer allí por algo ajeno a su voluntad? No. En absoluto. La más perfecta de las disciplinas impuesta por la más perfecta de las libertades. Por eso la estancia en Covaleda era inolvidable, como los domingos en que el campamento ofrecía un espectáculo formidable a los vecinos del pueblo. Las 12 centurias desfilaban por sus calles y rompían filas en la Plaza Mayor: unos ocupaban bares; otros paseaban; otros ligaban con las chicas del lugar. Terminado el tiempo, el cornetín de órdenes situado en el centro de Covaleda tocaba llamada. Quien no estaba en su puesto en 45 segundos vería cómo el jefe de su unidad, oficial instructor, le extendía el consiguiente taloncito restándole 0,25.63-File0062-06-COVALEDA-CONST.A.LIBRE-96

La tarde caía y entonces las formaciones arrancaban con sus guiones al frente, sus mandos y sus canciones camino de los vericuetos por los que, abandonada la carretera, se llegaba al recinto del campamento para reanudar la actividad escolar. Otra vivencia inolvidable estaba vinculada con José Antonio Elola, aquel hombre severo y bueno que, indefectiblemente, la noche de la partida camino del destino último que se marcaba cada año, despedía, desde el balcón del Ayuntamiento, a los 1.440 alumnos. José Antonio Elola pasaba algunos días de vacaciones en la pequeña localidad soriana, no acudía al campamento con frecuencia, tal vez por evitar todo el ceremonial que su jerarquía exigía. Pero jamás faltaba a la cita de la despedida. En 1951 la marcha se inició por Navaleno hacia San Leonardo de Yagüe, y el Campamento Nacional de Mandos «Francisco Franco», en perfecta formación, rindió un homenaje de respeto al general don Juan Yagüe, que no sé si en aquellos instantes era aún objeto de destierro o Capitán General de Burgos. Entorno los ojos y le veo: el pelo blanquísimo, las gafas redondas sobre unos ojos escrutadores y vivaces contemplando a las centurias formadas, y recuerdo sus palabras, su voz torrencial, aunque la enfermedad le minaba y un año más tarde rendiría su espada y su hoja de servicios, como los viejos soldados que se honraban en el Señor Dios de los Ejércitos.

Todas las provincias estaban representadas en el Campamento Nacional «Francisco Franco». Las tiendas eran de escuadra, estables, de seis alumnos, y cada uno de ellos pertenecía a un lugar distinto. Nos llamábamos generalmente por el nombre de nuestra procedencia: Madrid, Alicante, Badajoz, Almería… Quiero suponer, y supongo, que ninguno de aquellos mozos de ayer formarán hoy en las apretadas filas del nacional separatismo que atenaza a la Patria. España era para nosotros algo tangible, concreto y, al mismo tiempo, una ensoñación, una gran dama cuyos hijos, reyes, príncipes, guerreros, misioneros o científicos constituían las advocaciones laicas de nuestro peregrinaje. Si alguien cantó la epopeya de España en el mundo fuimos nosotros. Hoy Hernán Cortés es, para la inmensa mayoría de los muchachos españoles, un ilustre desconocido. Para nosotros no.63-File0062-02-COVALEDA-CONST.A.LIBRE-96

Uno tras otro fueron cayendo los años, pasando las promociones cuya última ilusión residía en transmitir a aquellos otros niños o jóvenes a quienes íbamos a mandar, a dirigir, que la vida no vale la pena de ser vivida si no es para quemarla en el servicio de una grande empresa, de una formidable ilusión eternamente joven. 63-File0010-COVALEDA-CURSO NAL.J.CENTURIA-MANUEL CORRAL-CONSIGNA

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