ELEGÍA POR LA GENERACIÓN PERDIDA (1985) – I

Sin querer entrar en valoraciones políticas, y únicamente con el fin de que sepamos que es lo que pasaba en ese poblado de lona en que se convertía el campamento de Covaleda en verano, a lo largo de los próximos 3 días voy a publicar un artículo escrito por dos de los acampados en el mismo durante los veranos de los años 1951/52 aparecido en una revista de la cual lamento no recordar el nombre.72_covaleda-1

ELEGÍA POR LA GENERACIÓN PERDIDA (1985)

Antonio Izquierdo y Juan Blanco

Vivencias en el Campamento de Covaleda en los años 1951/52

Covaleda: un lugar en el Raso de la Nava.

Covaleda, Covaleda:

¡quién pudiera siempre estar

con tus picos y montañas

de belleza sin igual!

NO corre el aire. La niebla se funde con la contaminación atmosférica y envuelve en grises oscuros a la ciudad, a la gigantesca y enorme ciudad cuatro veces millonaria en habitantes. Se circula deprisa por los 4.500 kilómetros que forman las calles y plazas del formidable laberinto urbano. Esos millones de seres que deambulan con urgencia, con miedos, sin conocerse, sin saludarse, son como cuatro millones de cautivos en un insolidario recinto sin salidas… No hay murallas, sin embargo; somos nosotros quienes nos fortificamos en nuestra intimidad, quienes nos insonorizamos frente al prójimo. Las ciudades son terribles, como este tiempo que discurre en su declinar histórico hacia una sima de la que algún día tendremos que evadirnos. Tengo que escribir. Evoco años lejanos, distintos, tiempo de mocedad, de ilusiones compartidas y comunes anhelos. ¡Queda todo tan lejos! ¡Resulta a veces tan arcaico, tan inaccesible!… Este pueblecito tenía, al inicio de la década de los cincuenta, 1.935 habitantes, 355 edificios destinados a viviendas y 45 a otros usos; hablo de edificios compactos, porque, diseminados, existían cuatro viviendas y 62 para otros fines y usos. Era un pueblo bien pavimentado y con una notable red subterránea de saneamientos. Una de aquellas tardes del verano de 1952 me dijo un vecino que en el archivo municipal se conservan documentos del siglo XIX. Documentos relativos al pinar que es bien de todos y patrimonio común para cuantos llegan al mundo en aquel bello paraje.

Nunca pudimos coincidir con las fiestas: las primeras el 16 de junio; el 10 de agosto las segundas. Las primeras nos cogían en pleno curso; para las segundas ya habría sido dislocado el campamento en su destino último. Tengo que completar mi recuerdo con estos dos datos esenciales para entender la vida amable, pacífica, sosegada de Covaleda: en materia de espectáculos existían dos posibilidades: un cine o la Sociedad Recreativa. Era, a simple vista, un pueblo determinado por el paisaje, por el pinar, por la reciedumbre castellana, donde no sucedía nada anormal y sucedían todas esas cosas normales que le dan a la existencia del hombre un sentido de naturalidad perfecto. Un día, años adelante, los vecinos erigieron e inauguraron un monumento a nuestra generación: ¿será posible?… El monumento sigue en pie: se ha librado de los jacobinos y los iconoclastas de esta hora desdichada.74_covaleda

Entre las mejoras que por aquellos años se señalaban con orgullo figuraban la Casa Consistorial, el matadero, la casa de Teléfonos y las obras de restauración de la iglesia. La dejaron como nueva. Dos fondas, tres escuelas de niños y tres escuelas de niñas, más dos de párvulos, definían el área educativa. Un médico, una comadrona, un veterinario y un farmacéutico cuidaban de la salubridad de los hombres, de las bestias, de las aguas, y un párroco alto, delgado, de tez morena y pulcra ropa talar, cuidaba de la salubridad de las almas.

Desde todas y cada una de las provincias de España llegaba, entre el 3 y el 5 de julio, algo más de un millar de muchachos cuyas edades oscilarían entre los 16 y los 20 años. Hice el viaje desde Madrid, con parada y fonda en Soria. A las siete de la mañana el frío era aún intenso. Llegamos en tren, y poco tiempo después alcanzaríamos el bello paraje —41 kilómetros de distancia entre la capital y el Raso de la Nava— en el alto valle del Duero, que allí tiene su nacimiento, junto a las mismas cumbres de los Picos de Urbión. Altas las cumbres, con medias de 1.800 a2.000 metros, salpicadas de lagunas glaciares. Y, sobre todo, la enorme, la inmensa masa forestal, cuya suerte a estas horas desconozco, después de tantos y tantos incendios que han arrasado gran parte de ese patrimonio popular en toda España. El bosque cubría todo el territorio: pino albar, tocones y hayas, robles y encinas. La arboleda sólo desaparece a partir de los 2.000 metros, en los prados de altura, en las desnudas roquedades. El pueblo está en medio, con su típico caserío pinariego, buscando, escalonadamente, el valle del río Lapaúl. Fuentes y arroyos interminables, risueños, cantarines, frescos… las fuentes del Pico, la del Merendero, las del Cubo y la Raíz, como las lagunas. Olor a bosque, olor a campo, a tierra, a naturaleza. Una fauna inofensiva, a pesar del lobo, del zorro, del jabalí, de la garduña. Un paraíso de ardillas y conejos como en las fábulas descritas por el hombre. Un paisaje inolvidable, un cielo azul purísimo, claro de día, reverberante de noche. Raso el campo, raso el cielo; sobre aquél, bajo éste, perfectamente alineadas en doce parcelas, las tiendas de campaña.

Un pórtico simbólico en piedra y un nombre esculpido sobre la roca viva: Campamento Nacional «Francisco Franco». Los doce campamentos cerrados sobre un punto equidistante, el gigantesco mástil, el más alto, acaso, de España, y al fondo, en las inmediaciones del primer brazal del Duero, alineadas, dos o tres filas, las tiendas de mayor envergadura, correspondientes al equipo de mandos, profesores, jefes, capellanes y médicos.0004-0012-covaleda-1976

Iba a comenzar el curso.

Iba a comenzar la reválida de un aprendizaje que se había iniciado en cada provincia para culminar en esta acampada que luego daría paso a la marcha por etapas. Dieciocho días de estudio, dos de exámenes y cinco de andadura, aproximadamente.

Todo funcionaba allí con una perfección milimétrica, absoluta, voluntariosa, disciplinada y alegre. Nunca supe quién escogió el Raso de la Nava, el pueblecito de Covaleda, para asentar en su territorio aquella gigantesca escuela de mandos. El hallazgo se atribuía a José Antonio Elola Olaso, quien tiene en estas evocaciones su propio capítulo y tratamiento, pero, fuera él u otro, eligió con tino y sensibilidad. Castilla contribuía, de una forma decisiva, a formar el alma española de aquellos muchachos de Andalucía o Cataluña, de Galicia o Valencia, de Extremadura o La Mancha… Iban a ser la flor y nata, la sal y levadura de la Organización. Nada estaba improvisado. Por eso funcionó con una singular regularidad desde su inauguración, en 1946, hasta cruzar, con holgura, el ecuador de la década ilusionada de los cincuenta.

Hoy su destino es otro. No quiero saberlo. Hasta me han dicho que figuran, en pequeños monolitos, los nombres de cada una de las promociones que allí se formaron. Es igual. Era otro el testimonio exigido o exigible. ¡Y ése fue cancelado hace tanto tiempo!

 

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