LOS RÍOS DEL DUERO EN LA LITERATURA

 Hemos encontrado este interesante trabajo de Antonio Garrosa Resina sobre el Río Duero en la literatura, se trata de un trabajo muy extenso por lo que lo hemos limitado a la zona cercana a Covaleda.

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 LOS RÍOS DEL DUERO EN LA LITERATURA

Antonio GARROSA RESINA Confederación Hidrográfica del Duero

RESUMEN

Los ríos son elementos determinantes de la naturaleza y el paisaje. A su vera se han situado normalmente los asentamientos humanos, por lo que en su entorno se congregan las grandes muestras del patrimonio histórico-artístico. Además de subvenir a las necesidades del hombre, los ríos y sus bellezas naturales han suscitado siempre gran admiración, convirtiéndose en fuente de inspiración artística en todos los campos. La literatura y, de modo especial, la poesía corroboran por doquier esta afirmación.

En el ámbito hispano-portugués, el río Duero con sus afluentes ha sido, desde hace siglos, un motivo inspirador de primer orden para literatos y poetas, acaso con mayor fortuna en este aspecto que cualquiera de los otros ríos peninsulares. Por ello, con ocasión de este Congreso Internacional de Homenaje al Duero-Douro que celebramos en Zamora, pretendemos reflejar esta realidad mediante el artificio de un imaginario recorrido literario por su curso. Las páginas siguientes lo recrean.

1.-INTRODUCCIÓN

A lo largo de la historia de la humanidad, los ríos han sido uno de los factores determinantes para la evolución y progreso de la cultura. Junto a los cursos de agua, por la imperiosa necesidad de este elemento, el hombre ha establecido siempre sus asentamientos, sobre todo a partir del momento en que, abandonando su nomadismo primitivo, prefiere vivir de modo permanente en aquellos lugares donde la caza –y posteriormente la agricultura– le aseguran el sustento. Los ríos son, desde otra perspectiva, elementos de suma importancia en el marco geográfico general y, en este sentido, los paisajes admirables que la propia naturaleza ha ido conformando en el transcurso de los siglos –hasta configurar lo que entendemos como patrimonio natural–, tienen con frecuencia al río como pieza clave que les dota de una personalidad propia. Y el ser humano, que siempre se ha sentido fascinado por la belleza, supo apreciar muy pronto toda la que los ríos y su entorno encierran.

Junto a los ríos, donde se sitúan los asentamientos humanos, surgen lentamente las manifestaciones del patrimonio artístico, comenzando por las de tipo más práctico, las relativas a su propia morada, pues satisfecha la necesidad primordial del alimento, el hombre se preocupó desde siempre del vestido y de acomodar un espacio cerrado donde guarecerse de los rigores del tiempo. A partir de los toscos habitáculos en las cavernas, los seres humanos fueron perfeccionando su técnica constructiva, para dotarse de unas residencias cada vez más cómodas y hermosas. Pronto, a las primeras manifestaciones artísticas de la arquitectura, se les irán añadiendo las propias de las otras dos artes plásticas por antonomasia, la escultura y la pintura, amén de muchos rasgos y elementos de las artes menores, hasta llegar a la construcción de los grandes monumentos del arte que a todos nos asombran.

Como elementos constitutivos del paisaje y compañeros inseparables del hombre, que siempre se ha servido de ellos, los ríos han sido desde el principio testigos mudos de la historia humana y de sus avatares: tradicionalmente se han venido utilizando como vía de comunicación entre los pueblos; en otras ocasiones marcaron y marcan límites naturales de separación y de defensa; y en otras muchas, seguramente más numerosas, los ríos han provocado grandes conflictos entre los diferentes grupos humanos que se disputan sus aguas.

Bajo todas estas perspectivas, los ríos han sido un motivo constante de inspiración para la literatura, singularmente para la poesía y dentro de ésta para la lírica. Pensemos en la veneración que Francisco de Asís sentía por la “sorella acqua” como pura esencia de los ríos, el mismo sentimiento que aparecerá de forma recurrente en expresiones poéticas admirables como aquella de “Chiare, fresche e dolci acque”, de la Canción CXXVI de Petrarca, o en su libre traslación al castellano: “Corrientes aguas, puras cristalinas” (Garcilaso, Égloga I). Y pasando de la simple consideración del agua a la más amplia de los ríos, sabemos que éstos siempre se comportan como elementos configuradores del paisaje, algo que nos recuerda literariamente Unamuno en su libro Por tierras de Portugal y de España:

     “Un río es algo que tiene una fuerte y marcada personalidad, es algo con fisonomía y vida propias. Uno de mis más vivos deseos es el de seguir el curso de nuestros grandes ríos, el Duero, el Miño, el Tajo, el Guadiana, el Guadalquivir, el Ebro. Se les siente vivir. Cogerlos desde su más tierna infancia, desde su cuna, desde la fuente de su más largo brazo, y seguirles por caídas y rompientes, por angosturas y hoces, por vegas y riberas. La vena de agua es para ellos algo así como la conciencia para nosotros, unas veces agitada y espumosa, otras alojada de cieno, turbia y opaca, otras cristalina y clara, rumorosa a trechos. El agua es, en efecto, la conciencia del paisaje”.

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Como fuente de inspiración literaria, los ríos han tenido una gran fortuna y así sucede con los más importantes de la Península Ibérica: el Tajo, cantado por Garcilaso de la Vega, el Guadalquivir –el Betis de los poetas–, el Ebro y, sobre todo para nosotros, el Duero, esa “agua cabdal”(1) de la que hablan los poetas medievales. Este gran río, Durium-Duero-Douro, como lo llama Unamuno, es el eje natural en torno al que se constituyeron Castilla y el naciente Portugal, y tiene importancia decisiva como vía de desarrollo para los dos pueblos ibéricos. Pero es que, además, al curso hispano-portugués del Duero aparece ligado el nacimiento y desarrollo de dos lenguas romances de amplia proyección universal, el español y el portugués.

En efecto, la que hoy hablamos en común los españoles, conocida como una de las grandes lenguas de cultura, tuvo unos orígenes muy humildes, hace ahora poco más de mil años, en los territorios de la Rioja y de la Bureba burgalesa, donde surgen por igual las aguas que, tomando opuestas direcciones, irán a engrosar los cauces del Ebro y del Duero. Pero es en los territorios dominados por el Duero, en la llamada Castilla la Vieja, donde, a lo largo de la Edad Media, la lengua castellana se forja y evoluciona hasta convertirse en el idioma español y adquirir una proyección universal, como vehículo de entendimiento entre los cerca de cuatrocientos millones de personas que integran la comunidad hispanoparlante. En el desarrollo de este proceso tuvieron una enorme importancia los escritores que vivieron y crearon su obra en las tierras del Duero, desde el anónimo juglar del Poema del Cid, hasta los grandes autores de la segunda mitad del siglo XVI, como fray Luis de León, Santa Teresa y San Juan de la Cruz, quienes, al decir de Azorín, terminaron de perfeccionar esa acabada lengua española que muy poco después consagraría Cervantes en El Quijote. Y un proceso similar, aunque algo posterior en el tiempo, es el que se da en torno a Oporto y en las tierras del curso final del Duero, donde, al tiempo que se acuña el propio nombre de la patria portuguesa, se va sucediendo una serie ininterrumpida de escritores lusos –desde el rey don Dionís a los de hoy– que han hecho del portugués una de las lenguas de referencia para la cultura occidental, con cerca de sus cien millones de hablantes.

A lo largo de estas páginas, en un imaginario viaje de carácter literario, iremos viendo cómo el Duero-Douro ha inspirado multitud de páginas literarias, muchas de ellas de singular belleza. Pero no sólo el Duero. También sus afluentes aparecen con frecuencia unidos a notables acontecimientos históricos o legendarios, y a las obras literarias que los celebran.

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2.-EL DUERO ENTRE SORIA Y VALLADOLID

Rastreando el curso del Duero desde el principio como sugería Unamuno, ya en el lugar de su apenas perceptible nacimiento lo descubre Gerardo Diego –y se descubre para el viandante– tras el esfuerzo de la caminata ascensional, en el soneto Cumbre de Urbión:

 Es la cumbre, por fin, la última cumbre.

Y mis ojos en torno hacen la ronda

y cantan el perfil a la redonda

de media España y su fanal de lumbre.

   Leve es la tierra. Toda pesadumbre

se desvanece en cenital rotonda.

Y al beso y tacto de infinita onda

duermen tierras y valles su costumbre.

 Geología yacente, sin más huellas

que una nostalgia trémula de aquellas

palmas de Dios palpando su relieve.

   Pero algo, Urbión, no duerme en tu venero,

que entre pañales de tu virgen nieve

sin cesar nace y llora el niño Duero.

En su camino descendente desde Urbión, mientras arriba queda la Laguna Negra con el misterio de la leyenda en sus aguas, el humilde cauce del Duero va dejando atrás pequeños pueblos: Duruelo, Salduero, Los Molinos. Es la zona soriana de pinares, donde Antonio Machado sitúa los acontecimientos dramáticos de su romance La tierra de Alvargonzález, cuyo fin trágico se consuma en la cercana Laguna Negra. Allí se encuentran los cuerpos del anciano Alvargonzález y de sus dos asesinos, sus propios hijos, que buscan una improbable paz final arrojándose al fondo de las aguas donde tiempo antes habían sepultado el cadáver de su padre.

Algunos kilómetros después, justo al iniciar la machadiana “curva de ballesta” en torno a Soria, el Duero se desliza junto a las ruinas de la antigua ciudad de Numancia, cuya gloria cantó Cervantes en la tragedia de igual nombre, haciendo hablar en ella al propio río, que aparece en escena como figura alegórica, acompañado de tres muchachos que representan a otros tantos pequeños afluentes y en diálogo con un personaje similar, símbolo de la futura España. Cuando ésta invoca al “Duero gentil, que con torcidas vueltas/ humedeces gran parte de mi seno” (Jorn. I, vv. 425-426), será el río quien lamente el triste destino de Numancia, aunque se consuela pensando en el recuerdo que los numantinos dejarán para la historia. No es ninguna casualidad que esta tragedia de La Numancia cervantina, en oportuna adaptación de Rafael Alberti, fuera representada en el Madrid de 1937, como símbolo de la lucha por la libertad frente al ejército que se había sublevado contra la República y se acercaba a la capital.

Pocas ciudades hay en España tan unidas a su río como lo están Soria y el Duero. Y nadie como el gran Antonio Machado ha sabido captar la melancólica belleza del paisaje soriano, teniendo siempre presente el río como punto de referencia. No resulta fácil imaginar la pequeña ciudad sin pensar en el cauce del Duero, que parece querer rodearla en amplio abrazo, cual si fuera “la corva ballesta de un guerrero”(2). Las imágenes del río, la ciudad y las tierras de Soria cautivaron el corazón del poeta, como se advierte en los versos de Campos de Castilla:

¡Colinas plateadas, grises alcores, cárdenas roquedas por donde traza el Duero su curva de ballesta en torno a Soria, oscuros encinares, ariscos pedregales, calvas sierras, caminos blancos y álamos del río, tardes de Soria, mística y guerrera,

hoy siento por vosotros, en el fondo del corazón, tristeza, tristeza que es amor! ¡Campos de Soria donde parece que las rocas sueñan, conmigo vais! ¡Colinas plateadas, grises alcores, cárdenas roquedas! …

 He vuelto a ver los álamos dorados, álamos del camino en la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, tras las murallas viejas de Soria –barbacana hacia Aragón, en castellana tierra–. Estos chopos del río, que acompañan con el sonido de sus hojas secas el son del agua, cuando el viento sopla, tienen en sus cortezas grabadas iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas.¡Álamos del amor que ayer tuvisteis de ruiseñores vuestras ramas llenas; álamos que seréis mañana liras del viento perfumado en primavera; álamos del amor cerca del agua que corre y pasa y sueña, álamos de las márgenes del Duero, conmigo vais, mi corazón os lleva! (Estr. VII y VIII).

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La estancia de nuestro poeta en la ciudad se limitó a unos pocos años, que serán los más felices de su vida por su matrimonio con Leonor, la joven hija de los dueños del hotel donde se aloja. Pero este corto período resultó más que suficiente para fijar en su alma, de modo indeleble, el amor más profundo por las tierras de Soria y de Castilla, con su paisaje a veces triste, con sus colinas pardas, con sus campos yermos y, sobre todo, con el río Duero que las vertebra. Tras la muerte temprana de Leonor, al partir de Soria camino de Andalucía, los versos del poema Recuerdos, escritos durante el mismo viaje, a la par que la melancolía del autor, reflejan la hondura de su identificación con el universo que abandona:

 Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales cargados de perfume, y el campo enverdecido, abiertos los jazmines, maduros los trigales, azules las montañas y el olivar florido; Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles; y al sol de abril los huertos colmados de azucenas, y los enjambres de oro, para libar sus mieles dispersos en los campos, huir de sus colmenas; yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;   y en sierras agrias sueño –¡Urbión, sobre pinares!    ¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!– Y pienso: Primavera, como un escalofrío irá a cruzar el alto solar del romancero, ya verdearán de chopos las márgenes del río. ¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero? Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas, y la roqueda parda más de un zarzal en flor; ya los rebaños blancos, por entre grises peñas, hacia los altos prados conducirá el pastor. ¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas que vais al joven Duero, rebaños de merinos, con rumbo hacia las altas praderas numantinas, por las cañadas hondas y al son de los caminos.

Precisamente por este recuerdo constante y a pesar de que, tras la muerte de su esposa, Antonio Machado abandonara Soria para vivir sucesivamente en Baeza, Segovia y Madrid, sus pensamientos vuelven de modo insensible al alto Duero, comparando con nostalgia sus viajes por Andalucía con el que un día realizara hasta las tierras de Castilla, para hacerse cargo de la cátedra de Lengua Francesa en el Instituto de Soria. Su corazón y su espíritu –lo confiesa emocionado el poeta años después, desde su residencia en Baeza– se encuentran en la tumba de Leonor, allá en el Duero, en el lejano cementerio soriano:

 ¿Por qué, decísme, hacia los altos llanos huye mi corazón de esta ribera, y en tierra labradora y marinera suspira por los yermos castellanos?

 Nadie elige su amor. Llevóme un día mi destino a los grises calvijares, donde ahuyenta al caer la nieve fría las sombras de los muertos encinares.

 De aquel trozo de España, alto y roquero, hoy traigo a ti, Guadalquivir florido, una mata del áspero romero.

 Mi corazón está donde ha nacido, no a la vida, al amor, cerca del Duero… ¡El muro blanco y el ciprés erguido!

La visión poética de Soria y el Duero quedaría incompleta sin los versos de sabor popular que Gerardo Diego nos dejó en su Romance del Duero, inspirado también en ese conjunto inseparable que forman la ciudad y el río:

   Río Duero, río Duero, nadie a acompañarte baja, nadie se detiene a oír tu eterna estrofa de agua.

 Indiferente o cobarde la ciudad vuelve la espalda. No quiere ver en tu espejo su muralla desdentada.

 Tú, viejo Duero, sonríes, entre tus barbas de plata, moliendo con tus romances las cosechas mal logradas.

 Y entre los santos de piedra y los álamos de magia, pasas llevando en tus ondas palabras de amor, palabras.

 Quién pudiera como tú, a la vez quieto y en marcha, cantar siempre el mismo verso, pero con distinta agua.

 Río Duero, río Duero, nadie a estar contigo baja, ya nadie quiere atender tu eterna estrofa olvidada,

 sino los enamorados que preguntan por sus almas y siembran en tus espumas palabras de amor, palabras.

Abandonando las tierras del Cid, el ya Duero medio se adentra en la provincia de Valladolid por Peñafiel, donde se alza todavía el castillo de don Juan Manuel, el poderoso y culto sobrino del Rey Sabio. En esta fortaleza trabajó en los últimos años de su vida, dejando para la posteridad esa admirable colección de cuentos reunidos en El Conde Lucanor, con los cuales pretende trasladar al lector u oyente unas enseñanzas útiles y unos modelos de conducta.

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3.-CASTILLA NACIENTE EN LA MARGEN DERECHA DEL DUERO

Nuestra mirada literaria se dirige ahora a los ríos de la margen derecha del Duero, en el que, como cauce principal, irán a concluir, formando ese todo unitario que describía con acierto Juan de Mena en el siglo XV:

 Arlança, Pisuerga, e aún Carrión

gozan de nombres de ríos; empero,

después que juntados llamámoslos Duero,

fazemos de muchos una relaçión.

El Arlanza y el Arlanzón en la epopeya castellana

El curso de los ríos Arlanzón y Arlanza tiene la máxima importancia para la historia del antiguo condado y del primitivo reino de Castilla. En sus orillas, en efecto, se desarrolla buena parte de la acción que narran las obras literarias medievales con algún fundamento histórico. Así la de Burgos es la tierra cidiana por antonomasia, ligada sobre todo al Arlanzón, mientras que en los territorios del Arlanza suceden los acontecimientos que inspiraron los antiguos cantares de los Infantes de Salas y de la Condesa Traidora, hoy desgraciadamente perdidos en su formulación original, pero conservados en las crónicas y en los versos de los romances. Y en torno al Arlanza se articula el naciente Condado de Castilla y surgen los relatos sobre su héroe fundador. No en vano don Ramón Menéndez Pidal publicó el Poema de Fernán González, compuesto en el siglo XIII, con el expresivo título de Poema de Arlanza.

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El primer conde independiente de Castilla, Fernán González, es la figura central del poema de clerecía que lleva su nombre. El relato nos lo presenta en permanente lucha contra sus enemigos, los navarros y, sobre todo, los moros, a cuyo mítico caudillo Almanzor derrotó don Fernando en dos memorables batallas, la de Lara y la de Hacinas, libradas ambas en territorio burgalés. Durante los preparativos para esta última, nuestro héroe descubre la primitiva ermita de Arlanza, cuando persigue a un jabalí que se había refugiado entre sus muros. La amistad que entabla entonces el Conde con el anciano Fray Pelayo y la profecía de éste sobre las victorias que obtendrán los castellanos sobre Almanzor son determinantes para la construcción en ese lugar del monasterio de San Pedro de Arlanza, cuyas imponentes ruinas aún pueden contemplarse hoy junto al río, entre Covarrubias y Salas de los Infantes.

Si en el Poema de Fernán González predomina el aspecto bélico, en las leyendas de la Condesa Traidora y los Siete Infantes de Salas destaca su contenido trágico. Los sucesos que narran tienen lugar en la comarca de la que hablamos y en la época de Garcí Fernández, el segundo entre los conde de Castilla, hacia finales del siglo X.

Sabemos por la historia que el conde Garcí Fernández, al que en ocasiones se le llama “el de las lindas manos”, estuvo casado con la condesa Ava, perteneciente a la familia pirenaica de los condes de Ribagorza. La vieja leyenda épica, conocida por la prosificación que incluye la Primera Crónica General, habla sin embargo de dos mujeres distintas, nacidas ambas en Francia y las dos infieles a su marido. La primera es doña Argentina, de quien la Crónica escribe muy pronto que “salió mala mujer”, pues abandonó a su marido para seguir a un conde francés. Garcí Fernandez casó después con doña Sancha, hija del seductor de su primera mujer. De esta unión nacerá Sancho García, el tercero de los condes de Castilla. Pero doña Sancha, tras unos años de normalidad conyugal, terminará siendo desleal a su marido y contribuyendo a su muerte, ocurrida mientras luchaba contra los moros en Medinaceli. A causa de su ambición llegó a planear después el fin violento de su propio hijo, el conde don Sancho, que salvó entonces la vida gracias al oportuno aviso de uno de sus monteros, natural de Espinosa, a quien el Conde ennoblece como muestra de agradecimiento y del que descenderán los llamados “Monteros de Espinosa”, encargados por singular privilegio de velar siempre el sueño de los reyes de Castilla y de sus sucesores, los reyes de España.

Un carácter más trágico tiene el relato legendario de Los Siete Infantes de Salas. Con una exigua base histórica, la leyenda nos cuenta las bodas celebradas en Burgos entre el noble Ruy Velázquez, Señor de Lara, y doña Lambra, dama de la Bureba emparentada con el conde Garcí Fernández. A las bodas asiste el señor de Salas, Gonzalo Guztioz, casado con doña Sancha, hermana del novio, y los siete hijos varones de este matrimonio con su preceptor, el ayo Nuño Salido. Por un incidente surgido en los juegos de la celebración doña Lambra comienza a querer mal a sus sobrinos, especialmente al menor de ellos, Gonzalo González. Inducido por su mujer, Ruy Velázquez participa de este odio, que irá en aumento de modo inexorable y le lleva a urdir un minucioso plan de venganza. Por ello envía a su cuñado Gonzalo Gustioz al frente de una embajada hasta Córdoba, con una carta para Almanzor en cuyo texto secreto se pide la muerte del portador. Luego Ruy Velázquez se hace acompañar por sus sobrinos, pretextando una incursión bélica por tierra de moros, y los conduce en realidad a una fatal emboscada en los campos sorianos de Almenar, cerca del pequeño río Rituerto y del Araviana que mencionan los romances. Allí, pese a sus derroches de heroísmo, los Infantes y su ayo mueren luchando contra una numerosa tropa musulmana. Sus cabezas y la del preceptor son remitidas a Córdoba, donde el padre, a quien Almanzor no había querido matar, las contempla y las reconoce con horror. Gonza lo Gustioz obtiene después la libertad, al tiempo que la mora que le ha servido en la prisión –una hermana del propio Almanzor, según algunas versiones de la leyenda– espera un hijo de él. Antes de partir para Castilla entrega a esta mujer la mitad de su anillo, mediante la cual podrá reconocerle el hijo que deja engendrado, cuando éste –en caso de que sea varón– tenga edad suficiente para ir a encontrarse con su padre en tierras de Salas. Mientras el viejo don Gonzalo vuelve a Castilla, en Córdoba nace su hijo, que recibe el nombre de Mudarra y será apadrinado por Almanzor. Al llegar a la edad de joven doncel, Mudarra viaja a Castilla en busca de su padre, y allí, habiéndose bautizado y cambiado su nombre por el de Gonzalo, derrota a Ruy Velázquez en singular combate, según se relata en la Primera Crónica General, en la Crónica de 1344, y de forma más poética en el romancero:

   A cazar va don Rodrigo – y aun don Rodrigo de Lara con la gran siesta que hace – arrimádose ha a una haya, maldiciendo a Mudarrillo, – hijo de la renegada, que si a las manos le hubiese – que le sacaría el alma. El señor estando en esto, – Mudarrillo que asomaba. “Dios te salve, caballero, – debajo la verde haya”. “Así haga a ti, escudero, – buena sea tu llegada”. “Dígasme tú, el caballero, – ¿cómo era la tu gracia?” “A mí dicen don Rodrigo – y aun don Rodrigo de Lara, cuñado de Gonzalo Gustos, – hermano de doña Sancha; por sobrinos me los hube – los siete infantes de Lara, espero aquí a Mudarrillo, – hijo de la renegada; si delante lo tuviese, – yo le sacaría el alma”.

“Si a ti dicen don Rodrigo – y aun don Rodrigo de Lara, a mí Mudarra González, – hijo de la renegada; de Gonzalo Gustos hijo – y alnado de doña Sancha;  por hermanos me los hube – los siete infantes de Salas. Tú los vendiste, traidor, – en el val de Arabiana, mas si Dios a mí me ayuda, – aquí dejarás el alma”.

El Arlanzón, por su parte, es el río cidiano por excelencia y la tierra que baña está presente a lo largo de todo el Poema de Mío Cid, en la acción, en el recuerdo y en los propósitos del caballero. Don Rodrigo, el héroe de este relato épico, no pertenece a la alta nobleza castellana, sino que es un infanzón nacido en Vivar, a las orillas del pequeño río Ubierna, donde su familia poseía unos molinos(8). Los versos iniciales del cantar primero, o “Cantar del destierro” narran los sucesos ocurridos en la ciudad de Burgos y en su entorno. Saliendo de su aldea de Vivar, don Rodrigo acude a Burgos con su hueste, para despedirse de su mujer y de sus hijas, confiadas al cuidado del Abad de San Pedro de Cardeña. Al entrar en la ciudad, cuando Mío Cid se dirige a su posada habitual y encuentra la puerta cerrada, tiene lugar la emotiva escena de la niña que anuncia al héroe las órdenes del rey, razón por la cual nadie se atreve a hospedarlo. Al hilo de los viejos versos medievales (Cantar I, vv. 21-51), Manuel Machado recreó con maestría este episodio en pleno siglo XX, en su conocido poema Castilla.

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