PIO BAROJA: MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

Posiblemente, inspirado por las andanzas del Cura Merino en las guerras carlistas y conocedor de sus largas estancias en Covaleda y en la zona de pinares de Soria y Burgos, Pio Baroja cita en varias ocasiones a Covaleda en su libro “Memorias de un Hombre de Acción”, las cuales transcribimos a continuación.

PIO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

LIBRO TERCERO

DEL AÑO 9 AL AÑO 10

I

NUESTROS REFUGIOS

La vida del partidario tiene cambios de luz como los cuadros de una linterna mágica. Fue para nosotros un momento extraño aquel en que dejamos de ser guerrilleros para convertirnos en pacíficos trogloditas.

La mayoría de nuestros hombres, nacidos por aquellas montañas, se repartieron en los pueblos y en las casas de los labradores, y los que podían suscitar sospechas por su aspecto, por no tener aire de campesinos ni de leñadores, fueron enviados a los ocultos refugios con que contábamos. De estos refugios, los principales eran el embudo de Neila, la cueva del Abejón, cerca de Covaleda, el poblado de Quintanarejo y las ruinas de Clunia. Yo pasé por todos ellos: viví en la cueva del Abejón y en las ruinas de Clunia unos días, y estuve en Neila a dar un recado a Merino.

En las cuevas y en los rincones de las iglesias se guardaron las armas y municiones.

Merino, con alguno de los suyos, fue a Neila.

LA VOZ 05-09-24

***

LA CUEVA DEL ABEJON

Otro de los puntos de refugio de los guerrilleros, y donde guardábamos muchas armas, fue la cueva del Abejón, situada en la cumbre del pinar de San Leonardo, en las inmediaciones de Regumiel.

En la cueva del Abejón, que es grande, cabía mucha gente. Allí estuvo el Brigante con la mitad de sus hombres.

Hoy la recordaba en esta maldita Cárcel de Corte, donde me encuentro preso, al leer en un periódico que esa cueva es uno de los puntos de reunión de los carlistas.

¡Qué vida aquélla! Los guerrilleros, sucios, negros, hacían la comida en un hornillo de piedras, y a la luz de las llamas se les veía con más aspecto de bandidos que de soldados.

Se comía unas cuantas piltrafas de carne de cabra frita con sebo, se asaban patatas en el rescoldo, y los huecos del estómago se llenaban con pan. Después se bebía un poco de aguardiente, de ése que llaman matarratas, y se fumaba un tabaco apestoso.

A pesar de la miseria que nos carcomía, y de que toda nuestra alimentación se reducía a unas cuantas hebras de carne que parecían de correa, conservo de aquella vida gratos recuerdos. El más desagradable es el de unos dolores reumáticos producidos por la humedad.

Entonces, aquella parte de los alrededores de Covaleda era muy primitiva y salvaje. Se vivía como en la Edad Media; probablemente hoy se seguirá viviendo lo mismo. Todos allí vestían a la antigua; llevaban el pelo largo y tufos por encima de las orejas.

El traje regional de los hombres consistía en una especie de marsellés, atado por delante con una sola cinta, como un corsé, debajo del cual llevaban un pañuelo de colores, pantalones anchos y cortos, y abarcas. Estos serranos del Urbión parecían bretones por su aspecto, y, según algunos, procedían de unas familias llegadas allí desde Bretaña.

El Brigante y yo solíamos ir con frecuencia a cazar al Urbión y a la garganta de Covaleda, uno de los desfiladeros más hermosos de España.

La garganta de Covaleda se halla formada por un largo barranco cubierto de espesos pinares.

En su fondo corre el Duero por entre peñas cubiertas de musgo, saltando en las cascadas, remansándose en las presas, moviendo las paletas de las serrerías de tejados rojos y brillantes.

Como la estancia en la cueva del Abejón no me convenía por mi reumatismo, cada vez mayor, y como por aquel entonces las tropas de Roquet nos rodeaban por todas partes, andando sólo de noche fui atravesando gran parte de la provincia de Soria hasta Coruña del Conde.

El cura de este pueblo, amigo de Merino, me acogió en su casa, y en ella estuve algún tiempo, hasta que me repuse.

En la aldea se encontraba un grupo de la partida de Merino.

Por lo que dijeron, habían encontrado en las ruinas del anfiteatro romano de Clunia una porción de agujeros y de espacios abovedados, donde se recogían para dormir.

De día, los guerrilleros trabajaban con los labradores y ganaban su jornal.

Como en esta parte, ya próxima a la ribera del Duero, no se vigilaba tanto como en la sierra, yo pude vivir en casa del cura de Coruña del Conde completamente tranquilo.

Sin título-14 ***

VIDA TROGLODITA

En los días posteriores exploramos la caverna.

Había en un rincón dos sepulcros antiguos que tenían la forma de un trapecio geométrico, al cual se le uniera un círculo en el lado más largo de los dos paralelos. Yo sabía que éstos eran sepulcros, porque me habían enseñado otros iguales tallados en piedra en Duruelo, detrás de la iglesia, y en Covaleda, en un pozo que llaman de San Millán.

El Gato había abierto una de las tumbas, pero no encontró en ella más que tierra y ceniza.

En esta época de vida troglodita, el Gato y Ganisch manifestaron grandes condiciones para la vida salvaje.

Hicieron cucharas, tenedores y vasos con trozos de madera y dos cuchillos con el bocado de un caballo. Yo me arreglé una hamaca con las correas de los arneses, para no dormir en el suelo, porque empezaba a tener nuevamente dolores reumáticos.

Decidimos esperar a que se serenara el tiempo definitivamente; mal o bien, podíamos aguantar allí.

Todos los días salíamos de caza, y cogíamos lobos y zorros en trampas que ponía el Gato.

También llevamos en un trineo hecho con palos una gran cantidad de hierba seca que encontramos en una tenada de pastores.

EL. PORTLLO DE LA REMENDA. CUEVA -Se trata de la cueva grande, o "de arriba", que tiene tres accesos -Ia fotografía muestra la boca mayor- en la que el Tio Melitón despeñaba y descuartizaba las reses.

EL. PORTLLO DE LA REMENDA. CUEVA
-Se trata de la cueva grande, o “de arriba”, que tiene tres accesos -Ia fotografía muestra la boca mayor- en la que el Tio Melitón despeñaba y descuartizaba las reses.

***

 POR LA NIEVE

A mediados de enero comenzó el buen tiempo, acompañado de un frío muy grande.

Entonces decidimos la marcha. El día anterior subimos al pico del Urbión para orientarnos bien.

Desde lo alto se veía una niebla larga que seguía el cauce del Duero; en medio de la niebla azulada se destacaba el castillo de Gormaz sobre un cerro, como una isla en medio del mar.

Cerca se abrían las gargantas de Santa Inés y el Hornillo.

Hacia el lado de Aragón se erguían las masas del Moncayo y Cebollera, que separan las vertientes del Ebro y del Duero, la sierra de Peñalara de Burgos, Quintanar, Duruelo y la meseta de Carazo, desnuda y pelada.

Muy vagamente al Este se divisaba la sierra de Albarracín, y con más vaguedad aún, hacia el Norte, los Pirineos.

Yo me di cuenta bastante clara de la disposición de las montañas próximas y de los caminos, e hice un pequeño plano para orientarme. Comimos en el pico del Urbión; por la tarde bajamos a nuestra cueva, dormimos en ella, y al día siguiente nos preparamos para la marcha. Nos untamos las botas con grasa de caballo, y con las mantas hicimos tiras para envolvernos las piernas. Parecíamos unos esquimales.

Yo me quité parte del forro de la chaqueta, que era de tela negra, y me lo puse como una venda en los ojos.

Recordaba haber leído en un libro de viajes que la claridad de la nieve produce oftalmías.

Ganisch y el Gato se rieron al verme; pero por la noche me dieron la razón, porque tenían los dos los ojos irritados y doloridos a consecuencia del resplandor de la nieve.

Por la mañana salimos del Urbión; al mediodía cruzamos por Duruelo, sin entrar en el pueblo, y seguimos hasta Covaleda, en donde dormimos en una tenada de pastores.

Pasamos con gran rapidez al día siguiente la garganta de Covaleda, hasta llegar a Salduero.

Media hora después aparecíamos por una honda calzada en Molinos de Duero.

A un lado y a otro de Molinos asomaban casas arruinadas con viejos escudos nobiliarios. No había nadie en la aldea.

Seguimos adelante. El tiempo cambiaba; el cielo se iba poniendo triste y obscuro.

De Molinos marchamos a Vinuesa, pueblo que antiguamente se llamaba Corte de los Pinares, asentado en un valle ancho, con sus tejados rojos y su iglesia negruzca. En el camino comenzó a llover. La nieve iba deshaciéndose en el campo.

Entramos en Vinuesa, preguntamos por una posada y nos indicaron una que tenía un soportalillo en la puerta. Comimos, y al ir a pagar yo me encontré con que el dinero que tenía no me llegaba para el gasto hecho por Ganisch y por mí.

Pedí al Gato lo que me faltaba, y éste me dijo que no me daba un cuarto.

—¡Pero hombre, no sea usted así! No ve usted que si no pagamos al posadero puede mandarnos prender.

—Que haga lo que quiera; yo no pago.

Llamé al posadero, y aunque era un tío muy bruto, se avino a razones.

Disimulé la incomodidad y el deseo de darle dos palos al Gato, y seguimos los tres la marcha.

Rincón de pueblo serrano 298 x 395 mm. Aguafuerte. Biblioteca Nacional, Madrid, núm. inv. 14459. Es uno de los ejemplos más claros de la seguridad técnica de Ricardo Baroja grabador, quien de forma estilizada transmite con toda su fuerza y elementos un característico rincón de pueblo serrano con el peculiar trazado de las casas pinariegas y sus tipos.

Rincón de pueblo serrano
298 x 395 mm. Aguafuerte. Biblioteca Nacional, Madrid, núm. inv. 14459.
Es uno de los ejemplos más claros de la seguridad técnica de Ricardo Baroja grabador, quien de forma estilizada transmite con toda su fuerza y elementos un característico rincón de pueblo serrano con el peculiar trazado de las casas pinariegas y sus tipos.

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