ANDANZAS DEL CURA MERINO POR COVALEDA – II

Galeria militar contemporánea, 1

En agosto tuvo varios encuentros con las partidas que estaban bajo las inmediatas órdenes del coronel D. Ramón Maria Narváez, siendo de los mas funestos el efectuado con la columna que mudaba el brigadier Peón, que le causó la considerable baja de mas de 100 hombres. Merino siguió por la altura de Piqueras á la sierra de los Modorios ó Cebollera, entrando en la mañana del 22 de agosto en Montenegro, á cuyo punto se dirigía Narváez. También el coronel Mir volvió á batirle en el pueblo de Almarza, matándole cerca de 80 hombres y activando su persecución le hizo perder en poco tiempo la fuerza que á tanta costa había reunido.

Comenzó el mes de setiembre con no más lisonjeros resultados para las armas carlistas, pues nuevamente fueron batidas por Mir el día 20 en los bosques de Tolbaños, la Campiña y Acinas, ocasionándolas siempre funestos contratiempos y pérdidas. El 26 pernoctó Merino en Palazuelos con cerca de 200 caballos, de lo que sabedor el capitán de Plasencia D. Antonio Sanabria, que con dos compañías del mismo cuerpo y 24 caballos del 5.° ligero se hallaba á corta distancia, emprendió su ruta para el referido pueblo, aumentándose en el interín sus fuerzas con 30 hombres mas del propio regimiento.

Favorecidos de una densa niebla lograron aproximarse á tiro de fusil de una de las avanzadas carlistas, que fue cargada por la caballería enemiga, que la hizo abandonar su puesto, y retirarse al pueblo, llevando en pos de su fuga la dispersión que hizo mas completa el denuedo con que fueron perseguidos por la infantería. Resistiéronse breve rato en las casas y, calles de Palazuelos, pero fueron desalojados al fin con pérdida de 12 muertos, varios heridos y tres prisioneros, perdiendo 12 caballos con algunas armas y efectos y quedando el mismo caballo que montaba MERINO herido de una cuchillada en una anca, á pesar de lo cual lo sacó á salvo como otras muchas veces.

Hallábase Merino á principios del mes de noviembre en unas tenadas inmediatas á Santo Domingo de Silos, cuando recibió un par de coces de su caballo, que desconoció su voz. Este inesperado acontecimiento le obligó á ponerse en cura, retirándose á una casa particular de Rebé, donde permaneció dos meses, viendo desde dicho punto el humo de las chimeneas de Lerma y los movimientos que hacían por allí las tropas, como centro que era de sus operaciones. En este estado, mandó al llamado Rojo de Puentedura, que era su segundo desde la muerte de Nieto, marchase á las provincias con los 200 caballos que tenia de fuerza, como así lo efectuó. Siguióle Merino en los primeros días de enero del siguiente año de 1836, acompañado tan solo de algunos de sus confidentes, y se dirigió directamente á Oñate donde se hallaba D. Carlos, permaneciendo mas de seis meses en este punto y en Orduña, hasta que logró el total restablecimiento de su salud.

La marcha de Merino á las provincias; dio fin por entonces á la guerra de Castilla, en la que se habían ocupado los generales y oficiales superiores Quesada, Sarsfield, Manso, Ramírez , Azpiroz, Clavería, Mir, Linaje, Obregón, Albuin y cuerpos de la guardia real, de valientes tropas de línea, y hasta un batallón de estudiantes de Valladolid.

El poner precio á su cabeza y cuantos recursos apuraron para lograr el exterminio del CURA fueron inútiles; supo burlar todas las vigilancias; y al cabo de dos años de continua lucha, sosteniéndose con un insignificante número de gente, sacó de Castilla doble fuerza de la que trajo de Portugal, consiguiendo además su principal objeto, cual era el de tener entretenida á toda una respetable división que pudo prestar grandes servicios en los campos de Navarra.Galeria militar contemporánea, 1

D. Carlos le recibió con las mas lisonjeras muestras de deferencia, colmándole de elogios por las penalidades que en su obsequio había sufrido, y así que le vio mejorado, le agregó al ejército de sus inmediatas órdenes; yendo con éste al tercer sitio de Bilbao, tan funesto para las armas carlistas, como fue feliz para las liberales. En la acción de Oriamendi se halló también al lado de D. Sebastián, y en la expedición de 1837 que llegó hasta las lomas de Ballecas, vino al lado de don Carlos, en calidad de capitán general de Castilla la Vieja y presidente de su junta.

Ya hemos dado los pormenores de esta expedición en la biografía de Cristina, y ahora añadiremos que tanto Merino como cuantos seguían a D. Carlos tenían una completa certeza de penetrar en la corte de España, contando para ello con seguras probabilidades a favor de un lisonjero éxito. Rayó en locura su entusiasmo al divisar las débiles tapias de Madrid y su real Alcázar; en el que vio el CURA desde el campamento con un anteojo á doña Isabel y su augusta familia asomadas á un balcón, fijando MERINO en aquel instante toda su atención en Cristina. La vista de esta Señora, y la especie de contemplación en que quedó como extasiado, le hicieron prorrumpir en tan felices y oportunas reflexiones que, mas que el militar parecía el orador patricio, el ciudadano de Arpino condoliéndose de los males de su desventurada patria en su oración catilinaria. Nosotros que hemos hablado con personas que estuvieron á su lado en estos momentos, nos han asegurado por su honor, que nunca vieron á MERINO mas entusiasmado, ni mas feliz en todo cuanto proponía y decía, si bien pocos ó ningunos de sus pensamientos se adoptaron; pues siempre que le pidieron parecer sobre lo que convenía obrar en aquellas circunstancias, fue de opinión que debiera jugarse el todo por el todo; y que aunque hubiesen fallido las fundadas esperanzas de altas protecciones, Madrid estaba desprovisto de guarnición de tropa, y que la Milicia nacional que le defendía no podía ser comparada con los aguerridos soldados que ellos llevaban: así que, cuando se dio ]a orden de retirada, conoció MERINO que á D. Carlos no acompañaba mas que una corte de cobardes y aduladores que le tenían supeditado, sin voluntad propia, haciéndole esperar el triunfo de sus armas en la sola ayuda de la Providencia, á quien como monjas oraban, cuando debían blandir la espada en el campo enemigo.

Emprendióse la retirada cual es sabido por Castilla la Vieja, y como MERINO conocía el terreno á palmos, puede asegurarse que por su buena dirección se salvó el ejército carlista. Paró el CURA en uno de estos días en Villoviado, y es digno de notarse lo que en una conversación que tuvo con un eclesiástico amigo suyo le dijo expresamente entre otras cosas, que D. Carlos estaba vendido y cercado de pícaros y bribones.

Continuó su viaje á las provincias siguiendo á la expedición, y allí permaneció todo el resto de 1837 y principios del 38, hasta que en 15 de marzo de este año formó parte de las fuerzas expedicionarias del conde Negri, en las que mandaba MERINO dos escuadrones y algunas compañías de infantes. Llegaron estas tropas á Aguilar de Campó, y allí quiso el conde dirigir su marcha á los montes de Liébana; pero MERINO, como buen conocedor del país que pisaban, se opuso á esta medida, haciéndole presente lo trascendental que seria conducir la expedición á unas montañas estériles, y cuyo clima es generalmente tan riguroso, que bastaría por si solo para destruir un ejército; lo que creía, añadió, había intención de hacer si se persistía en llevar adelante el pensamiento. Así se hizo á pesar de su oposición, y entonces se separó MERINO de Negri, no queriendo ser responsable de las consecuencias que preveía, y se dirigió con sus fuerzas á los acantonamientos de Aranda y Lerma.

Ocupóse en estos sitios con una actividad sorprendente en ir reclutando jóvenes, con los que formó en breve dos batallones, compuestos de robustos mozos, y después de darles algún viso de organización, trató de hacerse fuerte en aquel terreno y comenzó á construir fortificaciones en la Peña de Casaro, para tener un punto de apoyo por base de sus operaciones y para mejor asegurar la subsistencia de sus tropas. Volvió en esto Negri en retirada y bastante estropeado por lo que padeciera en los montes de Liébana y en la acción de Bendejo, y al avistarse con MERINO, trató éste de ocupar militarmente el país, pidiendo con este objeto al conde dos de sus batallones, prometiéndole en cambio encargarse de sus enfermos y heridos y reunir los dispersos que ocasionara la referida acción. Desatendió Negri estas proposiciones, é incomodado nuevamente con él MERINO, se dividieron ambos, marchando el conde con dirección a Segovia, y quedándose el CURA en los puntos que estableciera para su cuartel general, no teniendo este una residencia fija, pues empezaron a pulular en el país las tropas liberales y á perseguirle, si bien no con tanto empeño por estar ocupado la mayor parte del ejército en la persecución de Negri, que recorría sin orden ni concierto por Castilla.Galeria militar contemporánea, 1

Más de 200 dispersos que se le reunieron á MERINO estando en San Leonardo, le comunicaron la completa derrota que sufrió el conde el 17 de abril entre Brújula y Villafranca de Montes de Oca: aumentó con ellos su división y trató de operar ventajosamente fuera de los Pinares con tan respetables fuerzas. Espartero entonces desde su cuartel general del citado Villafranca, dio orden para que el primer regimiento de la Guardia Real de infantería y el de lanceros polacos fuesen á hacer una batida en las Sierras de Burgos y Soria y que uniéndose con las demás tropas que en aquel terreno operaban no descansasen hasta lograr el total exterminio del CURA y cuantos le seguían. No pudiendo MERINO resistir á estas fuerzas tomó el camino de Berlanga, desde cuyo punto se dirigió al bajo Aragón, huyendo de que le diese alcance el ejército liberal que en su perseguimiento marchaba. A esta fuerza de MERINO que ya iba siendo numerosa se le agregaron por mandado de D. Cárlos los batallones castellanos titulados Guías de Burgos y voluntarios de Valladolid, que no estaban en el mejor estado de organización.

En los primeros días de mayo, ocupaba MERINO los pueblos de Poveda y Peñalén de la provincia de Cuenca, tocando sus avanzadas en Beteta: el día 9 pernoctó en Albarracin, siguió por Manzanera, y á la caída de la tarde del 15 llegó á Rubielos de Mora, donde fue recibido por las fuerzas de Cabrera y Forcadell con grande aparato y entusiasmo, del que en honor de la verdad sea dicho, no participaban los pueblos por donde transitó la división castellana, pues fueron vejados y oprimidos extraordinariamente. Dos días permaneció en Rubielos, al cabo de los cuales salió con Cabrera para la sierra del Pavo, descansando en Camarillas, desde cuyo pueblo se dirigieron el 18 al de Aliaga donde permaneció todo el resto de mayo, yendo el 1º de junio á Villaroya á la cabeza de dos mil infantes y cerca de trescientos caballos; aumentándose estas fuerzas con los mozos que por su tránsito sacaba.

Entre las referidas poblaciones, la puebla de Arenoso, Caudiel y Barracas, recorría MERINO con su gente sin ser molestado de fuerza alguna; y descansando con extraordinaria seguridad, sobre el país que pisaba del que era verdaderamente dueño.

Operaba el gefe castellano á la cabeza de su división de acuerdo con el aragonés, con quien se avistó repetidas veces especialmente en Cantavieja, donde se construyeron algunos cañones de montaña que debían servir para MERINO. Este se hallaba en Mosqueruela en la mañana del 16 de julio, y desde allí partió para Morella con solo su escolta, donde se dispuso entre él, Cabrera y Negri la defensa de aquella plaza amagada por las tropas de Oría, encargándose el CURA de atender á la sierra de Mosqueruela. El ejército liberal pasó por este punto sin hallar oposición en MERINO, quien se replegó por el contrario á unirse con Llangostera y Cabrera que estaba en Portell, en donde combinaron nuevas operaciones que tuvieron efecto en 30 de julio, día en que reunidas las fuerzas de Forcadell, don Basilio y MERINO, atacaron á las divisiones de Borso-di-Carminati y Pardinas sin prósperos resultados de una y otra parte, repitiéndose los ataques el 2 de agosto, obrando bizarramente ambas caballerías, por lo que experimentaron algunas bajas los dos ejércitos combatientes: peleó contra MERINO el primer regimiento de granaderos de la Guardia Real provincial, con el brigadier Azpiroz á su cabeza, auxiliándole el segundo batallón de Córdoba al mando de su coronel comandante don Félix Miranda.

Emprendianse cada día nuevos ataques, en los que ambas fuerzas peleaban Como quien todo lo espera de su éxito; y en verdad que todos ostentaban á porfía el valor y denodado arrojo que caracteriza á los españoles. Las pérdidas que experimentaban no dejaban de ser considerables, viéndose el general Oraá precisado á enviar á la división de Pardinas á que condujese los heridos á Alcañiz y trajera de regreso un convoy de subsistencias, que escaseaban extraordinariamente en el campamento. Las fuerzas de Forcadell y MERINO situadas á la izquierda de este, podían embarazar la marcha de Pardifias; y para impedirlo, fue destinada la división de San Miguel, que trabando una pequeña acción, les arrojó de sus posiciones aunque pausadamente y no sin tener á cada instante que sostener un ataque. Reñido fue el que MERINO tuvo en las alturas frente a la Pobleta al tratar de apoderarse de un convoy del ejército liberal: alguna parte quedó en poder de las tropas del CURA; pero según confesión de ellos mismos á muy cara costa.

El 15 de agosto comenzó un horroroso fuego sobre la plaza de Morella; y la situación entonces de ambos partidos comenzó á ser critica. Si empeño había en el ataque no era menor el de la defensa: uno y otro se formalizaron completamente ocupando MERINO el monte llamado la Muela, una de las mas importantes y peligrosas posiciones.

En la defensa de este punto nada dejó MERINO que desear; si bien la mayor parte de sus operaciones hubieron únicamente de limitarse al escabroso radio de la posición que ocupaba. Seguro estaba de que no le arrojarían de ella á no conseguir la conquista de la plaza, porque el CURA tenía completa confianza en las fuerzas aragonesas y en el valor de su caudillo tortosino.

Después de haberse derramado abundante sangre española ante los muros de Morella se vieron precisadas las tropas de la reina á levantar el sitio y retirarse á Alcañiz; y MERINO y Cabañero fueron encargados de molestar el ejército liberal en su retirada: al llegar este á la referida población, aquellos ocupaban los puntos de Fos, Calanda, Alcorisa y Aguaviva, desde donde se dirigió MERINO á la sierra de Albarracín, y cruzando por Castilla la Nueva, volvió á su antiguo teatro de operaciones, sin que en el tuviesen mas noticia de su llegada que su misma presencia. Toda Castilla se alarmó cuando cundió por ella que MERINO se hallaba en el Burgo de Osma, y hasta el mismo Valladolid temió por su seguridad cuando en el día 8 de septiembre llegó el parte de la aproximación del CURA con cerca de 2000 hombres: reuniéronse los nacionales de esta capital con los de Rioseco y otros inmediatos pueblos, y marcharon á Palencia al mando del capitán general, dando en breve la vuelta para Valladolid.

MERINO salió el 9 de Pineda de la Sierra, y el 10 entró en Huerta del Rey; aquí disminuyó su gente, según su acostumbrada táctica, diseminándola entre los pueblos de Ontoria del Pinar, San Leonardo y Santo Domingo de Silos, llevándose consigo todos los sastres de Covarrubias, para que hiciesen vestuarios con los palios que había acopiado en la sierra. Unos 1700 infantes y 200 caballos procedentes del ejército del Norte, llegaron á mediados de septiembre al Burgo de Osma, para operar contra MERINO en combinación de las demás fuerzas destinadas al propio fin, decididamente resueltos á no descansar hasta exterminar completamente las fuerzas del CURA sin que ni un resto quedase en toda Castilla.

En la parte de Canicosa, cerca de Quintanar, sufrió entonces una sorpresa por un aviso confidencial que dio un tambor pasado á las tropas de la reina, y hubiera aquel momento sido el último de la existencia de las tropas del CURA, á no haber contribuido en su favor la gran lluvia y niebla de aquel día del mes de noviembre, y el continuo movimiento en que tuvo á sus fuerzas á pesar del rigor y crudeza del temporal; pero no evitó esto sin embargo el que fuesen alcanzadas por los liberales, y se viesen dispersadas completamente con pérdida de varios muertos y heridos. Uniose luego MERINO á los fugitivos atravesando la carretera que va desde, Burgos á Vitoria por el punto titulado la Brújula, tomó la dirección de los pueblos de Rioseco y Peñahorada, pernoctando en Santa Cruz del Tozo, donde le hallaron los batallones 2º y 3º del regimiento infantería de la Reina, encontrando además á la caballería del CURA formada en actitud hostil ó de esperar el combate en la vega donde se halla situado el pueblo: en vista de esto, el gefe de la columna expedicionaria, la formó en dos. La una compuesta del 2º batallón con toda la caballería marchaba al frente del carlista, y la otra compuesta del tercer batallón tomó la sierra de la derecha por su cima marchando a igual altura que la primera y flanqueando al contrario que se replegó al fuego de las guerrillas y emprendió su retirada con dirección al Ebro, siendo perseguido hasta bien entrada la noche sin fruto alguno. Entonces conoció el liberal que la actitud hostil que había presentado la caballería tenía el objeto de proteger la retirada de los infantes emprendida con antelación, por lo que fue imposible darla alcance a pesar de la actividad con que procedieron al siguiente día, consiguiendo tan solo al llegar al Ebro, encontrar las oficinas de dos batallones abandonadas con todos sus documentos. MERINO pasó el Ebro por San Martín de Lines, cerca de su nacimiento, acompañándole cuatro batallones aragoneses y cuatrocientos caballos; siguiéndole un tal Carrión que escoltaba doscientos cincuenta infantes y cuarenta soldados de caballería prisioneros.

Marchó inmediatamente MERINO a presentarse a D. Carlos, que se hallaba en Balmaseda, y allí y en Durango organizó y uniformó su gente uniéndose con ella al ejército del Norte al mando del general Maroto; en cuya compañía salió en principios de octubre con dirección a Navarra hallándose a mediados del propio mes en la Solana; y sin practicar operaciones de grande importancia en todo este tiempo, volvió MERINO a repasar el Ebro en el día 25. el 29 fue alcanzado por el brigadier Hoyos en el monte de Bilbiestre del Pinar: el CURA mandó entonces dispersar su gente y esta operación favorecida por una densa niebla, impidió una total derrota, reduciéndose en su defecto la pérdida de los carlistas a dos cureñas de cañón de montaña, una carga de balas, algunas granadas, 72 lanzas y porción de papeles interesantes; aprehendió luego varios prisioneros y siguió la persecución con actividad y empeño, logrando rescatar a algunos paisanos de tierra de Cameros que llevaban en rehenes. El 2 de noviembre pernoctó MERINO en Palenzuela con toda su fuerza, y al siguiente atravesó el camino real que desde Burgos se dirige a Valladolid, llegando a las cuatro de la tarde a la villa de Castrojeriz, donde pidió veinte mil reales de los que solo le dieron la mitad: permaneció aquí toda la noche, y salió al amanecer del 4 para Melgar de Fernamental, en cuyo punto entró a las nueve de la mañana y estuvo hasta las seis de la tarde, hora en que se puso en movimiento para Osorno, pueblo correspondiente a la provincia de Palencia, llevándose 8.000 reales, 30 carros, todos los mozos, y al alcalde constitucional. Encontróse el 5 en Villega, sacó todos los mozos, las caballerías mayores que había, unas cuantas yuntas de bueyes, dirigiéndose el 6 a Herrera de río Pisuerga, desde donde comenzó a practicar algunos pequeños movimientos, pernoctando el 10 en San Juan de Ortega notablemente disminuidas sus fuerzas y algún tanto estropeadas.

Internose nuevamente MERINO en los Pinares de Soria, recorriendo los pueblos de Cobaleda, Duruelo y otros limítrofes, yendo de continuo a su alcance las divisiones del brigadier Hoyos y del coronel Rodriguez sin lograr el darle un golpe decisivo, porque jamás se avistaban sino a largas distancias. Confiado estaba el CURA de que no podían derrotarle; pero no le bastaba esto solamente y conociendo que ya no podría progresar en Castilla a donde cada vez acudían más tropas liberales, trató de evacuarla pasando a las provincias; y a este fin atravesó la carretera de Vitoria en la noche del 19 y a las nueve de la mañana del 20 pasó por Robledo sobre Sierra con unos 400 hombres de todas armas; siguió el 21 a Lavirga con el objeto de salir de Castilla por las Cabañas de Virtus, San Pedro de Romeral y el Puerto de Lia, mas ya estaban sus contrarios situados hacia la parte de Encinillas y tenían tomado el puente de Ciudad de Ebro y otros varios, hallándose otra columna sobre Espinosa de los Monteros para impedir llevase MERINO  a efecto su plan, como así lo participaba el brigadier Casteñeda al conde de Luchana con fecha del 23 diciendo que “MERINO con los restos de su llamada división, se dirigió en la noche del 22 hacia la línea que tenía establecida con el fin de penetrar en las provincias Vascongadas: que persuadido de este intento tenía convenientemente establecidas de antemano las tropas, cubriendo una estensa línea en la que no había otra barrera que los pechos de los soldados.” Juzgado desde luego que el CURA escojería para su paso el terreno que media entre Encinillas y Villalain, huyendo del grueso de las fuerzas establecidas en Montija y Espinosa de los Monteros, mandó que cinco compaías del provincial de Logroño a las órdenes de don José Cueto, con treinta hombres del provincial de Betanzos y cuatro mitades de caballería del 1º de ligeros ocupasen la línea desde Villarcayo a Encinillas, a donde se dirigió Castañeda con el alcalde constitucional del referido Villarcayo y 12 nacionales del mismo.

A las dos de la madrugada del 22, se aproximó MERINO a los puestos avanzados de las compañías de Logroño establecidas en Encinillas, llegando tan inmediato que sufrió una descarga a quemarropa que le obligó a retroceder. Al rayar el día, dispuso Castañeda la formación de diferentes columnas que recorriesen el terreno, dando por resultado hacer prisionera a una parte de la infantería del CURA en los bosques y barrancos inmediatos, contándose entre los aprehendidos un jefe, seis oficiales, un capellán y sobre 110 hombres de tropa, los cuales fueron conducidos a Villarcayo. En tanto que esto sucedía, MERINO se contaba ya libre a la otra parte del Ebro, burlando en medio de la noche la exquisita vigilancia y extraordinarias precauciones de las fuerzas de la reina. Pasó el Ebro no muy lejos de Encinillas y atravesando los ríos Trueba y Nela consiguió arribar sano y salvo al valle de Sosa y penetrar en Orduña, no sin haber dejado antes algunos hombres ahogados a causa de la impetuosidad de la corriente, porque era el tiempo de lluvias.Galeria militar contemporánea, 1

Entró MERINO en Navarra y dirigióse al punto donde se hallaba don Carlos, quien destinó sus fuerzas castellanas a aumentar el ejércitos del Norte, y el CURA fue a añadir el catálogo de los generales que había en el cuartel. No por esto decayó MERINO de la confianza que con él tenía Don Carlos; formaba parte de su corte; le recibía a todas horas y hasta repetidas veces dejaba el CURA de darle el tratamiento de majestad de que poquísimos eran dispensados. Una prueba del ascendiente que tenía con don Carlos, es la siguiente anécdota sucedida a principios de 1839 estando en Estella.- Entró a visitarle MERINO, y al verle don Carlos le saludó con estas palabras:

–          Buenos días Señor Arzobispo de Toledo.

–          No, para mi no, contestó el CURA; eso para V. y yo su sacristán.

–          Pues que! No me quieres por rey, le replicó.

–    Eso para el pequeño; para el pequeño es mejor; refiriéndose al hoy conde de Montemolin.

En el intervalo que medió desde que MERINO quedara de cuartel hasta su entrada en Francia, nada le ocurrió de notable, permaneciendo ageno a casi todas las grandes cuestiones que entonces se ventilaban en aquellas provincias del Norte, foco de ambiciones y maquiavélicas intrigas. No era poco el permanecer neutral en medio de la empeñada contienda de los partidos moderado y apostólico, perteneciendo nuestro caudillo al primero de estos, porque no abundaba en muchas de las ideas del contrario; pues a pesar de la dureza de su corazón, tenía en él sentimientos de justicia y era tolerante para con los que como él no pensaban, llegando hasta el caso de dispensarles toda su confianza, cual lo probó en Amurrio, donde otorgando su testamento se le entregó a su amigo el cura de Echarriamanaz, persona de ideas liberales, quien le indicó que podía dejar el depósito que le encomendaba en mejores manos y que tuviese sus mismas opiniones; pero MERINO le contestó que importaban estas poco para el trato social, porque solo se debía tener en cuenta el honor y la probidad de los hombres, cualidades que forman los gratos vínculos de nuestra existencia.

No eran pocas las veces que don Cárlos solía pedirle parecer en delicados asuntos, oyendo con suma satisfacción sus consejos; pero eran muchos de ellos desatendidos á pesar de su conveniencia y de ofrecer ejecutarlos, porque otro le decía lo contrario y ya probaremos en el curso de esta publicación que el hermano de Fernando VII no tenia voluntad propia.

Verificóse en esto el convenio de Vergara, y MERINO que formaba parte de la comitiva de don Cárlos, no se adhirió al tratado, y entró con aquel en Francia en setiembre de 1839. Cuando llegó á Bayona, serian como las nueve de la noche. Esta era oscura y lluviosa; mas no impidió esta particularidad el que un numeroso gentío agolpase en la plazuela de la subprefectura á conocer al infatigable CURA-general que tantos franceses había sacrificado en las aras de la independencia de su ultrajada patria.

No podía decirse, en verdad, que dejase de ser el único objeto que escitara la curiosidad del francés, amigo siempre de inquirir novedades: se tomaron las señas de su fisonomía, de su traje, y al día siguiente salió ya perfectamente retratado en los periódicos hasta con sus espuelas, que se quitó y tiró cuando se lo dijeron; porque para él era un suplicio el saber que su nombre figuraba en los papeles públicos, pues por su voluntad ni aun en la Gaceta existiera.

El Baron de los Valles y otros de sus amigos le decían por broma cuando veían agolparse á tantos franceses para verle: Amigo MERINO lo mas acertado seria meter V. en un coche cerrado, pasar a París, Londres, y principales poblaciones de Europa; y aunque sea módico el precio que se fije para enseñarle, podríamos hacer fortuna para toda nuestra vida; mas solo contestaba el CURA con algunas interjecciones muy españolas, sonriéndose y mudando al punto de conversación.

Sin embargo de que en Bayona se debia creer ya libre de las asechanzas de los enemigos, aun desconfiaba, cual completamente lo evidencia el siguiente hecho. A horas avanzadas de la misma noche que llegó á la citada ciudad, comenzaron á buscarle varios de sus amigos que no habían tenido aun el gusto de verle; no quedó hotel alguno y parador decente que no recorrieran, y en toda la noche pudieron acertar con su paradero, figurándose que ya habría partido de Bayona; mas al verle á la mañana siguiente supieron entonces que pasó las horas de descanso en la mas miserable posada ó parador de la población, donde por cuatro sous se hospedaba en una cuadra á todos los pasajeros. A poco marchó á la ciudad de Alenzon, capital del departamento de l’Orné, á cuyo punto fue destinado con otros varios compañeros de emigración.

MERINO, se veía por primera vez arrojado de su país, iba á saborear los amargos é infortunados trances de la emigración; mas no era esto solo lo que mas le apesadumbraba, sino el tener que deber el sostén de su vida, tenérselo que agradecer á la caridad de sus implacables enemigos; con los cuales en honor de la verdad se ha dicho se reconcilió, porque vio atenuada su pasada ferocidad guerrera con la filantropía que la moderna y hospitalaria Francia ejercía con todos los pueblos y partidos del mundo. No podía el CURA sin embargo acostumbrarse á vivir fuera de su patria y como prisionero del francés del que era objeto de una vigilancia esmerada y continua, no permitiéndole salir de la ciudad y sus alrededores. Por otra parte, debió lisonjearle extraordinariamente el recibimiento que tuvo de personas respetables de Alenzon, quienes acudieron á tributarle cumplidamente; pero como MERINO se resolvió desde luego vivir en el mas completo retiro, rehusó las primeras invitaciones que le hicieron, por cuyo motivo cesaron las demostraciones de esta naturaleza, sin que por esto perdiese nada en la buena opinión y aprecio de los franceses que le habían mostrado sus simpatías, y que quedaron satisfechos al oír de su boca, que estaba acostumbrado á una vida frugal, y no le seria fácil á su edad, adoptar nuevo método.

Así fue efectivamente, hasta su último momento ha conservado las costumbres y hábitos que tenia en España, observando una sobriedad y sencillez extremas en el comer y vestir. En todas las estaciones se levantaba ordinariamente antes del día, saliendo á pasearse antes del desayuno á menos que no estuviese el tiempo muy malo. Su primera salida era á la iglesia, teniendo la costumbre de oír la misa de cinco y media en la parroquia de Santa María ó la de seis en San Leonardo.

Frecuentaba los sacramentos particularmente en las fiestas principales; y esto unido á una conducta irreprensible le granjeó el afecto de buenas personas que no pronunciaran antes su nombre sin una especie de horrible terror á causa de la idea que de MERINO tenían formada.

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